La campaña ( capítulo 17) CON VIDEOS

El despertador pitó como un taladro en la cabeza. Víctor abrió los ojos con un gruñido, la boca pastosa, el cuerpo pesado de una noche dando vueltas sin dormir de verdad. Lo primero que sintió fue el calor pegajoso de las sábanas. Lo segundo fue el chillido de Valeria desde el pasillo.

—¡Levántate ya! ¿No has oído el despertador o qué?

Ella entró en el dormitorio como un torbellino, pelo revuelto, camiseta de dormir cayéndole por un hombro, manos en las caderas. Víctor se incorporó despacio, frotándose la cara.

—Joder… sí, lo he oído. Ya voy.

Valeria bufó, pero no había rabia real; solo la prisa de madre que tiene que dejar al niño en el cole y llegar a tiempo a su clase online.

—Pues muévete, que Lucas ya está levantado y yo tengo que prepararme.

Víctor se levantó, cabeza empantanada por los recuerdos de la noche anterior. Culpa en la recamara después de haberse masturbado con la foto de Elena y Marta, y  después más vueltas en la cama pensando en Carla: el roce en la montaña, su culo empujando contra su erección, pecho en su mano, gemido bajito. ¿Debería contárselo a Valeria? Si lo hacía, no era solo cómo reaccionaría ella hacia él… era el riesgo de un cisma familiar. Carla era su hermana. Si Valeria se enteraba de que su hermana se había frotado contra su marido… ¿qué haría? ¿Se enfadaría con él? ¿O con las dos? La idea le apretaba el estómago como un nudo.

Se duchó rápido con agua fría, intentando bajar la erección matutina y la culpa que le apretaba el estómago. Salió envuelto en toalla, el vapor todavía flotando en el baño. Entró en el dormitorio y la vio: Valeria de espaldas, frente al espejo del armario, poniéndose los leggings negros despacio, como si midiera cada centímetro de tela que se ceñía a sus muslos y culo. La camiseta técnica fina ya estaba puesta, pegada a los pechos por el calor del cuerpo, pezones ligeramente marcados bajo la tela. Se giró un poco para ajustar la cintura de los leggings, y el movimiento hizo que el tejido se tensara sobre la curva de su culo, dejando ver la línea sutil del tanga que llevaba debajo.

Víctor se quedó quieto en la puerta, toalla alrededor de la cintura, polla latiendo otra vez al verla. Ella lo pilló en el espejo, sonrió torcida, pero no dijo nada al principio. Solo se pasó las manos por los muslos, alisando la tela, como si disfrutara de saber que él la estaba mirando.

— Estàs molt callat aquest matí—dijo al fin, voz ronca, girándose del todo hacia él—. Encara penses en la muntanya?

Víctor tragó saliva, intentando que no se le notara la inquietud.

—Un poco.

Valeria se acercó despacio, tacones resonando en el suelo de madera. Se paró frente a él, tan cerca que sintió su calor y el leve aroma a jabón y a ella.

— Doncs pensa més—susurró, mano rozando la toalla sobre su erección—. Perquè la prenda que t’has de pagar comença aquesta tarda. I no serà fàcil.

Le dio un beso lento en la comisura de la boca, lengua rozando apenas, y se apartó antes de que él pudiera reaccionar.

— Vesteix-te. En Lucas ja és a baix i jo he de sortir en deu minuts.

Salió del dormitorio con ese andar que lo volvía loco, dejando a Víctor con la polla dura, la culpa latiendo más fuerte y la promesa de la tarde colgando como una amenaza dulce.

Dejó a Lucas en el cole con la mochila de dinosaurios colgando. El tráfico del lunes por la mañana era el habitual caos del 22@: cláxones, semáforos eternos, olor a gasolina y café quemado. Víctor conducía en piloto automático, la mente dando vueltas a lo mismo: Carla, el roce, la prenda aplazada, la foto que lo había hecho correrse solo.

Llegó a la agencia sobre las nueve y media. Entró en la sala de reuniones donde ya estaban Noa y Lia, sentadas a la mesa larga con portátiles abiertos. Noa con falda de vuelo azul y una camiseta negra con escote en v, coleta baja, mejillas ya subidas de color al verlo entrar. Lia con falda lápiz negra y blusa abierta un botón de más, postura rígida, brazos cruzados.

—Buenos días —dijo Víctor, dejando la carpeta sobre la mesa—. Vamos a ver progresos del fin de semana.

Noa fue la primera en hablar, voz temblorosa pero intentando sonar profesional, como si recitara un informe que le quemaba la garganta.

—El sábado quedé con un chico de Tinder —empezó, ojos grises bajando a la pantalla del portátil—. Al principio fue todo charla. Me preguntó qué me ponía, y yo le dije que quería explorar sumisión. Él me contó sus fantasías: atarme las manos, vendarme los ojos, follarme despacio hasta que llorara un poco… pero que el “no” se convirtiera en “más”. Me dijo que le gustaba cuando el cuerpo responde antes que la cabeza, cuando dices “para” pero te mojas más. M’estic mullant només de recordar-ho… ostres, no puc parar de pensar-hi.

Víctor sintió el pulso en las sienes acelerarse. La imagen de Noa atada, vendada, llorando mientras la follaban despacio le golpeó directo en la polla. Joder… imaginármela así, vulnerable, rendida… pero ella eligiendo ir.

—Luego… me dejé llevar —continuó Noa, voz quebrada—. Nos calentamos en la mesa, y acabamos en el baño. Me folló contra la pared, rápido, pero controlando todo. Gemía bajito, como si no quisiera que nadie oyera… pero yo sí. Me corrí fuerte, temblando contra él.

Lia levantó una ceja, sonrisa torcida, pero no dijo nada. Víctor apretó la carpeta en las manos, erección creciendo bajo los pantalones.

—Y después… me fui con él a su casa —dijo Noa, bajando más la voz—. Allí fue más duro. Me ató las manos a la cama, me vendó los ojos, me folló despacio mientras yo lloraba. Me dijo “para si quieres”, pero yo no paré. Me corrí varias veces, sintiendo que perdía el control… pero era lo que quería.


Víctor explotó, voz dura, el estómago apretado por el riesgo que veía ahora claro.

—¿Te fuiste a casa de un desconocido que te ata y te hace llorar? —preguntó, inclinándose hacia delante—. ¡Te dije que podía ser peligroso si nadie sabía dónde estabas! Las citas eran para sonsacar fantasías, no para cumplirlas. ¡No puedes ponerte en riesgo así!

Noa levantó la mirada, ojos grises brillantes, un poco desafiantes, pero con un temblor debajo.

—Y el domingo quedé con otro —siguió, ignorando el enfado—. Él quería dominación femenina. Me dijo que le gustaba que la mujer mandara, que lo humillara un poco. Usé fusta, lo até a la cama, me meé encima de él mientras lo cabalgaba… pero no me gustó tanto. No encontré la misma conexión. Era como si yo estuviera actuando, no sintiendo.

Víctor se levantó de la silla, voz más alta, el pulso martilleando en las sienes.

—¿Otra cita sin avisarme? ¿Otra vez sola en casa de un desconocido? ¡No puedes hacer eso! ¡La campaña no es para que te pongas en peligro real!

Noa lo miró fijo, voz baja pero firme.

—Eran sábado y domingo, no horario de trabajo. Creía que no querrías saberlo… por estar con tu mujer. És la meva vida personal, Víctor. Jo decideixo què faig amb el meu cos fora d’aquí.

Víctor sintió el dardo clavarse. Por estar con mi mujer… como si supiera que yo también tengo secretos. Pero joder, ella atada en casa de un desconocido… me pone celoso, enfadado, y duro a la vez. La erección le dolía contra los pantalones, la culpa por su propia hipocresía picando al mismo tiempo.

El silencio en la sala se hizo pesado, casi tangible. Noa seguía con la mirada baja, respirando un poco más rápido de lo normal, las manos apretadas sobre el regazo como si intentara contener algo. Víctor notaba la tensión en su propia mandíbula, la forma en que su voz había salido más dura de lo que pretendía, y el modo en que Lia los observaba a los dos desde su asiento, con esa media sonrisa fría que siempre parecía saber más de lo que decía.

Lia intervino entonces, voz calmada pero cortante, como quien tira de un hilo para desenredar un nudo antes de que se apriete del todo.

—Vale, vale… dejadlo ya —dijo, inclinándose hacia delante con los codos en la mesa—. Víctor tiene razón en lo del riesgo, Noa. No puedes ir sola a casas de tíos que acabas de conocer por Tinder, aunque sea “fin de semana”. La campaña es peligrosa de por sí, no hace falta añadirle más. Pero… —miró a Noa directamente, sin parpadear— tampoco hace falta que te pongas a la defensiva. Todos sabemos que esto se está yendo de las manos. Incluido tú, jefe.

Víctor la miró, sorprendido por el tono conciliador pero firme. Lia no estaba defendiendo a nadie; estaba poniendo orden, como si fuera la única adulta en la sala.

Noa bajó la cabeza aún más, el rubor extendiéndose hasta el cuello.

—Tens raó… ho sento. Només volia… ajudar al projecte.

Lia soltó un suspiro corto, casi maternal.

—Ayudar está bien. Ponerte en peligro no. La próxima vez avisas, ¿de acuerdo? Y si hace falta alguien que te acompañe o que sepa dónde estás… avisas a alguien del equipo. No tiene que ser Víctor si no quieres.

Víctor asintió despacio, agradecido por el capote sin tener que pedirlo. La tensión en la sala bajó un grado, aunque el aire seguía cargado, eléctrico.

—Bien —dijo él, voz más calmada—. Seguimos con lo que tenemos. Lia, ¿tú has avanzado algo?

Lia se encogió de hombros, volviendo a su postura rígida.

—No mucho. No me gustan las mujeres. Me cuesta meterme en el rol.

Víctor suspiró, intentando recuperar el control.

—No sé describir lo que pondría cachonda a una mujer —dijo Lia, voz entrecortada—. Solo sé cómo me pone a mí que me agarren por la espalda y me froten la polla con el culo… o que me levanten en vilo unos brazos fuertes masculinos. Pero no entiendo cómo transmitir lo que pueda excitar de mi a una mujer en un chat o por teléfono. No veo la vagina de frente. Solo la veo desde dentro… o desde el espejo cuando me toco.

Noa intervino, voz baja, todavía temblorosa por el relato anterior.

—Te ayudo. Repite lo que te diga… como si estuvieras escribiendo el mensaje o hablando por teléfono. Yo lo haré con mi cuerpo para que lo veas.

Lia levantó una ceja, pero no dijo no. Solo se quedó mirando a Noa, como si esperara que se echara atrás.

Noa se levantó despacio. Se subió con las piernas abiertas sobre la mesa de reuniones, justo delante de Lia. La falda subió hasta la cintura.

Lia tragó saliva, ojos fijos en el coño de Noa.

—Vale…

Noa empezó, voz baja pero firme.

—Lo primero es que te bajaría despacio las bragas y las doblaría con mucha delicadeza en el bolsillo trasero de mi pantalón para que no se enfriaran.

Mientras lo decía, sus dedos rozaron la piel de sus propios muslos, bajando sus bragas ante la mirada de Victor y Lia y doblando con delicadeza sobre la mesa de reuniones. Lia repitió, voz temblorosa, como si tomara notas mentales.

—Lo primero… te bajaría despacio las bragas… y las doblaría en el bolsillo trasero de mi pantalón… para que no se enfriaran.

Noa siguió.

—Luego recorrería con las uñas la parte interna del muslo… pero cuando notes el calor de la vagina… volvería atrás. No hay prisas.


Sus uñas arañaron su propia piel, subiendo despacio hasta rozar el borde de los labios mayores y retrocediendo. Lia repitió el movimiento en el aire, dedos temblando.

—Recorrer con las uñas… la parte interna del muslo… pero cuando notes el calor… vuelves atrás.

Noa abrió más las piernas, labios mayores separándose ligeramente.

—Luego círculos sobre los labios mayores… sin tocarlos. Solo rodeas, provocas… dejas que se hinchen solos.

Sus dedos dibujaron círculos en el aire a un centímetro de su propia piel, sin rozar. Lia repitió, voz más entrecortada.

—Círculos… sin tocarlos… para que se hinchen solos.

Noa respiró hondo, voz temblando.

—Descubrir el clítoris… y soplarlo sutilmente. No lo toques todavía. Solo aire caliente… para que se tense, para que pida más.

Lia se inclinó un poco hacia delante, como hipnotizada. Labios entreabiertos, y sopló sobre el clítoris de Noa sin tocarlo. Noa soltó un gemido bajito, muslos temblando.

—Collons… així… —susurró, voz quebrada—. Ara ho sents? Com es posa dur… com demana llengua…

Víctor sintió el aire cargarse de golpe. La escena se estaba yendo de las manos: Noa expuesta, Lia congelada pero actuando, su propia polla latiendo dolorosamente bajo los pantalones. La culpa le picó fuerte: Esto es la sala de reuniones de la compañia. Mi campaña. Mi becaria. Y yo las estoy dejando hacer esto… porque me pone. Porque quiero ver hasta dónde llegan.

Se levantó de golpe, voz ronca pero firme.

—Ya está bien. Lia ha entendido el concepto.

Noa bajó de la mesa, piernas temblando, se ajustó la falda con manos nerviosas. Se sentó despacio y guardó entre sus manos las bragas dobladas, muslos apretados, mejillas ardiendo.

Lia se quedó sentada, respiración agitada, manos en el regazo como si no supiera dónde ponerlas.

Víctor miró el reloj.

—Tengo que ir a comer con los clientes. Seguimos mañana. Salió de la sala con la polla dura contra los pantalones, el corazón martilleando.

Víctor volvió de comer pasadas las tres. La comida había sido larga y pesada: los americanos, con su español lleno de acentos y errores graciosos (“we need this break, yes?”, “very good, the Tinder thing is hot, no?”), habían insistido en castellano para “practicar”. Víctor les había contado los avances: testimonios autocensurados que no llegaban al fondo, necesidad de interacciones más orgánicas, las cuentas de Noa y Lia en Tinder para provocar conversaciones reales. Les prometió una presentación completa la semana siguiente o la próxima, según agendas. Los americanos asintieron, satisfechos, y se fueron con palmadas en la espalda y promesas de “big results”.

Entró en la agencia con el sabor del café americano todavía en la boca, el traje un poco arrugado por el calor de la calle. El pasillo estaba tranquilo, solo el tecleo lejano de algún ordenador. Pasó por el área abierta y entonces la vio.

Valeria estaba allí, de pie junto a la impresora, hablando con Marc y Guille, los dos seniors que llevaban los visuales y el copy. Llevaba un traje de chaqueta negro impecable: americana ajustada, sin blusa debajo, solo la piel bronceada asomando en un escote infinito que bajaba hasta casi el ombligo, dejando ver el inicio de los pechos y la curva interna que se perdía en la tela. Los pantalones ceñidos se pegaban a sus caderas y culo como una segunda piel, marcando cada movimiento con precisión quirúrgica. Tacones altos, pelo suelto en ondas naturales, gafas finas. Se notaba el esfuerzo: sonrisa coqueta un poco forzada, mano rozando “sin querer” el brazo de Marc al pasarle un folio, risa un poco más alta de lo habitual. Los dos hombres estaban encantados, pero incómodos: se veían nerviosos, como si supieran que estaban tonteando con la mujer del jefe y no supieran muy bien cómo parar.


Víctor se quedó quieto un segundo en el pasillo, sintiendo cómo la sangre le subía a la cara. No era solo sorpresa; era posesión. Se acercó con pasos firmes, sin prisa aparente, pero con la mandíbula apretada.

Los dos seniors lo vieron llegar y se enderezaron como resortes. Marc tartamudeó algo sobre “el briefing de la campaña”, Guille miró al suelo y murmuró un “jefe…”. Valeria se giró despacio, sonrisa satisfecha, como si lo hubiera estado esperando.

Víctor la tomó por la cintura con una mano firme, casi posesiva, y la besó en la boca delante de ellos. Lengua rozando la suya un segundo más de lo necesario, mano bajando un poco por la espalda hasta el límite de lo profesional. Cuando se separó, miró a los dos hombres con calma absoluta.

—Perdón por llegar tarde —dijo alto, voz grave—. Mi mujer venía a verme… teníamos cosas pendientes.

Marc y Guille asintieron rápido, “tranquilo, jefe… ya seguimos luego”, y desaparecieron hacia sus mesas con la cara roja.

Víctor no soltó la cintura de Valeria. La llevó al despacho sin decir una palabra más. Cerró la puerta con un golpe seco.

—¿A qué has venido? —preguntó, voz baja, mezcla de excitación y confusión.

Valeria se apoyó en el borde de la mesa, piernas cruzadas, la americana abriéndose un poco más y dejando ver el escote infinito, piel bronceada y curva de los pechos que subían y bajaban con cada respiración.

—Me pareció muy interesante la evolución del proyecto. Quería saber más. Y si tú vas a empezar a interactuar a través de aplicaciones… pues quería estar informada.

Víctor sintió el pulso en las sienes.

—Llegas tarde. La reunión con los clientes fue esta mañana.

Valeria sonrió lenta.

—No importa. Hablaré yo directamente con las chicas.

Se levantó sin dejarle contestar y salió del despacho. Víctor la siguió, corazón latiéndole fuerte.

Valeria entró en la zona de las becarias sin pedir permiso. Noa y Lia estaban en sus mesas. Las dos levantaron la vista al mismo tiempo.

Valeria sonrió, voz clara y dominante.

—Hola, chicas. Soy Valeria, la mujer de Víctor. Me pareció interesante el proyecto y quería conoceros en persona.

Noa se sonrojó hasta el cuello, ojos grises bajando rápido, muslos apretándose bajo la mesa. Lia levantó una ceja, postura rígida, brazos cruzados.

Valeria se acercó a la mesa de Noa primero, pasos lentos y deliberados, tacones resonando en el suelo de la oficina como si midiera cada centímetro de territorio que reclamaba. Se paró justo al lado de la silla de Noa, inclinándose ligeramente hacia delante, lo suficiente para que el escote infinito de la americana se abriera un poco más, dejando ver la curva interna de los pechos y la piel bronceada que subía y bajaba con cada respiración tranquila.

—Ya “oí” lo intensa que fue la cita en la cafetería del sábado —dijo, voz suave pero firme, casi maternal—. Quería saber tus sensaciones. De verdad.

Noa levantó la mirada un segundo, mejillas encendidas hasta las orejas, y volvió a bajarla rápido. Sus manos se apretaron sobre el regazo, falda plisada arrugada en los muslos.

—Eh… sí… el sábado con un chico… me ató, me vendó los ojos… follamos despacio mientras yo lloraba un poco.  Ah, bueno, no… primero lo de la cafetería, sí. Fue… intenso. El domingo con otro… él quería dominación femenina. Usé fusta, me meé encima… pero no me gustó tanto.

—Ya le hemos dicho que no puede ir sola — Interrumpió Victor.

Noa levantó la mirada un instante, ojos brillantes, respiración acelerada.

—Lo sé… pero…

Valeria la cortó con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Nena… te falta más práctica para dominar el peligro. La próxima vez que quieras ir a una cita y te sientas más cómoda con una mujer que con un hombre… avísame. Puedo ayudarte a preparar… o incluso acompañarte.


Noa tragó saliva, muslos apretándose bajo la mesa, mejillas ardiendo.

—Gracias… lo tendré en mente.

Lia intervino desde su asiento, voz fría y cortante.

—Yo no he avanzado mucho. No me gustan las mujeres.

Valeria se giró hacia ella, sonrisa torcida, escote infinito abriéndose un poco más con el movimiento.

—Pues práctica. También te puedo enseñar.

Se dio la vuelta y salió sin esperar respuesta, tacones resonando en el pasillo. Víctor la siguió, corazón latiéndole fuerte en el pecho.

En el coche, camino a recoger a Lucas, Víctor rompió el silencio.

—¿A qué iba todo eso?

Valeria miró por la ventana, voz ronca.

—Es parte de tu prenda. Si quieres pagarla… tendrás que entregar a Noa. Y si te pareció buena idea el trío con ella el sábado… primero tengo que estar segura de que es de confianza.

Víctor tragó saliva.

—¿Y si no quiero?

Valeria sonrió lenta, mano rozando su muslo.

—Entonces seguirás en cuarentena. Y la prenda será peor.

La tarde fue normal: recoger a Lucas, merienda, deberes, cena. Pero cada vez que Víctor intentaba acercarse, Valeria lo paraba con una mirada o un gesto sutil. Después de cenar, mientras veían la tele, él intentó meter mano por debajo de su camiseta. Ella lo detuvo suave pero firme.

—Hasta que pagues prenda estás en cuarentena.

Cambió de canal sin darle importancia y siguió viendo la serie, como si nada.

Víctor se quedó sentado a su lado, polla dura, la prenda colgando en el aire como una promesa que quemaba.

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