Incesto en la Mancha 5

Mateo abrió los ojos con la boca seca y la sensación de no haber dormido casi nada. La habitación olía a su madre y a Alfredo. Se quedó un rato tumbado, mirando el techo, repitiendo mentalmente lo que había visto la noche anterior: sus hermanas desnudas, Ezequiel encima de ellas, los gemidos, el semen. Se pasó una mano por la cara y se obligó a levantarse.

Salió al pasillo en silencio. El piso estaba en penumbra. Al cruzar el salón de camino a la cocina, se detuvo en seco.

Dayana y Camila seguían en el sofá, completamente desnudas. Ezequiel estaba tirado en el suelo, también desnudo, con una manta a medio echar encima. La luz que entraba por la ventana entreabierta dejaba ver con claridad los cuerpos de sus hermanas: los pechos de Dayana aplastados contra el sofá, la curva de la cadera de Camila, el vello púbico, las marcas rojas en la piel. Mateo se quedó mirando más tiempo del que debería.


Camila fue la primera en abrir los ojos. Parpadeó un par de veces, todavía aturdida, hasta que lo vio de pie en medio del salón. Se incorporó de golpe, intentando taparse los pechos con un brazo y buscando la manta con la otra mano.

—Coño, Mateo… —dijo con voz ronca, entre la vergüenza y el enfado—. ¿Qué haces ahí parado como un mirón?

Dayana se removió al oír la voz de su hermana. Abrió los ojos, vio a Mateo y se cubrió instintivamente con las manos.

—¿Qué coño haces despierto tan temprano? —preguntó ella, también molesta.

Mateo no contestó de inmediato. Seguía mirándolas. Notaba el calor subiéndole por el cuello y la erección empezando a presionar contra el pantalón del pijama. Trató de apartar la vista y no lo consiguió del todo.

Ezequiel se despertó con el ruido, vio la situación y se puso pálido. Se levantó rápido, buscando su ropa por el suelo sin mirar a nadie a la cara.

Camila, ya medio tapada con la manta, soltó una risa tensa.

—Vaya, mirón… Te gusta lo que ves, ¿verdad?

Dayana le lanzó una mirada de advertencia a su hermana y después se dirigió a Mateo, más seria:

—De esto no se le dice ni una vaina a mamá. ¿Oíste? Nada.

Mateo tragó saliva. La voz le salió un poco más grave de lo normal.

—De acuerdo… —hizo una pausa, mirándolas a las dos—. Pero ¿qué me van a pagar por mi silencio?

Hubo un silencio denso. Dayana y Camila se miraron. Ninguna contestó de inmediato. Ezequiel, ya casi vestido, aprovechó el momento para murmurar un “me voy” y salir del piso sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe suave.

Los tres hermanos se quedaron solos en el salón. Nadie habló. La pregunta de Mateo quedó flotando en el aire, pesada, como una deuda que acababa de abrirse y que nadie sabía todavía cómo se iba a cobrar.

Los días que siguieron transcurrieron con una rareza difícil de ignorar.

El lunes por la mañana, Mateo se cruzó con Dayana en el pasillo cuando ella salía del baño envuelta en una toalla. Se quedaron mirando un segundo de más. Ella fue la primera en apartar la vista y pasar de largo sin decir nada. Mateo se quedó quieto hasta que escuchó cerrarse la puerta de su habitación.

El martes, en la cocina, Camila estaba preparándose un café en pijama. Al agacharse a sacar la leche de la nevera, la camiseta se le subió y dejó ver la curva de su cintura y el borde de las bragas. Mateo, que estaba sentado en la mesa fingiendo mirar el móvil, no apartó la vista a tiempo. Camila se enderezó, lo cazó mirando y sonrió de lado.

—¿Qué? —dijo con tono de burla—. ¿Sigues cobrando el silencio espiándome o qué?

Mateo se limitó a encogerse de hombros y beber un sorbo de café. No contestó.

El miércoles por la noche, los tres estaban en el salón. La televisión estaba puesta, pero nadie prestaba mucha atención. Dayana tenía las piernas recogidas en el sofá y el pijama corto le dejaba los muslos al aire. Cada vez que se movía, Mateo lo notaba. En un momento, Dayana se dio cuenta de que la estaba mirando y le sostuvo la mirada unos segundos, seria, antes de volver la vista a la pantalla.

Camila, tumbada en el otro extremo del sofá, rompió el silencio con una risa baja.

—Qué ambiente más raro tenemos últimamente, ¿verdad? Parece que nadie se atreve a respirar.

Nadie respondió.

El chantaje de Mateo seguía presente, aunque nadie volviera a mencionarlo. Flotaba entre ellos como una deuda pendiente. Dayana a veces intentaba actuar con normalidad, pero se le notaba más seria de lo habitual. Camila, en cambio, parecía disfrutar de la tensión: soltaba comentarios de doble sentido y después se reía como si no hubiera dicho nada importante.

El jueves por la tarde los tres estaban otra vez en el salón. La tensión de los días anteriores seguía ahí, aunque nadie la mencionaba. Dayana estaba sentada en un extremo del sofá, con las piernas cruzadas, mirando el móvil sin mucho interés. Camila ocupaba el otro lado, y Mateo estaba en el medio, un poco más erguido de lo normal.

Nadie hablaba de lo que había pasado. Tampoco hacía falta. Se sentía en cada silencio, en cada mirada que se alargaba un segundo de más, en la forma en que los cuerpos se acomodaban con demasiada conciencia de sí mismos.

El teléfono de Dayana vibró. Era una videollamada de Elena. La aceptó y colocó el móvil apoyado en la mesa baja para que se vieran los tres.

—¿Qué tal están, mis amores? —saludó Elena con una sonrisa amplia. Se la veía descansada y de buen humor. Detrás de ella se alcanzaba a ver parte de la terraza de la finca.

—Ahí andamos, mamá —respondió Dayana.

—Más o menos —añadió Camila.

Elena no pareció notar el tono raro de sus hijas. Seguía sonriendo.

—Los llamé porque quiero que se vengan mañana pa’ la finca. Tenemos que hablar de la boda y de lo de la mudanza. Ya va siendo hora de ir organizando todo.

Camila levantó una ceja.

—¿Mañana viernes?

—Sí. Alfredo puede pasar a buscarlos por la tarde. Así aprovechan el fin de semana aquí.

Mateo, que hasta ese momento había estado callado, se inclinó un poco hacia delante.

—¿Y vamos a quedarnos a dormir?

—Claro —dijo Elena—. Ya tienen sus habitaciones listas. Todavía están sin decorar, pero las camas están puestas y todo cómodo.

En ese momento Alfredo se asomó detrás de Elena. Saludó con la mano y sonrió a la cámara.

—Yo los recojo mañana sin problema. A las cinco o así estoy en Madrid.

Dayana y Camila se miraron de reojo. Ninguna parecía especialmente entusiasmada, pero tampoco pusieron objeciones. La tensión de los últimos días seguía ahí, debajo de las palabras, como algo que no se había resuelto.

—Está bien… nos vemos mañana entonces —dijo Dayana.

—Sí —añadió Camila—. Ahí vamos a estar.

Elena se despidió contenta, soplándoles un beso a través de la pantalla. Cuando la llamada se cortó, los tres se quedaron unos segundos en silencio mirando el móvil apagado.

Camila fue la primera en hablar, con una media sonrisa cargada de ironía.

—Bueno… otra vez pa’ la finca.

Mateo no dijo nada. Solo asintió, pero se le notaba más interesado de lo que quería admitir. Dayana se levantó del sofá sin mirarlos y se fue a su habitación.

El silencio que dejó atrás pesaba más que cualquier conversación.

Alfredo llegó puntual. Aparcó el SUV delante del portal y bajó a ayudarles con las mochilas. Iba vestido de forma informal, con camisa arremangada y vaqueros, y saludó a los tres con su habitual sonrisa tranquila.

—¿Listos?

Subieron al coche. Sin que nadie lo discutiera, Camila se sentó delante, en el asiento del copiloto. Dayana y Mateo se colocaron atrás.

El trayecto empezó en silencio. Alfredo puso música baja y condujo con una mano en el volante. La otra la apoyó en su propia pierna. Durante los primeros minutos no pasó nada especial. Dayana miraba por la ventana. Mateo tenía los cascos puestos, pero el volumen estaba tan bajo que podía oír la conversación delantera si prestaba atención.

A mitad de camino, Alfredo empezó a hablar con Camila de cosas sin importancia: el tiempo, la boda, lo bien que se estaba quedando la casa. Mientras hablaba, su mano derecha se desplazó y se posó sobre el muslo de Camila. No fue un roce casual. La apoyó con naturalidad, los dedos extendidos sobre la tela del pantalón, bastante arriba.

Camila se tensó un poco, pero no apartó la mano. Siguió contestando con normalidad, aunque se le notaba la respiración un poco más corta.

Desde atrás, Mateo los estaba mirando a través del espacio entre los asientos. Vio la mano de Alfredo sobre el muslo de su hermana y no apartó la vista. Dayana, a su lado, también se dio cuenta. Los dos se quedaron en silencio.

Alfredo no retiró la mano. De vez en cuando le daba un pequeño apretón, como si estuviera subrayando algo de lo que decía. Camila cruzó las piernas en un intento de limitar el contacto, pero él no se inmutó. Siguió conduciendo con la mano en el muslo de Camila y hablando como si nada.

—Cuando lleguen van a ver los cambios —dijo Alfredo—. Las habitaciones ya están listas. Todavía faltan detalles, pero se puede dormir bien.

Camila asintió.

—Está bien…

Su voz sonó un poco más baja de lo normal.

Mateo se reclinó en el asiento, apretando la mandíbula. No decía nada, pero no dejaba de mirar la mano de Alfredo sobre la pierna de su hermana. Dayana, a su lado, había dejado de mirar por la ventana. Tenía la vista fija en el mismo sitio, con una expresión difícil de leer.

Cuando llegaron, el sol ya empezaba a bajar. Alfredo aparcó delante de la casa y bajó a abrir el maletero. Elena salió a recibirlos con una sonrisa amplia y los abrazó a los tres.

—Por fin llegaron. Pensé que se iban a demorar más.

Les enseñó rápidamente las habitaciones. Eran amplias, todavía sin decorar del todo, con las paredes recién pintadas y poco mobiliario, pero cada una tenía una cama grande y una ventana que daba al campo. Dayana y Camila dejaron sus mochilas y se quedaron hablando con su madre en el pasillo. Alfredo, en cambio, le hizo un gesto a Mateo para que lo acompañara.

Bajaron al salón. Alfredo se sirvió un vaso de agua y le ofreció otro a Mateo, que lo rechazó con la cabeza.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó Alfredo, apoyándose en la mesa.

—Bien —respondió Mateo.

Hubo un silencio breve. Alfredo lo miró con esa expresión tranquila y segura que siempre tenía.

—Tú y yo tenemos que hablar claro de vez en cuando —dijo—. Eres un hombre ya. Y los hombres tienen que saber lo que quieren… y cogerlo. Sin pedir permiso a todo el mundo.

Mateo no contestó. Se limitó a mirarlo.

Alfredo sonrió un poco.

—Esta casa es grande. Y Lucía está aquí para lo que se necesite. Si esta noche quieres que suba a tu habitación, solo tienes que decirlo. Nadie se va a enterar de nada.

Mateo sintió un calor repentino en la cara. Apartó la mirada un segundo y después volvió a enfrentar a Alfredo.

—No… gracias. No hace falta.

Alfredo lo observó en silencio unos instantes. Después asintió, como si la respuesta le hubiera dicho más de lo que Mateo pretendía.

—Está bien. Como quieras.

Le dio una palmada en el hombro, pesada y paternal, y se dirigió hacia la cocina.

—Vamos a cenar dentro de un rato. Lávate un poco si quieres.

Mateo se quedó solo en el salón. Todavía sentía la presión de la mano de Alfredo en el hombro y el eco de la oferta que acababa de rechazar. No sabía si se sentía aliviado… o si, en el fondo, le molestaba haber dicho que no.

La cena se sirvió en el comedor amplio de la casa. Lucía había preparado todo y después se retiró discretamente. Había un ambiente aparentemente relajado: platos sencillos pero bien hechos, vino sobre la mesa y la luz cálida de las lámparas.

Elena estaba de buen humor. Hablaba de la boda, de los detalles que todavía faltaban y de lo bien que se estaba quedando la casa después de las reformas. Alfredo comía con tranquilidad, interviniendo solo de vez en cuando. Dayana y Camila contestaban cuando les tocaba, aunque se les notaba algo distantes. Mateo, en cambio, prestaba más atención de lo normal a todo lo que se decía.

En un momento, Elena dejó el tenedor sobre el plato y miró a sus hijas.

—Y bueno… ¿ya pensaron lo de mudarse? Porque si se van a venir, hay que ir organizando todo con tiempo.

Dayana se encogió de hombros, sin levantar del todo la vista del plato.

—Todavía no sabemos, mamá. Es un cambio grande… no es tan fácil.

Camila asintió.

—Sí… no es solo recoger e irse. Hay que pensarlo bien.

Elena no pareció molesta. Solo suspiró con una media sonrisa.

—Pues claro, mi vida. Pero el verano sí se lo pueden pasar aquí, ¿no? Así prueban cómo se vive y después deciden con más calma.

Dayana miró a su hermana antes de contestar.

—El verano sí. Eso sí lo podemos hacer.

—Sí —añadió Camila—. Pa’ probar.

Alfredo sonrió al oírlo, apoyando los codos sobre la mesa.

—Una vez que prueben de verdad cómo se vive aquí, ya van a ver. Después no van a querer volverse a Madrid.

Lo dijo con tono amable, casi de broma, pero se notaba la seguridad detrás de las palabras. Elena rió bajito y le puso una mano en el brazo. Dayana y Camila no contestaron. Mateo observaba la escena en silencio, guardándose sus propias impresiones.

Después de la cena, cada uno se retiró a su habitación. La casa quedó en silencio durante un rato, solo interrumpido por algún ruido lejano de Lucía recogiendo en la cocina. Dayana se duchó y se metió en la cama con el móvil. Mateo se quedó tumbado mirando el techo. Camila, en cambio, no conseguía relajarse.

No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a oírse.

Primero fueron sonidos húmedos, bajos, casi contenidos. Después, el leve ahogo de Elena y el ritmo constante de algo más profundo. Camila se quedó quieta en su cama, escuchando. El calor le subió por el cuello y se le secó la boca.

Al final no pudo aguantar.

Se levantó descalza y salió al pasillo con cuidado. La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta. Se acercó en silencio y se asomó por la rendija.

Elena estaba de rodillas en el suelo, completamente desnuda, entre las piernas de Alfredo. Él estaba sentado al borde de la cama, también desnudo, y le sujetaba la cabeza con las dos manos mientras se la follaba la boca con embestidas profundas y controladas. Elena tenía los ojos cerrados y las manos apoyadas en los muslos de él, dejando que le entrara hasta el fondo. Se oía el sonido húmedo y ahogado de la garganta cada vez que Alfredo empujaba.


Camila sintió un tirón fuerte entre las piernas. Sin poder evitarlo, deslizó una mano por debajo del pijama y empezó a tocarse por encima de las bragas, sin apartar la vista. Se mordió el labio para no hacer ruido. Los dedos se le humedecieron enseguida.


En un momento, Alfredo levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los de Camila a través de la rendija.

No se detuvo. No apartó la mirada. Siguió embistiéndole la boca a Elena con la misma calma, sujetándole la cabeza con firmeza, mientras miraba directamente a Camila. Ella se quedó paralizada, con la mano entre las piernas, tocándose más despacio ahora, como si de pronto fuera consciente de lo que estaba haciendo. Alfredo la observó unos segundos larguísimos, sin ninguna sorpresa, sin ninguna vergüenza. Como si tuviera todo el derecho a mirarla. Como si hubiera estado esperando que apareciera.

Camila sintió que se le doblaban las rodillas. La excitación le subía mezclada con una vergüenza tan densa que le costaba respirar. Por un momento pensó en apartarse, pero no lo hizo. Se quedó ahí, mirándolo mientras él le follaba la garganta a su madre y la miraba a ella masturbarse.

Solo cuando el calor entre sus piernas se volvió casi insoportable consiguió moverse. Se apartó de la puerta como si le quemara y echó a correr pasillo abajo, descalza, con la respiración entrecortada y los dedos todavía húmedos. No miró atrás.

Dayana estaba medio dormida cuando escuchó pasos rápidos en el pasillo. Se incorporó sobre los codos justo a tiempo para ver a Camila pasar corriendo delante de su puerta, descalza y con la cara completamente desencajada. No se detuvo. Siguió hasta su habitación y cerró de golpe.

Dayana se quedó quieta, escuchando. El corazón le latía fuerte. Se levantó.

No quería quedarse sola.

Dayana cruzó el pasillo y abrió la puerta de Mateo sin llamar. Él estaba tumbado en la cama, despierto, mirando el techo. Al verla, se incorporó un poco.

—¿Qué pasa?

Dayana cerró la puerta detrás de ella y se acercó a la cama.

—No puedo dormir con esa vaina de ruidos —dijo en voz baja—. ¿Me dejas quedarme un rato?

Mateo se hizo a un lado sin decir nada. Ella se metió debajo de la sábana, de espaldas a él al principio, y se quedó callada. Los sonidos desde el otro extremo del pasillo ya se habían apagado, pero la tensión seguía en el aire.

—Coño… —murmuró Dayana después de un rato—. Espero que esto no sea siempre.

Mateo soltó una risa baja.

—A mí me parece bonito.

Ella se giró hacia él, incrédula.

—¿Bonito? Estás enfermo. Eres un salido.

—Y tú estás aquí metida en mi cama —respondió él.

Dayana le dio un empujón en el pecho, entre molesta y divertida. Él la empujó de vuelta. Empezaron a forcejear encima de la cama, medio riendo, intentando no hacer ruido. Durante el forcejeo, Mateo se quedó encima de ella un segundo de más. Dayana sintió con claridad la dureza de su erección presionando contra su muslo.

Se quedó quieta.

—¿Ves? —susurró ella, con una sonrisa burlona que no le salía del todo natural—. Duro completo. Te prende oír a tu mamá… y tener a tu hermana debajo.

Mateo no se apartó del todo. Su respiración se había vuelto más pesada.

—Ayúdame —dijo de pronto, en voz muy baja.

Dayana lo miró, sorprendida.

—¿Qué?

—Solo un poco. Nadie se tiene que enterar.

Ella negó con la cabeza, aunque no lo empujó.

—No. Estás loco. Soy tu hermana, coño.

—Y nadie va a saber nada —insistió él—. Igual que nadie va a saber lo que pasó el otro día con Ezequiel.

Dayana se tensó.

—Eso no…

—Lo vi todo —la cortó Mateo—. A las dos. Desnudas. Con él.

El silencio que siguió fue denso. Dayana abrió la boca para contestar, pero no encontró las palabras. Mateo ya se había bajado el pantalón del pijama. Su polla estaba completamente dura, apoyada contra el vientre de ella.

—Solo la boquita —susurró—. Un rato. Y ya.

Dayana cerró los ojos. Se le revolvía el estómago y al mismo tiempo sentía un calor traicionero entre las piernas. Dudó varios segundos. La vergüenza le subía por el pecho, mezclada con algo más oscuro que no quería nombrar. Mateo le puso una mano en la cabeza, sin apretar, solo guiándola suavemente hacia abajo.

Ella no se resistió del todo.

Abrió la boca y lo tomó entre los labios. Mateo soltó un temblor al sentirse envuelto por el calor húmedo de la boca de su hermana. Dayana se quedó quieta un segundo, como si todavía estuviera procesando lo que estaba haciendo, y después empezó a mover la cabeza despacio, insegura. Chupaba con cuidado, apenas cubriendo la cabeza de la polla, sin bajar demasiado. Se notaba la tensión en su mandíbula y en la forma en que sujetaba la base con los dedos, como si quisiera controlar hasta dónde llegaba.

Mateo cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la almohada. Le acarició el pelo con una mano, sin apretar, solo pasando los dedos entre los mechones mientras ella trabajaba. Contuvo un gemido cuando Dayana, todavía dudosa, bajó un poco más y dejó que la lengua rozara la parte inferior del glande. El sonido húmedo de su boca llenó el silencio de la habitación.



Poco a poco, Dayana fue ganando ritmo. Ya no se limitaba a la punta. Empezó a bajar más, dejando que la polla se le deslizara por la lengua hasta casi tocar el fondo de su boca, aunque sin llegar a tomarlo entero. Cada vez que subía, hacía un pequeño vacío con los labios y pasaba la lengua alrededor de la cabeza, lenta, deliberada. Mateo sintió cómo se le endurecía todavía más dentro de esa boca caliente.

—Así… —susurró él, casi sin voz.

Ella no contestó. Solo siguió. Ahora chupaba con más seguridad, aunque todavía se notaba cierta contención. La saliva le brillaba en los labios y le resbalaba un hilo fino por la comisura de la boca. Mateo no pudo evitar levantar un poco las caderas, buscando más profundidad. Dayana se lo permitió, aunque soltó un sonido ahogado cuando él tocó el fondo de su garganta.

Al cabo de un rato, Mateo bajó las manos hasta el dobladillo de la camiseta del pijama de su hermana. La subió despacio, sin dejar de sentir la humedad de su boca alrededor de su polla. Dayana se separó un segundo para dejar que se la quitara por completo y, en cuanto quedó desnuda de cintura para arriba, volvió a bajar la cabeza y se lo metió otra vez entre los labios.

Los pechos de Dayana quedaron al aire, pesados, con los pezones duros. Mateo los agarró con ambas manos y los apretó, disfrutando del peso y de la suavidad de la piel. Los masajeó mientras ella chupaba, pasando los pulgares por los pezones, pellizcándolos con suavidad. Dayana soltó un gemido bajo alrededor de su polla cuando él lo hizo, y la vibración le recorrió el cuerpo entero.

Ahora el ritmo era más constante. Dayana subía y bajaba la cabeza con movimientos más largos, dejando que la saliva empapara toda la longitud. De vez en cuando se detenía en la punta para chupar solo el glande, jugando con la lengua, antes de volver a tomarlo casi hasta el fondo. Mateo apretaba los pechos de su hermana cada vez que ella bajaba del todo, como si necesitara agarrarse a algo.

Los sonidos húmedos se volvieron más claros, más sucios. El leve jadeo de Dayana por la nariz, el ruido de su boca trabajando, la respiración entrecortada de Mateo. Él ya no podía quedarse quieto. Movía las caderas en pequeños empujes, follándole la boca con cuidado, sin llegar a ser agresivo. Dayana se lo permitió. Incluso subió una mano hasta sus pelotas y las acarició mientras seguía chupando.

Mateo sintió que se acercaba al límite. La presión en la base de la columna, el calor que le subía por el vientre, la forma en que los pechos de su hermana se desbordaban entre sus dedos…

—Dayana… —advirtió entre dientes, con la voz rota.


Ella no se apartó de inmediato. Siguió chupándolo unos segundos más, más rápido, más profundo, hasta que él no pudo aguantar. Mateo apretó los pechos de su hermana con fuerza y empujó las caderas hacia arriba. Dayana lo sacó de la boca justo a tiempo, agarrándolo con la mano y dirigiéndolo hacia su pecho.

El primer chorro le golpeó la piel caliente, espeso y abundante. Mateo soltó un gemido ahogado, casi un gruñido, mientras se vaciaba sobre las tetas de Dayana. Los hilos blancos le cruzaron el pecho, resbalaron entre el valle de sus pechos y le mancharon un pezón. Ella lo sostuvo hasta el final, apretando suavemente la base de su polla para ordeñarle hasta la última gota. Mateo temblaba encima de ella, con los músculos de los muslos contraídos y la respiración completamente descontrolada.


Cuando terminó, se quedó inmóvil varios segundos, todavía con la polla palpitando en la mano de Dayana. Ella lo soltó despacio. El semen le brillaba sobre la piel morena, caliente y espeso. Dayana miró hacia abajo, observando el desastre en su pecho, sin decir nada. Se le veía la respiración agitada y una expresión difícil de leer: una mezcla de vergüenza, confusión y algo más oscuro.

Mateo se dejó caer de espaldas, exhausto, con un brazo tapándose los ojos. Todavía le temblaban las piernas. El silencio que llenó la habitación fue denso, casi físico. Solo se oía la respiración de los dos, todavía irregular.

Dayana se incorporó un poco. Cogió un extremo de la sábana y se limpió el pecho con movimientos lentos, casi mecánicos. El tejido se le pegó a la piel por el semen. Se pasó la sábana varias veces hasta dejar la piel más o menos limpia, aunque todavía le quedaba una sensación pegajosa. Después se volvió a poner la camiseta del pijama sin mirar a Mateo. El tejido le rozó los pezones sensibles y se le escapó un pequeño temblor.

Se tumbó de espaldas a él, encogiendo un poco las piernas. No dijo nada. Mateo tampoco. Los dos se quedaron en silencio, cada uno perdido en lo que acababa de ocurrir.

Fuera, en el pasillo, ya no se oía nada. La casa había recuperado una quietud pesada. Dayana tenía los ojos abiertos en la oscuridad, mirando la pared. Todavía podía sentir el sabor de su hermano en la boca y el eco del calor de su semen sobre la piel.

Ninguno de los dos se movió en un buen rato.

 

Comentarios

  1. ¿Por qué este cambio de fondo de lectura? Resulta mucho más incómodo de leer.

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    1. Hola Rosa. Me parecía que era más comodo el blanco sobre negro, especialmente para dispositivo movil. Pero podemos probar a volver al clásico. Gracias por tu opinión

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