Incesto en La Mancha 6

Dayana se despertó con el cuerpo pesado y la sensación de no haber descansado nada. Durante un rato se quedó quieta en la cama, mirando el techo, repitiendo mentalmente lo de la noche anterior: la boca de Mateo, el sabor, el semen caliente resbalándole por el pecho. Se pasó una mano por la cara y se obligó a levantarse.

Cuando salió al pasillo, Mateo estaba justo enfrente, saliendo de su habitación. Se miraron un segundo. Dayana fue la primera en apartar la vista. Pasó de largo sin saludarlo. Él se quedó parado, con la mandíbula apretada, sin saber si seguirla o no.

En el comedor, Elena ya había puesto el desayuno. Estaba de buen humor, hablando de lo bien que se había dormido y de los planes que tenía para el día. Alfredo bebía café con total naturalidad, como si la noche anterior no hubiera ocurrido nada fuera de lo común. Esa normalidad era precisamente lo que más incomodaba.

Camila apareció poco después. Tenía ojeras y el gesto cerrado. Saludó con un murmullo y se sentó lo más lejos posible de Alfredo sin que se notara demasiado. Cada vez que él hablaba, ella se tensaba un poco, como si el simple sonido de su voz le recordara cosas que prefería no pensar.

—¿Descansaron bien? —preguntó Elena, sirviendo café.

—Más o menos —contestó Dayana.

Mateo solo asintió. No había mirado a Dayana desde que se sentaron. Ella tampoco a él. El silencio entre los dos era denso, casi físico. En un momento, Mateo intentó pasarle el pan y los dedos se rozaron. Dayana retiró la mano como si se hubiera quemado.

Camila lo vio todo. No dijo nada, pero frunció un poco el ceño.

Alfredo, desde el otro lado de la mesa, observaba la escena con esa calma suya tan particular. No hizo ningún comentario. Solo sonrió levemente por encima de la taza de café y siguió desayunando como si el ambiente enrarecido no tuviera nada que ver con él.

La mañana avanzaba lenta. Mateo y Camila salieron a tomar el sol y refrescarse en la piscina mientras Dayana prefirió retirarse a su habitación.

Antes de comer, Mateo subió a cambiarse y se cruzó con Dayana cuando ella salía de su habitación. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y la cara todavía marcada por la mala noche.

—Dayana… —empezó él, bajando un poco la voz—. ¿Podemos hablar?

Ella intentó esquivarlo.

—Ahora no.

—Solo un momento —insistió, poniéndose delante—. Sobre anoche…

Dayana se detuvo en seco. Lo miró con una mezcla de cansancio y rabia contenida.

—¿Qué quieres que te diga, Mateo? ¿Que estuvo bien? ¿Que lo volvamos a hacer?

—No… solo quiero que hablemos. No me ignores.

Ella soltó una risa corta, amarga.

—¿Hablar? ¿De qué? ¿De cómo te aprovechas de que vivimos bajo el mismo techo? Eres un baboso. Un puto baboso.

Mateo se quedó quieto, como si le hubiera pegado.

—Dayana…

—No. Escúchame bien —siguió ella, clavándole los ojos—. Tú no andas detrás de tus hermanas porque te gustemos. Lo haces porque no tienes a nadie más. ¿Tú crees que alguna mujer de fuera se te acercaría? Ni con un palo. Das pena. Estás patético. Lo único que sabes hacer es mirarnos dormir y después venir a pedir que te la chupemos, porque no tienes a nadie más que te haga ni puto caso.

La voz se le había subido sin que se diera cuenta. Respiraba agitada. Mateo tenía los ojos brillantes, la mandíbula apretada tan fuerte que se le marcaban los músculos del cuello. No contestó. Se le escapó un temblor en el mentón, dio media vuelta y se fue pasillo abajo casi a paso de carrera, limpiándose la cara con el dorso de la mano.

Dayana se quedó sola en el pasillo.

Durante unos segundos siguió de pie, con el corazón latiéndole fuerte y las manos temblando. Después se apoyó contra la pared y cerró los ojos. La rabia se le estaba bajando y, en su lugar, empezaba a subirle algo mucho peor: la sensación de haberle dado una patada a alguien que ya estaba en el suelo.

—Coño… —susurró para sí misma.

Se pasó las manos por la cara, respiró hondo un par de veces y se dirigió hacia las escaleras. Tenía que encontrarlo.

Dayana bajó las escaleras todavía con el nudo en el estómago. No sabía exactamente qué iba a decirle, solo que no podía dejarlo así. Primero miró en el salón. Después en el porche. No estaba.

Se dirigió hacia la cocina. Al acercarse escuchó un ruido sordo, rítmico, que venía de la despensa. La puerta estaba entreabierta. Empujó con cuidado.

Lo que vio la dejó clavada en el sitio.

Lucía estaba de cara a la pared, con las manos apoyadas en ella y la falda subida hasta la cintura. No llevaba bragas. Mateo la sujetaba por las muñecas, clavándoselas contra la pared, y la follaba desde atrás con embestidas profundas y constantes. El sonido húmedo de los cuerpos y la respiración agitada de los dos llenaban el pequeño espacio. Lucía tenía los ojos cerrados y mordía el labio para no gemir demasiado alto.



Mateo levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los de Dayana.

No se detuvo.

Siguió embistiendo a Lucía con la misma fuerza, sin apartar la mirada de su hermana. Había algo oscuro y cargado en su expresión: deseo, rabia y una especie de desafío silencioso. Cada vez que empujaba dentro de Lucía, mantenía los ojos fijos en Dayana, como si quisiera que viera cada movimiento, como si le estuviera devolviendo con creces todas las palabras que ella le había dicho minutos antes.

Dayana sintió que se le helaba la sangre. Abrió la boca, pero no le salió ningún sonido. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que le dolía. No podía dejar de mirar cómo la polla de su hermano entraba y salía del coño de Lucía, cómo la empujaba contra la pared una y otra vez.

Mateo no dijo nada. Solo siguió follándola, respirando pesado, sin dejar de mirar a Dayana. Aceleró un poco el ritmo, como si quisiera que ella viera exactamente hasta dónde era capaz de llegar.

Dayana dio un paso atrás, cerró la puerta con mano temblorosa y se alejó por el pasillo lo más rápido que pudo sin echar a correr. No miró atrás. Llegó al salón con las piernas flojas y la respiración todavía irregular. Tenía la sensación de que el corazón se le iba a salir del pecho. Se detuvo en medio de la habitación, sin saber muy bien qué hacer, cuando escuchó pasos a su espalda.

Camila apareció por el pasillo.

—¿Viste a Mateo? —preguntó—. Lo estoy buscando.

Dayana abrió la boca, pero no llegó a contestar.

—Está en la despensa —dijo una voz tranquila a su izquierda.

Alfredo estaba apoyado en el marco de la puerta que daba al comedor, con las manos en los bolsillos y la misma calma de siempre. Sonrió levemente.

—Lo vi hace un momento. Estaba ayudando a Lucía a terminar la comida.

Camila frunció un poco el ceño, como si la explicación no le terminara de encajar, pero no dijo nada. Alfredo se acercó a ella con naturalidad, le puso una mano en la cintura y la orientó suavemente hacia el comedor.

—Vamos, que ya casi está todo listo. Mejor esperamos ahí.

Camila dejó que la guiara, aunque lanzó una última mirada a su hermana por encima del hombro. Dayana se quedó quieta en el salón, todavía pálida, sin desmentir una sola palabra de lo que Alfredo había dicho.

Pocos minutos después apareció Mateo.

Entró en el comedor con la cara todavía sonrojada y el pelo un poco revuelto. Evitó mirar a Dayana. Se sentó en silencio, con la espalda rígida, y se dedicó a beber agua como si le fuera la vida en ello.

Alfredo lo observó por encima del borde de su vaso, con una media sonrisa.

—¿Todo bien? —preguntó con tono casual—. ¿Estaba rica la comida?

Mateo se atragantó casi con el agua. Toseó un poco, rojo hasta las orejas, y asintió sin levantar la vista.

—Sí… ahora trae Lucía el resto.

Dayana apretó los cubiertos con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. No dijo nada. Tenía la imagen de Mateo embistiendo a Lucía todavía quemándole detrás de los ojos. Cada vez que él se movía en la silla, ella lo notaba.

Camila, sentada frente a ella, miraba de un lado a otro, notando que había algo raro en el ambiente pero sin terminar de pillar el qué.

Lucía apareció poco después con la comida. Tenía el pelo un poco desordenado y evitaba mirar a nadie a la cara. Dejó los platos sobre la mesa con profesionalidad y se retiró en silencio. Mateo no levantó la vista en ningún momento.

Durante el almuerzo, Alfredo mantuvo su tono amable y relajado. Hablaba con Elena de cosas de la casa y de la boda, pero de vez en cuando lanzaba algún comentario en dirección a Camila. Nada demasiado evidente. Una broma sobre lo bien que le quedaba el vestido. Una pregunta sobre si le gustaba más el campo o la ciudad, mirándola un segundo de más. En un momento, al pasarle el pan, dejó la mano sobre la de ella un instante más largo de lo necesario.

Camila se puso tensa, pero no retiró la mano de inmediato. Solo cuando él la soltó se dedicó a cortar la carne con demasiada concentración.

Dayana apenas habló. Comía despacio, sin saborear nada. Elena, ajena a todo, seguía la conversación con normalidad, contenta de tener a la familia reunida alrededor de la mesa.

La comida transcurrió así: entre silencios demasiado largos, miradas que se evitaban y la calma artificial que Alfredo imponía sobre todos. En cuanto pudieron, cada uno inventó una excusa para levantarse de la mesa.

Dayana se encerró en su habitación. Se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando la pared durante un buen rato. No tenía ganas de ver a nadie. La imagen de Mateo follando a Lucía mientras la miraba seguía repitiéndose una y otra vez.

Mateo desapareció hacia el jardín. Se le vio deambular entre los árboles sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha.

Camila intentó ayudar a Lucía a recoger, pero la chica de servicio apenas le dirigía la palabra y se notaba tensa. Al final Camila también terminó retirándose a su habitación. Se tumbó boca arriba, con el móvil en la mano sin mirarlo, repasando una y otra vez el momento en que Alfredo le había puesto la mano en la cintura y la había guiado hacia el comedor como si ya le perteneciera.

La tarde pasó lenta.

Por la ventana se fue colando la luz dorada del atardecer y después la penumbra. Elena bajó un momento a avisarle a Lucía de que podían dejar algo ligero preparado por si alguien tenía hambre más tarde, y después se retiró pronto a su habitación, quejándose de cansancio.

Poco a poco la casa se fue quedando en silencio.

Cuando ya era de noche cerrada, Camila seguía vestida, sentada en el borde de su cama, escuchando los ruidos lejanos de la casa. El corazón le latía con una mezcla rara de miedo y expectación que no sabía cómo interpretar.

Entonces la puerta de su habitación se abrió. Alfredo entró con la misma naturalidad con la que hacía todo. Cerró detrás de él y se quedó unos segundos en silencio, mirándola. Camila no se movió. Solo apretó más fuerte las manos sobre los muslos.

—Anoche te vi —dijo él por fin, con voz baja—. En el pasillo. Mirando.

Camila sintió un vacío en el estómago. No contestó. Quiso decirle que se fuera, que no se atreviera, pero la voz no le salía.

—Pensé que, si tenías tanta curiosidad… quizás querías verlo desde más cerca.

Se acercó sin prisa. Se detuvo justo delante de ella. Camila levantó la vista. Había algo en su expresión que la dejó sin aire: no era deseo descontrolado. Era seguridad. Como si esta conversación ya la hubiera tenido mil veces en la cabeza.

Se quitó del todo los pantalones y la ropa interior, sin ninguna prisa. Su polla salió ya hinchada, pesada, medio dura. Agarró la muñeca de Camila y le puso la mano encima, obligándola a cerrar los dedos alrededor.

—Tócala.

Estaba caliente. Más gruesa de lo que ella había imaginado. Camila tragó saliva. Quiso retirar la mano, pero él no la soltó de inmediato. La guió un poco, mostrándole el ritmo que quería, y después la dejó hacer. Mientras ella lo masturbaba con movimientos torpes e inseguros, él le metió la otra mano entre las piernas, por encima del pantalón, y le presionó el coño con la palma. Camila soltó un temblor involuntario. El cuerpo le respondía más rápido de lo que ella quería admitir.

Él frotó en círculos lentos, notando cómo la tela se iba humedeciendo bajo sus dedos. Camila apretó más fuerte la polla que tenía en la mano, entre la vergüenza y una excitación que le subía por la espalda como un calor traicionero.


Al cabo de un rato le desabrochó el botón del pantalón, bajó la cremallera y le metió la mano dentro, por debajo de la braga. Camila abrió un poco las piernas sin darse cuenta. Alfredo le separó los labios con dos dedos y le acarició el clítoris directamente, con una presión firme y constante. Ella apretó más fuerte la polla y soltó un jadeo bajo. Él le metió un dedo dentro, después otro, y empezó a moverlos con ritmo mientras el pulgar seguía rozándole el clítoris.

Camila tenía la cabeza un poco echada hacia atrás y los ojos entrecerrados. Respiraba por la boca. Odiaba lo fácil que se le estaba poniendo el cuerpo. Odiaba que él lo notara.

Alfredo la masturbó así un buen rato, sin prisa, hasta que notó que los muslos le temblaban y que el coño se le contraía alrededor de sus dedos. Entonces se arrodilló.

La desnudó completamente. Con las manos le abrió más los muslos, exponiéndola por completo. El olor de su excitación subió entre los dos, cálido y húmedo. Alfredo no dijo nada. Se quedó un segundo mirando su coño, ya brillante de fluidos, antes de inclinarse y hundir la cara entre sus piernas.

Pasó la lengua despacio, de abajo arriba, abriéndole los labios con un movimiento largo y deliberado. Camila se arqueó de inmediato y tuvo que apoyarse en los codos, soltando un temblor. Él lamió otra vez, más lento todavía, explorando cada pliegue, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La punta de la lengua le rozó el clítoris de pasada y a Camila se le escapó un jadeo bajo.


Alfredo se centró entonces en ese punto. Empezó a dar vueltas pequeñas y firmes alrededor del clítoris, sin tocarlo del todo al principio, solo rozándolo, hasta que Camila empujó las caderas hacia delante buscando más contacto. Él se lo concedió. Cerró los labios alrededor del botón hinchado y lo chupó con suavidad, alternando entre succionar y pasar la lengua plana por encima. Camila soltó un gemido ahogado y tiró la cabeza hacia atrás.

Sin dejar de lamerla, Alfredo le metió un dedo dentro. El coño estaba empapado y se lo tragó con facilidad. Añadió un segundo dedo y empezó a moverlos con ritmo lento, curvándolos un poco hacia arriba mientras la lengua seguía trabajando el clítoris. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo se mezcló con el de su boca. Camila ya no podía quedarse quieta. Sus caderas se movían solas, empujando contra la cara de Alfredo, buscando más presión, más profundidad.

Él aceleró. La lengua se volvió más rápida y firme sobre el clítoris, y los dedos empujaban más hondo, más constantes. Camila respiraba a bocanadas, mordiéndose el labio inferior con fuerza para no gemir demasiado alto. Cada vez que Alfredo chupaba con más intensidad, un temblor le recorría los muslos. El placer se le estaba acumulando bajo el vientre, caliente y pesado, hasta volverse casi insoportable.

De pronto se tensó por completo. Los muslos se le cerraron alrededor de la cabeza de Alfredo, la espalda se le arqueó y un gemido largo, tembloroso y roto se le escapó contra el dorso de la mano. El orgasmo le sacudió el cuerpo en oleadas, apretándole el coño alrededor de los dedos de Alfredo mientras él seguía lamiendo, más suave ahora, alargándole el placer hasta que a Camila le temblaron las piernas y tuvo que empujarle la cabeza porque el clítoris le ardía de sensibilidad.

Alfredo se levantó.  Su polla estaba completamente dura, gruesa, con la cabeza brillante de fluidos. Empujó a Camila hacia atrás hasta dejarla tumbada en el centro de la cama y se colocó entre sus piernas, abriéndoselas con las rodillas. Agarró su polla por la base y la frotó despacio contra la entrada empapada del coño de Camila, subiendo y bajando el glande entre los labios hinchados, untándose con su humedad. Lo hizo varias veces, disfrutando de la forma en que ella se removía buscando más contacto. Después apoyó la punta justo en la entrada y empujó.

Entró despacio, centímetro a centímetro. Camila abrió la boca en un sonido sin voz, los ojos muy abiertos. Estaba apretada, caliente y resbaladiza. Alfredo sintió cómo el coño se le iba abriendo alrededor de la polla, tragándoselo poco a poco. Se detuvo a mitad de camino, respirando hondo, y después empujó el resto de una sola embestida lenta hasta hundirse por completo. Camila soltó un gemido roto. Él se quedó quieto hasta el fondo, disfrutando de las contracciones involuntarias de ella alrededor de su polla, del calor que lo envolvía hasta la base.

Después empezó a moverse.

Sacó casi toda la longitud y volvió a entrar con la misma lentitud controlada. Follaba con embestidas profundas y pesadas. Cada vez que tocaba fondo, la cadera de Camila temblaba y se le escapaba un gemido bajo. Alfredo cambió un poco el ángulo, levantándole un muslo, y de pronto empezó a rozar un punto dentro de ella que hizo que Camila abriera más la boca y soltara un sonido más agudo. Él se centró ahí. Empezó a golpear ese punto una y otra vez, con ritmo constante, profundo, sin acelerar todavía.


El sonido de la piel chocando contra la piel se volvió más claro, más húmedo. Se oía el leve chapoteo de su polla entrando y saliendo del coño empapado. Camila tenía la cara echada hacia un lado, la boca abierta, el ceño fruncido por el placer. Cada vez que Alfredo empujaba hasta el fondo, se le escapaba un gemido entrecortado.

Él se inclinó sobre ella, apoyando el peso en una mano junto a la cabeza de Camila, y con la otra le bajó el tirante del top. Sacó un pecho y se lo metió en la boca sin dejar de embestirla. Chupó el pezón con fuerza, lo mordisqueó, lo estiró un poco con los labios. Camila se arqueó y le clavó los dedos en los hombros, soltando un jadeo más alto. Alfredo cambió de pecho, lamiendo el otro pezón antes de chuparlo con la misma intensidad, mientras las caderas seguían moviéndose con ese ritmo profundo y constante que no le daba respiro.


Al cabo de un rato se incorporó de nuevo. Le agarró las piernas por detrás de las rodillas y se las subió hasta apoyárselas en los hombros, doblándola casi por la mitad. En esa posición entró todavía más hondo. Camila soltó un gemido largo y tembloroso. Alfredo empezó a follarla más fuerte, con embestidas más cortas y pesadas, golpeando fondo una y otra vez. El sonido se volvió más sucio, más rápido. Camila ya no intentaba callarse del todo. Gemía cada vez que él tocaba el punto más profundo, con la voz rota y los ojos vidriosos. El coño se le contraía a ráfagas alrededor de la polla de Alfredo, apretándolo, succionándolo, y él gruñía bajo al sentirlo.


—Así… —murmuró él, casi para sí, con la voz engolada—. Muy bien.

La folló con más fuerza, sin perder del todo el control, hasta que sintió que el cuerpo de Camila se volvía a tensar debajo de él. Los muslos le temblaban contra su pecho. Alfredo aceleró, dándole embestidas cortas, profundas y rápidas, concentradas en ese punto que la estaba volviendo loca. Camila se corrió por segunda vez con un gemido más agudo y tembloroso, el cuerpo sacudido por oleadas, el coño apretándole la polla con fuerza en cada contracción.

Alfredo no aguantó mucho más. Se hundió hasta el fondo, se quedó clavado y se corrió dentro de ella con un gruñido largo y bajo. Se vació a pulsos, profundo, mientras el coño de Camila seguía ordeñándole la polla con las últimas sacudidas del orgasmo. Se quedaron así varios segundos, unidos, respirando agitados, el sudor resbalándoles por la piel.

Cuando por fin se retiró, lo hizo despacio. La polla salió brillante y el semen empezó a resbalarle a Camila entre los muslos, espeso y caliente, manchándole la piel.

Él se levantó sin decir nada. Se limpió con un pañuelo, se volvió a poner la ropa interior y los pantalones, y se abrochó el cinturón con la misma calma de siempre. Camila seguía tumbada, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando rápido, sin capacidad todavía de moverse.

Alfredo se detuvo un momento en la puerta. La miró por encima del hombro.

—Duerme bien, Camila.

Salió y cerró sin hacer ruido.

Camila se quedó sola en la penumbra, sintiendo el semen resbalarle por la piel y el eco de las embestidas todavía latido entre las piernas. No sabía si quería llorar, reír o volver a tocarse. Solo sabía que algo se había roto esa noche… y que una parte de ella no quería que se arreglara.

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