Con mamá en la playa nudista 2

Marcos estaba tirado en el sofá mirando su movil cuando Laura le llamó desde el dormitorio.

—Ven un segundo. No llego bien al gancho.

Él apareció en el umbral todavía con la camiseta de dormir y el pelo revuelto. Ella estaba de espaldas, el bikini negro a medio poner. Se había abrochado el sujetador por detras y ahora intentaba subirlo y ajustarlo a la altura correcta, pero el elástico se le resistía entre los omóplatos.


Marcos se acercó sin decir nada. Le sujetó las dos tiras con los dedos y subió el gancho un punto. La piel de la espalda de su madre estaba todavía caliente de la cama. 

—¿Has hablado con tu padre? —preguntó ella mientras se miraba de reojo en el espejo del armario—. Después de lo de anoche.

Marcos tardó un segundo en contestar. Las manos todavía le rozaban la espalda.

—No.

Laura se giró un poco para que él terminara de centrar el sujetador.

—¿Ni siquiera le has contestado a los mensajes?

Él negó con la cabeza. Ella no insistió de inmediato. Se acomodó los pechos dentro de las copas, se miró de frente y asintió, satisfecha con la altura.

El recuerdo de la noche anterior le volvió a Marcos con la misma nitidez con la que había entrado la videollamada.

Habían cenado las sardinas en la terraza, con el mar ya negro al fondo. Después se metieron en el salón. La serie americana era una reposición que los dos conocían de memoria: los mismos chistes, los mismos planos. Marcos se había quedado en calzoncillos. Laura llevaba una camiseta amplia, sin mangas, de algodón gastado. No llevaba sujetador. Cada vez que se movía en el sofá o se inclinaba a coger el mando, el borde del tanga negro se le veía un segundo sobre la cadera. Él miraba más eso que la pantalla. Tenía una media erección que disimulaba con el cojín del sofá apoyado en el regazo.


Entonces sonó el móvil. La cara del padre apareció en la pantalla. Tono de quien no quiere perder el hilo, de quien intenta mantener la costumbre aunque ya no viva en la misma casa.

Marcos contestó con monosílabos. Sí. No. Ya. Estaba molesto. La llamada lo había sacado justo de esa especie de trance en el que solo existía el movimiento de la camiseta de su madre.

El padre le habló del domingo. Que lo recogería directamente en Almería. Que la idea era bajar hasta Portugal y subir despacio por la costa atlántica. Que igual podían alquilar tablas y hacer un poco de surf si el tiempo acompañaba.

Marcos no mostró ningún entusiasmo.

—Preferiría quedarme aquí. Sin moverme. Como siempre.

El padre suspiró al otro lado de la pantalla y le repitió lo que ya habían hablado: que este año no podía ser igual, que las vacaciones se repartían. Marcos contestó que todo era culpa suya y que no tenía ninguna gana de irse al puto Portugal. Colgó poco después.

Ahora, de pie en el dormitorio, con el bikini de Laura ya ajustado, ella volvió a mirarlo.

—Me ha mandado varios mensajes por la noche —admitió Marcos—. No le he contestado.

Laura se quedó un segundo en silencio. Luego habló con la misma voz tranquila con la que le había pedido que le abrochara el sujetador.

—Eso está muy mal. Es tu padre. Lo de anoche estuvo feo y tienes que respetarlo. Contéstale hoy, aunque sea con dos líneas.

Él asintió sin ganas. Laura recogió el vestido de playa blanco, se lo puso encima del bikini y le hizo un gesto hacia la puerta.

—Vamos. Antes de que el sol ponga la arena imposible.

Marcos fue a su habitación a coger la toalla y el bañador. Mientras se cambiaba oía a su madre cerrar las ventanas del salón y comprobar que la cafetera estaba apagada. Dos minutos después salían del apartamento.

Llegaron a la playa casi a la misma hora que el día anterior. El sol ya estaba alto y la arena quemaba. Laura dejó la bolsa junto a las toallas de siempre, se sacó el vestido blanco de un solo movimiento y, sin mirar alrededor, se quitó el bikini. Primero el sujetador, luego la braga. Los guardó en la bolsa. Se quedó completamente desnuda, el pelo negro recogido en una coleta, los pechos pesados al aire, el abdomen suave expuesto.

Marcos dudó unos segundos más. Miró hacia el resto de veraneantes y al final se bajó el bañador y se sentó junto a su madre.

Laura se echó crema en los hombros y en el pecho con gestos rápidos, y de pronto se levantó.

—Vamos a jugar un rato a las palas. Que si nos quedamos quietos nos derretimos.

Él la siguió hasta la orilla. El agua les llegaba a los tobillos. Empezaron a golpearse la pelota con las palas de madera. Al principio el ritmo era flojo, casi perezoso. Pero Laura se movía con una naturalidad que a Marcos se le hacía imposible ignorar. Cada vez que se inclinaba hacia delante para devolver la pelota, los pechos le pendían con su peso real y se balanceaban un instante antes de volver a su sitio. Cuando la pelota caía cerca de la arena mojada y ella abría un poco más las piernas para alcanzarla, se le veía con claridad el vello oscuro y el pliegue de la vagina. No había pose. Solo el cuerpo de una mujer de cuarenta y nueve años jugando al sol, sin pensar en cómo se veía.


Marcos fallaba más de la cuenta. La miraba demasiado.

La pelota se les escapó de repente hacia la derecha, rodando hasta cerca de un grupo de tres hombres que estaban tumbados sobre toallas azules. Debían de tener unos treinta años. Uno de ellos la recogió y se la quedó en la mano, sonriendo.

Laura fue a por ella. Caminó desnuda hasta el grupo, recibió la pelota y, en lugar de volver de inmediato, se quedó hablando. Marcos no oía las palabras, solo veía el gesto: ella se pasaba la mano por el pelo recogido, se reía con la cabeza un poco ladeada, preguntaba algo. Los tres la miraban sin ningún disimulo, de arriba abajo, deteniéndose en los pechos y en la entrepierna. Laura no parecía molesta. Hablaba con soltura, como quien lleva años disfrutando de esa nueva libertad de no tener que dar explicaciones a nadie.


Al cabo de un par de minutos Marcos no aguantó más. Se acercó con la pala todavía en la mano y se plantó a su lado.

—¿Seguimos o qué?

Laura se giró hacia él con una sonrisa todavía en la cara.

—Estos chicos me estaban contando qué se puede hacer de noche por aquí. Parece que hay un par de sitios decentes.

Uno de los hombres, el más alto, miró a Marcos y después a Laura, y soltó la frase con una risa fácil:

—La verdad es que os habíamos tomado por novios. O por hermanos. Se te ve muy joven para ser su madre.

Laura se rió de verdad, sin incomodidad.

—Es Marcos. Estamos aquí solo esta semana.

Marcos no sonrió. Interrumpió de nuevo, más seco:

—¿Vamos a seguir jugando o me meto yo solo al agua?

Ella le sostuvo la mirada un segundo y luego se volvió hacia los tres hombres.

—Bueno, igual nos encontramos alguna noche… o otra vez por aquí. Gracias por la pelota.

Se despidió con un gesto ligero de la mano y regresó con Marcos hacia la orilla. El juego se reanudó, pero ya no era el mismo. Los golpes eran más mecánicos, los silencios más largos. Laura intentó recuperar el tono:

—Podríamos salir una noche, si te apetece. Seguro que hay gente de tu edad. Chicos, chicas…

Marcos no contestó. Solo devolvió la pelota con más fuerza de la necesaria. Ella no insistió. Siguieron jugando un rato más, casi sin hablar, hasta que el sol se hizo demasiado fuerte y recogieron las palas. Ella se metió al mar y Marcos volvió a la toalla.

El regreso al apartamento lo hicieron en silencio. Él caminaba medio paso por delante, taciturno, con la cabeza gacha entre los hombros.

Entraron en el apartamento y el silencio del camino se hizo más profundo todavía. Marcos dejó la bolsa en el suelo del salón produciendo un ruido hueco. Laura cerró la puerta, se quitó el vestido blanco todavía húmedo y lo dejó sobre el respaldo de una silla. Se quedó solo con el bikini negro. Fue a la cocina a llenar un vaso de agua. Cuando volvió, él seguía de pie en medio del salón, la mandíbula apretada, mirando a un punto cualquiera de la pared.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella con calma, dejándose el vaso sobre la mesa baja.

Marcos no contestó de inmediato. Respiraba por la nariz, rápido. Al final se giró hacia ella y la voz le salió más alta de lo que pretendía.

—¿Qué me pasa? ¿De verdad me lo preguntas? Estabas ahí, desnuda, riéndote con esos tíos, dejándote mirar como si nada. Como si te gustara.

Laura lo observó en silencio. No parecía sorprendida, solo atenta.

—Estaba hablando. Nada más.

—No era solo hablar. —Él dio un paso hacia ella, luego se detuvo—. Te miraban el cuerpo entero y tú te reías. Y encima ese comentario de que parecíamos novios… y tú riéndote. Como si te hiciera gracia.

La voz se le quebró un poco al final. Laura dejó el vaso y se acercó un paso.

—Marcos…

—¿Y si es culpa tuya? —soltó él de golpe—. ¿Y si papá se cansó precisamente de eso? De que tontearas con todo el mundo. De que te gustara que te miraran. A lo mejor por eso se fue. A lo mejor todo este lío es por ti.

Las últimas palabras le salieron casi gritadas. Después se le quebró del todo la voz y se le llenaron los ojos. Dio media vuelta, como si quisiera irse a su habitación, pero se quedó parado en el mismo sitio, con los hombros temblando. Empezó a llorar de verdad: lágrimas gordas, respiración entrecortada, las manos cerradas en puños a ambos lados del cuerpo.

Laura cruzó el espacio que los separaba sin decir nada más. Lo rodeó con los brazos y lo atrajo hacia ella. Él se resistió un segundo, rígido, y luego se dejó ir. El llanto le salía ahora más ahogado, contra la piel de ella.

El cuerpo de Laura estaba caliente del sol. Todavía olía a salitre y a protector solar. Los pechos, cubiertos solo por la fina tela del bikini, se le aplastaban contra el pecho de Marcos. Él notaba con absoluta claridad la forma blanda y pesada de cada uno, y los pezones, duros, marcándose a través de la tela contra su propia piel. El abdomen de ella, suave, se pegaba al suyo. El calor de los dos cuerpos se mezclaba en el poco espacio que quedaba entre ellos.

Marcos intentó apartar un poco las caderas, pero no fue suficiente. La erección se le había levantado sin que pudiera evitarlo, empujando contra el vientre de su madre, dura, imposible de disimular. Laura lo notó. Él lo supo porque ella se quedó quieta un instante más de lo necesario, todavía abrazándolo, antes de separarse apenas lo justo para mirar hacia abajo.

La tienda de campaña en el bañador de Marcos era evidente. Él bajó la cabeza, avergonzado hasta el extremo, y el llanto se le hizo más fuerte, más descontrolado. Las lágrimas le caían ahora sobre el pecho de ella.

Laura no dijo nada durante unos segundos. Solo lo sostuvo, una mano en la nuca, la otra en mitad de la espalda, mientras él temblaba contra su cuerpo. Con la misma mano que le sujetaba la nuca bajó despacio por la espalda, rozó la cintura del bañador y se introdujo dentro. Los dedos le encontraron la erección ya completamente dura, caliente, y la rodearon sin vacilar. Empezó a moverse arriba y abajo con esa misma firmeza práctica del día anterior, como quien decide que el llanto y la vergüenza también son un problema que se puede resolver con las manos.

—Shh… —murmuró cerca de su oreja, sin dejar de masturbarlo—. Entiendo que esto te esté resultando muy duro. Estás en medio de una bomba hormonal, todo se te junta… el divorcio, las vacaciones, los cambios. Pero yo estoy aquí para ayudarte a pasar por esto. No estás solo.

Marcos tenía la frente apoyada en el hombro de ella y el cuerpo todavía temblando por el llanto. No contestó. Solo respiraba entrecortado mientras la mano de su madre subía y bajaba con ritmo constante, el pulgar pasando una y otra vez sobre el glande húmedo.

Laura le bajó el bañador hasta los tobillos de un tirón seco para tener más espacio. La tela quedó hecha un montón alrededor de sus pies. Ahora lo tenía completamente expuesto. Ella aceleró un poco el movimiento, la palma bien cerrada, el sonido húmedo de la paja llenando el silencio del salón.

—La vuelta del verano no va a ser fácil —siguió hablando, la voz tranquila, casi de quien explica un horario—. Empiezas la carrera, nuevos compañeros, chicas… te espera una etapa muy bonita, de verdad. Por eso esta noche deberíamos salir un rato. Ver ambiente joven. Que veas que hay vida fuera de todo esto.


Mientras hablaba, Marcos, todavía con los ojos húmedos y la respiración hecha un desastre, levantó la mano derecha con una torpeza casi infantil. La palma le temblaba cuando posó los dedos sobre el pecho izquierdo de su madre, justo encima de la tela fina del bikini. Notó primero el calor que atravesaba el tejido, después la suavidad blanda que había debajo. Apretó un poco, sin saber exactamente qué estaba buscando. El pecho cedió bajo su mano, pesado, vivo.

Laura no interrumpió la frase que estaba diciendo. No apartó la mano de él ni la empujó. Ni siquiera cambió el ritmo con el que le subía y bajaba la polla. Siguió hablando de la vuelta después de las vacaciones y de la noche que tenían por delante, como si los dedos de su hijo sobre su pecho fueran solo otro detalle más del abrazo.

Esa absoluta falta de reacción fue lo que terminó de romper algo dentro de Marcos. Con los dedos todavía torpes, enganchó el borde del triángulo de tela y tiró hacia abajo. La copa del bikini ofreció una resistencia mínima y de pronto el pecho se liberó de golpe. Cayó con todo su peso natural, pesado y blando, la carne caliente golpeándole suavemente el dorso de la mano. La areola rosado-marrón estaba ya contraída por el aire del salón; el pezón, más oscuro, se había endurecido. Marcos lo sujetó con la mano abierta, sin delicadeza, simplemente cerrando los dedos alrededor de aquella masa suave que se desbordaba entre sus dedos. Apretó. El pezón se le clavó en el centro de la palma.

Laura aceleró la paja en ese mismo instante. La mano subía y bajaba más rápido, más firme, el ruido húmedo de la piel contra la piel llenando el espacio entre los dos cuerpos. Cada vez que ella bajaba hasta la base, el pecho que Marcos sujetaba se movía un poco en su mano, blando, caliente, imposible de abarcar del todo. El contraste lo estaba matando: la dureza rítmica con la que su madre lo masturbaba y la suavidad absoluta de aquella carne que él apretaba sin saber cómo.

Fue entonces cuando ella añadió, con la misma voz calmada y cercana de antes:

—Hoy nos quedaremos hasta tarde, si quieres. Nadie nos espera pronto. Así vemos un poco de ambiente y mañana dormimos.


Marcos se corrió en ese mismo segundo. El cuerpo se le arqueó de golpe contra ella, un gemido ahogado se le escapó contra el cuello de Laura y el semen salió a pulsos largos, calientes, espesos. La primera salpicadura le cayó justo encima del ombligo a ella; las siguientes le bajaron por el vientre en hilos blancos e irregulares, algunas gotas alcanzando el borde del bikini que todavía le cubría el otro pecho. Él siguió apretando el pecho libre mientras se vaciaba, los dedos hundidos en la carne blanda, el pezón todavía clavado en su palma.

Laura no retiró la mano. Siguió moviéndola despacio, sacando hasta la última gota, hasta que las contracciones se fueron haciendo más débiles y la polla de su hijo empezó a ablandarse entre sus dedos. Solo entonces fue reduciendo el ritmo, cada vez más lento, hasta detenerse por completo. Se quedó así un segundo más: ella con la mano todavía cerrada alrededor de la polla húmeda de semen, él con el pecho de su madre pesándole en la palma abierta.

Después soltó con suavidad. Se limpió los dedos en su propio muslo, donde el semen todavía brillaba, y con la otra mano le apartó a Marcos un mechón de pelo pegado a la frente por el sudor y las lágrimas.

—Espero que ahora estés más tranquilo.

Marcos no podía hablar. Seguía con la respiración agitada, el bañador en los tobillos, el pecho de ella todavía fuera del bikini.

Laura se recolocó la tela sobre el pecho con un gesto rápido, se inclinó y le dio un pico seco, breve, exactamente en los labios. Fue algo nuevo. No era el beso de buenas noches de cuando era niño. Era otra cosa. Marcos abrió un poco la boca por sorpresa, pero ella ya se estaba separando.

—Me voy a duchar y a cambiarme —dijo mientras se alejaba hacia el pasillo—. Lo dicho. Hoy cenamos fuera y después un poco de fiesta. Prepárate.

La puerta del baño se cerró. Se oyó el ruido del agua. Marcos se quedó solo en medio del salón, todavía desnudo de cintura para abajo, el semen secándose en el aire y el sabor del pico reciente todavía en los labios.

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