La luz del sábado entraba suave por la persiana del salón. Víctor se despertó en el sofá con la espalda dolorida y la polla medio dura. La casa estaba en silencio. Noa y Lia se habían ido poco después de medianoche, todavía con las piernas temblorosas y las miradas bajas. Valeria las había despedido en la puerta con un simple “Gràcies per venir” y había cerrado con llave detrás de ellas. Lucas había pasado la noche en casa de Carla, como ya habían acordado días antes.
Valeria apareció en la puerta del salón con el camisón corto de algodón. No llevaba bragas. Se acercó sin decir nada, se subió encima de su cara y se sentó directamente sobre su boca, de frente.
—Menja —dijo en voz baja—. I no et moguis.
Víctor abrió la boca y sacó la lengua. El sabor de ella era fuerte, ya húmedo. Valeria se movió despacio, controlando el ritmo, apretando los muslos cada vez que notaba que él se excitaba demasiado. Cada vez que intentaba subir las manos, ella se las apartaba.
—Avui no et corres —repitió varias veces, voz ronca—. Ni ho intentis.
Lo mantuvo así casi quince minutos. Lo llevó al borde, lo negó, lo asfixió un poco y volvió a dejarlo respirar. Cuando por fin se corrió, lo hizo en silencio, temblando, con las manos clavadas en el respaldo del sofá. Se quedó sentada sobre su cara unos segundos más, dejando que su humedad le resbalara por la barbilla. Luego se levantó, se bajó el camisón y lo miró desde arriba.
—Vés a dutxar-te. Avui anem a dinar amb la Carla per recollir en Lucas.
El restaurante italiano estaba lleno de familias. Lucas estaba sentado entre los dos, concentrado en colorear el mantel de papel. Carla esperaba con una copa de lambrusco, besó a su hermana en la mejilla y le revolvió el pelo a Víctor como siempre.
Durante la comida, Valeria no paraba de hablar de forma expansiva, usando el castellano en contra de su costumbre.
—Hoy Víctor está muy callado —comentó entre risas, mirando a su hermana por encima de la copa.
Carla sonrió, pero no entró al juego.
—Es un hombre de pocas palabras —respondió simplemente.
Víctor notó cómo Carla le rozaba la pierna por debajo de la mesa en dos ocasiones. Eran roces leves, casi casuales. Valeria lo notó también. Cada vez que pasaba, su mano se tensaba ligeramente alrededor del vaso de agua.
Cuando terminaron de comer, Valeria se levantó.
—Voy a llevar a Lucas al parque un rato. Quiere correr un poco antes de volver a casa. Víctor, tú quédate con Carla… ¿Víctor me dice que tienes un problema con un grifo de la cocina?
Carla miró a Valeria, luego a Víctor. No dijo nada. Solo asintió despacio.
Valeria se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla a Víctor, casi frío.
—Grábalo todo —susurró contra su oreja, tan bajo que solo él lo oyó—. Quiero verlo.
Se fue con Lucas de la mano. Carla y Víctor se quedaron solos en la mesa.
En cuanto entraron en el piso de Carla, ella cerró la puerta y se giró hacia él con una sonrisa torcida.
—Un grifo, ¿eh? —dijo, soltando una risa baja—. Qué excusa más mala, cuñado.
Víctor no respondió. La empujó contra la pared del pasillo y la besó. Carla respondió de inmediato, con hambre, metiendo la lengua en su boca y agarrándolo por el cuello de la camiseta.
Subieron las escaleras hacia el dormitorio. Carla se quitó el top por el camino. Sus pechos pesados rebotaron libres cuando se quitó el sujetador. Se arrodilló delante de la cama sin que él tuviera que pedirlo.
Abrió la cremallera de los vaqueros de Víctor y sacó su polla. La miró un segundo, luego la tomó en la boca hasta el fondo. Víctor soltó un gemido ronco cuando sintió cómo le rozaba la garganta. Carla sabía exactamente lo que hacía. Subía y bajaba la cabeza con ritmo experto, succionando fuerte, dejando que la saliva le resbalara por la barbilla y cayera sobre sus pechos. Cada vez que sacaba la polla casi por completo, la lamía desde la base hasta la cabeza con la lengua plana, mirándolo a los ojos.
—Joder, Carla… —gruñó él, agarrándole el pelo.
Ella se apartó un segundo, con la boca brillante de saliva y los labios hinchados. Se limpió el mentón con el dorso de la mano y levantó la mirada hacia él. Su expresión ya no era solo de lujuria; había una pregunta clara en sus ojos.
—¿Valeria sabe que íbamos a follar? —preguntó en voz baja, directa.
Víctor la miró sin dudar.
—Sí lo sabe. Ella lo ha organizado. Quiere que lo grabe.
Carla lo sostuvo la mirada unos segundos más, como si estuviera asimilando la respuesta. Luego asintió despacio, casi con alivio, y una sonrisa pequeña y oscura se le dibujó en los labios.
—Entonces… que lo disfrute —murmuró.
Volvió a bajar la cabeza sin más preguntas y se metió la polla hasta el fondo de la garganta con más ganas que antes. Esta vez lo hizo más sucia, más entregada, como si la confirmación de que Valeria lo sabía y lo había permitido la hubiera excitado todavía más. La saliva le resbalaba abundantemente por la barbilla y caía sobre sus pechos mientras trabajaba la polla con ritmo húmedo y constante.
Víctor gruñó, agarrándole el pelo con más fuerza. Carla no se apartó. Al contrario, se quedó quieta un momento tragando alrededor de la cabeza, mirándolo desde abajo con los ojos entrecerrados.
Víctor sacó el móvil, apoyó la cámara en la mesita de noche y empezó a grabar.
Carla volvió a bajar la cabeza sin decir nada más. Esta vez se la metió hasta el fondo de la garganta de un solo movimiento, más profundo y más sucio que antes. La confirmación de que Valeria lo sabía y lo había permitido pareció liberarla por completo. Chupó con una entrega casi voraz, alternando entre succionar con fuerza y sacar la polla casi entera para lamerla despacio desde la base hasta la cabeza, dejando un rastro grueso de saliva. Cada vez que bajaba de nuevo, hacía un sonido húmedo y profundo al rozarle la garganta. La saliva le caía en hilos constantes por la barbilla y se deslizaba entre sus pechos pesados.
Víctor le agarró el pelo con las dos manos, gruñendo. Carla no se apartó. Al contrario, se quedó quieta varios segundos con la cabeza de la polla enterrada en su garganta, mirándolo desde abajo con los ojos entrecerrados, respirando por la nariz. Cuando él la apartó por miedo a corrérsele, un hilo grueso de saliva todavía los unía.
Carla se levantó. Se quitó los vaqueros y las bragas de un tirón y se subió a la cama a cuatro patas, ofreciéndole el culo sin ninguna vergüenza.
—Fóllame —dijo, mirándolo por encima del hombro, la voz ronca—. Como la otra vez.
Víctor se colocó detrás de ella. Le separó las nalgas con las manos y empujó. Entró de una sola embestida profunda en su coño, que ya estaba completamente empapado. Carla soltó un gemido largo y gutural y empujó hacia atrás para recibirlo entero. Él empezó a follarla con fuerza, las manos clavadas en sus caderas, el sonido húmedo y rítmico de su pelvis chocando contra el culo de ella llenando toda la habitación. Cada embestida hacía que sus pechos pesados se movieran hacia delante.
Después de varios minutos, Víctor sacó la polla, brillante y gruesa de jugos. La apoyó contra el agujero más estrecho de Carla. Ella se tensó un segundo, el cuerpo rígido… pero no se apartó. Al contrario, arqueó más la espalda y empujó ligeramente hacia atrás, ofreciéndose.
—Hazlo —susurró, la voz temblando un poco—. Hoy quiero.
Víctor empujó despacio. El ano de Carla resistió al principio, apretado y caliente, pero fue cediendo centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido largo, mezcla clara de esfuerzo y placer, y enterró la cara en la almohada, los dedos agarrando las sábanas.
—Joder… lento al principio… —pidió, la voz ahogada.
Él obedeció. Entró con una lentitud deliberada, sintiendo cómo el anillo se abría alrededor de su polla hasta que estuvo completamente dentro. Se quedó quieto un momento, dejándola acostumbrarse, sintiendo las contracciones involuntarias de ella a su alrededor.
Luego empezó a moverse. Primero con cuidado, casi respetuoso. Después con más profundidad. Y finalmente con fuerza. El culo de Carla lo apretaba con una intensidad brutal, mucho más que su coño. Cada embestida arrancaba de ella un gemido ronco y roto.
—Más fuerte… —suplicó, la voz ya deshecha—. Fóllame el culo como si quisieras romperme.
Víctor aceleró. La folló con fuerza, las manos marcándole las caderas con fuerza, el sonido de piel contra piel llenándolo todo. Cuando el orgasmo lo alcanzó, lo hizo con un gruñido profundo y animal. Se vació dentro de ella a chorros calientes y espesos, llenándole el culo hasta que el semen empezó a rebosar y a resbalar por sus muslos en hilos blancos.
Se quedaron así un momento, unidos, respirando agitados.
Se quedaron tumbados en silencio unos minutos. Carla tenía los ojos cerrados y una sonrisa tranquila, casi perezosa, en los labios. El aire del dormitorio estaba cargado de sexo, pero por primera vez en mucho tiempo, Víctor no sentía esa presión constante en el pecho.
Carla fue la primera en hablar. Su voz sonaba más ligera, casi divertida.
—No es que lo haga muy a menudo… —dijo, con un tono casi confidencial—. Pero joder, me gusta. Me pone de una forma distinta.
Víctor soltó una risa baja, sincera. Carla abrió los ojos y lo miró de lado, con una expresión más relajada.
—¿Y sabes lo peor? —continuó ella, bajando un poco la voz, como si le estuviera contando algo gracioso—. Sabía que veníais a comer hoy. Y… me preparé. Por si acaso. Tenía la sensación de que algo podía pasar.
Víctor se giró ligeramente hacia ella, apoyando la cabeza en una mano.
—Eres peligrosa —murmuró, sonriendo de verdad.
Carla rio bajito, un sonido cálido y ronco.
—Peligrosa yo… —repitió, negando con la cabeza—. Tú eres el que se ha quedado a “arreglar el grifo”.
Los dos rieron un poco. Fue una risa corta, real, sin la tensión que solía acompañar a Víctor últimamente.
Carla se mordió el labio inferior, todavía sonriendo, y lo miró con complicidad.
—Oye… —dijo, más seria pero sin perder el tono amable—. No le digas que me preparé. Eso… mejor que no lo sepa. El resto… ya lo verá en el vídeo.
Víctor la sostuvo la mirada un segundo y asintió.
—No se lo diré.
Carla pareció satisfecha. Se estiró perezosamente sobre la cama, todavía desnuda, y suspiró.
—Vete ya, antes de que se me ocurra pedirte otra ronda —dijo, medio en broma—. Y dile a mi hermana que el grifo ya está solucionado.
Víctor sonrió. Se levantó de la cama, recogió el móvil de la mesita y detuvo la grabación. Antes de vestirse del todo, se acercó de nuevo a la cama. Carla levantó la cara y él le dio un beso lento en los labios, sin urgencia.
—Gracias —murmuró ella, casi en un susurro.
Víctor le acarició la mejilla con el pulgar un segundo y se marchó.
Al cerrar la puerta del piso, se quedó un momento en el descansillo. Por primera vez en semanas, no se sentía completamente vacío.
Cuando llegó a casa, Lucas estaba jugando en el salón con Valeria. La tarde transcurrió con una normalidad extraña: juegos de mesa, merienda, cena. Valeria no preguntó nada. Solo lo miraba de vez en cuando con una expresión tranquila que a Víctor le ponía los pelos de punta.
Cuando Lucas se durmió, Valeria cerró la puerta del salón con llave y conectó el móvil de Víctor a la televisión grande.
—Vejam què has gravat —dijo.
El vídeo empezó. Valeria se sentó en el sofá, se bajó los pantalones de pijama y empezó a tocarse despacio mientras veía cómo Carla le chupaba la polla a Víctor. Él se sentó a su lado y también se masturbó.
Todo iba bien hasta que llegó la parte del anal.
Valeria se quedó completamente quieta. Dejó de tocarse. Sus ojos se clavaron en la pantalla, donde la imagen de su hermana a cuatro patas, con Víctor detrás de ella, se había vuelto demasiado explícita. El pulgar de Víctor aparecía claramente presionando y luego introduciéndose en el ano de Carla.
—Para —dijo en voz baja. Casi un susurro.
Víctor no detuvo el vídeo. Siguió moviendo la mano sobre su polla, más rápido ahora, sin apartar la mirada de ella.
—Ya lo sé —respondió, voz seca—. No me diste permiso. Pero lo hice igual.
Valeria no contestó de inmediato. Seguía mirando la pantalla, como si no pudiera apartar los ojos. En su rostro había algo más que rabia. Había dolor. Un dolor real, profundo, que le tensaba la mandíbula y le humedecía los ojos. Ese acto —el anal— era algo que nunca habían hecho juntos. Ni una sola vez en veinte años de matrimonio. Era territorio virgen entre ellos. Y ahora lo estaba viendo con su hermana. Con Carla.
Víctor aceleró el movimiento de su mano. El sonido húmedo de su puño era casi obsceno en el silencio del salón.
Valeria tragó saliva. Tenía la respiración entrecortada y las manos apretadas sobre sus muslos. Por un segundo pareció que iba a decir algo más, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Solo pudo mirar cómo Víctor se corría en la pantalla dentro del culo de su hermana, mientras el hombre que tenía sentado a su lado hacía exactamente lo mismo encima de ella.
Cuando los chorros calientes le salpicaron el vientre y los pechos, manchando el pijama, Valeria ni siquiera parpadeó. Se quedó ahí sentada, recibiendo el semen de su marido mientras la imagen de Carla gimiendo con la polla de Víctor en el culo seguía congelada en la televisión.
Víctor se quedó quieto unos segundos, todavía con la polla en la mano, respirando agitado. Luego se levantó sin decir nada más. Se limpió la mano en el sofá, con un gesto deliberado, y caminó hacia las escaleras.
Al llegar al primer escalón, se detuvo un momento sin girarse.
—Bona nit —dijo por encima del hombro, en un tono neutro, casi cortés.
Subió las escaleras sin esperar respuesta y cerró la puerta del dormitorio tras de sí.
Abajo, Valeria se quedó sola en el salón. El vídeo seguía reproduciéndose en silencio. Tenía las piernas ligeramente abiertas, el semen de Víctor resbalando por su piel, y una sensación extraña y desagradable en el pecho. No era solo rabia. Era la certeza de que algo se le había escapado de las manos. Víctor había cruzado una línea que ella misma no había cruzado todavía con él. Y lo había hecho con su hermana.
Por primera vez desde que había asumido el control, se sintió realmente perdida
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