La Campaña (Capítulo 23)
El silencio en la sala de reuniones era tan denso que parecía tener peso propio. Víctor seguía de pie, los pantalones a medio subir, la polla todavía medio dura y brillante, un hilo de semen resbalando por el muslo de Noa que seguía de rodillas sobre la moqueta. El aire olía a sexo, a sudor y a la vainilla barata del perfume de Noa. Nadie se movía. Ni siquiera se miraban entre ellos. Solo el zumbido lejano del aire acondicionado y el latido de sus propias respiraciones llenaban el espacio.
Valeria fue la primera en reaccionar. Se bajó la falda del vestido con un gesto lento y preciso, como si estuviera recolocando un mantel después de una comida. Se limpió los labios con el dorso de la mano, se colocó bien las gafas y miró a Noa con una calma que helaba.
—Ja pots marxar, Noa —dijo en catalán, voz baja pero firme—. Demà seguim. Gràcies.
Noa asintió sin decir nada. Se levantó tambaleándose ligeramente, se bajó la falda con manos temblorosas y recogió sus bragas del suelo. No miró a Víctor. Solo recogió su bolso y salió de la sala sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí con cuidado.
Cuando el clic del pestillo sonó, Valeria y Víctor se quedaron solos.
El silencio volvió, más pesado.
Valeria se sentó en el borde de la mesa, cruzó las piernas y lo miró fijamente. No había rabia en su cara todavía. Solo una frialdad profunda, casi clínica, como si estuviera evaluando un daño que acababa de descubrir.
—Vámonos a casa —dijo al fin, en castellano—. Voy a llamar a Marc para que recoja a Lucas del colegio. Hablaremos allí.
No dijeron nada más en el trayecto. Víctor conducía con las manos apretadas al volante. Valeria miraba por la ventanilla, la cazadora vaquera abierta sobre el vestido crema, el pelo suelto cayéndole sobre un hombro. Cada semáforo rojo parecía durar una eternidad. El coche olía a ella, a vainilla y a la humedad leve de la tarde. Víctor sentía la culpa como un peso físico en el pecho, pero también el alivio traicionero de haberlo soltado todo.
Llegaron a casa. Lucas dormía profundamente; la luz del pasillo estaba encendida tal como la dejaban siempre. Valeria cerró la puerta principal con cuidado, se quitó la cazadora y la dejó sobre el respaldo del sofá. Fue a la cocina, abrió la nevera, sacó una botella de agua fría y bebió directamente del cuello. Luego se giró hacia Víctor, que seguía de pie en la entrada, sin atreverse a avanzar.
—¿Vols alguna cosa?—preguntó, como si fuera una noche cualquiera.
Víctor negó con la cabeza.
Valeria dejó la botella de agua sobre la encimera con un golpe seco. Apoyó las manos en el mármol y lo miró fijamente. La calma se rompió de golpe.
—¿La meva germana? —La voz le tembló de pura rabia contenida—. ¿Et vas follar la meva germana, Víctor? ¿A la Carla?
Él abrió la boca, pero ella levantó una mano para cortarlo en seco.
—No. No em diguis res encara. —Respiró hondo, intentando controlarse, pero el catalán se le escapaba más rápido, más crudo—. La meva germana. La que sempre ha envejat el que tenim. La que sempre ha volgut tot el que és meu. I tu… tu vas obrir les cames i li vas donar exactament el que volia.
Se apartó del mármol y dio un paso hacia él. La falda corta del vestido se movió con el movimiento, pero ahora no tenía nada de seductor. Solo parecía frágil.
—Em vas mentir. Em vas amagar. I després vas venir a casa, et vas ficar al llit al meu costat i vas dormir com si res. —La veu se li va trencar una mica—. Com collons has pogut?
Víctor sintió que le faltaba el aire.
—Valeria… intenté resistirme. Te juro que ho vaig intentar. Però tu… tu me tenías en cuarentena, me dejabas a medias cada noche, me volvías loco. Y Carla… joder, es tan parecida a ti. El culo, la forma de moverse, hasta el olor… Fue como si fuera tú, pero sin reglas. No pude parar.
Valeria soltó una risa amarga, corta, que no tenía nada de humor.
—Ah, clar. Ara és culpa meva. —Se pasó una mano por la cara, como si quisiera borrar las lágrimas que no quería dejar salir—. ¿Jo et vaig obligar a follar-te la meva germana perquè no et deixava córrer? ¿És això el que m’estàs dient?
—No es eso… —Víctor dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver cómo ella se tensaba—. Valeria, por favor. Fue un error. Un puto error. Intenté apartarme, pero ella… ella insistió. Y yo estaba… estaba desesperado. Tú me tenías en cuarentena, me negabas todo, y de repente ella estaba allí, ofreciéndose, y yo…
Valeria levantó una mano para que callara. Tenía los ojos brillantes, pero no de lágrimas. De pura furia contenida.
—Ets patètic.
La palabra cayó como una bofetada. No la dijo gritando. La dijo en voz baja, casi con pena, y eso dolió más que cualquier grito.
—Ets patètic —repitió, esta vez en castellano, para que él lo sintiera con toda su fuerza—. Intentas justificar que te follaras a mi hermana echándome la culpa a mí. ¿Sabes lo que es eso? Traición. No solo sexo. Traición. Porque no fue con una desconocida. Fue con Carla. Amb la meva germana. La misma que siempre ha envidiado lo que tenemos. Y tú… tú le diste exactamente lo que quería.
Se hizo un silencio largo. Víctor sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó al fin, voz rota—. Dime qué quieres que haga y lo hago. Lo que sea.
Valeria lo miró durante varios segundos sin parpadear. Cuando habló, su voz era más baja, más fría, pero también más peligrosa.
—Quiero el control total —dijo en castellano, pronunciando cada palabra con claridad—. No una parte. Todo. A partir de ahora, todo lo que pase entre nosotros… o con quien yo decida… pasa por mí. Tú no decides nada. Ni cuándo, ni cómo, ni con quién. Si quieres que esto continúe, aceptas que yo soy quien manda. O volvemos a la mierda de relación que teníamos antes, la que te estaba matando, y fingimos que nada de esto ha pasado. O… nos separamos. Tú eliges.
Víctor sintió que el mundo se le caía encima. La idea de volver a la rutina de antes le provocaba náuseas. Pero la idea de entregarle todo el control también lo aterrorizaba.
—¿Y si digo que no? —preguntó en voz baja.
Valeria se encogió de hombros, pero sus ojos no mentían. Estaban llenos de dolor.
—Doncs s’ha acabat, Víctor. No vull viure amb un home que em menteix i es folla la meva germana a les meves esquenes. Prefereixo estar sola.
Se hizo otro silencio. Fuera, un coche pasó por la calle y sus faros barrieron un segundo la pared de la cocina. Dentro, solo se oía el zumbido de la nevera y la respiración agitada de los dos.
Víctor se pasó una mano por la cara. Estaba temblando.
—Está bien —dijo al fin, la voz casi inaudible—. Acepto. Tú mandas. Todo. Lo que quieras.
Valeria lo miró durante un largo rato. No había triunfo en su cara. Solo una tristeza profunda mezclada con algo más oscuro, más posesivo.
—Bien —dijo por fin—. Aquesta nit dorms al sofà. Demà… demà comencem de veritat.
Se dio la vuelta y subió las escaleras sin mirarlo. Sus pasos sonaron suaves sobre la madera. La puerta del dormitorio se cerró con un clic apenas audible.
Víctor se quedó solo en la cocina, con las luces apagadas, el nudo en el estómago más grande que nunca. Fuera, la ciudad seguía su vida. Dentro, todo había cambiado.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sabía si acababa de salvar su matrimonio… o de condenarlo para siempre.
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