La campaña (capitulo 30)
El viernes amaneció con una presión distinta en la agencia.
La presentación a los americanos estaba prevista para la semana siguiente y el
material todavía tenía agujeros. Víctor llegó temprano, con el café en la mano
y la cabeza ya llena de ruido. No había dormido bien. Valeria se había dado la
vuelta en la cama cada vez que él intentaba acercarse.
A las diez y media convocó a Noa y Lia en la sala de
reuniones. Cerró la puerta y proyectó las últimas versiones del deck en la
pantalla. Durante casi una hora revisaron testimonios, textos y propuestas de
imágenes. El ambiente estaba cargado. Víctor estaba irritable, cansado de
repetir las mismas correcciones.
Lia cometió un error tonto: envió por error una versión
antigua de un texto a la carpeta compartida. Cuando Víctor lo descubrió, algo
dentro de él se rompió.
—¿Pero qué cojones es esto, Lia? —estalló de repente,
levantando la voz—. ¿Cuántas veces te tengo que decir que revises antes de
subir nada? ¡Esto es una puta vergüenza! Estamos a una semana de presentar y
seguimos cometiendo errores de becaria.
El silencio que siguió fue incómodo. Lia se quedó rígida en
su silla, con la cara roja.
Víctor no se detuvo.
—Y tú, Noa —continuó, girándose hacia ella—, ¿tú qué haces?
¿Supervisando o mirando cómo se hunde todo? Esto es un desastre. Los dos estáis
perdiendo el tiempo y yo tengo que venir a arreglarlo todo.
Noa no se inmutó. Se quedó sentada con la espalda recta,
mirándolo con calma. Cuando Víctor terminó de gritar, esperó unos segundos
antes de hablar.
—Entendido —dijo con voz tranquila—. Tienes razón. Estamos
fallando.
Víctor se pasó las manos por la cara, respirando agitado. Se
sentía estúpido por haber explotado, pero ya era tarde para retractarse.
Noa se levantó despacio. Se acercó a la puerta y la cerró
con llave. Luego bajó las persianas de la sala de reuniones una a una. El
sonido de las láminas cayendo llenó el silencio hasta dejarlo espeso.
Se giró hacia Lia, que seguía sentada, nerviosa, con las
manos apretadas sobre las rodillas.
—El jefe necesita desestresarse —dijo Noa en voz baja, pero
clara—. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Lia levantó la mirada hacia Noa, luego hacia Víctor. Dudó
solo un segundo. Luego se levantó, rodeó la mesa y se arrodilló frente a él sin
decir nada. Le desabrochó el cinturón con manos algo temblorosas, bajó la
cremallera y sacó su polla. Estaba medio dura por la tensión acumulada de la
mañana. Lia se la metió en la boca sin preámbulos, con un movimiento torpe al
principio.
Víctor soltó un suspiro entrecortado. Apoyó las manos en el borde de la mesa y cerró los ojos. La boca de Lia estaba caliente y nerviosa. Chupaba con demasiada prisa, como si quisiera acabar cuanto antes. Él le puso una mano en la cabeza, no para forzarla, solo para marcar un ritmo más lento.
Noa se quedó de pie a unos metros, observándolos. Se subió
ligeramente la falda hasta los muslos y metió la mano dentro de las bragas.
Empezó a tocarse despacio, sin prisa, mientras veía cómo Lia trabajaba la polla
de Víctor. Sus dedos se movían en círculos lentos sobre el clítoris. No
apartaba la vista.
—Más profundo —ordenó Noa en voz baja.
Lia obedeció. Se la metió más adentro, hasta que le rozó la
garganta. Hizo un sonido húmedo y ahogado, y siguió moviendo la cabeza. La
saliva empezó a resbalarle por la comisura de los labios.
Víctor abrió los ojos y miró a Noa. Ella lo sostenía la
mirada mientras se masturbaba. No había vergüenza en su expresión. Solo
control. Y algo más oscuro: satisfacción.
Al cabo de varios minutos, Noa habló de nuevo:
—Basta. Date la vuelta.
Lia se apartó de la polla con un sonido húmedo, la boca
brillante de saliva. Se levantó, se giró y se apoyó en la mesa con las manos
planas sobre la madera. Se bajó las bragas hasta media muslo y arqueó la
espalda, ofreciendo el culo.
Víctor se colocó detrás de ella. Le separó las nalgas con las manos y empujó. Entró en su coño de una embestida profunda. Lia soltó un gemido ahogado contra la mesa. Estaba mojada, pero tensa. Él empezó a follarla con fuerza, agarrándola de las caderas, el sonido de piel contra piel llenando la sala cerrada.
Mientras la embestía, Víctor bajó una mano y rozó el ano de
Lia con el pulgar. Estaba cerrado, contraído. Lia se tensó al instante.
—No… por ahí no —dijo rápidamente, con la voz entrecortada y
un miedo real—. Por favor.
Noa se acercó un paso. Su voz se volvió más fría, más
cortante.
—Lia —dijo—. No eres nadie para decirle al jefe lo que puede
o no puede hacer. Cierra la boca y usa la lengua para otra cosa.
Lia se quedó callada. Solo apretó más los dedos contra la
mesa. Víctor siguió follándola vaginalmente, pero mantuvo el pulgar presionando
suavemente el borde de su ano, sin llegar a entrar. Sentía cómo ella temblaba
debajo de él, dividida entre el placer y el miedo.
Noa se subió un poco más la falda y se bajó del todo las
bragas hasta los muslos. Siguió masturbándose con más intensidad mientras
observaba la escena. Su respiración se había acelerado.
—Todo lo que quieras de ella es tuyo —le dijo a Víctor sin
levantar la voz—. Si quieres su culo, cógelo. Si quieres follarla más fuerte,
hazlo. Hoy no tiene derecho a negarte nada.
Víctor miró el ano de Lia. El pulgar seguía ahí,
presionando. Durante unos segundos la tentación fue real. Podía hacerlo. Nadie
lo iba a detener. Pero el “no” de Lia había sonado a miedo verdadero, no a
juego. Y algo dentro de él —cansancio, rabia, o tal vez el último resto de algo
parecido a escrúpulos— lo detuvo.
Sacó el pulgar y se concentró en follarla por el coño, más
profundo y más rápido. Las caderas de Lia chocaban contra la mesa con cada
embestida. Ella ya no intentaba contener los gemidos.
Lia empezó a temblar con más fuerza. Sus gemidos se volvieron más altos, más rotos. Noa aceleró los dedos sobre su propio clítoris, mordiéndose el labio inferior.
Víctor sintió que se acercaba. Lia también. Cuando ella se
corrió, lo hizo con un gemido largo y ahogado, apretándolo con fuerza, el
cuerpo sacudido por espasmos. Víctor aguantó solo unos segundos más. Entonces
salió de ella de golpe, se masturbó dos veces con la mano y se corrió sobre el
culo de Lia. Los chorros calientes y espesos le salpicaron las nalgas y la
parte baja de la espalda, resbalando despacio por su piel.
Noa se corrió unos segundos después. Se apoyó en la pared, con las piernas temblorosas y la mano todavía entre los muslos, respirando por la boca.
Durante unos segundos solo se oyó la respiración agitada de
los tres en la sala cerrada.
Lia se quedó apoyada en la mesa, con la cara roja, las
piernas flojas y el semen de Víctor brillándole sobre el culo. Víctor se apartó
de ella despacio. Se subió los pantalones sin mirarla.
Noa fue la primera en recomponerse. Se bajó la falda, se
ajustó las bragas y miró a Víctor con esa misma calma de antes.
—Ahora podemos volver a trabajar —dijo.
Víctor recogió su portátil. Miró a Lia un segundo, luego a
Noa. En su cara no había triunfo. Solo un cansancio profundo y una rabia sorda
que no sabía muy bien contra quién iba dirigida.
Salió de la sala sin decir nada más.
Comentarios
Publicar un comentario