Incesto en La Mancha (capítulo 2)
Elena se despertó primero. La luz de la mañana entraba suave por las cortinas entreabiertas. Todavía sentía el cuerpo caliente y sensible por lo que había pasado unas horas antes. Alfredo dormía boca arriba, con un brazo por encima de la cabeza y la sábana apenas cubriéndole las caderas.
Ella lo miró un momento. Luego se incorporó despacio, se quitó el camisón que usaba para dormir y se colocó entre sus piernas con cuidado. Sin decir nada, bajó la sábana y sacó su polla. Ya estaba medio dura. Se inclinó y empezó a chupársela despacio, con la boca caliente y húmeda, moviendo la cabeza con calma.
Alfredo soltó un gruñido bajo y abrió los ojos. Al ver a Elena entre sus piernas, sonrió con pereza y le pasó una mano por el pelo.
—Buenos días… —murmuró con voz ronca.
Elena no respondió. Siguió chupándosela un rato más, hasta que la sintió completamente dura y palpitante. Entonces se incorporó, se quitó las bragas y se colocó encima de él. Se agarró de su polla, se frotó un poco contra ella y luego se sentó lentamente, introduciéndosela hasta el fondo.
Un gemido largo y satisfecho se le escapó.
Se apoyó con las manos en el pecho de Alfredo y empezó a moverse. Primero despacio, disfrutando de la sensación de tenerlo dentro, pero poco a poco fue subiendo el ritmo. El sonido de sus cuerpos chocando se volvió más notorio. Elena no se reprimía. Gemía con la boca entreabierta, sin importarle el volumen.
Alfredo la agarró de las caderas y la miró con los ojos entrecerrados, dejando que ella llevara el ritmo. Pero mientras la sentía subiendo y bajando sobre su polla, la imagen del pasillo volvió con fuerza: Camila agachada, el escote abierto, esas tetas grandes y pesadas apretadas dentro del sujetador, la forma en que lo había mirado cuando notó que se le estaba poniendo dura. Comparó el peso, la firmeza, la juventud. Elena era más suave, más madura, más entregada… pero Camila era otra cosa.
Elena se inclinó hacia delante, apoyando las manos a los lados de su cabeza, y siguió follándolo con fuerza. Sus tetas se movían cada vez que bajaba.
—Joder… qué rico —dijo entre gemidos, sin bajar la voz.
Cabalgó sobre él con movimientos cada vez más intensos, hasta que su cuerpo se tensó y se corrió con un gemido largo y tembloroso. Siguió moviéndose unos segundos más, disfrutando de las últimas oleadas de placer, hasta que Alfredo también se corrió dentro de ella con un gruñido profundo, todavía con la imagen de la hija clavada detrás de los párpados.
Elena se quedó encima de él unos momentos, respirando agitada, con la frente apoyada en su hombro. Luego se bajó despacio, se puso las bragas y se levantó de la cama.
—Voy a preparar el desayuno —dijo, todavía algo sin aliento.
Alfredo la miró desde la cama mientras se ponía una bata corta de seda y salía de la habitación. Todavía tenía las piernas un poco temblorosas.
Cuando entró al salón, Mateo ya se había despertado y recogido el sofá cama. Al ver a su madre entrar con la bata apenas cerrada, sus ojos se desviaron de la televisión y bajaron instintivamente hacia sus piernas y el escote. Elena abrió la nevera y se agachó para sacar algunas cosas. La bata se le subió por detrás, dejando ver parte de sus nalgas.
Mateo tragó saliva y apartó la mirada hacia la tele, aunque sus ojos volvían cada pocos segundos.
—Ve a despertar a tus hermanas —le dijo ella sin mirarlo—. Que ya son más de las diez y media.
Mateo abrió la puerta del cuarto pequeño con cuidado. La habitación era estrecha y estaba bastante oscura porque las cortinas estaban corridas. Dayana y Camila dormían juntas en la cama de matrimonio, como siempre. Dayana estaba de lado, con una camiseta holgada que se le había subido dejando ver parte de su ropa interior. Camila dormía boca arriba, con una pierna fuera de la sábana y el camisón corto subido hasta la cadera.
Mateo se acercó a la cama y empezó a hacerles cosquillas en los pies, riéndose bajito.
—Arriba, dormilonas…
Dayana gruñó y movió la pierna, intentando apartarse.
—Ay, Mateo, déjanos dormir, coño…
Camila abrió un ojo y lo miró con cara de sueño y fastidio.
—Joder, Mateo… ¿qué hora es ya?
—Casi las once. Mamá dice que os levantéis.
Siguió haciéndoles cosquillas, subiendo por las piernas. Sus manos rozaban los muslos de ambas sin ninguna malicia aparente, aunque se tomaba su tiempo. Dayana se removía entre risas, intentando darle patadas suaves.
—Eres un pesado, en serio…
Camila lo empujó con el pie, pero sin mucha fuerza.
—Mateo, por favor… ya va, ya va.
Mateo sonrió y siguió un poco más, tocándolas por la cintura y las costillas hasta que las dos terminaron sentándose en la cama, despeinadas y medio dormidas.
—Vale, ya nos levantamos —dijo Dayana, pasándose una mano por la cara.
Mientras Mateo salía de la habitación, Dayana se quedó un segundo mirando el techo. Todavía le quedaba en el cuerpo el recuerdo de Ezequiel: el baño del bar, lo rápido que había sido todo, el sabor, el calor. Había sido solo una escapada, pero aún le pesaba un poco en la cabeza.
Camila, en cambio, se sentó en el borde de la cama y se quedó quieta. No pensaba en la noche de fiesta. Pensaba en el pasillo, en la mirada de Alfredo, en la forma en que se le había marcado la erección y en que ella no había apartado los ojos tan rápido como debería. Se pasó una mano por la cara, como queriendo borrar la imagen, y se levantó sin decir nada.
Cuando Dayana y Camila salieron al salón, Elena ya tenía la mesa puesta. Tostadas, café, zumo y un poco de fiambre. Alfredo estaba sentado en su sitio habitual, con el móvil en la mano. Lo guardó en cuanto las vio aparecer.
Comieron los primeros minutos en un silencio raro, solo roto por el ruido de los cubiertos y algún comentario suelto de Mateo. Nadie mencionó la noche anterior.
Fue Alfredo quien, después de dar un sorbo al café, habló con tono calmado pero firme:
—Bueno, chicas. Daros prisa que tenemos que salir hacia la bodega. Que al final no llegamos para comer.
Dayana levantó la vista enseguida.
—Ay, Alfredo… ¿hoy sí o sí, pues? Es que anoche fue una locura y estamos bastante cansadas. A lo mejor podemos ir otro día…
Camila la apoyó, aunque habló más bajo:
—Sí… además no estamos muy arregladas. Íbamos más con la idea de quedarnos por aquí tranquilas hoy, la verdad.
Alfredo las miró por encima de la taza. No parecía enfadado, pero tampoco dispuesto a ceder.
—Ya lo habíamos hablado. Hoy es el día que habíamos quedado. Yo quiero que vayáis.
Hubo un silencio corto. Camila bajó la mirada al plato. Todavía sentía encima la mirada de Alfredo en el pasillo, el roce de su brazo, la forma en que se le había marcado la erección. Ahora ese mismo hombre estaba sentado frente a ella hablando de planes como si nada. Le costaba mirarlo directamente.
Elena intervino entonces, con voz suave pero firme:
—Chicas, ya lo sabían. No es algo de último momento. Además, ya está todo organizado. No cuesta nada ir un rato. Váyanse arreglando y ya.
Dayana miró a su hermana. Cuando su madre se ponía de ese lado, era difícil pelear. Al final cedió, aunque sin ganas:
—Bueno… está bien. Si ya lo tenían planeado…
Camila solo soltó un suspiro corto.
—Dale, vamos entonces.
Mateo, completamente ajeno a la tensión, sonrió con ganas:
—Genial. ¿Podremos ver toda la bodega y el laboratorio? ¿La parte de producción o procesos? Me gustaría mucho.
Alfredo lo miró con claro interés.
—Eso sí que es interés. Si sigues así, ya verás cómo consigues entrar en la Escuela de Agrónomos. Aparte de la de aquí, la de Ciudad Real también es muy buena.
Elena sonrió más tranquila y siguió con su café. Dayana y Camila se levantaron para ir a vestirse.
En la habitación, mientras se ponían los vestidos cortos, Dayana miró de reojo a su hermana.
—¿Estás bien?
Camila se ajustó el escote sin mirarla.
—Sí. Solo que no me apetece mucho el plan, la verdad.
No añadió nada más. Se ató el pelo y salió primero.
Salieron antes de las doce. El SUV de Alfredo avanzaba por la carretera con un suave rumor de motor. El vehículo era amplio y cómodo, con capacidad para siete plazas, pero en ese momento solo los ocupaban cinco. Alfredo iba al volante, Elena a su lado en el asiento del copiloto. En la fila del medio, Dayana y Camila se habían acomodado una junto a la otra. Mateo ocupaba la última fila, solo.
El viaje se alargó. El calor del mediodía y el cansancio de la noche anterior empezaron a hacer efecto. Dayana fue la primera en quedarse dormida, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y los labios ligeramente entreabiertos. Cada vez que el coche pasaba por un bache, su cuerpo se balanceaba suavemente y el escote del vestido se tensaba contra el pecho.
Camila aguantó un poco más, mirando por la ventana con expresión ausente, pero al final también terminó inclinándose hacia delante, vencida por el sueño. El cinturón de seguridad le cruzaba el torso, marcando la curva de sus senos. El vestido, ligero y algo holgado, se le había subido por los muslos, dejando al descubierto una franja generosa de piel. Con cada movimiento del coche, la tela se arrugaba y se tensaba un poco más.
Desde atrás, Mateo no podía evitar mirar.
Al principio lo hizo de reojo, fingiendo revisar algo en el móvil. Pero conforme el trayecto avanzaba y las chicas se hundían más profundamente en el sueño, su mirada se volvió más descarada. Cada vez que el SUV pasaba por un badén o tomaba una curva, los cuerpos de sus hermanas se movían con naturalidad. El escote de Camila se abría un poco más con cada vaivén, dejando entrever el canalillo entre sus pechos. Mateo se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, como si estuviera concentrado en la pantalla del teléfono, pero en realidad observaba fijamente cómo el borde del vestido se deslizaba hacia arriba.
Dayana también se movía. En una curva más pronunciada, su cabeza resbaló un poco y su cuerpo se giró apenas hacia un lado. El vestido se le ajustó contra el pecho y Mateo pudo ver el contorno de su sostén a través de la tela fina. Tragó saliva en silencio. El calor del coche parecía haberse vuelto más denso.
Alfredo lo vio por el retrovisor.
Sus ojos se encontraron con los de Mateo durante unos segundos más largos de lo normal. No dijo nada. Solo sostuvo la mirada un instante, con una expresión neutra pero cargada de algo que Mateo no supo descifrar del todo. Luego volvió la vista a la carretera, aunque el retrovisor siguió reflejando, de vez en cuando, una mirada fugaz hacia la fila de atrás.
Mateo sintió un calor raro en la cara. Apartó la vista hacia la ventanilla, pero al poco rato sus ojos volvieron a las piernas de sus hermanas. Ya no sabía si Alfredo lo estaba juzgando… o si simplemente lo había entendido.
Cuando llegaron a la finca, Alfredo los recibió con la seguridad de quien se mueve en su propio territorio. Primero los llevó a recorrer los viñedos. Las hileras de cepas se extendían ordenadas bajo la luz del mediodía. Mateo caminaba pegado a él, haciendo preguntas sin parar: variedades de uva, tipo de suelo, sistema de riego, fechas de vendimia… Alfredo respondía con paciencia, incluso con un entusiasmo contenido que no disimulaba del todo.
Dayana y Camila paseaban un poco detrás. El calor les bajaba por el cuello y se les escondía entre los pechos, pero no se quejaron. Camila iba más callada de lo normal. Miraba los viñedos, la casa grande al fondo, el orden de todo aquello, y no podía evitar compararlo con el piso de Usera. Espacio. Silencio. Dinero. Seguridad. Todo lo que les había faltado durante años estaba aquí, y pertenecía a ese hombre que la había mirado de aquella forma en el pasillo.
Dayana, en cambio, parecía más receptiva. De vez en cuando hacía algún comentario ligero y se reía de las explicaciones de Mateo, como si el cambio de aire le hubiera sentado bien.
Después bajaron a la bodega. El espacio era amplio, fresco y limpio, con grandes depósitos de acero inoxidable y barricas de roble alineadas. Mateo tocaba la madera y seguía haciendo preguntas técnicas. Alfredo contestaba con calma, claramente satisfecho de tener a alguien que mostrara tanto interés.
Por último los condujo hasta el restaurante que habían abierto dentro de la finca tres años atrás. Era un lugar elegante, con paredes de piedra y una amplia terraza que se abría directamente hacia los viñedos. Les explicó que habían traído a un chef con experiencia y que el año pasado habían conseguido su primera estrella Michelin.
Comieron bien. La conversación fluyó con más naturalidad que por la mañana. Dayana y Camila parecían más relajadas; reían con más facilidad y se servían vino sin reparos. Mateo seguía haciendo preguntas sobre el negocio del vino, mientras Elena escuchaba en silencio, sonriendo de vez en cuando sin intervenir demasiado.
Camila, aun así, no terminaba de soltarse del todo. Cada vez que Alfredo hablaba con esa seguridad tranquila, ella recordaba el peso de su mirada en la madrugada. El contraste la descolocaba: aquí era el anfitrión perfecto, el hombre que lo tenía todo controlado. En el pasillo había sido otra cosa.
Dayana, por su parte, miraba alrededor con una mezcla de sorpresa y algo parecido al alivio. Tanto espacio. Tanta calma. Pensó, casi sin querer, en lo fácil que sería acostumbrarse a esto.
Cuando ya estaban terminando los postres, las luces principales del restaurante se apagaron de golpe. Solo quedaron encendidas unas pocas lámparas tenues al fondo de la sala, creando un ambiente más íntimo. Un murmullo recorrió las mesas. Un hombre se acercó a un micrófono pequeño colocado cerca de ellos, con una guitarra acústica en las manos.
Empezó a tocar una versión lenta y melódica de Si Tú Supieras, de Alejandro Fernández.
Elena se quedó completamente quieta. Esa canción era una de sus favoritas desde hacía años. Alfredo la miró de reojo y esbozó una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
Cuando la última nota se apagó, Alfredo se levantó de la silla. Todos lo siguieron con la mirada. Sin decir una palabra, sacó un estuche pequeño del bolsillo de su pantalón, se arrodilló frente a Elena y abrió la caja. El anillo brilló bajo la luz tenue.
El restaurante entero guardó silencio.
—Elena —dijo con voz clara y tranquila—, ¿quieres casarte conmigo?
Hubo un segundo de silencio absoluto. Elena se llevó una mano a la boca. Tenía los ojos brillantes y le temblaban ligeramente los labios. No dudó.
—Sí —respondió, con la voz entrecortada—. Sí, me caso contigo.
El restaurante estalló en aplausos y vítores. Alfredo se levantó, la tomó por la cintura y la besó. Luego levantó una mano pidiendo silencio.
—Una copa de cava para todo el mundo, por favor —anunció en voz alta.
Los empleados comenzaron a servir cava en todas las mesas mientras algunos se acercaban a felicitarlos personalmente. El cantante retomó la guitarra, esta vez con canciones más alegres, y varias personas se levantaron a bailar entre las mesas.
Dayana aplaudió con una sonrisa amplia, genuinamente sorprendida. Le pareció bonito. Romántico, incluso. Por un momento pensó que tal vez las cosas podrían mejorar de verdad para todas.
Camila también aplaudió, pero más despacio. Sonrió porque tocaba, porque su madre estaba feliz, porque no había forma elegante de no hacerlo. Por dentro, sin embargo, algo se le había encogido. Hasta ese momento Alfredo había sido el novio de su madre. Un hombre que las miraba demasiado, que se quedaba a dormir, que les resolvía problemas de dinero de vez en cuando. Ahora iba a ser su padrastro. Oficialmente. Y la mirada del pasillo, esa que todavía le quemaba, de pronto pesaba de otra manera.
Mientras levantaba la copa de cava con los demás, Camila se preguntó si su madre tenía la menor idea de lo que había en los ojos de ese hombre cuando se quedaba a solas con ellas.
La celebración se extendió más de lo previsto. Entre las copas, las felicitaciones y la música, se hizo tarde. Cuando Alfredo se dio cuenta de que todos habían bebido más de la cuenta, tomó una decisión.
—Nos quedamos aquí esta noche —anunció—. Tengo sitio de sobra en la casa.
Nadie protestó. Estaban cansados y con el alcohol todavía en el cuerpo. Cuando llegaron a la casa principal ya era más de medianoche. La finca se veía distinta a oscuras: grande, casi una mansión rodeada de viñedos que se perdían en la negrura. Alfredo aparcó frente a la entrada y, mientras bajaban, les explicó que la mayor parte del ala oeste estaba en reforma, por lo que muchas habitaciones estaban cerradas o sin muebles.
—Solo hay dos habitaciones disponibles —dijo mientras sacaba las llaves—. Elena y yo nos quedamos en la principal. Vosotros tres tendréis que compartir la otra. Hay dos camas de 1,10. Lo siento, pero es lo que hay por ahora.
Dayana miró a su hermana. Camila solo se encogió de hombros. No había mucho que discutir a esas horas.
Mientras subían las escaleras por un pasillo largo y oscuro, Alfredo añadió, como de pasada:
—Parte de la reforma del ala oeste la estamos haciendo pensando en vosotras. Si al final os decidís a venir a vivir aquí, vais a tener espacio de sobra. Casi un apartamento cada una, si queréis.
Dayana notó un pequeño salto de ilusión. Espacio propio. Baño propio. No tener que compartir cama. La idea se le metió en la cabeza con una fuerza inesperada.
Camila, en cambio, no dijo nada. Solo siguió caminando. La oferta era generosa. Demasiado generosa, casi. Y venía del mismo hombre que la había mirado de aquella forma en el pasillo. La combinación le resultaba difícil de encajar.
Llegaron a la habitación. Era amplia, con suelo de madera que crujía bajo los pies y dos ventanas grandes que dejaban entrar la luz de la luna. No encendieron las luces. El resplandor plateado era suficiente.
—Descansad —dijo Alfredo desde la puerta—. Mañana hablamos con más calma.
Cerró al salir. Los tres se quedaron solos en la penumbra.
La habitación era amplia, con suelo de madera que crujía y dos ventanas grandes que dejaban entrar la luz de la luna. No encendieron las luces. El resplandor plateado bastaba para ver.
Dayana y Camila se quitaron los vestidos sin ningún reparo y se quedaron solo en bragas, quejándose del calor que aún se sentía incluso de noche. Mateo se quedó en calzoncillos y se tiró en una de las camas.
Durante un rato hablaron de la propuesta en voz baja, como si todavía estuvieran digiriéndola.
—Fue muy bonito —dijo Dayana después de un silencio, todavía con tono de sorpresa—. No me lo esperaba para nada.
Camila, acostada de lado en la otra cama, respondió con menos entusiasmo:
—Sí… estuvo lindo. Pero igual me dejó pensando.
Mateo, desde su cama, intervino con naturalidad:
—Alfredo es un buen tipo. Y si todo sale bien, yo podría venir a trabajar aquí cuando termine la carrera. Me gusta lo del vino, la finca… todo esto.
Dayana giró la cabeza hacia él.
—Tú estás muy ilusionado, ¿verdad?
—Pues sí —reconoció él sin rodeos—. ¿Y vosotras no?
Hubo un pequeño silencio. Solo se oía el leve sonido de los grillos afuera.
—Es que… no sabemos cómo va a ser —dijo Dayana al cabo de un momento, con voz más seria—. ¿Mamá se va a vivir aquí? ¿Nosotras nos quedamos en Madrid? ¿Alfredo se muda con nosotros? Nadie ha dicho nada de eso todavía.
—Y mamá… —añadió Camila en voz más baja—. Ella siempre ha estado acostumbrada a otra vida. En Caracas salía, tenía su círculo, iba a sitios buenos. Un hombre de La Mancha, viviendo en el campo… no sé si eso le va a alcanzar a largo plazo.
Mateo frunció el ceño en la penumbra.
—Alfredo no es ningún aburrido. Además, tiene una vida muy buena aquí. Yo creo que mamá está bien con él.
Dayana suspiró y se acomodó mejor en la almohada.
—No decimos que sea malo, Mateo. Solo que… no sabemos cómo va a ser todo esto. Y da un poco de miedo no tener claro nada.
Antes de que pudieran seguir hablando, se oyó un sonido desde la otra habitación.
Un gemido.
Los tres se quedaron callados.
Al principio los sonidos fueron bajos, casi contenidos. Pero poco a poco se volvieron más claros. Se escuchaba el leve crujido de la cama y la voz de Elena, entrecortada, intentando controlarse sin conseguirlo del todo. Alfredo apenas se oía, solo algún gruñido grave de vez en cuando.
Dayana soltó una risa incómoda y ahogada.
—Joder…
Camila se tapó la cara con la almohada, riendo por lo bajo.
—Esto es raro…
Mateo no dijo nada. Estaba boca arriba, mirando el techo a oscuras. Podía oír perfectamente los gemidos de su madre, cada vez más frecuentes y menos disimulados. Se removió en la cama, incómodo. Debajo de la sábana notó cómo su polla empezaba a endurecerse contra el calzoncillo. Sin pensar demasiado, se llevó la mano por encima de la tela y la apretó despacio.
La luz de la luna entraba con fuerza por las ventanas grandes, iluminando la habitación lo suficiente como para distinguir las formas. Dayana y Camila estaban solo en bragas, tumbadas encima de las sábanas por el calor. Sus cuerpos se veían con claridad: las curvas de la cintura, la redondez de las caderas y el movimiento suave de sus pechos al respirar. Mateo las miró de reojo. Intentó no hacerlo, pero sus ojos volvían una y otra vez.
Los gemidos de Elena se volvieron más intensos. Mateo apretó con más fuerza su polla por encima del calzoncillo, sintiendo cómo se ponía completamente dura. Se movió un poco, recostándose contra el cabecero para tener mejor ángulo. Desde esa posición podía ver mejor a sus hermanas: las piernas de Dayana ligeramente abiertas, el vientre curvo de Camila y el borde de sus bragas marcando la curva de sus caderas.
Siguió frotándose por encima de la tela, sin meter la mano dentro. Solo apretaba y movía la mano con movimientos lentos y constantes. Cada vez que escuchaba un gemido más fuerte de su madre, su respiración se agitaba un poco más. En algún momento se preguntó, con una claridad incómoda, si Alfredo estaría pensando en alguna de ellas mientras la follaba. La idea le dio un vuelco raro en el estómago… y al mismo tiempo lo puso todavía más duro.
Dayana y Camila permanecían calladas. Parecían dormidas, o al menos fingían estarlo. Mateo siguió así varios minutos, respirando cada vez más agitado, hasta que sintió que ya no podía aguantar más. Se mordió el labio inferior con fuerza y se corrió dentro del calzoncillo, tensando todo el cuerpo en silencio. Un leve temblor le recorrió las piernas.
Cuando pasó el momento, se quedó quieto, respirando con dificultad. Todavía tenía en la cabeza la imagen de sus hermanas en bragas y los sonidos de su madre. Se limpió lo mejor que pudo con la sábana y se giró de lado, dándoles la espalda.
Poco a poco, el silencio volvió a la habitación. Solo se escuchaba la respiración tranquila de Dayana y Camila, y de vez en cuando algún sonido lejano que provenía de la habitación de Alfredo y Elena.
Mateo se quedó despierto un buen rato, con la imagen de los cuerpos de sus hermanas todavía fresca en la mente, hasta que finalmente el cansancio pudo más y se quedó dormido.
Camila, en la otra cama, abrió los ojos en la oscuridad. Había oído todo. No dijo nada. Solo se quedó mirando el techo, escuchando cómo la respiración de su hermano se iba calmando, con una sensación extraña y difícil de nombrar instalada en el pecho.
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