Con mamá en la playa nudista
Aparcaron delante del edificio con las mejillas heladas por el aire acondicionado. Laura apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos en el volante, mirando el portal blanco de dos plantas. No había nadie en la calle.
—Baja tú las bolsas grandes —dijo sin girarse—. Yo llevo la nevera y la de la ropa de playa.
Marcos asintió. Tenía diecinueve años y ya no discutía ese tipo de cosas. En cuanto abrió la puerta del coche, un golpe de aire caliente con olor a salitre le bañó la cara. Vera a mediodía de julio era un horno de leña. Sacó las dos maletas del maletero echando en falta la maleta de su padre. Laura cerró el coche, pasó la correa de la nevera por el hombro y empujó la puerta del portal con el codo. El vestíbulo estaba en penumbra y olía a lejía reciente. Subieron las escaleras en silencio. En el segundo piso ella buscó la llave en el bolsillo del vestido de algodón, la introdujo y empujó.
El apartamento se abrió de golpe: luz blanca, suelo de terrazo frío, olor al detergente de sábanas de los hoteles. Había un salón pequeño con sofá de color arena, una cocina americana y dos habitaciones al fondo. La terraza daba a la calle y, más allá, se adivinaba una franja de mar.
Laura dejó la nevera en el mármol de la cocina y abrió de par en par las ventanas del salón. El aire caliente entró de inmediato. Marcos arrastró las maletas hasta el pasillo y se quedó de pie, mirando alrededor como si esperara que alguien más apareciera.
—La habitación de la derecha es la tuya —dijo ella mientras abría el frigorífico vacío—. La mía tiene baño. Privilegios de madre. Déjame la maleta azul aquí.
Él obedeció. Laura se agachó, abrió el cierre y empezó a sacar la ropa con movimientos automáticos: sus camisetas, sus pantalones cortos, los bañadores. Luego abrió la maleta de él y colocó las camisetas dobladas en el primer cajón del armario del pasillo, exactamente como había hecho durante años en la casa de siempre. Solo cuando terminó se dio cuenta de que no había una tercera maleta. La de él. La que siempre ocupaba el rincón junto a la puerta.
Se quedó un segundo con las manos apoyadas en el borde del armario. Marcos estaba en la terraza, apoyado en la barandilla, mirando hacia el mar. No dijo nada. Ella tampoco.
Fue al baño de su habitación, cerró la puerta y se quitó el vestido. El espejo le devolvió la imagen de una mujer de cuarenta y nueve años, el pelo recogido en un moño improvisado, la piel de su vientre todavía blanca de principio de vacaciones. Se miró el cuerpo con la misma indiferencia con la que había mirado el frigorífico vacío. Llevaba meses sin que nadie la observara de verdad. Ahora el único hombre en el apartamento era su hijo.
Se puso el bikini negro —el de tirantes finos y braga alta— y encima el vestido de playa blanco, casi transparente. Cuando salió, Marcos ya había dejado sus cosas en la habitación de la derecha y estaba bebiendo agua del grifo de la cocina.
—Hace un calor de cojones y el agua parece té —dijo él.
Laura asintió. El aire que entraba por las ventanas ya no refrescaba nada. El salón se estába calentando como un horno de inducción.
—Si nos quedamos aquí nos vamos a derretir —contestó—. Cierra las ventanas y vamos a la playa un rato. Luego ya vemos qué compramos para cenar.
Marcos dejó el vaso en el fregadero y fue a buscar las toallas. Ella recogió la bolsa de playa, las llaves y el protector solar. En la puerta se detuvo un segundo, miró el apartamento vacío una vez más y cerró con llave.
Salieron del portal y el calor les golpeó de frente denuevo, denso, casi sólido. Laura ajustó la correa de la bolsa de playa en el hombro y bajó el último escalón con las chanclas reseando en el asfalto. Marcos caminaba a su lado, un poco más despacio, con una camiseta gris de un grupo de indi, un bañador básico de Decathlon y las toallas enrolladas bajo el brazo. No hablaban. Solo se oía el roce de las chanclas.
La calle era corta. A la izquierda, bloques bajos de apartamentos; a la derecha, ya se intuía el brillo del mar entre los edificios. Olía a mar. Pasaron junto a una terraza donde una familia comía ensalada bajo una sombrilla. Una niña corría descalza. Laura los miró de reojo y siguió.
—¿Cuántos días estamos exactamente? —preguntó Marcos de pronto, como si necesitara anclarse a algo práctico.
—Esta semana entera conmigo. Hasta el domingo. —Ella no giró la cabeza—. La siguiente te vas con tu padre. Así hemos quedado.
Él asintió en silencio. Caminaron otro tramo. Ella iba un paso por delante, el pelo negro recogido, la nuca bronceada. El bolso golpeaba suavemente su cadera. De vez en cuando se detenía un segundo para acomodarse la bolsa y él la alcanzaba.
—Es raro —dijo ella de repente, casi para sí misma—. No tener que preguntar si a tu padre le apetece bajar o si prefiere quedarse viendo la tele. Antes siempre había que negociarlo.
Marcos no contestó de inmediato. Miró el mar, que ya se veía más claro al final de la calle.
—Sí —respondió al fin—. Es raro.
Llegaron al acceso de la playa. Había un pequeño muro de piedra y una rampa de madera que bajaba hacia la arena. Laura se detuvo un instante, se quitó las chanclas y las metió en la bolsa. La arena estaba caliente, casi quemaba. Marcos hizo lo mismo.
Más allá, a unos cincuenta metros, se veían figuras. Al principio parecían gente normal tumbada. Luego Laura entrecerró los ojos. Una de las figuras era una mujer mayor completamente desnuda, de espaldas al sol. Más lejos, un hombre caminaba con un perro, también sin ropa.
Ninguno de los dos dijo nada todavía.
Laura bajó la rampa con paso firme. Bajo la luz directa el vestido blanco se volvía transparente, dejando ver con claridad el bikini negro, el peso natural de sus pechos y la curva suave del abdomen.
—Mamá… esto es nudista.
Laura no respondió de inmediato. Miró a las dos mujeres, luego al hombre del perro, calculó distancias y el viento. Al final asintió una sola vez, como quien confirma algo que ya había decidido.
—Lo sé. Da igual. No quiero volver a la casa y nadie nos conoce.
Se agachó, abrió la bolsa y sacó las dos toallas. Las extendió en la arena con movimientos prácticos, una al lado de la otra, alisando las arrugas con la palma de la mano. Luego se levantó, se sacó el vestido blanco por la cabeza y lo dobló encima de la bolsa. Se quedó solo en el bikini negro. Los pechos, pesados y naturales, se marcaron con claridad bajo la tela fina del sujetador. El abdomen suave, con esa ligera redondez de los cuarenta y nueve años, quedó a la vista entre la cintura del bikini y el borde inferior del top. Marcos apartó la mirada hacia el mar, pero no lo suficiente como para no haberlo visto.
Ella se sentó en su toalla, sacó el protector solar del bolso y se empezó a untar los hombros con calma. No miró a su hijo mientras hablaba.
—Siéntate. No pasa nada. Están lejos y no nos están mirando.
Marcos se quedó de pie un segundo más, rígido, la camiseta todavía puesta, las manos apretando las toallas que ya no llevaba. Al final se dejó caer en la toalla de al lado, de espaldas al resto de la playa, como si así pudiera hacerse más pequeño.
El silencio se alargó. Solo se oía el rumor de las olas y el ladrido lejano del perro. Laura terminó de ponerse crema en los brazos y comenzó con las piernas. Entonces, con la misma naturalidad con la que había extendido las toallas, preguntó:
—¿Qué quieres hacer estos días? ¿Preferimos quedarnos por aquí o bajamos un día a Almería?
Hablaba como si el desnudo de las dos mujeres mayores y del hombre del perro no existiera. Como si la única decisión importante fuera el plan de la semana.
Marcos tardó en contestar. Seguía mirando el agua.
—No sé —dijo al fin, con la voz un poco más baja de lo normal—. Todavía no lo he pensado.
Laura se quedó en silencio unos segundos después de la respuesta de Marcos.
—Bueno —dijo mientras se echaba crema en las manos—, podemos quedarnos aquí casi todos los días. Hay un chiringuito más adelante que parece decente. Y pensamos lo de bajamos a Almería, no hay que decidirlo ahora. Y esta noche podemos comprar pescado fresco en el pueblo y lo hacemos a la plancha en la terraza. Si quieres te enseño a prepararlo, que ya vas siendo mayor para seguir comiendo solo lo que te ponen.
Mientras hablaba se desabrochó el sujetador del bikini y se lo quitó. Luego, con el mismo gesto práctico, se bajó la braga, la dobló y la dejó junto al top. Se quedó completamente desnuda.
Los pechos, grandes y naturales, cayeron con su peso real. Laura siguió extendiéndose la crema por su torso. Primero el pecho derecho, subiendo desde debajo hasta el pezón, luego el izquierdo, y por último el vientre. Lo hacía con naturalidad, como quien se pone protección en cualquier playa, sin mirar a su hijo, sin dar explicaciones.
Cuando terminó, le tendió el bote.
—Tú también. Y quítate ya el bañador. Aquí todo el mundo está igual. No tiene sentido quedarse con la ropa puesta solo porque sí.
Marcos dudó. Miró hacia las dos mujeres mayores, hacia el hombre del perro, hacia las nuevas toallas que empezaban a aparecer más lejos: una pareja, un grupo de tres. El espacio ya no era tan privado como al llegar. Al final se quitó el bañador con movimientos rígidos y se tumbó de lado, de espaldas a ella, intentando hacerse pequeño. Laura le puso crema en la espalda y los hombros con las mismas manos firmes de siempre, de madre que ha hecho esto cientos de veces. Cuando acabó le dio dos palmadas suaves.
—Listo. Ahora date tú por delante.
Él se echó crema en silencio. Ella se había vuelto a recostar, completamente desnuda, y seguía hablando como si nada hubiera cambiado.
—Mañana podemos venir temprano otra vez. Y el jueves, si no hay mucho viento, igual alquilamos unas sombrillas para estar más cómodos o podemos alquilar un patín como cuando eras más crio.
—A papá era al que le gustaba. A mi nunca me hizo mucha ilusión — contestó mirando el mar para no mirarla.
El tiempo pasó despacio. La playa se fue llenando con esa lentitud de julio: más gente a lo lejos, alguna risa, el ladrido del perro. El espacio se volvía menos suyo.
Fue entonces cuando él empezó a notar la erección. Primero intentó disimularla cruzando las piernas. Después arrastró la toalla y se la puso encima de la entrepierna, como si fuera casual. Laura lo vio. No dijo nada. Solo lo observó un momento, en silencio, mientras el sol seguía subiendo y la conversación sobre el pescado y Almería se iba apagando entre los dos.
Al final ella soltó una risa breve, baja, casi cansada.
—Eso es normal —dijo, como quien comenta que el agua está fría—. Pasa más de lo que crees. Vete al agua un rato. Con el frío se te quita.
Marcos no se movió. Apretó más la toalla contra el cuerpo y miró hacia los lados, donde ya había más gente de la que había al llegar.
—No puedo —contestó, apenas un hilo de voz—. Me van a ver todos.
Laura lo miró un segundo. No había juicio en su cara. Solo esa expresión práctica de quien lleva años resolviendo problemas antes de que se hagan grandes. Se incorporó un poco, cogió la toalla que él tenía encima y la colocó de nuevo, esta vez con más cuidado, cubriéndole desde la cintura hasta mitad de los muslos. Luego, sin decir nada más, se escurrió la mano derecha bajo la tela.
Marcos se tensó entero. El contacto de los dedos de su madre contra la piel caliente del vientre le cortó la respiración. Ella no buscó su mirada. Solo habló bajo, cerca de su oreja, como cuando le explicaba algo en la cocina.
—Quédate quieto. Nadie está mirando.
Se escupió en la palma con naturalidad, sin asco, y volvió a meter la mano. Esta vez rodeó la erección con los dedos. La piel de él estaba caliente, tensa, ya húmeda en la punta. Laura empezó a moverse despacio, de arriba abajo, con una presión firme y constante. No era una caricia. Era un gesto preciso, el mismo que habría usado para abrir un tarro demasiado cerrado o para deshacer un nudo: práctico, eficaz, sin florituras.
Marcos tenía los ojos abiertos, clavados en el horizonte. El pecho le subía y bajaba demasiado rápido. Había recibido pajas en el instituto, torpes y rápidas, detrás de un edificio. Había tenido la boca de una chica alrededor de su polla una noche de verano. Pero esto era distinto. La mano que lo masturbaba era la misma que le había puesto tiritas en las rodillas, la misma que le había recogido el pelo cuando vomitó de niño, la misma que ahora, a los cuarenta y nueve años, estaba completamente desnuda a su lado en una playa pública y le hacía una paja como si resolviera un inconveniente menor.
Laura ajustó el ritmo. Un poco más rápido. El pulgar pasaba una y otra vez sobre el glande, repartiendo la humedad. Se oía el sonido húmedo, suave, casi perdido entre el rumor de las olas. Ella no miraba su cara. Miraba la toalla, la forma en que se levantaba y bajaba con cada movimiento de su muñeca, y de vez en cuando echaba un vistazo rápido a los alrededores para asegurarse de que nadie se había acercado demasiado.
—Respira —le dijo, sin dejar de mover la mano—. No pongas esa cara.
Marcos intentó obedecer. El aire le entraba a trozos. Sentía el calor de la arena bajo los muslos, el sol en los hombros, el olor a crema solar y a salitre, y por encima de todo la mano de su madre, segura, rítmica, que lo llevaba sin prisa pero sin piedad hacia el borde. Las piernas le temblaban. Intentó cruzarlas y ella se las abrió de nuevo con la rodilla, sin violencia, solo para tener mejor acceso.
—Así. Déjame a mí.
El orgasmo le llegó de golpe, más fuerte de lo que esperaba. Se arqueó un poco, apretó los dientes para no hacer ruido, y se corrió en la mano de ella, caliente, espeso, a pulsos. Laura no retiró los dedos hasta que dejó de contraerse. Entonces, con la misma calma, sacó la mano de debajo de la toalla. La tenía brillante, cubierta. Se levantó sin prisa, caminó hacia la orilla con el puño cerrado.
A mitad de camino se detuvo. Giró la cabeza hacia atrás. Marcos seguía tumbado, la toalla revuelta, el pecho agitado, mirándola como si no entendiera del todo lo que acababa de pasar. Laura le sostuvo la mirada un segundo y le guiñó un ojo. Luego se volvió hacia el mar, siguió caminando. Laura se lavó la mano con calma en el agua poco profunda. El semen se disolvió entre los dedos y desapareció con la espuma. Se secó la palma contra el muslo, se pasó la lengua por los labios y regresó hacia las toallas con el mismo paso tranquilo con el que había bajado.
Se sentó a su lado, recogió el bote de protector que se había quedado abierto y lo cerró con un clic suave. Luego se recostó sobre los codos y miró el mar como si acabara de volver de darse un simple baño.
—Entonces —dijo, con la misma voz de antes—, ¿compramos las sardinas esta tarde o prefieres que baje yo sola al pueblo? O prefieres salir a cenar sola. Tú decides.
Marcos seguía tumbado, la toalla todavía revuelta sobre las caderas, la respiración un poco más lenta ahora. No contestó de inmediato. Laura no insistió. Solo esperó, como había esperado tantas otras veces a que él eligiera qué ponerse por la mañana o qué comer.
A lo lejos el perro ladró. Alguien rió. El sol seguía subiendo.
—Las sardinas —murmuró él al fin, sin mirarla.
Laura asintió, satisfecha, y se tumbó boca arriba en la arena tranquila, como si realmente no hubiera pasado nada.
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Si has disfrutado del relato, te agraecería que volvieras a todorelatos para valoralo allí y conseguir que siga teniendo visibilidad. Muchas gracias
Está potable, la narración es buena y la fotografía tiene calidad y limieza
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