Incesto en la Mancha 4
Después de la comida, todos se quedaron un rato más en la mesa. Lucía iba y venía sirviendo café y recogiendo platos. Alfredo la observaba con una sonrisa paternal mientras hablaba.
—Lucía es un encanto —dijo en voz alta, mirando a las chicas—. Casi es como una hija para mí. La conozco desde que era muy pequeña. Y ahora que está creciendo, hay que reconocer que se le da muy bien… atender.
El comentario pasó casi desapercibido para todos, excepto para Mateo, que captó el doble sentido y bajó la mirada al plato, sintiendo cómo se le subía el calor a la cara.
La conversación derivó hacia la boda y lo que pasaría después. Fue Camila quien rompió el hielo con una pregunta directa:
—Y después de la boda… ¿cómo vamos a hacer? ¿Cómo vamos a vivir?
Elena respondió con naturalidad:
—Lógicamente, yo me iré a vivir con Alfredo aquí, a la finca. En cuanto a Mateo, si todo va bien en la EvAU, podrá estudiar Ingeniería Agrícola. Puede ser aquí cerca, en la Mancha, o en Madrid, según lo que elija. Lo importante es que estudie lo que le gusta.
Alfredo intervino con seguridad, mirando directamente a Mateo:
—Y no te preocupes por eso. Tienes todo mi apoyo. Si hay que buscar el mejor sitio para que estudies, lo haremos. Yo te ayudaré en todo lo que pueda.
Dayana, que hasta entonces había estado callada, preguntó con timidez:
—¿Y nosotras?
Elena las miró a las dos.
—Vosotras ya sois mayores. Podéis elegir dónde queréis vivir. Si queréis quedaros en Madrid, perfecto. Y si os queréis venir a vivir aquí con nosotros, también. La decisión es vuestra.
Alfredo asintió y añadió:
—A mí me haría muy feliz que os vinierais. De hecho, parte de la reforma que estamos haciendo en el ala oeste es pensando en vosotras. Si os decidís por venir, yo también podría ayudaros a organizaros aquí. Ya sea trabajando para mí o en algo relacionado con el negocio por la zona.
Dayana bajó la mirada un segundo antes de preguntar, con vergüenza:
—¿Y… tendríamos habitación para las dos?
Alfredo soltó una carcajada amable.
—Claro que sí. Y con baño propio. Y si queréis, hasta con una salita. Lo que necesitéis. Casi un apartamento cada una. Pero también entiendo que sois jóvenes y que tenéis vuestra vida en Madrid.
A Dayana se le iluminaron los ojos. Llevaban años compartiendo cama en el pequeño piso de Usera, así que la idea de tener espacio propio le pareció casi un lujo.
Camila, en cambio, no sonrió del todo. La oferta era generosa. Demasiado. Espacio, independencia… y al mismo tiempo quedarse bajo el techo del hombre que la había mirado de aquella forma en el pasillo y que le había sonreído mientras follaba a su madre. La generosidad de Alfredo siempre parecía venir con algo más detrás. Y eso era justo lo que más la descolocaba.
Elena puso punto final a la conversación:
—Bueno, ya hablaremos más adelante con calma. Ahora vamos a terminar de comer y luego Alfredo os llevará de vuelta a Usera. Yo me voy a quedar unos días aquí con él.
Camila frunció el ceño.
—¿Y el trabajo? ¿El lunes qué vas a hacer?
Elena hizo un gesto con la mano.
—Llamaré para cogerme unos días. Total, para lo que me queda ya allí… Después de la luna de miel dejaré el trabajo definitivamente y me mudaré aquí.
En el coche de vuelta a Madrid, Camila se sentó en el asiento del copiloto. Dayana y Mateo se colocaron detrás. Dayana terminó quedándose dormida apoyada en la ventanilla a los pocos minutos, mientras Mateo se puso los cascos y empezó a mirar algo en el móvil, ajeno a todo.
Al principio, la conversación entre Camila y Alfredo fue educada y ligera. Hablaban del viaje, del tiempo y de lo bien que había salido el día. Pero poco a poco fue derivando hacia temas más personales.
Camila miró de reojo a Alfredo antes de decir:
—Se nota que mi madre está muy feliz. Más contenta de lo que la he visto en mucho tiempo.
Alfredo sonrió sin apartar la vista de la carretera.
—Le doy todo lo que necesita. Y le daré todo lo que quiera. Es una mujer maravillosa.
Camila asintió, aunque se quedó un segundo en silencio antes de continuar:
—Se nota que está muy ilusionada con la boda. Para ella va a ser importante… como una forma de volver a sentirse parte de algo.
Alfredo la miró de reojo un segundo, con una media sonrisa.
—Tranquila. Le vamos a preparar una boda por todo lo alto. Quiero que sea feliz.
Camila dudó antes de hablar. Bajó un poco la voz, como si le costara admitirlo:
—Espero no desentonar… Estos años casi he perdido las buenas costumbres. Y mi armario no es precisamente el más adecuado para este tipo de eventos.
Alfredo no respondió de inmediato. En lugar de eso, extendió su mano derecha y la apoyó con naturalidad sobre el muslo de Camila, dándole unas palmaditas tranquilizadoras. La mano se quedó allí, en la parte alta del muslo, con los dedos descansando directamente sobre su piel.
—No te preocupes por eso —dijo con voz calmada, como si nada—. Yo estaré para ayudarte. Solo tienes que pedírmelo. Conozco a gente en Madrid que puede orientarte con ropa, maquillaje, joyas… lo que necesites.
Camila sintió el calor de la mano de Alfredo. Intentó seguir la conversación, pero su mente se quedó clavada en ese punto de contacto. La mano no se movía, pero tampoco se apartaba. Era una presión firme, segura. Notaba el peso de los dedos sobre su muslo y le resultaba imposible concentrarse en otra cosa.
Alfredo siguió hablando con total naturalidad, como si tener la mano ahí fuera lo más normal del mundo.
—Sé que puede parecer abrumador al principio, pero no tienes que preocuparte. Yo me encargo de que todo salga bien.
Camila intentaba asentir y responder con coherencia, pero solo podía pensar en lo alto que tenía la mano puesta. En cómo los dedos se aproximaban a sus bragas cada vez que el coche daba una pequeña sacudida. Cruzó las piernas instintivamente, intentando reducir el espacio, pero la mano de Alfredo permaneció en su sitio sin inmutarse.
Unos minutos después, en un cambio de rasante, Alfredo tuvo que reducir la marcha y retirar la mano para cambiar de marcha. Camila aprovechó el momento para cruzar las piernas hacia el otro lado, cerrando un poco más el espacio entre sus muslos.
El resto del viaje transcurrió sin más incidentes. Alfredo siguió hablando de temas intrascendentes, como si nada hubiera pasado. Camila respondía cuando tocaba, pero su mente seguía en el mismo sitio: en el calor que había dejado la mano de Alfredo sobre su pierna, y en lo mucho que le molestaba haberse dado cuenta de que, durante unos segundos, no había querido que la quitara.
Cuando llegaron a Usera, Alfredo las ayudó a bajar las bolsas. Antes de marcharse, se despidió de cada una con dos besos. Esta vez los besos estuvieron más cerca de la comisura de los labios y su cuerpo rozó un poco más el de ellas que otras veces.
—Nos vemos pronto —dijo con una sonrisa.
Mateo salió con él; había quedado para dar una vuelta. Una vez dentro del piso, Dayana miró a su hermana.
—¿Qué planes tienes para la tarde-noche?
Camila se encogió de hombros. Todavía notaba el calor fantasma de la mano de Alfredo en el muslo.
—Nada. Tirarme en el sofá probablemente.
Dayana dudó un segundo, con un poco de vergüenza.
—Oye… ¿te importaría que llamase a Ezequiel? Aprovechando que mamá no está…
Camila la miró y sonrió de lado.
—Dale. Vía libre. Intentaré no molestar.
Ezequiel llegó poco después. Llamó al telefonillo y Dayana le abrió la puerta del portal. Unos minutos después se escuchó cómo subía las escaleras. Cuando abrió la puerta del piso, saludó con su habitual sonrisa relajada.
Camila, que estaba en el salón, levantó la vista del móvil.
—Ey —saludó con naturalidad—. ¿Qué tal te va en la barbería?
Ezequiel se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta.
—Bien, la verdad. Ya estoy empezando a tener clientes fijos. Hay varios que solo quieren que les corte yo. Es un rollo diferente cuando la gente te busca a ti y no va solo porque le toque. Estoy ahorrando un poco también, a ver si el año que viene puedo montar algo mío, aunque sea pequeño.
Dayana apareció por el pasillo y lo interrumpió un poco bruscamente:
—¿Quieres que te enseñe la casa?
Ezequiel la miró un segundo, un poco descolocado por el corte, pero terminó asintiendo. Dayana le dio una vuelta rápida por el piso. Cuando pasaron por su habitación, ella se detuvo frente a la puerta abierta y lo miró de reojo, esperando que él diera el primer paso. Pero Ezequiel se quedó en el umbral, incómodo, consciente de que Camila seguía en el salón.
Dayana disimuló su frustración y lo llevó a la cocina.
—¿Quieres tomar algo?
—Una cerveza si tienes —respondió él.
—No tengo cerveza… solo ron.
Se sirvieron un chupito cada uno y se lo bebieron de golpe. Dayana hizo una mueca y soltó una risa baja.
—Está muy fuerte.
Ezequiel sonrió, apoyándose en la encimera.
—Así no tiene gracia. Tiene que ser jugando a algo. Como al “Yo nunca he…”.
Dayana dudó un momento, mirando hacia el salón donde estaba Camila. Al final terminó sonriendo con un deje de picardía.
—Vale… pero entre dos no tiene mucha gracia.
Ezequiel se quedó pensando un segundo, luego levantó la voz hacia el salón:
—¡Camila! ¿Quieres jugar con nosotros?
Camila apareció por la puerta de la cocina con expresión curiosa.
—¿A qué?
Al final, los tres terminaron sentados en el sofá del salón con la botella de ron en medio. El juego empezó de forma ligera. Al principio eran preguntas tontas y anécdotas. Cada vez que alguien fallaba, tenía que beber y quitarse una prenda de ropa.
Poco a poco, el ambiente se fue calentando. Conforme avanzaban las rondas y el alcohol hacía efecto, las preguntas dejaron de ser simples anécdotas y se volvieron más directas y subidas de tono. Ya no era solo recordar situaciones pasadas, sino lanzar retos cada vez más explícitos.
En un momento, la ficha le tocó a Ezequiel: besar a Camila. El beso empezó siendo rápido y casi de broma. Pero en cuanto sus labios se tocaron, algo cambió. El beso se alargó. Las lenguas se encontraron y Ezequiel subió una mano hasta la cintura de Camila, atrayéndola hacia él. Dayana los miró en silencio, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso. El beso duró bastante más de lo que debería haber durado un simple “castigo”.
Cuando se separaron, el ambiente en el salón había cambiado por completo. Ya nadie fingía que aquello era solo un juego.
La siguiente ronda fue más directa: Ezequiel tenía que comérselo a Dayana.
Hubo un segundo de silencio. Dayana miró a Ezequiel, que la observaba esperando su reacción. Ella no dijo nada. Simplemente se recostó en el sofá, se bajó las bragas despacio y las dejó caer al suelo. Abrió las piernas sin apartar la mirada de él.
Ezequiel no dudó. Se arrodilló frente a ella, le separó los muslos con las manos y hundió la cara entre sus piernas. Dayana soltó un jadeo cuando sintió su lengua. Ezequiel empezó a lamerla con ganas, pasando la lengua por su coño con movimientos lentos y profundos al principio, para luego centrarse en el clítoris con más intensidad. Dayana echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, agarrándose al respaldo del sofá.
Camila, que estaba sentada a su lado, los observaba en silencio. Ezequiel, sin dejar de comerle el coño a Dayana, extendió una mano y la puso en el muslo de Camila, acariciándola por encima de la ropa interior que aún le quedaba. Ella no se apartó.
A partir de ahí, la situación se descontroló por completo.
Ezequiel seguía de rodillas frente a Dayana, lamiéndole el coño con ganas mientras ella se mordía el labio y apretaba los muslos contra su cabeza. Camila las observaba en silencio, respirando más rápido. Después de unos minutos, se levantó del sofá y se acercó. Sin decir nada, se arrodilló al lado de Ezequiel y le bajó los pantalones junto con el bóxer. Su polla salió dura y gruesa. Camila la agarró con la mano y se la metió en la boca sin dudarlo.
Dayana abrió los ojos al notar el cambio de ritmo. Vio a su hermana chupando a Ezequiel mientras él le comía el coño, y sintió cómo se le aceleraba aún más el pulso. Ezequiel gruñó contra su sexo y empezó a lamerla con más intensidad.
Poco después, los tres terminaron completamente desnudos en el salón. Dayana tenía el cuerpo más curvy de las dos: tetas grandes y pesadas, cintura marcada y unas caderas anchas. Camila, aunque también tenía buenas curvas, era algo más delgada y fibrosa, con los pechos más pequeños pero firmes y un culo redondo y alto.
Ezequiel se tumbó en el sofá. Dayana se subió encima de él, a horcajadas sobre su cara, y él volvió a hundir la lengua en su coño sin perder tiempo. Al mismo tiempo, Camila se colocó entre sus piernas y volvió a metérsela en la boca, chupando con ganas mientras le acariciaba las pelotas. Ezequiel gemía contra el coño de Dayana cada vez que Camila le bajaba hasta el fondo.
Dayana se movía encima de su cara, frotándose contra su lengua. Tenía los ojos entrecerrados y las manos apoyadas en el respaldo del sofá. Cada vez que Ezequiel le chupaba el clítoris con fuerza, ella soltaba un gemido más alto y apretaba los muslos.
Al cabo de un rato, Ezequiel la detuvo con las manos en las caderas.
—Ven aquí —le dijo a Camila, con la voz ronca.
Camila se levantó y se colocó a horcajadas sobre él. Ezequiel agarró su polla y se la frotó contra su coño antes de empujar hacia arriba, penetrándola despacio. Camila soltó un gemido largo al sentirlo entrar. Mientras la follaba, extendió una mano hacia Dayana, que seguía de pie junto al sofá, y le metió dos dedos dentro del coño, moviéndolos con el mismo ritmo con el que follaba a su hermana.
Dayana se agarró al respaldo del sofá, con las piernas temblando mientras Ezequiel le movía los dedos dentro. No tardó mucho en correrse. Se le doblaron las rodillas y tuvo que apoyarse con más fuerza, gimiendo mientras su cuerpo se sacudía.
Ezequiel sacó los dedos de Dayana y la miró.
—Siéntate en mi cara —le dijo.
Dayana obedeció. Se subió de nuevo sobre él, esta vez de cara a Camila, y se sentó sobre su boca. Ezequiel volvió a lamerla con ganas mientras follaba a Camila con embestidas más fuertes. Dayana se movía encima de su cara, sujetándose de los hombros de Camila para no perder el equilibrio. Las dos hermanas estaban una frente a la otra.
Fue entonces cuando Camila se inclinó hacia delante y, sin decir nada, empezó a chupar uno de los pezones de Dayana. Dayana soltó un gemido más agudo y le agarró el pelo. Camila pasó de un pezón al otro, chupando y mordiendo con suavidad mientras Ezequiel las follaba y las comía a la vez.
Poco después, Camila bajó una mano entre los cuerpos y buscó el clítoris de su hermana. Lo encontró hinchado y resbaladizo por la saliva de Ezequiel. Empezó a frotarlo en círculos mientras seguía chupándole el pecho. Dayana temblaba encima de la cara de Ezequiel, mirando a su hermana con los ojos entrecerrados.
Camila se corrió primero. Se tensó encima de Ezequiel y dejó escapar un gemido largo y entrecortado, clavando las uñas en los hombros de Dayana. Ezequiel no paró. Siguió follándola mientras ella se recuperaba del orgasmo, y siguió comiendo a Dayana hasta que ella también volvió a correrse, temblando encima de su cara y apretando los muslos contra su cabeza.
Ezequiel ya no aguantaba más. Les hizo una seña y las dos chicas se bajaron de él. Dayana se tumbó en el sofá, boca arriba, y Ezequiel se colocó entre sus piernas. La penetró con fuerza, follándola con embestidas profundas y rápidas. Camila se arrodilló a su lado. Esta vez no se limitó a tocarle los pechos: bajó la cabeza, separó los labios del coño de su hermana con los dedos y empezó a lamerle el clítoris mientras Ezequiel la follaba.
Dayana soltó un grito ahogado y le agarró la cabeza a Camila, apretándola contra su sexo. Camila lamió con ganas, chupando el clítoris hinchado y metiendo la lengua lo más abajo que podía, saboreando a su hermana mezclada con el roce de la polla de Ezequiel. Dayana se corrió por tercera vez, agarrándose con fuerza al pelo de Camila y a la espalda de Ezequiel.
Él siguió follándola unos segundos más hasta que, de repente, se salió. Camila, sin dudar, cogió la polla empapada y se la metió en la boca, chupando con fuerza hasta que Ezequiel se corrió. Ella se lo tragó todo, sin desperdiciar casi nada, mientras Dayana todavía temblaba a su lado.Los tres se quedaron quietos durante unos segundos, respirando agitados. Dayana tenía el vientre y los pechos manchados de saliva y sudor. Camila se dejó caer a su lado en el sofá, todavía con el sabor de su hermana en la boca y las piernas temblando. Ezequiel se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá, agotado.
Poco a poco, el alcohol y el cansancio hicieron el resto. Dayana y Camila terminaron quedándose dormidas en el sofá, desnudas y sudorosas, una pegada a la otra. Ezequiel acabó tirado en el suelo con una manta por encima, demasiado borracho para levantarse.
Cuando Mateo llegó a casa, ya entrada la madrugada, se encontró la escena: sus dos hermanas completamente desnudas y dormidas en el sofá, y Ezequiel tirado en el suelo también dormido. Se quedó parado en la entrada un momento, mirando.
Dayana tenía una pierna flexionada y el brazo echado hacia atrás, dejando el pecho completamente expuesto. Camila estaba de lado, pegada a ella, con una mano descansando sobre el muslo de su hermana. La luz de la calle entraba por la ventana y les dibujaba el contorno de los cuerpos con una claridad casi indecente.
Mateo sintió cómo se le ponía dura al instante.
Sin hacer ruido, se quedó detrás de la puerta del salón, se bajó el pantalón y empezó a masturbarse mirándolas. La imagen de las dos juntas, desnudas, todavía con rastros de lo que habían hecho, le subió la excitación de una forma que no esperaba. Recordó la piscina, la boca de Lucía, la mirada de Alfredo desde la ventana… y ahora esto. Todo se le mezclaba en la cabeza de una forma turbia y caliente.
No tardó mucho. Se corrió en silencio, apretando los dientes, mirando el cuerpo de Camila y la forma en que su mano descansaba sobre la pierna de Dayana. Recogió el semen del suelo con un trapo viejo que había cerca y se fue a su habitación sin hacer ruido.
Se metió en la cama todavía con el corazón acelerado. Cerró los ojos, pero la imagen de sus hermanas desnudas y abrazadas seguía ahí, nítida, como si se le hubiera quedado grabada detrás de los párpados.
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