Incesto en La Mancha 10

El primer roce fue en la cocina.

Dayana entró a buscar agua y se encontró a Mateo delante de la nevera. Llevaba la misma camiseta del día anterior y la cara de no haber dormido. Cuando ella dijo “buenos días” en voz baja, él no contestó. Solo cerró la nevera, la miró un segundo como si le estorbara el espacio y salió de la cocina rozándole el hombro con demasiada fuerza al pasar.

Dayana se quedó con el vaso vacío en la mano.

Más tarde, en el comedor, Camila intentó pasarle el pan. Mateo lo cogió sin mirarla y sin dar las gracias. Cuando Elena preguntó si alguien quería más café, él contestó con un monosílabo y clavó la vista en el plato. Alfredo, desde el otro lado de la mesa, observaba la escena con esa calma suya que parecía absorber cualquier tensión sin inmutarse.

Camila y Dayana intercambiaron una mirada rápida. Las dos habían notado lo mismo: no era solo el silencio de siempre. Era algo más cortante. Como si Mateo hubiera decidido que ellas eran el problema.

A media mañana Dayana lo encontró en el pasillo del piso de arriba. Intentó detenerlo.

—Mateo, ¿puedo hablar contigo un momento?

Él se detuvo, pero no se giró del todo.

—No hay nada de qué hablar.

—Llevas todo el día como si te hubiéramos hecho algo.

Mateo soltó una risa baja, sin ninguna gracia, y por fin la miró. Tenía los ojos fríos.

—A lo mejor me habéis hecho algo. O a lo mejor solo estoy harto de miraros la cara.

La rozó otra vez al pasar, esta vez sin disimular, y bajó las escaleras. 

Dayana se quedó sola en el porche. Las lágrimas le cayeron antes de que pudiera contenerlas. Se sentó en el banco donde él había estado, se tapó la cara con las manos y lloró en silencio, con los hombros temblando, mientras el calor de la tarde le pegaba en la nuca.

Pasaron varios minutos. El llanto le fue bajando a sollozos más espaciados, pero no se le quitaba la opresión del pecho. Cuando por fin se limpió la cara con el dorso de la mano, notó movimiento a su izquierda.

Lucía salía por la puerta de atrás con una cesta de ropa seca. Al verla, se detuvo. Dudó un segundo, como si no estuviera segura de si debía acercarse o seguir su camino. Al final dejó la cesta en el suelo y se acercó con paso tranquilo.

—Señorita Dayana… ¿se encuentra bien?

Dayana intentó componerse, pero la voz le salió ronca.

—Sí. Estoy bien.

Lucía no se fue. Se quedó de pie a su lado un momento, mirando los viñedos, y después se sentó en el extremo del banco, dejando un espacio respetuoso entre las dos.

—Perdone que me meta… pero se la veía muy afectada desde la cocina. Traía esto.

Le ofreció un vaso de agua que había traído sin que Dayana se diera cuenta. Dayana lo cogió por no ser descortés y bebió un sorbo. El silencio se alargó. Lucía no preguntó nada más. Solo estuvo ahí.

Al cabo de un rato, Dayana habló sin mirarla:

—A veces siento que esta casa nos está volviendo locos a todos.

Lucía bajó un poco la voz.

—A veces las casas grandes hacen eso. Sobre todo cuando hay demasiadas cosas que no se dicen.

Dayana soltó una risa corta, amarga, y se le volvieron a llenar los ojos. Lucía, esta vez, no dudó. Le apartó con cuidado un mechón de pelo pegado a la mejilla húmeda y le dejó la mano un segundo en el costado de la cara.

—No tiene por qué aguantarlo todo sola —dijo muy bajo.

Dayana cerró los ojos. La caricia era suave, cálida, y después de la dureza de Mateo le resultó casi dolorosa de lo bien que le sentaba. Lucía no retiró la mano. Al contrario: la bajó despacio hasta el hombro y después hasta el brazo, dibujando círculos lentos con el pulgar.

Cuando Dayana abrió los ojos, Lucía estaba más cerca. No había urgencia en su expresión. Solo una atención quieta, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

El consuelo ya no era solo consuelo.

Lucía no besó a Dayana de inmediato. Primero le acarició la mejilla otra vez, después el cuello, con una lentitud que no pedía permiso pero tampoco empujaba. Dayana tenía los ojos húmedos y la respiración todavía irregular. Cuando Lucía se inclinó y le rozó los labios con los suyos, fue solo un contacto breve, casi de prueba. Dayana no se apartó.

El segundo beso fue más claro. Lucía le abrió la boca con suavidad y Dayana dejó que entrara. Sabía a agua y a un leve rastro de café. Las manos de Lucía bajaron hasta su cintura y la atrajeron un poco más hacia ella en el banco. El porche seguía vacío. Solo se oían los pájaros y el rumor lejano de alguien moviendo sillas en el jardín delantero.

—Ven —susurró Lucía contra su boca.

Se levantó y le tendió la mano. Dayana la cogió casi sin pensar. Lucía la guió dentro de la casa por la puerta de atrás, cruzaron la cocina en silencio y subieron las escaleras sin encontrarse con nadie. Entraron en la habitación de Dayana. Lucía cerró con cuidado.

Dentro, la luz de la tarde entraba cálida por la ventana. Dayana se quedó de pie en medio de la habitación, todavía confusa, con las mejillas marcadas por el llanto. Lucía se acercó por detrás, le apartó el pelo y le besó el hombro desnudo. Después el cuello. Sus manos subieron por el estómago de Dayana hasta sus pechos y los apreció por encima de la tela.

—Está bien —murmuró—. No tiene que hacer nada. Solo deje que yo…

Le dio la vuelta con suavidad y la besó otra vez, más profundo. Mientras la besaba, le subió la camiseta y se la quitó. El sujetador cayó poco después. Lucía bajó la cabeza y le tomó un pezón en la boca, chupando con lentitud, mientras con la otra mano le desabrochaba el pantalón. 

Dayana soltó un temblor y se apoyó en sus hombros. Tenía los ojos cerrados. Ya no lloraba, pero el cuerpo le respondía con una mezcla confusa de necesidad y vergüenza.

Lucía la guió hasta la cama y la recostó. Le bajó el pantalón y las bragas de un tirón y se arrodilló entre sus piernas. Dayana intentó cerrarlas por reflejo, pero Lucía se las abrió con firmeza suave y le pasó la lengua por el coño de abajo arriba, despacio. Dayana arqueó la espalda y soltó un gemido bajo. Lucía no se detuvo. Empezó a comérselo con dedicación: lengua plana, después la punta circulando el clítoris, dos dedos abriéndola y metiéndose dentro con facilidad. Estaba húmeda. Más de lo que Dayana habría querido admitir.

El placer le subió rápido, mezclado todavía con el nudo del llanto en la garganta. Lucía chupaba el clítoris con ritmo constante mientras la follaba con los dedos, curvándolos hacia arriba. Dayana se tapó la boca con el dorso de la mano para no hacer demasiado ruido. Las caderas se le movían solas, buscando más presión. Lucía se lo dio. Aceleró, más profunda, más centrada en el punto exacto, hasta que Dayana se tensó entera, levantó las caderas y se corrió con un gemido ahogado, el coño apretándole los dedos en contracciones fuertes mientras Lucía seguía lamiéndola, alargándole el orgasmo.


Cuando el cuerpo de Dayana se aflojó, Lucía subió despacio, le besó el vientre, el pecho, y por último la boca. Dayana le sintió el sabor de su propio coño en los labios. Se quedaron así un rato, respirando agitadas, sin hablar.

Fuera, en el pasillo, una sombra se detuvo un segundo frente a la puerta entreabierta.

Camila las había visto. A través de la rendija de la puerta entreabierta vio a su hermana tumbada en la cama, desnuda de cintura para abajo, con las piernas todavía abiertas y el pecho subiendo y bajando rápido. Lucía estaba medio encima de ella, besándola, una mano todavía entre sus muslos. El aire de la habitación olía a sexo. Dayana tenía los ojos cerrados y una expresión que Camila no le había visto nunca: no era solo placer. Era una entrega confusa, casi aliviada.

Camila dio un paso atrás sin hacer ruido. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Sintió un calor traicionero entre las piernas al mismo tiempo que una punzada de algo muy parecido a la traición. Se llevó una mano a la boca y caminó hacia su propia habitación lo más rápido que pudo sin correr. Entró, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitada.

No lloró. Solo se quedó quieta, con la imagen grabada detrás de los ojos: la cabeza de Lucía entre las piernas de Dayana, el gemido ahogado de su hermana, la forma en que se había arqueado al correrse.

Más tarde, cuando bajó a cenar, el ambiente era irrespirable.

Mateo apenas levantó la vista del plato. Contestaba con monosílabos y solo cuando Elena le preguntaba algo directamente. Dayana llegó un poco después, con el pelo húmedo y la cara todavía un poco marcada. Evitó mirar a Camila. Camila, a su vez, apenas pudo sostenerle la mirada. Cada vez que lo hacía, volvía a verla desnuda en la cama con Lucía.

Alfredo presidía la mesa con su calma habitual. Hablaba con Elena de la pedida, de los invitados, del vino que iban a servir. De vez en cuando su mirada se detenían un segundo en Mateo, después en Dayana, después en Camila, como quien comprueba el estado de cada pieza sobre el tablero.

Después de cenar, Mateo se levantó sin pedir permiso y desapareció hacia el jardín. Dayana murmuró que le dolía la cabeza y subió a su habitación. Camila se quedó un rato más en el salón, fingiendo mirar el móvil, hasta que ya no pudo aguantar la proximidad de Alfredo y también se retiró.

La casa se fue quedando en silencio poco a poco. Solo quedaba el ruido lejano de los grillos y, en algún punto del primer piso, el sonido de una puerta que se abría y se cerraba con suavidad.

Camila, todavía despierta en su habitación, oyó pasos en el pasillo. No salió a mirar. Dayana tampoco. Mateo, que no había conseguido quedarse en la cama, deambulaba por el corredor del primer piso cuando Alfredo salió de la habitación principal. Llevaba solo el pantalón puesto, la cremallera todavía a medio cerrar, y en la mano un frasco pequeño.

Se detuvo al verlo.

—Justo a tiempo —dijo Alfredo en voz baja, sin sorpresa—. Ven.

Mateo lo siguió sin preguntar. Alfredo abrió de nuevo la puerta de su habitación y los dos entraron. Cerró detrás de ellos y giró la llave con un clic suave.

Elena estaba en el centro de la cama, completamente desnuda. Tenía los ojos cubiertos con una venda negra de seda y las muñecas sujetas a la cabecera. Las piernas le quedaban abiertas. La luz de la mesilla era baja. Su pecho subía y bajaba rápido; todavía se le notaba el cuerpo caliente y excitado de lo que habían estado haciendo minutos antes.



Al oír los pasos, movió la cabeza.

—¿Ya estás…?

—Sí —contestó Alfredo con su voz normal—. Solo he tardado un momento.

Se acercó a la cama, abrió el frasco de lubricante y se echó una generosa cantidad en los dedos. Después se los llevó al coño de Elena y empezó a untárselo con calma, abriéndole los labios, metiendo primero un dedo y después dos, follándola despacio mientras ella gemía.



—Mira cómo estás… —dijo él en voz baja, sucia, cerca de su oído—. Tan abierta. Tan puta. ¿Te imaginas que una de tus hijas hubiera entrado hace un rato y te hubiera encontrado así? Atada, vendada, con la polla todavía caliente dentro… ¿Qué pensaría Dayana? ¿Y Camila? ¿Qué dirían al ver lo puta que es su madre?

Elena soltó un gemido más agudo y levantó un poco las caderas. Alfredo le metió los dos dedos hasta el fondo y le masajeó el clítoris con el pulgar al mismo tiempo.

—O Mateo —continuó, la voz cada vez más oscura—. ¿Qué pensaría tu hijo si te viera así? Con las piernas abiertas, el coño chorreando, pidiendo que te folle cualquiera… ¿Le enseñarías a tu niño lo puta que eres? ¿Le dejarías usarte?

Elena estaba temblando. Alfredo le bajó la mano y le aplicó más lubricante, esta vez en el ano. Empezó con un dedo, empujando despacio hasta que se lo tragó entero. Elena se tensó y después se aflojó con un gemido largo. Él añadió un segundo dedo y la abrió con cuidado, follándole el culo con movimientos lentos y profundos mientras seguía hablándole:

—Este cuerpo es mío. Para hacer lo que me dé la gana. Si quiero prestártelo, te lo presto. Si quiero que te corras pensando en tus hijos mirándote, te vas a correr. ¿De quién eres?

—Tuya… —jadeó Elena—. Soy tuya…

—Más alto.

—¡Tuya! De quien tú quieras…

Alfredo la masturbó así un buen rato: dos dedos en el coño, dos en el culo, el pulgar en el clítoris, la voz sucia llenándole la cabeza. Elena estaba al borde, el cuerpo empapado de sudor y lubricante, los gemidos ya sin control.

Solo entonces Alfredo miró a Mateo, que se había quedado de pie junto a la cama, pálido y duro, sin poder apartar la vista. Le hizo un gesto leve con la cabeza.

Mateo se subió a la cama entre las piernas de su madre. Alfredo le separó un poco más los muslos a Elena y le susurró a Mateo, tan bajo que ella no pudo oírlo:

—Entra. Ahora.

Mateo alineó la cabeza de su polla con la entrada encharcada de Elena. Estaba tan abierta y lubricada que al primer empujón el glande se hundió de inmediato. Él siguió empujando, despacio al principio, sintiendo cómo los labios hinchados se abrían alrededor de su polla y cómo el interior caliente y resbaladizo lo iba tragando centímetro a centímetro. Cuando por fin tocó fondo, el pubis le chocó contra el de ella. Mateo tuvo que morderse el interior de la mejilla con fuerza para no soltar ningún sonido. El coño de su madre lo apretaba de forma irregular, todavía sensible de los dedos de Alfredo.



Empezó a moverse. Sacó casi toda la longitud —dejando solo la cabeza dentro— y volvió a entrar con una embestida profunda y controlada. El sonido fue claramente húmedo. Repitió el movimiento, cada vez con un poco más de fuerza. Veía perfectamente cómo su polla desaparecía dentro de ella, cómo los labios se le abrían y se cerraban alrededor del tronco, cómo un hilo de lubricante y fluidos le brillaba en la base cada vez que se retiraba.

Alfredo se mantuvo muy cerca, una rodilla apoyada en el colchón, y siguió hablando en voz alta para que Elena lo escuchara:

—Eso es… tómalo todo. Ábrete. Eres mi puta. Si quiero que te folle cualquiera, te va a follar. Y te va a gustar.

Elena gemía sin parar, tirando de las cintas que le sujetaban las muñecas. Cada vez que Mateo empujaba hasta el fondo, ella levantaba un poco las caderas y soltaba un gemido más agudo. Alfredo le acariciaba un pecho, le pellizcaba el pezón y después bajaba la mano hasta donde Mateo la estaba follando. Con dos dedos le separó un poco más los labios para que el chico entrara todavía más fácil y profundo.

Mateo aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas y pesadas. El ruido de su pelvis chocando contra el culo de su madre llenaba la habitación junto con los gemidos de ella. Sentía el coño contrayéndose a ratos alrededor de su polla, caliente, empapado, succionándolo cada vez que se retiraba. La vergüenza y el placer se le habían mezclado hasta volverse una sola cosa espesa. Ya no pensaba. Solo empujaba.

—Córrete —le ordenó Alfredo a Elena, la voz ronca—. Córrete pensando en lo que dirían tus hijos si te vieran ahora. Si te vieran con las piernas abiertas, llena, gimiendo como una puta.


Elena se arqueó de golpe. Un gemido largo y roto se le escapó de la garganta y el coño le apretó la polla de Mateo con una fuerza rítmica y violenta. Las contracciones eran tan intensas que él notó cómo le ordeñaban la polla. No pudo aguantar más. Se clavó hasta el fondo, se quedó completamente quieto y se corrió dentro de su madre con un temblor fuerte que le recorrió toda la espalda. Se vació a pulsos profundos, uno detrás de otro, mientras el coño de Elena seguía apretándolo en oleadas, sacándole hasta la última gota.

Se quedaron así varios segundos, unidos, respirando agitados. Un hilo grueso de semen empezó a escaparse por los lados de la polla de Mateo y a resbalar hacia abajo. Él se retiró despacio. Al salir del todo, un chorro más espeso lo siguió y cayó sobre la sábana entre las piernas abiertas de Elena. El coño de ella quedó entreabierto, enrojecido, brillando con una mezcla de lubricante y semen.

Alfredo le pasó una toalla a Mateo y le hizo un gesto hacia la puerta. Salieron los dos en silencio.

En el pasillo, Alfredo cerró con cuidado y miró al chico. Mateo tenía la cara descompuesta, la respiración completamente descontrolada y el cuerpo todavía temblando.

Alfredo le puso una mano en la nuca.

—Ya está. Vuelve a tu habitación.

Y se alejó pasillo abajo, dejándolo solo con el peso de lo que acababa de hacer.


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