La campaña 34
Los días siguientes fueron tensos
pero productivos.
En la agencia, Víctor, Noa y Lia
trabajaron casi sin descanso para rehacer el material filtrado y preparar una
presentación decente para la reunión del lunes con los americanos. Pasaron
horas revisando archivos, reescribiendo testimonios y ajustando detalles. El
ambiente entre los tres era extraño: profesional por fuera, pero cargado de lo
que había ocurrido en aquella sala de reuniones. Lia apenas levantaba la vista
del ordenador y hablaba lo justo. Noa era más fría y distante de lo habitual,
aunque obedecía sin rechistar. Víctor los dirigía con una frialdad casi
mecánica, como si estuviera funcionando en piloto automático.
El viernes por la mañana
consiguieron cerrar una versión presentable. No era perfecta, pero era lo
suficientemente sólida como para no quedar en ridículo. Cuando salieron de la
agencia aquella tarde, los tres estaban agotados mentalmente.
Víctor llegó a casa, se duchó y se
cambió. Valeria ya estaba lista. Llevaba un vestido negro ajustado, el pelo
suelto y un maquillaje más cuidado de lo normal. Parecía nerviosa, aunque
intentaba disimularlo con una sonrisa.
—Vaig a agafar el cotxe —dijo.
Salieron juntos.
Quedaron con Carla en un sitio de
tapas en el Born. El ambiente inicial fue raro pero soportable. Pidieron vino,
jamón ibérico, croquetas, gambas al ajillo y patatas bravas. Bebieron con
cierta rapidez. Carla estaba especialmente animada. Hablaba mucho, reía con
facilidad y lanzaba comentarios con doble sentido cada pocos minutos.
Conforme avanzaba la noche y el
alcohol hacía efecto, las conversaciones fueron subiendo de tono.
Carla fue la primera en romper el
hielo de verdad.
—Entonces… ¿ya habéis hablado de
cómo vamos a hacer esto? —preguntó, mirando directamente a su
hermana.
Valeria se tensó un segundo, pero
respondió con voz firme:
—Hablaremos cuando toque hablar.
Carla sonrió de medio lado y dio un
sorbo largo a su copa.
—Vale. Pero que sepas que yo estoy
dispuesta a lo que sea. Si queréis que sea solo para vosotros dos y yo solo
miro… o si queréis que participe de verdad. Lo que decidáis. Sin dramas.
Víctor no dijo nada. Se limitó a
beber y a observarlas.
Más tarde, ya con varias copas
encima, Carla volvió a la carga. Esta vez con más descaro.
—Sabes, hermana… cuando me lo
follaba, pensaba en ti —dijo, mirando a Valeria directamente—. Me ponía
imaginarme que tú estabas ahí, mirándonos. O que te tocabas mientras nos veías.
Valeria se quedó callada un segundo.
Tenía las mejillas sonrojadas, pero no apartó la mirada.
—Y ahora que lo pienso… —continuó
Carla, bajando un poco la voz— me pone aún más imaginarme follando contigo
delante de él.
El silencio que se hizo en la mesa fue denso. Valeria dio un sorbo a su copa sin decir nada. Víctor notó que su pierna, bajo la mesa, se movía nerviosa.
Decidieron ir a la playa. Era la
noche de Sant Joan y Barcelona estaba encendida.
Bajaron hasta la Barceloneta. La
playa estaba llena de gente. Hogueras repartidas por la arena, grupos bebiendo,
música sonando desde altavoces portátiles, petardos y el olor característico a
humo, sal y alcohol. El ambiente era caótico, festivo y ligeramente peligroso.
Se sentaron cerca de una de las
hogueras más grandes, con una botella de cava que habían comprado de camino.
Bebieron directamente del cuello. El alcohol y el ambiente hicieron el resto.
Poco a poco empezaron a enrollarse.
Primero fue Víctor quien besó a
Carla. Un beso lento y profundo, con la mano en su nuca. Valeria los miró sin
decir nada. Luego Víctor se giró hacia su mujer y la besó también, más suave al
principio. Valeria le devolvió el beso con más intensidad de la que parecía
capaz de sentir minutos antes.
Carla se acercó por detrás de Valeria y le mordisqueó el cuello mientras Víctor la besaba. Valeria gimió bajito contra la boca de su marido. Las manos de Carla subieron por debajo del vestido de Valeria y le acariciaron los muslos.
La cosa se fue calentando.
Víctor tenía una mano entre las
piernas de Valeria, por debajo del vestido, frotando su coño por encima de las
bragas. Valeria respiraba agitada contra su cuello. Carla, sentada al otro
lado, observaba con los ojos brillantes.
En un momento, Víctor metió la mano
dentro de las bragas de Valeria y empezó a masturbarla con dos dedos. Valeria
se mordió el labio y cerró los ojos. Gimió bajito. Carla se inclinó y la besó
en la boca para callarla un poco.
La gente pasaba cerca. Algunos
miraban de reojo. Otros murmuraban. Un grupo de chicos jóvenes que estaban a
unos metros se quedó mirando descaradamente. Uno de ellos soltó una risa baja y
dijo algo que no se entendió bien, pero el tono era claramente de burla y
excitación.
Valeria abrió los ojos un segundo y
vio que la miraban. Se tensó.
—Víctor… la gente… —susurró.
Él no paró. Siguió moviendo los
dedos más rápido. Valeria se corrió con un gemido ahogado contra el hombro de
su marido, temblando. Carla la besó en la boca para tapar el sonido.
Cuando Valeria se recuperó un poco,
Víctor se giró hacia Carla. Le subió el vestido, le apartó las bragas y empezó
a masturbarla también, allí mismo, frente a la hoguera. Carla se corrió más
rápido, con un gemido más alto, mordiéndose el propio puño. Varias personas que
pasaban por allí se detuvieron a mirar. Alguien murmuró “joder, mira eso”. Otro
soltó una risa nerviosa.
Valeria los miraba con los ojos muy abiertos, respirando agitada.
Carla fue la primera en proponerlo,
todavía con la respiración entrecortada.
—Vámonos a mi casa… —dijo, con la
voz ronca—. Laia habrá salido, seguro que duerme fuera.
Valeria negó con la cabeza. Tenía la
mirada todavía un poco perdida.
—No —dijo, voz baja pero firme—.
Mejor a la nuestra.
Carla la miró un segundo, como si
fuera a discutir, pero al final asintió.
—Vale. A la vuestra.
Llegaron a casa de Víctor y Valeria
alrededor de las dos y media de la madrugada. La casa estaba en silencio. Lucas
seguía en casa de su tío.
Subieron al dormitorio. Valeria
encendió la lámpara de la mesita de noche, dejando la luz tenue. Se quedó de
pie al lado de la cama, mirándolos. Por un segundo pareció dudar.
Carla fue la primera en moverse. Se
acercó a Valeria por detrás, le apartó el pelo y le besó el cuello. Valeria
cerró los ojos y soltó un suspiro. Carla le bajó la cremallera del vestido y se
lo dejó caer por los hombros. Valeria se quedó en sujetador y bragas negras.
Víctor se quedó un momento
observándolas. Luego se quitó la camisa y se acercó también.
Carla fue directa. Le quitó el
sujetador a Valeria y le acarició los pechos desde atrás, pellizcándole los
pezones. Valeria gimió bajito. Carla la besó en la boca por encima del hombro,
y Valeria le devolvió el beso con más intensidad.
Víctor se colocó delante de Valeria y la besó también. Las manos de las dos mujeres empezaron a moverse sobre él. Carla le desabrochó el cinturón. Valeria le bajó los pantalones.
Todo parecía ir bien… hasta que
Carla se arrodilló.
Cuando Carla se hincó de rodillas
frente a Víctor y le bajó los calzoncillos, liberando su polla ya dura, Valeria
se quedó completamente quieta. Su expresión cambió. La sonrisa se le borró. Se
quedó mirando cómo su hermana abría la boca y se metía la polla de su marido
entre los labios.
Valeria dio un paso atrás.
Literalmente.
Se quedó de pie al lado de la cama,
con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo, respirando más rápido. Sus ojos
estaban abiertos de par en par. Parecía que de repente se había dado cuenta de
lo que estaban a punto de hacer.
Carla se apartó de la polla de Víctor y la miró.
—¿Qué pasa? —preguntó, con la boca
brillante de saliva.
Valeria negó con la cabeza. Tenía la
mirada perdida.
—Yo… —empezó a decir, pero la voz le
falló—. Esperad.
Víctor se acercó a ella. Le cogió la
cara con las dos manos y la obligó a mirarlo.
—Mírame —dijo, voz baja pero firme.
Valeria lo miró. Estaba temblando
ligeramente.
—Tranquila —continuó Víctor—.
Respira.
Ella asintió, pero seguía rígida.
Víctor se giró hacia Carla, que
seguía de rodillas.
—Quédate ahí —le ordenó.
Luego volvió a mirar a Valeria.
—Desnúdate del todo —dijo.
Valeria dudó un segundo, pero
obedeció. Se quitó las bragas y se quedó completamente desnuda frente a ellos.
Víctor la cogió de la mano y la llevó hasta la cama. La sentó en el borde.
Se arrodilló frente a ella, le abrió las piernas con suavidad y le lamió el coño despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Lengua plana, movimientos amplios, deteniéndose en el clítoris solo cuando ella empezaba a temblar. Valeria soltó un gemido largo y se agarró a las sábanas. Poco a poco fue relajándose. Sus muslos dejaron de estar tan tensos. Empezó a mover las caderas contra la boca de él.
Carla se levantó del suelo, se quito el vestido y se acercó. Se inclinó y besó a su hermana en la boca mientras Víctor seguía lamiéndola. Valeria correspondió al beso con más hambre esta vez. Las manos de Carla subieron hasta los pechos de Valeria y los acarició mientras la besaba.
Víctor se levantó. Cogió a Carla por el pelo con suavidad pero con firmeza y la obligó a arrodillarse de nuevo. Le metió la polla en la boca y la folló la cara durante casi un minuto, empujando despacio pero profundo, mientras Valeria los miraba desde la cama, respirando agitada, con las piernas todavía abiertas y el coño brillante.
Luego la apartó.
—Ahora tú —le dijo a Valeria.
La tumbó en la cama, le abrió las piernas de nuevo y se la metió de un solo empujón profundo. Valeria arqueó la espalda y gimió fuerte, agarrándose a sus hombros. Víctor empezó a follársela con ritmo constante, profundo, sin prisa. Cada embestida hacía que el colchón crujiera ligeramente.
Mientras la follaba, le hizo un gesto a Carla.
—Ven aquí.
Carla se subió a horcajadas sobre la cara de Valeria. Bajó la cadera despacio hasta que su coño quedó justo encima de la boca de su hermana. El olor de Carla llenó el espacio entre ellas.
Valeria dudó un segundo. Tenía los ojos muy abiertos. Luego, con un movimiento casi resignado, sacó la lengua y empezó a lamer.
Al principio lo hizo con torpeza, casi con vergüenza, apenas rozando. Pero cuando Víctor aceleró el ritmo dentro de ella, Valeria empezó a lamer con más ganas. Lengua más plana, más profunda. Carla se agarró a la cabecera de la cama y empezó a moverse encima de la cara de su hermana, gimiendo bajito.
—Así… joder, Valeria… —susurró Carla.
Víctor folló a Valeria durante varios minutos, mirando cómo su mujer lamiaba el coño de su hermana. Valeria se corrió primero. Tembló debajo de él con fuerza, con la cara todavía enterrada entre las piernas de Carla. Gimió contra su coño mientras se corría, las piernas temblando incontrolablemente.
Carla se corrió poco después, restregándose contra la boca de Valeria, agarrándole el pelo con las dos manos y empujando hacia abajo. Un gemido largo y roto le salió del pecho.
Víctor las cambió de posición.
Tumbó a Carla boca arriba y se la folló con fuerza mientras Valeria se sentaba a horcajadas sobre la cara de su hermana. Esta vez fue Valeria la que se corrió primero, moviendo las caderas contra la boca de Carla con desesperación, mientras Víctor embestía a su cuñada con golpes secos y profundos. Carla gemía contra el coño de Valeria, las manos clavadas en sus muslos.
Los tres estaban sudorosos, jadeando, el olor a sexo llenando la habitación.
Víctor sacó la polla de Carla, brillante de jugos, y se arrodilló en la cama.
—Las dos —dijo, voz ronca—. De rodillas.
Las dos mujeres obedecieron. Se pusieron de rodillas frente a él, una al lado de la otra. Valeria parecía más pequeña, más contenida, con la mirada baja. Carla tenía una sonrisa sucia y satisfecha en los labios, todavía con restos de los jugos de su hermana en la cara.
Víctor se masturbó frente a sus caras. Cuando se corrió, lo hizo en ambas. Primero en la boca abierta de Carla, que tragó lo que pudo. Luego en los labios y la barbilla de Valeria. El semen les cayó por la barbilla y les resbaló por los pechos en hilos espesos.
Se quedaron las tres quietas durante unos segundos, respirando agitadas.
Valeria fue la primera en moverse. Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano y se quedó sentada en la cama, mirando al suelo. Tenía la mirada baja y la expresión apagada. Como si de repente se hubiera dado cuenta de todo lo que habían hecho y el alcohol ya no fuera suficiente para amortiguarlo.
Carla se recostó en las almohadas, todavía desnuda, y soltó una risa baja y satisfecha.
—Joder… —murmuró.
Víctor se quedó de rodillas en la cama, mirando a las dos hermanas.
El silencio que se hizo después fue denso.
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