Lo que no se nombra (capítulo 11) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Alejandro no durmió esa noche. Se quedó en el sofá hasta el amanecer, con la mirada perdida y un nudo en el estómago que no se le iba. Laura se había retirado a su habitación en silencio después de tragar. Ninguno de los dos había dicho una palabra más. El silencio fue peor que cualquier reproche.
A la mañana siguiente, cuando Marta volvió de casa de sus padres, Alejandro la recibió con un abrazo más largo de lo habitual. La besó en la frente, en las mejillas, en los labios. Quería sentirla. Quería recordarse a sí mismo que la quería.
—Te he echado de menos —le dijo, y era verdad.
Marta sonrió, aunque todavía llevaba la vergüenza de la noche anterior grabada en el cuerpo. No le contó nada. Solo se dejó abrazar.
Los días siguientes fueron extraños. Alejandro estaba más cariñoso con Marta, más atento, como si intentara compensar algo que ni él mismo entendía del todo. Pero por las noches, cuando la casa se quedaba en silencio, su mirada se escapaba hacia la habitación de Laura. Y Laura lo sabía. Lo sentía en cómo lo miraba cuando Marta no estaba, en cómo se tocaba el vientre delante de él, en cómo dejaba la puerta del baño entreabierta.
Una noche, casi una semana después, Marta cedió.
Hacía mucho calor. Habían cenado los tres juntos y Marta había bebido un poco de vino. Cuando se acostaron, dejó que Alejandro la besara con más intensidad de lo habitual. Esta vez no puso excusas. Solo susurró:
—Vale… pero en silencio, por favor.
Alejandro la desnudó con manos temblorosas de deseo. Le quitó la camiseta fina y las bragas con prisa, la puso a cuatro patas sobre la cama y le levantó las caderas. Marta se agarró a la almohada, mordiéndola ligeramente. Él se colocó detrás, escupió en su mano, lubricó su polla dura y entró en ella de un solo empujón profundo.
Marta soltó un gemido ahogado y hundió la cara en la almohada. Alejandro empezó a follarla con fuerza, con embestidas largas y desesperadas, como si quisiera borrar con su cuerpo todo lo que había pasado con Laura. Sus caderas chocaban contra el culo de Marta con un sonido húmedo y constante. Cada golpe hacía que sus tetas se balancearan pesadamente debajo de ella.
Y entonces Marta abrió los ojos.
La puerta de la habitación estaba entreabierta unos quince centímetros. Y allí, en la penumbra del pasillo, estaba Laura.
De pie. Inmóvil. Observándolos.
Llevaba la bata rosa abierta por completo. Su vientre grande y redondo brillaba suavemente bajo la luz tenue del pasillo. Sus pechos pesados y llenos colgaban libres, los pezones oscuros endurecidos. Miraba directamente cómo su hijo follaba a su mujer, con los ojos fijos en el punto donde la polla de Alejandro entraba y salía del coño de Marta.
Los ojos de Laura y Marta se encontraron.
Marta se quedó petrificada. El terror fue tan brutal que por un segundo pensó que iba a desmayarse. Quiso gritar, quiso parar a Alejandro, quiso taparse… pero no hizo nada. El pánico la paralizó por completo.
 Si hablaba, Alejandro se enteraría. Si paraba, él querría explicaciones. Si se tapaba, Laura seguiría viendo todo.
Así que no hizo nada.
Solo se quedó allí, con los ojos muy abiertos clavados en su suegra, mientras Alejandro seguía embistiéndola con fuerza, ajeno a todo. Cada golpe profundo hacía que sus tetas se movieran y que el sonido obsceno de piel contra piel llenara la habitación. Laura no apartaba la mirada. Su expresión era tranquila, hambrienta, casi posesiva. Una mano descansaba sobre su vientre hinchado, la otra bajaba lentamente hacia su propio sexo.
Marta sintió que se rompía por dentro. La vergüenza le ardía en la cara, en el pecho, en todo el cuerpo. Pero su coño, traicionero, se contraía con más fuerza alrededor de la polla de Alejandro. Las lágrimas empezaron a caerle en silencio por las mejillas.
Alejandro creyó que era de placer y aceleró. La follaba más duro, más profundo, sujetándola fuerte por las caderas, gruñendo bajito contra su espalda.
—Joder, Marta… estás tan apretada esta noche… —susurró ronco.
Marta se corrió entre sollozos mudos. Un orgasmo humillante y devastador que la sacudió entera. Sus paredes internas apretaron la polla de Alejandro en espasmos violentos mientras lloraba en silencio, mordiéndose el brazo con fuerza para no gritar. El placer y la vergüenza se mezclaron hasta doler.
Alejandro se corrió poco después, vaciándose dentro de ella con un gemido ronco y largo, empujando hasta el fondo mientras descargaba chorros calientes y abundantes.
Cuando terminó, se dejó caer a su lado, respirando agitado. Intentó abrazarla, pero Marta se hizo un ovillo de inmediato, dándole la espalda, temblando visiblemente.
—¿Marta…? —susurró él, preocupado, acariciándole la espalda con ternura—. ¿Qué te pasa, amor? ¿Estás bien?
Ella no contestó. Solo negó con la cabeza y se encogió más, intentando contener los sollozos que le sacudían el cuerpo.
Alejandro se quedó mirándola un rato, confundido y herido. La abrazó desde atrás con cuidado, besándole el hombro.
—Háblame… por favor. Me estás asustando.
Marta no dijo nada. Solo lloró en silencio, con el semen de Alejandro saliendo lentamente entre sus piernas y la imagen de Laura mirándolos grabada a fuego en la retina.
En el pasillo, Laura se retiró sin hacer ruido. Una pequeña sonrisa satisfecha curvaba sus labios mientras volvía a su habitación, cerrando la puerta con suavidad.

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