Lo que no se nombra (capitulo 10)

Después de la masturbación en el baño, la tensión en la casa se volvió casi insoportable. Alejandro apenas podía mirar a su madre sin que se le pusiera dura. Laura, por su parte, seguía provocándolo con silenciosa crueldad: roces “accidentales”, camisas abiertas, miradas largas cuando Marta no estaba. Marta, ajena a todo, solo notaba que su marido estaba más irritable y más insistente por las noches.
Un jueves por la tarde, Alejandro explotó.
—No puedo más —le dijo a Marta en voz baja mientras recogían la cocina—. Necesito estar contigo a solas. De verdad. Sin miedo a que nos oigan, sin prisas, sin tener que callarnos.
Marta lo miró, vio la desesperación en sus ojos y sintió una punzada de culpa. Ella también lo echaba de menos. Aquella misma noche hablaron con una amiga suya que tenía una casa pequeña en el campo, a una hora de la ciudad. La amiga se la dejó sin problema para el fin de semana. Laura se quedaría con los padres de Marta, que estaban encantados de cuidarla.
El viernes por la tarde salieron los dos solos. En el coche Marta iba radiante. Habían planeado una noche romántica: cava, fresas, chocolate, velas. Por primera vez en semanas se sentían como una pareja normal.
Pararon en un supermercado grande antes de llegar al pueblo. Mientras Alejandro cogía carne para la barbacoa y cervezas, Marta se escabulló hacia la sección de higiene. Con las mejillas ardiendo, metió en la cesta un gel lubricante especial, toallitas íntimas y un pequeño enema. Era su sorpresa. Sabía cuánto le gustaba a Alejandro el anal y quería dárselo. Quería ser suficiente para él.
Cuando llegaron a la casa del campo, era ya casi de noche. Era una casita preciosa, aislada, con un pequeño jardín. Marta estaba nerviosa y feliz. Nada más bajar del coche besó a Alejandro con ganas.
—Vamos a pasar un fin de semana increíble —le susurró.
Descargaron, abrieron el cava y empezaron a preparar una cena ligera. Alejandro no podía quitarle las manos de encima. La arrinconó contra la encimera, le subió el vestido y empezó a tocarla. Marta rio, pero lo frenó con suavidad.
—Espera… Tenemos todo el fin de semana. No corras. Tengo una sorpresa para ti esta noche. Algo que sé que te gusta mucho.
Alejandro entendió perfectamente la indirecta. Se le oscurecieron los ojos de deseo. La besó con fuerza.
—Te quiero —murmuró.
Marta fue al baño a prepararse. Se duchó, se limpió por dentro con cuidado, se puso un poco de perfume en los sitios más íntimos y se miró al espejo, nerviosa pero decidida. Quería que esta noche fuera perfecta.
Cuando salió del baño, envuelta solo en una toalla, encontró a Alejandro sentado en el sofá con la cara descompuesta.
 Tenía el móvil en la mano.
—Era mi madre —dijo con voz ronca—. Ha tenido contracciones fuertes. La han llevado a urgencias. Tenemos que volver ahora mismo.
Marta sintió que se le caía el mundo encima. Todo el esfuerzo, toda la ilusión… destrozada.
Recogieron todo en silencio. El cava sin abrir, las fresas, el chocolate, el gel lubricante que Marta había escondido en su bolso. Volvieron a la ciudad en un silencio pesado.
Cuando llegaron al hospital, Laura ya estaba en casa. Había sido un susto: contracciones de Braxton-Hicks fuertes por el calor y el estrés, pero nada grave. El médico le había recomendado reposo absoluto y mucha tranquilidad.
Los padres de Marta insistieron en que ella se quedara esa noche con ellos para ayudar. Alejandro se ofreció a quedarse con Laura.
—Vete tranquila —le dijo a Marta, besándola en la frente—. Yo me quedo con ella.
Marta aceptó, aunque con una punzada extraña en el pecho.
A eso de la una de la madrugada, Alejandro estaba en el salón viendo una película sin sonido, intentando no pensar. Laura salió del dormitorio. Llevaba solo su bata rosa de casa, la que ya no le cerraba. El cinturón apenas se ataba por encima del vientre. Los pechos pesados y el vientre redondo quedaban completamente a la vista.
Se quedó de pie junto al sofá.
—Lo siento —susurró—. Siento haber fastidiado vuestro fin de semana.
Alejandro no contestó. Solo la miró. Laura se acercó y se sentó a su lado. La bata se abrió del todo.
—Sé que estás pasando un momento muy duro —murmuró, apoyando una mano en su muslo—. Estás muy estresado… necesitabas esos días para desahogarte.
Su mano subió lentamente hasta la entrepierna. Alejandro se tensó, pero no la apartó. Laura metió la mano dentro de los pantalones cortos y sacó su polla, que ya empezaba a endurecerse.
—Déjame ayudarte… —susurró.
Se inclinó y se la metió en la boca sin prisa. Caliente, húmeda, profunda. Empezó a chupársela con lentitud, mirándolo de vez en cuando. Alejandro tenía la mandíbula apretada, la respiración agitada. Estaba confuso, excitado, furioso consigo mismo… pero no la detuvo.
Laura sacó la polla un segundo y murmuró contra la cabeza brillante:
—Yo sí sé lo que necesitas… No como Marta.
Laura bajo la cabeza y se introdujo lentamente la polla en la boca
Eso fue demasiado.
Algo se rompió dentro de Alejandro.
La agarró del pelo con fuerza y la levantó. La giró bruscamente y la puso de rodillas en el sofá, con la cabeza colgando hacia abajo por el reposabrazos. Le abrió la bata del todo, dejando su vientre embarazado y sus pechos pesados completamente expuestos.
—No digas eso… —gruñó, con la voz rota entre rabia y deseo.
Le metió la polla en la boca hasta el fondo y empezó a follarla con fuerza. Empujones profundos, controlados pero duros. Con una mano le sujetaba la cabeza, con la otra apretaba uno de sus pechos hinchados, luego bajaba al vientre redondo, sintiendo cómo su propio hijo se movía dentro de ella.
—Joder… —jadeaba, casi con dolor—. ¿Por qué tienes que ser tú…?
Laura gemía alrededor de su polla, dejando que la usara. Las lágrimas le caían por las sienes, pero no se apartaba. Alejandro follaba su garganta con una mezcla de rabia, culpa y necesidad desesperada. Cuando se corrió, fue con un gruñido largo y roto, vaciándose profundamente en su boca mientras le apretaba el vientre con fuerza.
Se quedó unos segundos dentro, temblando. Luego se apartó bruscamente, se subió los pantalones y se dejó caer en el sofá, con la cara entre las manos.
Laura se incorporó despacio, limpiándose los labios con el dorso de la mano. Lo miró en silencio un momento, con los ojos brillantes, y se fue a su habitación

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