El Búnker: La boca (3)

Al cuarto día desde el apagón los grifos dejaron de dar agua. Su madre supuso que esto llegaría y había llenado las dos bañeras y todos los recipientes que tenía la casa la primera noche. No pidió permiso, no lo discutió. Dijo que por lo que pudiera pasar. El agua quedó quieta, con un vaho frío, y la casa empezó a oler a humedad de azulejo.  El váter comenzó a no limpiarse. Cada cubo que desperdiciaran era un día. No dijo un día de qué, pero Alba y Marcos lo entendieron.

Su padre se había ido hace dos noches. En la primera mantuvieron las reglas, Marcos durmió en el sofá. La segunda, Alba le levantó la manta y se lo llevó al cuarto. Se acostaron vestidos, ella con un jersey grueso encima de la camiseta, él con los calcetines puestos porque la casa ya no se calentaba. Se durmieron abrazados, la cara de Marcos en su cuello, la puerta entreabierta. Su madre pasó por el pasillo y no dijo nada.

Volvió al anochecer del quinto día.

El motor se oyó desde varias manzanas a lo lejos. Los vecinos no se asomaron como el primer día. El miedo ya se sentía como algo real. Ellos tampoco, esperaron a que llamaran a su puerta. Su madre se preparó. Fue al armario, sacó la pistola como quien saca la linterna, y abrió con el arma a lo largo del muslo cuando llamaron a la puerta, el cañón hacia el suelo. Reconoció la voz. Bajó la mano. El militar se quedó en el rellano, el fusil cruzado, sin entrar. Saludó con la cabeza.

Su padre cruzó el umbral y cerró tras él. Traía la misma chaqueta y el frío de la calle en la tela. Fue derecho a la cocina, abrió el grifo, esperó el ruido que no vino, y dejó la mano en el metal un segundo más de la cuenta.

—Se ha ido también aquí —dijo—. En el norte sigue habiendo agua. En algunos sitios las bombas aún tienen combustible.

Su madre le preguntó si había comido. Él movió la cabeza, no del todo que no. Se quitó la chaqueta, la dejó en la silla, y entonces los miró a los tres como se mira un inventario que aún cuadra.

—Mañana a primera hora viene un convoy. Nos evacúan. A los tres… y a Marcos. Preparad lo justo en una bolsa. Nada de maletas.

Marcos estaba de pie junto a la mesa.

—Mis padres están en Las Rozas. No he podido hablar con ellos.

Su padre se pasó la mano por la cara, por esa barba de cinco días que no le sentaba bien.

—Lo sé. He dado sus nombres. El convoy baja por la carretera de la sierra antes de entrar en Madrid. Si están en casa, los recogen. Si no… —hizo un gesto pequeño, cansado—. No te puedo garantizar que vengan tus padres, Marcos. Puedo decirte que he puesto su casa en la lista. Eso es lo que hay.

Nadie preguntó a dónde los llevaban. O lo preguntó su madre y la respuesta se quedó en un recinto, un pabellón, gente de ministerios y familias. Alba oyó la palabra mañana y pensó que podría empezar a utilizar un cubo para el váter.

Su padre fue al pasillo, abrió el armario, vio que la pistola ya no estaba. Su madre se la tendió. Él la dejó en la mesilla de su dormitorio, encima del libro que no había leído, el cargador al lado. Cuando salió otra vez, Alba y Marcos cruzaban hacia el cuarto de ella. Los vio pararse un instante en el quicio, la misma cama, la misma puerta entreabierta de las noches en que él no había estado.

No dijo nada.

Se sentó en el borde de su propia cama, con los zapatos todavía puestos, y se quedó mirando la mesilla. En el cuarto de Alba se oyó el colchón, un susurro, el silencio de dos cuerpos que se acomodan. Su padre apagó la linterna. La pistola quedó a un palmo de su mano.

—Despertadme si oís un motor antes de que amanezca —dijo, hacia el pasillo, con una voz que ya no era de ministro—. Si no, a las siete. Aprovechad el agua de la bañera para lavaros, pero con tiento. Un cuenco. No más. Mañana no sé dónde vamos a poder hacerlo.

Aquel tiento lo cumplió dieciocho años.

Al principio, sola, con el hijo todavía no nacido y el termo del búnker midiendo cada litro, se duchaba dos veces por semana. El resto, un trapo y el agua fría del filtro. Cuando Leo creció lo bastante para tener frío y vergüenza, dejó de ducharse aparte: el agua caliente rendía para uno si el otro esperaba; para dos, si se metían juntos y cerraban el grifo entre el jabón y el aclarado. Se acostumbró a la espalda de él. A pasarle la pastilla. A no mirar abajo. Él se acostumbró a cerrar los ojos cuando el agua le corría por la cara. No era un rito. Era la frase de su padre, convertida en inventario.

Habían pasado dos días enteros desde que entraron en el cubículo de las montañas. Alba lo había evitado: turnos cruzados, listas, el conducto, la cara tapada por las gafas y por no alzarla. La consola seguía encendida, un zumbido inútil al fondo. Comieron juntos y no se tocaron.

Pero a la hora del agua caliente, se encontraron en la mampara como todas las semanas.

Ella llegó primera. Guardó las gafas con cuidado en un cajón, no había repuesto. Abrió el grifo un momento, midió, se metió. El chándal en el gancho. La camiseta. El cuerpo pálido, la tripa, los pechos, el cardenal ya amarillo. No se tapó.

Leo apartó la mampara un minuto después. El vapor le empañó el pecho. En aquel hueco de un metro las distancias no cabían. Alba le pasó el jabón sin mirarle la cara. Los dedos se rozaron. El agua caía entre los dos, escasa, caliente al principio.


—Creo que dará para 7 minutos —dijo él.

—Ya.

Se lavó el pelo de espaldas. Sintió el pecho de Leo a un palmo, el calor que no era el del agua. La pastilla se le resbaló. Los dos se agacharon. La frente de él le quedó a la altura de la boca. El agua les golpeaba la nuca.

No se rieron. El jabón quedó entre sus manos y Alba no se apartó.

Leo le puso la palma en la cadera. El pulgar, en la tripa mojada. No era el gesto de pasarle la pastilla. Alba levantó la cara. Sin gafas él era una mancha y una boca. Lo besó bajo el chorro, corto, con sabor a agua del filtro y a piel.

Cerró el grifo. Había que ahorrar el agua.

El agua dejó de caer. Quedó el goteo de la mampara, el vapor, la respiración. Sin el chorro el hueco era más pequeño. Alba tenía las manos en el jabón y en la nuca de él. Leo la besó otra vez, ya sin el agua por medio, y le pegó el cuerpo. La erección le quedó entre los vientres, dura, resbaladiza de jabón, subiendo por la tripa. Alba abrió las piernas un palmo sobre el azulejo húmedo. El glande le pasó los labios, el clítoris, lento, y se le escapó un sonido bajo contra la boca de él.


Leo la levantó un poco, las manos en el culo, y buscó el ángulo. La punta se le apoyó en la entrada. Un segundo. Caliente. Exacta. El jabón ardía un poco. Alba notó que iba a ceder el azulejo y la costumbre, y se movió un palmo hacia un lado. Le bajó la mano a la polla, se la apartó de ahí, la sostuvo, la apretó contra el muslo.

—No.

No fue un susto. Fue la raya. Leo asintió, la frente en la suya. No empujó otra vez.

Alba se agachó.

Las rodillas en el plato de la ducha, el azulejo clavándole los huesos. Le quedó la polla a la altura de la boca: oscura, mojada, una vena marcada en el empeine, la cabeza brillante de jabón y de él. La olió de cerca, ese olor a piel y a agua del filtro. Pasó la lengua primero, de la base a la punta, despacio, apartándole el jabón. El sabor le llenó la boca. Leo enredó sus dedos entre el pelo de su madre, asegurándose de que estaba allí, sin empujar.


Abrió los labios y se la metió. Solo la cabeza. La chupó con la boca cerrada alrededor, la lengua dándole vueltas al hueco, el labio inferior apretado debajo. Leo soltó un gemido alto, desnudo, que el grifo ya no tapaba. Alba bajó un poco más. La polla le llenó el paladar. Paró donde empezaba a atragantarse, saliva espesa en las comisuras, y subió otra vez, lenta, dejando la piel tirante y mojada.

Marcó el ritmo. Un vaivén corto. La mano en la base, apretando lo que no le cabía, los huevos en la palma cuando bajaba. La otra mano en la cadera de él. Cada vez que Leo movía las caderas ella lo frenaba y se lo volvía a meter entera hasta donde podía, la nariz en el vello mojado, un segundo, y salía con un hilo de saliva que le caía al pecho.


Sin gafas Leo era tronco, polla, los abdominales tensos. Le dolían las rodillas. No se apartó. Aceleró. El glande le golpeaba el fondo de la lengua. Un sonido húmedo, obsceno, chasquidos, la respiración de él arriba, el nombre —Alba— roto en dos ocasiones.

Cuando se le puso más dura, más caliente, con ese sabor distinto que anuncia el final, la sacó. La sostuvo a un palmo de la boca, la mano subiendo y bajando rápido, y se la acercó el pecho. Los pezones le rozaron el muslo de él. Leo no tardo. Se corrió con un jadeo cerrado, el primer pulso en la lengua de Alba, los siguientes en la piel: semen espeso entre las tetas, un hilo caliente hacia el ombligo, otro que le resbaló hasta el azulejo. Ella lo terminó despacio hasta que dejó de latirle, la boca abierta contra la cadera, tragando lo que le había dado primero.


No se tocó. El coño le latía, abierto, a un palmo del suelo mojado. Tenía la cara manchada. El pecho, también. El grifo seguía cerrado.

En otra luz el agua sí corría. Un grifo abierto de más, un váter que alguien había tirado. Los graves de fuera le temblaban en el espejo, un cristal cubierto de salpicaduras. Alba llevaba lentillas, una camiseta de ir de copas y el vaquero ceñido. Marcos cerró el pestillo. Reía todavía, la boca roja de tanto morreo en la barra, el sabor a ginebra suya y el vodka de ella.

En la sala se habían besado sin esconderse. La mano de él bajo la camiseta, el muslo de ella entre las piernas de él, los amigos a dos metros haciendo como que no se enteraban. Cuando ya no pudo más lo agarró de la hebilla y lo llevó por el pasillo estrecho, el de los carteles de conciertos viejunos y la luz roja. El baño de chicas por suerte estaba libre.


Intentaron follar de pie.

Marcos le bajó el vaquero hasta mitad de muslo. Ella se agarró al lavabo. El ángulo no salía. El inodoro le estorbaba la rodilla. La punta le buscaba la entrada y se le iba hacia el muslo, hacia la braga a medio lado, hacia ninguna parte. Se rieron. Se golpeó él con la cisterna. Alba dijo espera y así no y no era el no de ahora: era el azulejo estrecho y las risa y alguien que golpeó la puerta y gritó que se dieran prisa.


Se arrodilló ella.

El suelo estaba húmedo. Le quedó la polla a la altura de la boca, más fina, oliendo gel fuerte. Se la metió de golpe, más rápida que con Leo, porque el tiempo no era suyo. La mano libre se la bajó entre las piernas, por encima primero, después dentro, dos dedos, el pulgar en el clítoris, al mismo ritmo que la boca. Marcos le tenía las manos en el pelo corto, sin empujar del todo, y gemía con los dientes apretados para que fuera no se oyeran.


Se corrieron a la vez.

Ella contra los dedos, un temblor corto, la voz dentro de la polla. Él en la boca, caliente, de golpe, y Alba tragó porque no había otra parte donde dejarlo y porque la puerta volvió a sonar. Se rieron otra vez, la frente de él en la pared, ella aún de rodillas, el vaquero en los tobillos, las gafas empañadas.


—En tu casa —dijo él.

—En mi casa hay padres.

 Se subió el vaquero. Salió primero y se enjuagó la boca en el lavabo. En la barra los amigos gritaron algo que no oyó. La música le tapó la cara.

El grifo del búnker seguía cerrado. El semen de Leo se le estaba enfriando entre los pechos. No se había tocado. No se había reído. El azulejo de la ducha le dolía en las rodillas igual que aquel suelo, y no era el mismo dolor.

Alba se pasó dos dedos por el pecho, se los miró, y abrió un hilo de agua para quitárselo. Un cuenco. No más.

Leo la miraba desde arriba, todavía sin aliento, la mampara empañada.

No preguntó si ella también.

Alba cerró el grifo. Se quedó un segundo de rodillas, el pecho limpio, el sabor de Leo en la lengua, distinto al de la ginebra y al de Marcos. Después se levantó. El azulejo le había marcado las rodillas.

Leo le pasó la toalla. No dijo nada. Ella se secó el pelo, los pechos, el vientre, entre las piernas, donde seguía el pulso de no haberse tocado. Se puso el chándal. La camiseta se le pegó a la piel húmeda. Sacó las gafas del cajón y el mundo volvió a tener bordes: la mampara, la mancha de él en el plato, la cara de su hijo.

Salieron uno detrás de otro. El pasillo olía a vapor y a filtro. La consola seguía zumbando, sin línea. La escotilla, al fondo, con el pestillo de siempre.

Leo se detuvo.

—Siempre has dicho que no había nada fuera.

Alba se ajustó las gafas.

—Es verdad.

—¿Y por qué seguimos encendiendo la consola?

No preguntó por su padre. No preguntó cómo era el mundo. Esa parte se le había acabado el día en que aprendió a reconocer el silencio de ella.

—Voy a la litera —dijo.

—Ve.

—Buenas noches, mamá.

Alba se sentó ante la consola. La pantalla verde seguía sola.

…3, 2, 1. Reconectando. Fallo de sistema. 10, 9, 8…

Siempre la misma secuencia. Nunca entraba. Se durmió ahí, con las rodillas marcadas y el sabor todavía en la boca, soñando un fuera que Leo no podía imaginar.

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