La campaña capitulo 32
La mañana en la agencia empezó mal y fue empeorando. Un
archivo importante se corrompió y parte del material que habían preparado para
la presentación a los americanos se perdió. Víctor pasó casi una hora
intentando recuperarlo, hablando por teléfono con el departamento técnico y
maldiciendo entre dientes.
Cuando por fin consiguió una versión anterior del archivo,
ya estaba alterado. Entró en la sala de reuniones donde Noa y Lia estaban
trabajando y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Lia levantó la cabeza, nerviosa. Noa, en cambio, lo miró con
calma.
—Tranquilo —dijo ella—. Podemos rehacer lo que falta en un
par de horas.
Víctor la miró con los ojos entrecerrados.
—No necesito que me tranquilices —respondió, voz tensa—.
Necesito que las cosas salgan bien de una puta vez.
Noa se levantó despacio y se acercó a él. Habló en voz baja,
casi confidencial:
—Si necesitas desahogarte… Lia puede ayudarte. Como la otra
vez.
Víctor se quedó quieto un segundo. Luego soltó una risa
corta y seca, sin humor.
—¿Quién te crees que eres? —preguntó, mirándola
directamente—. ¿Una especie de mediadora de la oficina? ¿La que decide quién se
folla a quién cuando el jefe está de mal humor?
Noa parpadeó, sorprendida por el tono.
Víctor no le dio tiempo a responder.
—Corta el rollo, Noa. No voy a permitir este tipo de
dinámicas en mi equipo. Se acabó. ¿Entendido?
Noa apretó los labios, pero no discutió. Asintió una vez.
Víctor se giró hacia Lia, que seguía sentada, incómoda.
—Lia, tú te encargas de rehacer el apartado de testimonios.
Quiero que esté terminado antes de que te vayas hoy. Noa te supervisa, pero la
decisión final es tuya.
Lia levantó la mirada, claramente sorprendida de que le
hubiera dado poder. Asintió con rapidez.
—Vale. Lo haré.
Víctor salió de la sala sin decir nada más.
A media mañana recibió un mensaje de Elena. Era una foto
suya en el espejo del baño, completamente desnuda, de espaldas, enseñando el
culo y mirando por encima del hombro. Debajo solo ponía:
“Te gustan mis coletas.”
Víctor miró la foto unos segundos. Luego respondió con un solo emoji: el de la cara con lengua afuera. Guardó el móvil y volvió al trabajo.
Poco después, le llegó otro mensaje. Esta vez era de Carla.
Carla: Hola. ¿Qué tal estás? Llevas toda la semana muy
callado.
Víctor dudó antes de contestar. Al final escribió:
Víctor: Perdona. Ha sido una semana de mierda en la oficina.
Mucha presión con la presentación. Ya te cuento.
Carla respondió casi al instante:
Carla: Vale. Cuando quieras. Un beso.
Cuando llegó a casa esa noche, el ambiente era el de siempre
últimamente: frío y distante. Valeria estaba en la cocina. Apenas levantó la
vista cuando él entró.
Víctor se acercó a Lucas, que estaba en el salón haciendo
deberes, y se sentó con él un rato. Hablaron de su día en el cole, de un
partido de fútbol que había visto por la tele, de tonterías. Valeria no se unió
a la conversación.
Después de que Lucas se durmiera, Víctor bajó al salón.
Valeria estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas, mirando el móvil
sin leer realmente nada. La luz de la lámpara era tenue.
Víctor se quedó de pie frente a ella.
—Tenemos que hablar —dijo.
Valeria levantó la vista. Su expresión era cansada, pero
alerta.
—Parla —respondió.
Víctor se sentó en el otro extremo del sofá. Respiró hondo
antes de empezar.
—Esto se está rompiendo —dijo sin rodeos—. Y está pasando
muy rápido. Hace solo unos días que todo esto empezó a torcerse de verdad, y ya
apenas nos hablamos. Apenas nos tocamos. Apenas nos miramos.
Valeria lo observó en silencio un momento.
—¿I creus que això va començar fa només uns dies? —preguntó
con voz baja.
Víctor frunció el ceño.
—Llevamos días evitándonos, Valeria. Días.
Ella soltó una risa corta, sin humor.
—Exacte. Dies. Dies des que et vas fotre el cul de la meva
germana. I no em sembla que sigui gaire temps, la veritat.
Víctor se pasó una mano por la cara, frustrado.
—Valeria…
—¿Estás enamorado de ella? —lo interrumpió ella, directa.
Víctor la miró, sorprendido por la pregunta.
—No —respondió sin dudar—. No estoy enamorado de Carla.
Joder, ¿cómo puedes pensar eso?
Valeria lo sostuvo la mirada.
—Entonces deixa de veure-la. —dijo—. Deja de follarla. Deja
de responderle. Corta todo.
Víctor se quedó callado unos segundos. Luego asintió
lentamente.
—Vale. Si eso es lo que necesitas… lo haré. No la volveré a
tocar. No la veré de esa forma nunca más.
Valeria lo miró con una expresión extraña. Casi de
decepción.
—No —dijo.
Víctor parpadeó.
—¿No?
Valeria negó con la cabeza.
—Si ahora dejas de verla, Carla se dará cuenta. Sabrá que yo
te lo he prohibido. Y pensará que ha ganado. Que me ha quitado algo. Que ha
conseguido que mi marido la deje por mí.
Víctor la miró como si no la entendiera.
—Esto es de locos —dijo—. ¿Entonces qué quieres? ¿Que siga
viéndola? ¿Que siga follándomela?
Valeria se levantó del sofá y dio unos pasos. Se giró hacia
él.
—Quiero que lo hagamos las tres —respondió—. Els tres junts.
Un trío. Carla, tú y yo.
Víctor se quedó mirándola, atónito.
Valeria continuó, con la voz más baja pero firme:
—Es la única forma de superarlo. La única forma de que yo
crea que no estás enamorado de ella. Porque si lo hacemos los tres… si yo estoy
ahí, controlando, decidiendo… entonces Carla no habrá ganado. Yo seré la que
decida qué pasa con su cuerpo y con el tuyo. Yo seré la reina. No ella.
Víctor soltó una risa incrédula y se levantó también.
—Estás hablando en serio… —dijo—. ¿Crees que haciendo un
trío con mi cuñada voy a dejar de parecer el que está liado con ella? ¿Crees
que eso va a hacer que confíes en mí?
Valeria lo miró sin inmutarse.
—Si no lo hacemos —respondió—, yo siempre voy a pensar que
Carla te tiene algo que yo ya no tengo. Y tú siempre vas a pensar que yo te
obligué a todo esto y luego te castigué por seguir las reglas que yo misma
puse. Esto ya no se arregla hablando. Se arregla haciendo.
Víctor se pasó las manos por el pelo, visiblemente alterado.
—Valeria… esto es una locura. Si sigo viéndola, tú vas a
creer que estoy enamorado de ella. Si dejo de verla, tú vas a creer que Carla
ha ganado. Y ahora me dices que la solución es que los tres follemos juntos… ¿Y
si después de eso sigues sin creerme? ¿Qué pasa entonces?
Valeria lo miró con una mezcla de determinación y cansancio.
—Doncs haurem acabat —dijo—. Pero al menos lo habremos
intentado de la única forma que yo creo que puede funcionar.
Se hizo un silencio largo.
Valeria recogió su móvil de la mesa y se dirigió hacia las
escaleras. Antes de subir, se detuvo un momento sin girarse.
—Piensa en ello —dijo—. Pero no tardes mucho. Porque yo ya
no sé cuánto más puedo seguir así.
Subió las escaleras sin esperar respuesta.
Víctor se quedó solo en el salón, con las luces apagadas y
el peso de la propuesta colgando en el aire.
Víctor se despertó con la luz de la mañana entrando por la
persiana. Por un segundo pensó que había soñado la conversación de la noche
anterior. Luego recordó las palabras de Valeria y sintió un nudo en el
estómago.
Se giró en la cama. Ella ya no estaba.
Bajó las escaleras con el pelo revuelto y todavía en pijama.
Cuando llegó a la cocina, el olor a café y tostadas le golpeó de lleno. Valeria
estaba de espaldas, removiendo algo en una sartén. Llevaba una camiseta holgada
y unos leggings negros. Cuando lo oyó entrar, se giró con una sonrisa.
—Bon dia —dijo, alegre, casi luminosa.
Víctor se quedó parado en la puerta, descolocado.
—Bon dia —respondió él, todavía intentando procesar el
cambio de actitud.
Valeria le señaló la mesa con la cabeza.
—He
preparat esmorzar per a tots. Lucas ja baixa.
El niño apareció un minuto después, todavía medio dormido, y
se sentó a la mesa frotándose los ojos. Valeria sirvió café para los dos
adultos y cacao para Lucas. Puso tostadas, mermelada, fruta cortada y hasta
huevos revueltos. Parecía una mañana normal de hace meses.
Durante el desayuno, Valeria habló con naturalidad. Preguntó
a Lucas por el cole, le recordó que tenía que llevar el chándal de educación
física y le revolvió el pelo con cariño. Luego, sin cambiar el tono, miró a
Víctor.
—Ja he parlat amb la Carla —dijo, como si estuviera
comentando el tiempo.
Víctor levantó la vista de su taza.
—Ah, ¿sí?
—Hem quedat per divendres. Sortida de Sant Jordi, com abans.
Dels vells temps. —Sonrió de medio lado—. Lucas es queda amb el meu germà. Ja
li he dit.
El silencio que siguió duró solo un segundo. Valeria siguió
untando mantequilla en una tostada como si nada.
Víctor asintió despacio, sin saber muy bien qué decir. El
ambiente era extrañamente bueno. Demasiado bueno.
—Puedo llevar a Lucas al colegio—ofreció él.
—Perfecte —respondió Valeria, sin mirarlo.
A la puerta del colegio, Víctor se quedó un momento mirando
cómo se alejaba Lucas. Cuando se giró, Elena estaba a pocos metros, acompañando
a Jordi.
Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta blanca que se
le pegaba ligeramente al pecho. Cuando lo vio, sonrió de forma descarada y se
acercó.
—Qué casualidad —dijo en voz baja, mirándolo directamente a
los ojos.
—Hola —respondió Víctor, intentando sonar neutral.
Elena se inclinó un poco hacia delante, como si fuera a
contarle un secreto.
—Si hubiese sabido que íbamos a coincidir, no me habría
puesto bragas.
Víctor tragó saliva y miró rápidamente a su alrededor. Nadie
parecía estar prestando atención.
—Elena…
—Mi marido está fuera todo el día —continuó ella, bajando
aún más la voz—. La cama está vacía. Y yo tengo muchas ganas de volver a
meterme en ella… contigo.
Víctor intentó escabullirse.
—Tengo que irme. Trabajo.
Elena rio bajito y le tocó el antebrazo un segundo, justo
antes de soltarlo.
—Vente a desayunar —dijo, con una sonrisa juguetona—. De
verdad. Te invito.
Víctor dudó. Miró hacia el patio, donde los niños ya estaban
entrando. Luego miró a Elena. Tenía esa expresión de quien sabe exactamente lo
que está haciendo.
Al final, asintió.
—Vale. Pero poco rato.
Elena sonrió más.
En cuanto entraron en el piso de Elena, ella cerró la puerta
con el pie y tiró de Víctor hacia la cocina sin decir nada. Se subió a la
encimera con agilidad, abrió la nevera y sacó el bote de nata montada. Lo miró
con una sonrisa torcida mientras se bajaba los vaqueros y las bragas hasta los
muslos.
—Ven aquí —dijo.
Se abrió de piernas, se echó un buen montón de nata
directamente sobre el coño y lo extendió un poco con dos dedos. La nata fría
contrastaba con el calor de su piel. Se apoyó hacia atrás, apoyando las manos
en la encimera, y lo miró.
—Ahora sí que está listo el desayuno —murmuró.
Víctor se acercó. Se arrodilló delante de ella y, sin dudar,
hundió la cara entre sus piernas. Empezó a lamerle el coño despacio, recogiendo
la nata con la lengua y mezclándola con su sabor. Elena soltó un suspiro largo
y le pasó una mano por el pelo.
—Joder… qué bien lo haces —dijo en voz baja, mirándolo desde
arriba—. Me encanta cuando me lames así de profundo.
Víctor la lamió con más intensidad, chupando el clítoris y
metiendo la lengua dentro de ella. Elena gemía bajito y seguía hablando, sin
parar:
—Así… no pares… Me pone mucho verte de rodillas comiéndome
el coño con nata. Qué guarro eres…
Él aceleró el ritmo. Elena arqueó un poco la espalda y abrió más las piernas, ofreciéndose.
—Más fuerte… sí… chúpamelo bien —pidió, voz ronca—. Me voy a
correr en tu boca si sigues así…
Víctor le agarró las caderas con las manos y la lamió con
más fuerza, succionando el clítoris con ganas. Elena empezó a temblar.
—Joder… me corro… —gimió, cerrando los ojos—. No pares… no
pares…
Se corrió con un gemido ahogado, apretando los muslos
alrededor de la cabeza de Víctor. El cuerpo le tembló durante unos segundos
mientras él seguía lamiéndola suavemente, recogiendo la nata y sus jugos.
Cuando por fin se relajó, Elena soltó una risa baja y
satisfecha. Se incorporó un poco y lo miró con los ojos entrecerrados.
—Ahora te toca a ti —dijo.
Se bajó de la encimera, se arrodilló delante de él y le
desabrochó los pantalones. Le bajó los calzoncillos, dejando libre su polla, ya
completamente dura. Cogió el bote de nata, lo abrió y se echó una buena
cantidad directamente sobre la polla de Víctor. La extendió con la mano,
embadurnándola despacio, mientras lo miraba desde abajo con una sonrisa sucia.
—Qué buena pinta tiene así —comentó, pasándose la lengua por
los labios.
Se la metió en la boca sin más preámbulos. La chupó con ganas, haciendo ruidos húmedos mientras la nata se derretía y le resbalaba por la barbilla. Cada pocos segundos se apartaba para hablar:
—Joder, qué rica está… —murmuró, lamiendo desde la base
hasta la cabeza—. Me encanta chupártela así de sucia.
Víctor le agarró el pelo con una mano. Elena lo miró a los
ojos mientras se la metía más adentro.
—Fóllame la boca —le pidió, directa—. Quiero que me uses.
Víctor empezó a mover las caderas, metiéndosela más
profundo. Elena aguantaba, haciendo sonidos ahogados, con la saliva y la nata
chorreándole por la barbilla y cayendo sobre sus tetas. Lo chupaba con
entusiasmo, sin intentar ser elegante. Cada vez que él empujaba más fuerte,
ella gemía alrededor de su polla y volvía a apartarse un segundo para hablar:
—Así… más adentro… Me gusta que me la metas hasta el fondo
—decía, con la voz ronca y los labios brillantes—. Quiero que me uses la boca
como te dé la gana.
Víctor aceleró el ritmo, follándole la boca con más fuerza.
Elena se dejaba hacer, con los ojos entrecerrados y las lágrimas empezando a
asomar por las comisuras. La saliva le resbalaba abundantemente por la barbilla
y caía sobre sus tetas.
Cuando sintió que estaba cerca, Víctor intentó apartarse,
pero Elena lo agarró de las caderas y lo mantuvo dentro de su boca un segundo
más. Luego se apartó, se sentó sobre los talones y se apretó las tetas con las
manos, mirándolo desde abajo.
—Córrete aquí —pidió, con una sonrisa sucia—. En las tetas.
Víctor se masturbó rápido, apuntando hacia su pecho. Se
corrió con un gruñido contenido, disparando chorros espesos de semen sobre las
tetas de Elena. Ella se quedó quieta, recibiéndolo todo, con la boca
ligeramente abierta y la mirada clavada en la de él.
Cuando terminó, Elena se levantó con naturalidad. Se pasó un dedo por encima de una teta, recogió un poco de semen y se lo llevó a la boca sin ninguna vergüenza. Lo probó, lo movió un segundo en la lengua y tragó.
—Habrá que hacer café para esta leche —dijo alegremente,
como si estuviera comentando cualquier cosa.
Se giró, todavía con el semen resbalándole por el pecho, y
empezó a preparar la cafetera con toda la tranquilidad del mundo, como si nada
hubiera pasado.
—¿Y la campaña? —preguntó, abriendo el armario y sacando dos
tazas—. ¿Seguís recogiendo testimonios o ya estáis en otra fase?
Víctor se apoyó contra la nevera, todavía con los pantalones
bajados, observándola.
—Ya no —respondió—. Estamos en la fase final. La semana que
viene se lo presentamos a los americanos.
Elena asintió, poniendo rebanadas de pan en la tostadora.
—Qué pena —dijo, de espaldas—. Tenía alguna historia
bastante buena. Creía que os podrían servir.
Víctor la miró.
—¿Qué historias?
Elena se giró ligeramente, con una sonrisa pequeña y algo
oscura.
—Una que me ronda mucho últimamente… —empezó, mientras
untaba mantequilla en una tostada ya lista—. Es de una mujer que está sola en
casa. De noche. Su marido ha salido y ella se ha quedado viendo la tele en el
salón. De repente oye un ruido en la cocina. Se levanta, va a mirar… y hay
alguien dentro.
Dejó la tostada en un plato y siguió hablando mientras
preparaba otra.
—No le ve la cara. La agarra por detrás, la empuja contra la
pared de la cocina y le tapa la boca con una mano. Ella intenta gritar,
forcejea… pero él es más fuerte. La dobla sobre la encimera, le baja los
pantalones y se la folla así, sin decir ni una palabra. Solo se oye la
respiración de los dos y el sonido de él follándola. Ella no sabe quién es. No
lo ve. Solo siente cómo la coge.
Elena se giró hacia Víctor mientras hablaba, apoyándose en
la encimera. Tenía la voz más baja, más ronca.
—Al principio intenta resistirse… pero poco a poco va
dejando de forcejear. Porque aunque tenga miedo… se está poniendo cachonda. Y
cuando él se corre dentro de ella, ella también se corre. Sin que él le haya
tocado el clítoris ni nada. Solo de que la follen así, sin permiso, sin mirarla
a la cara.
Se quedó callada un segundo, mirándolo directamente.
—Eso es lo que me pone —añadió, casi en un susurro—. La idea
de que alguien entre en mi casa y me folle sin que yo pueda hacer nada. Sin que
yo lo vea.
Víctor la observaba en silencio. La polla, que había
empezado a ablandarse, volvía a estar completamente dura.
Elena sonrió, como si se diera cuenta del efecto que le
estaba causando.
—No era una petición, ¿eh? —dijo, medio en broma, dándose la
vuelta de nuevo hacia la tostadora—. Era solo una fantasía que…
No terminó la frase.
Víctor se movió de repente. En dos pasos la alcanzó, la
agarró por la nuca y la empujó hacia delante, doblándola sobre la mesa de la
cocina. Elena soltó una risa sorprendida.
—Oye, que no era…
Víctor le dio un azote fuerte en el culo, seco y sonoro.
Elena se calló de golpe.
—Calla —dijo él, voz baja y tensa—. Cállate de una puta vez.
Elena intentó girar la cabeza, pero Víctor le cogió un trapo de cocina que había cerca y se lo metió en la boca, amordazándola con fuerza. Luego le cogió el brazo derecho y se lo dobló hacia atrás, inmovilizándola contra la mesa sin hacerle daño, pero sin dejarle apenas margen de movimiento.
Elena gimió a través del trapo. No era un gemido de miedo.
Era de excitación.
Víctor se colocó detrás de ella, se agarró la polla y la
introdujo de un solo empujón seco dentro de su coño. Estaba empapada. Elena
soltó un grito ahogado contra la mordaza y arqueó la espalda.
Él empezó a follársela con fuerza, sin preliminares,
golpeando su culo contra la mesa con cada embestida. Elena gemía sin parar,
sonidos guturales y húmedos que salían a través del trapo. Intentó decir algo,
pero solo se entendían ruidos de placer entrecortados.
Víctor le dio otro azote, más fuerte esta vez.
—Que te calles —repitió, voz ronca—. Cállate.
Siguió follándola con fuerza durante casi un minuto. Luego,
sin salir de ella, alargó la mano, cogió el paquete de mantequilla que estaba
sobre la mesa y sacó un buen trozo. Se lo untó directamente sobre el ano de
Elena, extendiéndolo con los dedos mientras seguía moviéndose dentro de su
coño.
Elena se tensó al instante.
Víctor sacó la polla de su vagina, se la colocó contra el
ano lubricado con mantequilla y empujó. Entró de golpe.
Elena gritó a través de la mordaza. Un grito ahogado, mezcla
de dolor y sorpresa. Su cuerpo se arqueó violentamente sobre la mesa. Víctor no
se detuvo. Siguió empujando hasta que estuvo completamente dentro de su culo.
Elena temblaba debajo de él, con las piernas rígidas.
Al principio solo emitía sonidos de dolor. Pero poco a poco,
a medida que Víctor empezaba a moverse, sus gemidos fueron cambiando. El cuerpo
se le fue relajando. Los sonidos se volvieron más graves, más largos. Más
parecidos a placer.
Víctor la folló el culo con fuerza contenida, sujetándole el
brazo doblado contra su espalda. Elena ya no intentaba hablar. Solo gemía
contra el trapo, con la cara apoyada en la madera de la mesa.
Cuando se corrió, lo hizo con un gruñido sordo, clavando los
dedos en la cadera de Elena mientras le llenaba el culo de semen. Ella se
corrió casi al mismo tiempo. Las piernas le temblaron visiblemente, le fallaron
y tuvo que apoyarse completamente sobre la mesa para no caerse.
Víctor se quedó dentro de ella unos segundos más, respirando
agitado. Luego le sacó el trapo de la boca con cuidado y le soltó el brazo.
Elena se quedó tumbada sobre la mesa un momento, todavía
temblando. Luego se incorporó despacio, se giró y lo miró.
Tenía los ojos brillantes, el pelo revuelto y una expresión
extrañamente dulce.
—Gracias —dijo en voz baja.
Víctor la miró, todavía recuperando el aliento.
Elena sonrió, pequeña y sincera.
—Era una fantasía que no creía que pudiera hacer con mi
marido —añadió, casi en un susurro—. Gracias por… hacérmela.
Se quedó mirándolo un segundo más, todavía con restos de semen y mantequilla entre las piernas, y luego se inclinó hacia delante y le dio un beso suave en los labios.
Los dos se quedaron un par de minutos tirados en el suelo de
la cocina, recuperando el aliento. Elena estaba medio tumbada sobre el costado,
con el pelo revuelto y restos de semen y mantequilla entre los muslos. Víctor
tenía la espalda apoyada contra los muebles bajos. Ninguno de los dos hablaba.
Solo se oía el leve zumbido de la nevera y sus respiraciones todavía agitadas.
Elena fue la primera en moverse. Se incorporó con esfuerzo,
soltando un pequeño quejido.
—Vamos a tener que reponer fuerzas —dijo, pasándose una mano
por el pelo.
Se levantó despacio, todavía desnuda, y empezó a recoger lo
que se había caído de la mesa durante la follada: el bote de nata volcado, una
cuchara, un trapo. Lo fue poniendo todo con cierta pereza sobre una bandeja.
Cogió las tostadas que ya estaban frías en el tostador y las colocó en un
plato. Añadió la mantequilla, un poco de mermelada y dos tazas vacías.
Cuando terminó, cogió la bandeja y se dirigió hacia la
puerta del salón. Antes de salir, se giró y miró a Víctor, que seguía sentado
en el suelo.
—¿Vienes? —preguntó, con una sonrisa cansada pero juguetona.
Víctor se levantó sin decir nada y la siguió.
Se sentaron en el sofá del salón, los dos completamente
desnudos. Elena dejó la bandeja sobre la mesita y se acomodó con las piernas
cruzadas. Cogió una tostada fría, le puso mantequilla y se la ofreció a Víctor
antes de coger otra para ella.
Comieron en silencio durante un rato. Era un silencio
cómodo, de después del sexo. Elena fue la primera en romperlo.
—¿Y en casa? —preguntó, sin rodeos, mientras untaba
mermelada en su tostada—. ¿Siguen las cosas tan… excitantes con Valeria?
Víctor soltó una risa corta y sin humor. Se pasó una mano
por la cara.
—No —respondió—. Se nos ha ido un poco de las manos. Está
siendo complicado.
Elena lo miró de lado, curiosa.
—¿Qué ha pasado?
Víctor dudó un segundo, pero al final habló.
—Hemos abierto un poco la pareja. Con otra mujer. Y… no está
funcionando muy bien.
Elena levantó una ceja, interesada.
—¿Por el trío en sí o por la mujer?
Víctor se quedó callado un momento, mirando su tostada.
—Creo que por la mujer —dijo por fin.
Elena asintió despacio. Se lamió un poco de mermelada del
dedo y lo miró directamente.
—Pues si alguna vez quieres intentarlo de nuevo… yo estaría
encantada —dijo, sin ninguna vergüenza.
Víctor soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—¿Te pone Valeria? —preguntó, medio en broma.
Elena se quedó callada un segundo, como si estuviera
pensándolo de verdad por primera vez. Luego sonrió de forma lenta y algo
maliciosa.
—Nunca lo había pensado de esa forma… —reconoció—. Pero sí.
Me pone.
Dejó la tostada en el plato y se acercó un poco más a él en
el sofá. Extendió la mano y empezó a tocarle el pene con tranquilidad, casi
distraída, mientras seguía hablando.
—Me pone imaginarme follándomela —dijo en voz baja, sin
dejar de acariciarlo—. Tiene una cara muy seria, muy de “buena madre de
familia”… y me pone pensar en cómo se pondría si le metiera la lengua en el
coño. O en cómo gemiría si la follaran fuerte.
Víctor la miró. Elena seguía tocándolo con movimientos
lentos y constantes, sin prisa. La polla empezaba a endurecerse otra vez entre
sus dedos.
—Y me pone imaginarme viéndote follarla —continuó ella,
bajando un poco más la voz—. Verte cómo se la metes mientras yo estoy ahí,
mirándoos. O que me la folle a mí delante de ti.
Víctor ya estaba completamente duro. Elena sonrió al notarlo
y se subió encima de él sin decir nada más. Se agarró su polla, se colocó
encima y se la introdujo despacio, centímetro a centímetro, hasta que lo tuvo
todo dentro.
Ninguno de los dos hablaba mucho. Elena de vez en cuando
soltaba un gemido bajo o se inclinaba para besarlo. Víctor le agarraba las
caderas, ayudándola a moverse.
Estaban así, en un ritmo lento y constante, cuando sonó el
móvil de Víctor sobre la mesita.
Noa.
Elena miró hacia el teléfono y luego a Víctor, sin dejar de
moverse encima de él.
—¿Lo coges? —preguntó, casi sin voz.
Víctor dudó un segundo. Elena se inclinó hacia delante,
pegando su pecho contra el de él, y siguió moviéndose despacio mientras le
hablaba al oído.
—Cógelo —susurró—. No pasa nada.
Víctor alargó el brazo y contestó, todavía dentro de ella.
—¿Dime?
La voz de Noa sonaba urgente al otro lado.
—Víctor, tenemos un problema gordo. Se ha filtrado material
de la campaña. Los americanos ya lo han visto. Tienes que venir ahora mismo.
Elena se movió un poco más profundo, mordiéndose el labio
para no hacer ruido.
Víctor cerró los ojos un segundo.
—…Ahora mismo no puedo —respondió.
—Víctor, es serio —insistió Noa—. Es grave.
Elena se incorporó un poco y lo miró a los ojos mientras
seguía follándolo lentamente. Le sonrió con complicidad y movió las caderas con
más intención.
Víctor tragó saliva.
—…Voy para allá —dijo por fin.
Colgó.
Elena se quedó quieta encima de él un momento, todavía con
la polla dentro, y le pasó una mano por el pelo.
—Parece que el desayuno se ha terminado —dijo en voz baja,
con una sonrisa pequeña.
Se bajó de él con cuidado y se quedó sentada a su lado en el
sofá, todavía desnuda.
—Vete —añadió—. Ya nos veremos otro día.
Víctor se quedó mirándola un segundo más, luego se levantó y
empezó a vestirse
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