La gitana y el señorito (capítulo 7 - final)


La boda se celebró a finales de primavera en la iglesia del pueblo, una pequeña pero hermosa construcción de piedra que llevaba siglos en pie. Aunque la familia de Isabel habría preferido una ceremonia en la catedral de Jaén o incluso en Úbeda, Rafael y sus padres optaron por la iglesia local, más cercana al cortijo y más acorde con el carácter de la finca.

Isabel llegó en un coche de caballos adornado con flores blancas, acompañada de su padre. Llevaba un vestido de novia de satén marfil con encaje en el escote corazón y mangas tres cuartos. La falda era amplia pero no excesiva, con un ligero vuelo que caía con elegancia. El velo, largo y de tul fino, le cubría el rostro hasta que llegó al altar. Sus amigas, unas seis jóvenes de buena familia sevillana, iban vestidas de forma coordinada pero no idéntica: vestidos largos de seda o chiffon en tonos pastel (azul cielo, malva y rosa palo), con tocados pequeños y guantes cortos. Todas llevaban el pelo recogido y maquillaje discreto, propio de la época.

El banquete se celebró en los jardines del cortijo, bajo una gran marquesina blanca. Había mesas largas cubiertas con manteles de lino blanco, cubertería de plata y centros de mesa con flores frescas. Sirvieron varios platos tradicionales: gazpacho, cordero asado, perdices escabechadas y una gran variedad de postres. Hubo orquesta pequeña (cuarteto de cuerda y piano) que tocó durante la comida y después, para el baile.

El padre de Isabel pronunció un breve discurso, correcto y emocionado. El padre de Rafael respondió con pocas palabras, más seco pero educado. Hubo brindis y aplausos. Todo transcurrió con la formalidad y el decoro propios de una boda de este nivel social

El servicio corrió a cargo de la familia gitana y de varios empleados de confianza del cortijo. Los hombres iban vestidos con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. Las mujeres, entre ellas Carmen y Lola, llevaban uniforme negro con delantal blanco almidonado, cofia blanca y guantes. Todo el servicio se movía con discreción y cabeza gacha, como era costumbre en este tipo de celebraciones. Nadie alzaba la voz más de lo necesario y todos evitaban mirar directamente a los invitados.

Después de la fiesta, Rafael e Isabel subieron a la habitación principal. Isabel estaba nerviosa pero intentaba mantener la compostura. Cuando Rafael empezó a desabrocharle el vestido, ella se puso rígida.

—Déjame con el camisón… por favor —pidió en voz baja, sujetando la tela contra su cuerpo—. Prefiero no… no del todo.


Rafael, excitado y con varias copas de más, se impacientó. Le agarró las muñecas y le bajó el camisón de seda de un tirón, dejando sus pechos al descubierto. Isabel se tensó y dio un pequeño paso atrás, con expresión asustada. Rafael se detuvo al ver su cara. Respiró hondo, se calmó y cambió de registro. La besó con más suavidad y le acarició el pelo.

—Perdóname —murmuró.

Esta vez la desnudó con más cuidado. Cuando Isabel quedó completamente desnuda, Rafael se tomó un momento para mirarla.

Isabel tenía un cuerpo delgado y elegante, de líneas suaves. Sus pechos eran blancos, redondos y firmes, con los pezones rosados y pequeños. La cintura estrecha se marcaba suavemente sobre unas caderas redondeadas pero discretas. Tenía la piel muy clara, casi sin marcas, y un vello púbico castaño claro y cuidado. Su cuerpo transmitía una sensación de juventud y delicadeza, muy distinta al de Lola.

 

Rafael la tumbó con suavidad sobre la cama y se colocó encima de ella. El sexo fue sencillo y tradicional, tal como se esperaba en una noche de bodas. Solo en posición misionera. Isabel estaba rígida, con las manos apretadas a los lados del cuerpo y la respiración entrecortada. Cuando Rafael la penetró, ella soltó un pequeño gemido de dolor. Era virgen, y la entrada fue incómoda y brusca al principio.

Rafael se detuvo un instante al notar su tensión. Luego comenzó a moverse con más lentitud, con embestidas controladas y poco profundas. Intentaba ser cuidadoso, pero había algo contenido en su forma de follarla, como si estuviera midiendo cada movimiento. Isabel mantenía los ojos entrecerrados y húmedos. No gemía de placer, solo respiraba con dificultad y apretaba los labios cada vez que él entraba más hondo. Su cuerpo permanecía tenso debajo del suyo, sin relajarse ni entregarse.

Rafael continuó durante unos minutos, moviéndose con una cadencia constante pero distante. Cuando sintió que se acercaba, aceleró ligeramente el ritmo y se corrió dentro de ella con un gemido bajo y contenido. Se quedó unos segundos quieto, respirando contra su cuello, todavía dentro de su cuerpo. Isabel no se movió. No había llegado al orgasmo. Solo permanecía inmóvil, con la respiración agitada y los ojos brillantes por las lágrimas que no terminaban de caer.

Rafael se quedó un momento encima de ella, luego se apartó y la abrazó. La besó en la frente y le habló en voz baja:

—Te quiero —dijo—. Es normal que duela la primera vez. La siguiente será mejor, ya verás.

Isabel asintió en silencio, todavía algo aturdida. Rafael se levantó de la cama, se vistió y se acercó a la puerta.

—Voy a bajar un rato con los invitados. Todavía están de fiesta. ¿Quieres algo? ¿Agua, o que mande a alguien?

Ella negó con la cabeza.

—No, gracias. Estoy bien.

Rafael asintió y salió de la habitación..

Abajo, la fiesta continuaba. Se unió a un grupo de amigos íntimos que estaban bebiendo y bromeando en uno de los salones. Uno de ellos, ya bastante bebido, le preguntó entre risas:

—Bueno, Rafael… ¿y cómo ha ido la noche de bodas? Cuéntanos algo, que eres el único casado de la pandilla.

Rafael sonrió con esa mezcla de ironía y elegancia que tan bien sabía usar.

—Los caballeros no presumen de su mujer —respondió con tono tranquilo—, aunque sea la más guapa de toda Andalucía.

Los demás rieron y le dieron palmadas en la espalda. Rafael bebió y siguió la conversación con aparente normalidad.

Aproximadamente una hora después, mientras caminaba por el patio para tomar un poco de aire, vio movimiento cerca del almacén de aperos. Era Lola. Estaba recogiendo algunas cosas que habían quedado de la celebración. Llevaba el  vestido del servicio, y se movía con la cabeza baja.

Rafael se quedó observándola un momento. Luego se dirigió hacia ella sin pensarlo demasiado.

Lola levantó la vista al oír los pasos y se tensó al instante al reconocerlo. Intentó seguir caminando, pero Rafael aceleró el paso, la alcanzó y la empujó suavemente pero con firmeza hacia el interior del almacén. Cerró la puerta detrás de ellos.

Lola empezó a forcejear.

—Señorito… por favor…

Rafael le dio una bofetada suave, más de advertencia que de daño. Luego le agarró el vestido por el escote y tiró de él con fuerza. Los botones saltaron y la prenda se abrió. Le bajó el vestido hasta la cintura y le expuso los pechos. Se inclinó y comenzó a chupárselos con avidez, mientras con una mano le levantaba la falda y le rozaba el clítoris por encima de las bragas.


Lola lloraba en silencio, pero su cuerpo reaccionaba de forma involuntaria. Tenía los ojos llenos de lágrimas y la respiración entrecortada.

En ese momento se abrió la puerta del almacén. Era Carmen. Se quedó paralizada al ver la escena: su hija con el vestido abierto, los pechos al aire y Rafael tocándola mientras ella lloraba.

 

Rafael levantó la vista y sonrió con frialdad.

—Genial, Carmen. Ven aquí. Enséñale a Lola cómo hay que comerse una polla.

Carmen cerró la puerta del almacén. Bajó la cabeza y se acercó sin decir nada. Se arrodilló frente a Rafael con una sumisión total. Le desabrochó los pantalones con manos firmes, sacó su polla ya dura y se la llevó directamente a la boca. Empezó a chupársela con movimientos lentos y expertos: la lengua plana y relajada al bajar, succionando con más fuerza al subir, y metiéndosela poco a poco hasta rozar el fondo de la garganta sin atragantarse. El sonido húmedo y constante de su boca llenaba el silencio del almacén.

Mientras lo hacía, hablaba en voz baja, dirigiendo sus palabras a su hija:

—Así, hija… con la lengua plana al bajar… y cuando subas, chupa un poco más fuerte en la cabeza. Al patrón le gusta que se le meta hasta el fondo… pero sin atragantarse demasiado al principio. Respira por la nariz cuando bajes.

Lola observaba todo con los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas. Su rostro reflejaba una mezcla de horror, vergüenza y repulsión. Tenía las manos apretadas contra su regazo, temblando ligeramente.


Después de un rato, Carmen se apartó. La polla de Rafael brillaba cubierta de saliva espesa. Se limpió los labios con el dorso de la mano y miró a su hija.

—Ahora tú —dijo con voz baja y resignada.

Lola dudó, pero Carmen le puso una mano en la nuca y la empujó suavemente hacia adelante. Lola abrió la boca con los ojos llenos de lágrimas y tomó la polla entre los labios. Lo hizo de forma torpe al principio, sin saber muy bien cómo mover la lengua ni hasta dónde meterla. Carmen se quedó a su lado, observándola de cerca y hablándole con voz baja y paciente:

—Más despacio… usa la lengua… así, muy bien… ahora más profundo… no tengas miedo, respira. Cuando subas, chupa un poco más fuerte… eso es… muy bien, hija…


Lola obedecía las indicaciones con los ojos cerrados, las lágrimas resbalándole por las mejillas y cayendo sobre el suelo. Su boca era más pequeña y menos experta que la de su madre, y de vez en cuando se atragantaba ligeramente cuando intentaba meterla demasiado profundo. Carmen le acariciaba el pelo con una mano mientras la guiaba, como si estuviera enseñándole algo cotidiano.

Rafael las observaba desde arriba con una mezcla de excitación y frialdad. Disfrutaba especialmente de ver a la madre instruyendo a la hija, de oír las indicaciones susurradas mientras la polla desaparecía entre los labios de Lola.

Al final, se corrió sin avisar. Los primeros chorros le dieron directamente en la cara a Lola, impactando en sus labios y en la mejilla. Los siguientes cayeron sobre la boca entreabierta de Carmen y le resbalaron por la barbilla. Ninguna de las dos se apartó. Se quedaron quietas, recibiendo el semen en silencio.


Se levantó, se abrochó los pantalones y las miró desde arriba.

—A partir de mañana —dijo dirigiéndose a Carmen—, Lola empieza a servir dentro de la casa. Mi mujer necesita a alguien de su edad cerca. Además, no quiero que se eche a perder como tú, trabajando al sol.

Carmen bajó la cabeza sin responder.

Rafael ya se dirigía hacia la puerta cuando se detuvo y se giró.

—Por cierto, Carmen… Macarena, la hermana pequeña de Lola… ¿cuántos años tiene ya? ¿Quince?

Carmen levantó la vista por primera vez. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no dijo nada.

Rafael sonrió levemente y salió del almacén, cerrando la puerta tras de sí.


Comentarios

  1. Igualmente me encantaria que continue, especialmente si Lola queda preñada o si ella y la esposa se consuelan mutuamente

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Lo que no se nombra (capitulo 1) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Lo que no se nombra (capitulo 5) ACTUALIZADO CON VIDEOS

Lo que no sé nombra (Capitulo 2)