La campaña 33
Cuando entró en la agencia, el
ambiente estaba raro. Varias personas levantaron la cabeza al verlo pasar.
Nadie dijo nada, pero se notaba que algo grave había ocurrido.
Noa lo esperaba en la puerta de la
sala de reuniones. Tenía los brazos cruzados y cara seria.
—Adentro —dijo simplemente.
Lia estaba sentada a la mesa con el
portátil abierto. En la pantalla había capturas de un foro donde alguien había
publicado fragmentos de los testimonios de la campaña. Eran bastante
explícitos. Y había nombres que no deberían estar ahí.
Víctor cerró la puerta con más
fuerza de la necesaria y se quedó de pie, mirando la pantalla.
—¿Cómo coño ha pasado esto?
—preguntó, voz baja y tensa.
Noa cerró la puerta.
—Alguien filtró parte del material
que se corrompió esta mañana. No sabemos quién todavía, pero ya está fuera. Los
americanos están cabreados. Quieren una reunión de emergencia mañana por la
mañana.
Víctor se pasó una mano por la cara.
Tenía la mandíbula apretada.
—Quiero saber quién ha sido —dijo—.
Y quiero saberlo antes de que acabe el día.
Trabajaron hasta tarde. Los tres. La
tensión en la sala era espesa. Noa intentaba mantener la calma profesional, Lia
estaba callada y concentrada, y Víctor alternaba entre mirar pantallas y mirar
el móvil cada vez que vibraba.
Eran casi las nueve de la noche
cuando Lia, que había salido un momento al baño, volvió con la cara pálida. Se
sentó, dudó unos segundos, y al final habló sin levantar la vista del portátil.
—He sido yo —dijo en voz baja.
Víctor levantó la cabeza.
—¿Qué?
Lia se levantó de la silla con las
manos temblando ligeramente. Se quedó de pie frente a la mesa, mirando la
pantalla del portátil como si las palabras que estaba a punto de decir pudieran
desaparecer si no las pronunciaba.
Víctor, que estaba revisando unos
correos en su propio ordenador, levantó la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó, seco.
Lia tragó saliva. Su voz salió baja,
casi inaudible.
—He sido yo.
Víctor frunció el ceño.
—¿Qué has sido tú?
—El filtrado… —Lia levantó la vista
un segundo y volvió a bajarla—. He sido yo. Sin querer. Estaba hablando con uno
de los contactos que estábamos usando para los testimonios. Le conté que
teníamos problemas con un archivo importante y que habíamos perdido parte del
material. No pensé que fuera a hacer nada con esa información. Juro que no
pensé que lo fuera a filtrar. Solo… estaba nerviosa y hablé más de la cuenta.
No me di cuenta de lo que estaba haciendo hasta que vi las capturas esta tarde.
El silencio que siguió fue denso,
pesado. Se podía oír el zumbido bajo de los ordenadores y el aire
acondicionado.
Víctor se levantó despacio de su
silla. Se acercó a Lia hasta quedar justo a su lado. Ella seguía mirando la
pantalla, rígida, como si quisiera fundirse con el portátil.
—¿Sabes lo que has hecho? —preguntó
él. La voz le salió baja, pero cortante. Había rabia, sí, pero también algo más
oscuro, más cansado—. ¿Tienes idea de lo que has jodido?
Lia asintió sin mirarlo.
—Lo siento. De verdad. No quería…
Víctor no la dejó terminar la frase.
La agarró del brazo con fuerza —más
fuerza de la necesaria— y la levantó de la silla. Lia soltó un pequeño grito de
sorpresa. Él la empujó contra la mesa de reuniones, la obligó a inclinarse
hacia delante hasta que su pecho quedó apoyado sobre la madera y, sin decir
nada más, le levantó la falda hasta la cintura.
Lia llevaba unas bragas negras
sencillas de algodón. Víctor se las bajó hasta los muslos de un tirón. Las
nalgas de la chica quedaron al aire, pálidas bajo la luz blanca de la sala.
—Víctor… —intentó decir ella. La voz
le salió temblorosa, entre el miedo y algo que no terminaba de ser rechazo.
Él no respondió.
Le dio el primer azote seco, fuerte,
que resonó en la sala cerrada. Lia se tensó violentamente y soltó un gemido
ahogado. El segundo fue más fuerte. El tercero hizo que ella se agarrara al
borde de la mesa con los nudillos blancos.
Noa, que seguía sentada en su sitio,
se quedó completamente quieta. No se movió. Solo miró.
Víctor siguió dándole azotes. Cada
golpe dejaba una marca roja que iba oscureciéndose sobre la piel clara de Lia.
Ella temblaba, pero no intentaba escapar. Solo soltaba pequeños gemidos
entrecortados cada vez que la mano de Víctor impactaba contra su piel. Algunos
de esos gemidos ya no sonaban solo a dolor.
Cuando las nalgas de Lia estaban suficientemente rojas, Víctor se desabrochó los pantalones. Se bajó la cremallera y sacó la polla —todavía sensible, todavía medio dura por lo que había pasado antes en el día— y se la metió de golpe.
Lia gritó.
No era un grito de dolor puro. Era algo más complejo: sorpresa, vergüenza, excitación y miedo mezclados en un solo sonido gutural. Víctor empezó a follársela con fuerza, sujetándola de las caderas, clavando los dedos en su carne. Cada embestida hacía que el cuerpo de Lia se sacudiera contra la mesa. El sonido húmedo de la piel chocando llenaba la sala.
Noa se levantó despacio de su silla.
Se quedó de pie a unos metros de distancia, lo suficientemente lejos como para
no intervenir, pero lo suficientemente cerca como para verlo todo con claridad.
Se mordió el labio inferior. Luego, sin decir una palabra, se subió la falda
hasta la cintura, se metió la mano dentro de las bragas y empezó a tocarse
mientras miraba. Sus ojos estaban brillantes, entrecerrados, y respiraba con la
boca ligeramente abierta.
Víctor siguió follándola duro. En un
momento, sin salir de ella, mojó dos dedos con saliva y los llevó hasta el ano
de Lia. Empezó a presionarlo, a meter un dedo despacio, girándolo.
Lia se tensó violentamente debajo de
él. Su voz salió rota, suplicante, casi llorosa:
—Víctor… no… por ahí no… por favor…
no me lo metas… te lo ruego…
Él dudó.
El dedo se quedó quieto, a medio
camino de entrar. Lia temblaba debajo de él, respirando agitada, con la frente
apoyada en la mesa. Después de unos segundos que se sintieron eternos, Víctor
lo sacó.
—Joder… —murmuró, más para sí mismo
que para ella.
Siguió follándola vaginalmente unos
minutos más, más rápido, más agresivo, clavando los dedos en sus caderas hasta
dejar marcas rojas. Lia gemía sin control, agarrada al borde de la mesa, con el
cuerpo sacudido por cada embestida. Noa, a unos metros, se tocaba con más
intensidad, mordiéndose el labio para no hacer ruido.
Víctor se giró hacia Noa. Ella seguía con la mano dentro de las bragas, mirándolo con los ojos brillantes y la respiración entrecortada.
—Ven aquí —le ordenó.
Noa parpadeó. Por un segundo pareció
dudar, pero solo fue un segundo. Se sacó la mano de dentro de las bragas, se
alisó la falda con un gesto nervioso y se acercó despacio, sin decir nada. Sus
ojos bajaron un momento hacia la polla de Víctor, todavía medio dura y
brillante, y luego volvieron a subir hasta su cara.
Víctor la agarró del pelo con
fuerza, sin ninguna delicadeza, y la obligó a arrodillarse frente a él. Noa
soltó un pequeño jadeo cuando sus rodillas golpearon el suelo. Él le bajó el
suéter de un tirón hasta que le quedaron los pechos completamente al aire
—pequeños, firmes, con los pezones duros y oscuros—. Los apretó con las manos,
pellizcándolos con fuerza, y luego, sin dar más explicaciones, le metió la
polla en la boca.
No fue suave.
Víctor la folló la cara con
movimientos secos y profundos, sujetándola del pelo para mantenerla en su
sitio. Noa aguantaba, con los ojos empezando a llorarse casi de inmediato. La
saliva se le acumulaba rápido en la boca y le resbalaba por la barbilla, cayendo
en gotas gruesas sobre sus tetas. Cada vez que él empujaba más adentro, ella
emitía un sonido ahogado, pero no intentaba apartarse. Solo lo miraba desde
abajo, con los ojos vidriosos y las lágrimas empezando a asomar por las
comisuras.
Víctor la folló la cara sin miramientos, casi con rabia contenida. No hablaba. Solo se oía el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de la boca de Noa, y los gemidos ahogados que ella no podía evitar. En un momento, él le apretó más fuerte el pelo y empujó hasta el fondo, manteniéndola ahí unos segundos. Noa tosió alrededor de su polla, con las lágrimas cayéndole ya por las mejillas, pero siguió aguantando.
Cuando Víctor sintió que estaba
cerca, aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron más cortas y bruscas. Noa
cerró los ojos con fuerza, preparándose. Él se sacó de su boca en el último
segundo y se masturbó dos veces antes de correrse directamente sobre su cara.
Los primeros chorros le impactaron
en los labios y en la mejilla. Los siguientes le cayeron sobre el pecho,
cubriéndole uno de los pezones y resbalando lentamente por su piel. Noa se
quedó quieta, arrodillada, con la cara y los pechos manchados de semen,
respirando agitada por la nariz. Tenía los ojos entrecerrados y la boca
ligeramente abierta, con un hilo de saliva y semen colgando de su labio
inferior.
Víctor se apartó un paso, todavía
con la polla en la mano, y la miró desde arriba. Noa no se movió. Solo lo miró
a través de las lágrimas y el semen que le cubría parte de la cara, sin decir
nada.
El silencio en la sala era espeso, roto solo por la respiración agitada de los tres
Nadie dijo nada durante unos
segundos.
Luego Víctor se apartó, se subió la
cremallera y habló con voz fría:
—Lia, tú te encargas de rehacer todo
el material que falta. Quiero que esté listo antes de las diez de la mañana.
Noa, tú revisas todo. Y las dos vais a callaros la boca sobre lo que ha pasado
aquí esta noche. ¿Entendido?
Las dos asintieron.
Víctor cogió su chaqueta y salió de
la sala sin mirar atrás.
Cuando llegó al coche, se sentó al
volante y se quedó un rato sin arrancar. Tenía las manos temblando ligeramente.
No sabía si era por la rabia, por la excitación residual o por la sensación de
que se le estaba yendo todo de las manos.
Sacó el móvil. Tenía un mensaje de
Valeria:
Valeria: Recorda’t que divendres
quedem amb la Carla. Sortida de Sant Jordi. No t’oblidis.
Víctor miró la pantalla un buen
rato. Luego respondió con un simple:
Víctor: Vale.
Guardó el móvil, arrancó el coche y
se incorporó al tráfico nocturno de Barcelona.
En la cabeza solo tenía una idea
clara:
El viernes estaba cada vez más
cerca.
Y él ya no sabía cómo coño iba a
llegar a ese día sin que todo explotara antes.
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