Con mamá en la playa nudista 4

Marcos abrió los ojos antes que ella. Se quedó un rato tumbado en su cama, escuchando el silencio del apartamento. No se oía nada. Ni el ruido del agua, ni pasos, ni la voz de su madre.

Se levantó en silencio y salió al pasillo. La puerta de la habitación de Laura estaba entreabierta. Se acercó sin pensar demasiado y miró dentro.

Estaba dormida.

Completamente desnuda, boca arriba, con una sábana enredada solo en un tobillo. Una pierna flexionada y la otra algo abierta. El pelo negro le caía revuelto sobre la almohada. Los pechos, pesados, se habían desplazado ligeramente hacia los lados con el peso. El vientre subía y bajaba con una respiración profunda y lenta. Más abajo,  los labios de la vagina se veían con claridad en la penumbra clara de la habitación.



Marcos se quedó parado en el umbral. Notó cómo se le secaba la boca. La polla se le empezó a endurecer dentro del calzoncillo casi de inmediato. Dio un paso más hacia dentro, sin llegar a entrar del todo. La observó con detalle: la forma de los pezones relajados, la pequeña curva del abdomen, el modo en que la luz le rozaba el muslo interior.

Pensó en tocarse ahí mismo. En bajarse el calzoncillo y masturbarse mirándola mientras ella dormía. La imagen le subió la excitación de golpe. Llegó a meter los dedos bajo la goma de la ropa interior. Estaba completamente duro.

Pero no lo hizo.

Se quedó unos segundos más mirándola, con el corazón latiéndole fuerte, y después dio un paso atrás. Cerró un poco más la puerta sin hacer ruido y se fue al baño. Se duchó con agua más fría de lo necesario, apoyando la frente en el azulejo, intentando que se le bajara la erección.

Cuando Laura salió de la habitación, ya casi eran las once. Llevaba un vestido fresco de tirantes y el pelo recogido a medias. Tenía cara de no haber dormido del todo bien. Encontró a Marcos en la cocina, preparando café.

—Buenos días —dijo ella, con una naturalidad un poco forzada.

—Buenos días.

Desayunaron en la terraza con el mínimo de palabras posibles. Ella miraba el mar. Él miraba la taza. La noche anterior seguía instalada entre los dos como un tercer cuerpo: la mamada, el sabor, la frase de ella (“ya no era solo ayudarte”). Ninguno la mencionó.

Al terminar, Laura dejó la taza y se estiró.

—Hay mercadillo en el pueblo esta mañana. Voy a bajar a ver si encuentro algo ligero para estos días. ¿Vienes?

Marcos asintió. No tenía muchas ganas de quedarse solo con sus pensamientos.

Bajaron al centro. El mercadillo ocupaba dos calles enteras: puestos de ropa, complementos, fruta, cosas de playa. Laura se detuvo en un puesto de vestidos baratos y empezó a mirar. Cogió varios, todos cortos.

—Voy a probarme estos.

El probador era poco más que una cortina de tela subjecta con pinzas a un armario improvisado. Laura entró. Marcos se quedó fuera, de pie, fingiendo mirar otras prendas. Desde donde estaba podía ver la silueta de su madre moviéndose detrás de la cortina cada vez que se cambiaba.

En el puesto de al lado había otra cortina. En ella entró una chica joven, rubia, con acento extranjero (alemán o holandés). Estaba probándose un top. En un momento, al ajustar la prenda, se le abrió un poco y Marcos pudo verle con claridad un pecho: pequeño, firme, el pezón claro. La chica se dio cuenta de que él miraba, pero no se tapó de inmediato. Solo sostuvo su mirada un segundo y después se volvió a cubrir con calma.

Marcos sintió cómo se le ponía dura de golpe. Se movió incómodo y trató de acomodarse el pantalón.

Justo entonces Laura abrió su cortina. Llevaba puesto un vestido blanco muy corto, casi demasiado. Se miró de frente y de lado.

—¿Qué te parece este, Marcos?

Marcos tardó un segundo en contestar. Ella bajó la vista y notó el bulto en el pantalón de su hijo. Levantó una ceja. Después miró de reojo hacia la chica rubia, que seguía en el puesto de al lado, y volvió la vista a Marcos con una media sonrisa.

—Si te gusta esa… —dijo en voz baja, casi divertida—, puedes invitarla a la playa esta tarde. Seguro que no dice que no.

Marcos se puso rojo de inmediato. Abrió la boca, no encontró nada que decir, y se giró de golpe.

—Voy a esperar fuera.

Salió del puesto sin mirar atrás, con la erección todavía marcada y una confusión caliente subiéndole por el cuello. Detrás de él oyó a su madre soltar una risa breve, baja, antes de volver a cerrar la cortina.

Volvieron al apartamento cerca de las dos. El calor apretaba ya de verdad. Laura dejó las bolsas del mercadillo junto al sofá y fue directa a la nevera. Sacó agua, pan, tomate y un poco de jamón. Prepararon algo rápido en la cocina y comieron en la mesa del salón, con el aire acondicionado a media potencia y el mismo silencio raro de por la mañana. Solo algún comentario mínimo sobre el calor o sobre si hacía falta comprar más hielo.

Marcos apenas miraba a su madre. Todavía le quemaba lo del probador: la chica rubia, la erección, y sobre todo la forma en que Laura se había dado cuenta y le había soltado lo de invitarla a la playa. Como si nada.

Estaban recogiendo los platos cuando sonó el móvil de Marcos.

La pantalla mostró la foto del padre.

Marcos se quedó mirándola dos segundos sin contestar. Laura, desde la cocina, levantó la vista.

—¿No vas a coger?

Él desbloqueó el teléfono y contestó.

—Sí.

La voz del padre sonó clara, demasiado cercana:

—Por fin. Llevaba desde ayer intentando localizarte. ¿Todo bien?

—Sí.

—¿Solo “sí”? ¿Cómo estáis? ¿La casa está bien? ¿Habéis bajado a la playa?

—Sí. Todo bien.

Hubo un silencio breve al otro lado. El padre cambió el tono, más serio.

—Mira, tengo que cerrar ya lo de Portugal. Te recojo el domingo por la mañana en Almería, como hablamos. He visto un par de sitios buenos para hacer surf cerca de Lagos. Va a estar bien.

Marcos apretó la mandíbula.

—No tengo ganas de ir.

—No es una cuestión de ganas, Marcos. Es lo que acordamos. Una semana con tu madre, una semana conmigo.

—Ya.

—Pásame con tu madre, por favor.

Marcos bajó el teléfono y se lo tendió a Laura sin mirarla.

—Quiere hablar contigo.

Laura se limpió las manos en un trapo, cogió el móvil y se quedó de pie en medio del salón.

—Dime.

La voz del padre se oyó lo bastante alta como para que Marcos captara el tono. Al principio fue educado. Después empezó a subir. Laura contestaba en voz baja al principio, contenida. Luego ya no.

—No estoy poniéndole en tu contra —dijo ella, más alta—. Está aquí conmigo y está bien. Eso es todo.

Se oyó la voz del padre, cortante. Laura se pasó una mano por la frente.

—¿Manipularlo? ¿Yo? Tú fuiste quien decidió largarse y montar su nueva vida. No me vengas ahora con sermones sobre lo que es mejor para él.

La discusión se enconó. Duró varios minutos. Marcos se quedó de pie junto a la mesa, oyendo cómo su madre intentaba mantener la calma y cómo al final la perdía. En un momento ella llegó a decir:

—Si tanto te preocupa, ven tú a buscarlo. Pero no me acuses de cosas que no son.

Al otro lado debieron contestar algo que la dejó sin aire. Laura cerró los ojos, apretó el teléfono y dijo solo:

—Adiós.

Colgó. Se quedó mirando la pantalla apagada durante unos segundos. Después dejó el móvil sobre la mesa baja, se sentó en el sofá y se tapó la cara con las dos manos.

Al principio no hizo ningún ruido. Solo tenía los hombros tensos. Después le empezó a temblar la respiración. Cuando se le escapó el primer sollozo, lo disimuló mal. Las lágrimas le corrieron entre los dedos.

Marcos la miró desde el otro lado del salón, quieto. Nunca la había visto llorar así. Ni siquiera cuando su padre se fue de casa.

Marcos se quedó mirándola un rato, sin moverse. Nunca la había visto llorar de esa forma: sin control, sin intentar disimularlo del todo. Al final cruzó el salón y se sentó a su lado en el sofá.

—Mamá… no llores.

Laura no contestó. Solo negó con la cabeza, todavía con las manos tapándose la cara. Él dudó un segundo y después le pasó un brazo por los hombros, torpe, y la atrajo un poco hacia sí. Ella se dejó hacer. El llanto le salía ahora más ahogado, contra su pecho.

—No es culpa tuya —murmuró Marcos—. Él siempre tiene que acabar así. No le hagas caso.

Laura soltó un sollozo más largo. Él le apartó el pelo de la cara con cuidado y, sin pensar demasiado, le besó la sien. Después la mejilla, donde tenía la piel mojada. El sabor salado de las lágrimas se le quedó en los labios. Volvió a besarla, más despacio, limpiándole las lágrimas con la boca. Laura se quedó quieta, respirando todavía de forma irregular.

Los besos bajaron. Marcos le rozó la mandíbula con los labios, después el cuello, justo debajo de la oreja. Notó que ella no se apartaba. Al contrario: inclinó un poco la cabeza, ofreciéndole más piel. Él siguió, más seguro ahora, abriendo la boca contra su cuello, dejando que la lengua rozara la piel caliente. Una de sus manos, que había estado en el hombro de ella, bajó casi sin que se diera cuenta y se posó sobre su pecho, por encima de la tela del vestido.

Laura soltó un temblor corto. No lo apartó.

Marcos notó el peso suave y pesado del pecho bajo su palma, el pezón endureciéndose contra los dedos a través de la tela. Acarició con más deliberación, rodeándolo, apretando un poco. Después enganchó el tirante del vestido con los dedos y lo bajó. La tela cedió. El pecho izquierdo quedó libre de golpe, pesado, la areola rosado-marrón contraída por el aire, el pezón duro. Él lo miró un segundo, respirando agitado, y volvió a besar a su madre en la boca mientras lo cogía con la mano entera, aplastándolo suavemente, notando cómo se desbordaba entre los dedos.

 Laura le devolvió el beso. Al principio fue solo aceptación, los labios blandos y salados por las lágrimas. Después empezó a responder de verdad: le abrió la boca, buscó su lengua y soltó un sonido bajo cuando él le pellizcó un poco el pezón. Marcos sintió un calor intenso subiéndole por la espalda. Con la otra mano le subió la falda del vestido hasta la cadera, le acarició el muslo interior —la piel caliente y suave— y llegó hasta la braga. Estaba claramente húmeda. Apartó la tela hacia un lado y le tocó el coño directamente. Los labios estaban hinchados y resbaladizos.

Cuando rozó el clítoris, a Laura se le escapó un gemido corto contra su boca.

Dejó de besarla solo el tiempo necesario para mirarla a la cara. Tenía los ojos cerrados, las mejillas todavía mojadas y la boca entreabierta. Él volvió a besarla con más fuerza mientras la masturbaba: el pulgar circulando el clítoris con presión firme, dos dedos abriéndola y metiéndose dentro con facilidad. Estaba caliente, estrecha, empapada. Laura levantó un poco las caderas para buscarlo y le agarró la nuca con una mano, clavándole los dedos en el pelo para no separarse de su boca.

El beso se volvió torpe, urgente. Ella gemía contra sus labios cada vez que él curvaba los dedos o le rozaba el clítoris con más rapidez. Marcos aceleró el movimiento, notando cómo el coño se le contraía alrededor de los dedos, cómo le temblaban los muslos. Laura se arqueó de pronto, le mordió el labio inferior sin querer y se corrió con un gemido largo y roto que él le ahogó en la boca. El cuerpo le sacudía en oleadas; el coño le apretaba los dedos con fuerza rítmica mientras ella seguía besándolo, desesperada, como si necesitara su boca para no hacer más ruido.

Marcos siguió tocarla más despacio, sacándole las últimas contracciones, hasta que el cuerpo de ella se fue aflojando. Se quedaron así unos segundos, frente con frente, respirando agitados. El vestido de Laura estaba bajado hasta la cintura, los pechos al aire brillantes de sudor, la falda subida hasta la cadera, la braga apartada y el coño todavía visible, húmedo y enrojecido. Marcos tenía los dedos relucientes.

Entonces Laura abrió los ojos. Lo miró como si de pronto reconociera exactamente lo que acababa de ocurrir. El color se le drenó de la cara. Apartó la mano de él de un manotazo, se subió el vestido con torpeza y se levantó del sofá casi de un salto.

—No… —dijo, con la voz completamente rota—. No.

Se fue directo a su habitación. La puerta se cerró de golpe. Un segundo después Marcos oyó el ruido claro del pestillo.




Comentarios

  1. Muy bueno el relato como siempre, aunque aquí la madre ha rejuvenecido un poco, jejeje, pero deseando leer como sigue.

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    1. Muchas gracias! Es complicado controlar a la IA, siempre tiene tendencia a hacer los personajes más jovenes, más guapos, más modelos... intentaré controlarlo para los próximos

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    2. No hay ningún problema. Lo disfruto igualmente.

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