La campaña (capítulo 27)
Víctor se despertó primero. La luz de la mañana entraba suave por las rendijas de la persiana del dormitorio. Valeria dormía de lado, con la espalda hacia él, la sábana subida hasta la cintura. Se levantó con cuidado, sin hacer ruido, y se puso los pantalones cortos y una camiseta vieja que había dejado tirada en la silla.
Bajó las escaleras. Lucas estaba en el salón, sentado en el suelo con la manta del sofá encima de las piernas, viendo dibujos animados con el volumen bajo. Cuando oyó los pasos de su padre, giró la cabeza y sonrió con sueño.
—Buenos días —dijo Víctor en voz baja.
—Buenos días —respondió Lucas, volviendo la atención a la tele.
Víctor fue a la cocina y empezó a preparar el desayuno. Puso agua a hervir para el café, sacó el pan y cortó unas rebanadas. El sonido del cuchillo contra la tabla era el único ruido que se oía, aparte del murmullo lejano de la televisión.
Oyó pasos descalzos en la escalera. Valeria apareció en la puerta de la cocina con el camisón corto puesto. Tenía el pelo revuelto y los ojos aún hinchados de sueño. Se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos. Apoyó la barbilla en su hombro y le bajó una mano hasta rozarle la polla por encima de los pantalones cortos.
—Bon dia —murmuró contra su cuello.
Víctor se tensó. Siguió cortando el pan sin girarse.
—Estoy haciendo el desayuno —dijo en voz baja.
Valeria no se apartó. Le apretó la polla con más intención, moviendo la mano despacio.
—Lucas está entretenido… —susurró.
Víctor dejó el cuchillo sobre la tabla. Agarró la mano de Valeria con suavidad pero con firmeza y se la quitó de encima.
—Termina el desayuno —dijo sin mirarla—. Yo voy a ducharme.
Se apartó de ella y salió de la cocina sin añadir nada más. Valeria se quedó de pie junto a la encimera, con la mano todavía extendida en el aire.
El desayuno transcurrió en silencio. Lucas hablaba de vez en cuando sobre los dibujos que había visto, pero los dos adultos apenas respondían. Valeria removía el café sin beberlo. Víctor miraba el plato. Cada vez que sus miradas se cruzaban, se apartaban rápido.
Cuando terminaron, Víctor se levantó.
—Voy a llevar a Lucas a la playa un rato —dijo, dirigiéndose a Valeria—. Hace bueno y lleva todo la semana encerrado.
Valeria se quedó mirando su taza.
—Yo me quedo —respondió después de unos segundos—. Tengo que ordenar un poco la casa y preparar la comida.
Víctor no insistió. Sabía que era una excusa. Ninguno de los dos quería pasar la mañana juntos.
La playa estaba medio vacía. Era un día de primavera cálido, con el sol ya fuerte pero sin el agobio del verano. Lucas corría hacia el agua con la pala y el cubo, y Víctor lo seguía a paso tranquilo, descalzo, con la mochila colgada de un hombro.
Estaba extendiendo la toalla cuando oyó una voz conocida.
—Víctor.
Se giró. Elena venía caminando por la orilla con su hijo Jordi. Llevaba unos shorts de algodón claros que le marcaban los muslos gruesos y la parte de arriba de un bikini negro que apenas contenía el peso de sus pechos abundantes y pesados. El escote era generoso y se movía con cada paso. El pelo rubio lo llevaba recogido en una coleta alta, con algunos mechones sueltos pegados a la nuca por el calor.
—Hola —dijo él, levantando una mano.
Elena sonrió con esa calidez que siempre parecía llenar el espacio a su alrededor.
—David tenía cosas que hacer en casa —explicó, bajando la voz un poco—. Así que he aprovechado para sacar a Jordi y darle un poco de aire. ¿Y Valeria?
—Se ha quedado en casa.
Elena asintió, sin preguntar más. Dejó la toalla al lado de la de Víctor y se sentó. Los dos niños enseguida se pusieron a jugar juntos en la orilla.
Durante un rato hablaron de tonterías: el cole, el tiempo, lo rápido que crecían los niños. Pero poco a poco la conversación derivó hacia la campaña, como siempre pasaba con Elena.
—Sigo pensando en lo que me contaste el otro día —dijo ella en un momento, mirando hacia el mar—. Eso de los deseos prohibidos… de hacer cosas donde te puedan pillar. Me pone mucho. Más de lo que debería reconocer.
Víctor la miró de reojo. Elena tenía las piernas estiradas sobre la toalla, los muslos gruesos brillando un poco por el protector solar. Los pechos le rebotaban cada vez que se movía para coger algo de la bolsa.
Jugaron un rato con los niños en la orilla. Elena corría despacio, riendo, y sus pechos pesados se movían bajo la tela del bikini con cada paso. En un momento se salpicaron mutuamente con agua, y ella soltó una carcajada cuando Víctor le echó un poco en la barriga. El agua resbaló por su piel morena y desapareció entre los pechos.,
Más tarde, cuando los niños estaban entretenidos haciendo un castillo, Elena se levantó.
—Voy a por un helado. ¿Vienes?
Caminaron hasta la heladería que había cerca del paseo. Compraron dos cucuruchos y se sentaron en un banco del parque que había al lado, un poco apartado. Los niños seguían jugando a poca distancia.
Elena dio un lametón a su helado y lo miró de lado.
—¿Y tú? —preguntó en voz baja—. ¿A ti también te pone eso? Hacer cosas donde te puedan pillar…
Víctor no respondió de inmediato. Elena se se inclinó un poco hacia él, como si fuera a decirle algo al oído. Con la mano libre, disimuladamente, le desabrochó la cremallera de los pantalones cortos. Víctor se tensó. Ella metió la mano dentro con naturalidad, como si nada, y sacó su polla ya medio dura. La cubrió con la mochila que él tenía entre las piernas.
—Tranquilo —susurró contra su oreja, con una sonrisa pequeña—. Nadie nos ve desde aquí.
Empezó a masturbarlo despacio, con movimientos cortos y firmes mientras lamia sujerentemente el helado. Su mano estaba caliente y un poco pegajosa por el helado. Víctor miró hacia los niños. Seguían jugando, ajenos a todo.
Elena siguió hablando en voz baja, muy cerca de su oído:
—Imagínate que alguien nos ve ahora… que ve cómo te estoy pajeando… que ve cómo tienes la polla dura en medio del parque. ¿Te pone eso?
Víctor tragó saliva. La mano de Elena subía y bajaba con más intensidad. Él se agarró al borde del banco.
—Dime que te pone —insistió ella, casi sin voz—. Dime que te gusta que te hagan esto donde cualquiera puede aparecer.
Víctor cerró los ojos un segundo. El orgasmo le subió rápido, demasiado rápido. Se corrió entre sus dedos con un gemido ahogado, intentando no mover demasiado la cadera. Elena siguió moviendo la mano hasta que dejó de palpitar, recogiendo el semen con los dedos.
Se terminó el helado, limpió los dedos con una servilleta de papel y se los chupó uno a uno, mirándolo.
—La próxima vez que nos veamos —dijo, levantándose con una sonrisa alegre—, espero un tratamiento especial.
Llamó a su hijo, le dio un beso rápido en la mejilla a Víctor y se marchó caminando hacia la salida del parque, balanceando las caderas.
Víctor se quedó sentado en el banco, todavía con la cremallera bajada, intentando recuperar la respiración.
Volvieron a casa cerca de las dos. Cuando abrieron la puerta, el olor a comida casera llenaba el piso. Valeria había preparado una de las comidas favoritas de Víctor: lentejas con chorizo y arroz blanco. La mesa del comedor estaba puesta con cuidado.
Lucas corrió hacia la cocina gritando de hambre. Valeria estaba removiendo algo en un cazo. Llevaba unos vaqueros y una camiseta sencilla. Cuando vio entrar a Víctor, lo miró un segundo más de la cuenta.
—Habéis vuelto —dijo simplemente.
Víctor dejó la mochila en el suelo.
—Hemos vuelto —respondió.
La conversación durante la comida fue más fluida que en el desayuno. Hablaron de cosas normales: lo que había hecho Lucas en la playa, lo que Valeria había cocinado, un poco de trabajo. Pero debajo de las palabras seguía habiendo una distancia. Ninguno de los dos mencionó la mañana. Ninguno de los dos preguntó cómo había ido el día del otro.
Cuando terminaron de comer, Lucas se fue a su habitación a jugar. Valeria empezó a recoger la mesa. Víctor se quedó sentado un momento, mirando el plato vacío.
Fuera, el sol de la tarde entraba por la ventana de la cocina. Dentro, el silencio entre ellos era espeso, pero ya no tan cortante como por la mañana.
Algo había cambiado. Y los dos lo sabían.
Comentarios
Publicar un comentario