Lo que no se nombra (capitulo 9)
Los días se fueron asentando en una rutina extraña, densa, casi insoportable.
Marta salía temprano a la universidad y muchas tardes se quedaba estudiando hasta tarde. Laura, obligada a reposo, pasaba el día en casa. Alejandro intentaba trabajar fuera todo lo posible, pero el calor del verano y su horario flexible lo traicionaban. Cada vez pasaba más horas solo con su madre.
Laura se había rendido al calor. Vestía prendas muy ligeras: camisetas viejas de Alejandro que le quedaban cortas, vestidos sueltos de tirantes que apenas le cubrían los muslos, o directamente una camisa desabotonada con solo las bragas debajo. Sus pechos habían crecido mucho y se movían pesados bajo la tela fina. El vientre redondo y firme empujaba cualquier prenda hacia arriba, dejando a la vista la piel tirante y suave.
Esa noche, cuando Marta se metió en la cama nido, Alejandro lo intentó de nuevo. Llevaba días con la tensión acumulada. La besó con urgencia, le metió la mano entre las piernas y empezó a frotarle el clítoris por encima de las bragas.
Marta respondió al principio, pero cuando él intentó bajárselas, se tensó.
—Alejandro… espera —susurró—. Laura está justo al lado. La pared es muy fina.
Él insistió, besándole el cuello, frotándose contra ella.
—No… de verdad que no puedo —dijo Marta, apartándole la mano con suavidad—. Me da mucha vergüenza. Es como si estuviera mi madre al lado. Lo siento…
Alejandro respiró hondo, frustrado. Lo intentó una vez más, pero Marta se cerró por completo. Al final se dio la vuelta, dándole la espalda.
—Lo siento… —murmuró ella.
Alejandro se quedó mirando el techo un rato largo, con la polla dura y dolorida. La frustración era casi insoportable. Al cabo de veinte minutos, cuando oyó la respiración regular de Marta, se levantó con cuidado y salió de la habitación.
Fue al baño pequeño del pasillo y cerró la puerta sin echar el pestillo del todo. Se bajó los pantalones cortos y sacó su polla, dura como una piedra. Empezó a masturbarse con rabia, apoyado contra el lavabo. En su cabeza solo veía a Laura: su vientre redondo, sus pechos pesados, la forma en que la camisa se le abría cuando se movía.
Estaba a punto de correrse, con los ojos cerrados y la mano moviéndose rápido, cuando la puerta se abrió.
Laura entró.
Llevaba una camisa de Alejandro completamente desabotonada. El vientre prominente y los pechos pesados quedaban a la vista. Se quedó parada un segundo, mirando la escena: su hijo con la polla en la mano, jadeando, a punto de correrse.
El silencio fue absoluto.
Laura cerró la puerta despacio detrás de ella. Sus ojos bajaron hasta la polla erecta de Alejandro, brillante y palpitante. Luego lo miró a la cara.
Sin decir una palabra, se acercó.
Alejandro soltó su polla, pero no se tapó. Laura extendió la mano y envolvió su erección con los dedos cálidos. Empezó a masturbarlo con lentitud, mirándolo directamente a los ojos.
El silencio era casi ensordecedor. Solo se oía la respiración agitada de Alejandro y el sonido húmedo y suave de la mano de Laura moviéndose sobre su polla.
Ella se pegó más a él. Su vientre embarazado rozaba el muslo desnudo de Alejandro. Uno de sus pechos pesados presionaba contra su brazo. Laura no sonreía. Solo lo miraba, con una expresión tranquila y profunda, mientras su mano subía y bajaba con ritmo constante, apretando justo donde sabía que le gustaba.
Alejandro jadeaba con la boca abierta. Intentó tocarla, pero Laura, con la mano libre, le sujetó suavemente la muñeca contra el lavabo, impidiéndoselo. Solo quería que sintiera. Solo quería que se corriera.
Aceleró un poco el movimiento. Su pulgar pasaba una y otra vez por la cabeza sensible, extendiendo el líquido que no paraba de salir. El vientre redondo de Laura rozaba rítmicamente el muslo de él con cada movimiento de su brazo.
Alejandro se tensó de golpe. Se corrió con fuerza, soltando chorros gruesos y calientes que cayeron sobre la mano de su madre, sobre su vientre embarazado y sobre el suelo del baño. Laura siguió moviendo la mano con suavidad, exprimiéndolo hasta la última gota, sin apartar la mirada de su cara.
Cuando terminó, Alejandro se quedó temblando, con las piernas flojas.
Laura se miró la mano y el vientre manchados de semen. Sin prisa, cogió un paño pequeño y se limpió con calma. Luego limpió también el suelo.
Antes de salir, se giró un segundo hacia él. Lo miró a los ojos durante un instante largo, intenso. No dijo nada.
Solo cerró la puerta con suavidad detrás de ella.
Alejandro se quedó solo en el baño, con los pantalones bajados y el corazón latiéndole con fuerza.
Sabía que ya no había marcha atrás.
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