La gitana y el señorito (Capítulo 6)

Antes del amanecer, cuando la mayoría de los gitanos ya se habían retirado a sus chozas y solo quedaban algunos hombres alrededor de la hoguera, Rafael bajó de nuevo. Iba solo. Se movió con sigilo hasta la choza de la familia de Carmen. Esperó escondido hasta que vio a Paco salir un momento. Entonces entró.

Lola estaba dentro, ayudando a su madre a recoger algunas cosas. Al verlo aparecer en la entrada, se quedó paralizada. Carmen se giró y su rostro palideció al instante.

—Señorito… —empezó a decir, pero Rafael no la dejó terminar.

Se abalanzó sobre Lola, la agarró con fuerza por un brazo y la sacó de la choza antes de que pudiera reaccionar. Lola abrió la boca para gritar, pero Rafael le tapó la boca con la mano y la obligó a caminar hacia el Land Rober aparcado en el camino principal.

Carmen salió detrás de ellos, alarmada. Al ver que Rafael se llevaba a su hija, se lanzó hacia adelante e intentó agarrarlo del brazo.

—¡Suéltala! —suplicó en voz baja pero desesperada.

Rafael se detuvo y se giró hacia ella. Con la mano libre la agarró del cuello del vestido y la empujó con fuerza contra la pared de la choza. Carmen golpeó la espalda contra la madera y se quedó sin aire por un segundo.

Rafael se acercó a su cara y le habló en un tono bajo, frío y amenazante:

—Si das un paso más o abres la boca para avisar a alguien —dijo despacio—, mañana mismo echo a toda tu familia de esta finca. A Paco, a ti, a los niños… a todos. Y os aseguro que no encontraréis trabajo en ninguna finca de la comarca.

Carmen lo miró con los ojos muy abiertos, paralizada por el miedo. Sabía que Rafael podía cumplir esa amenaza. Un señorito de su posición tenía poder suficiente para arruinarles la vida de un día para otro.

Rafael la mantuvo sujeta un segundo más, clavándole la mirada, hasta asegurarse de que había entendido. Luego la soltó bruscamente. Carmen se quedó apoyada contra la pared de la choza, temblando, sin atreverse a moverse ni a gritar mientras veía cómo Rafael se llevaba a Lola en el coche.

Aparcaron enfrente del viejo almacén de aperos. Estaba oscuro y olía a madera vieja y a aceite. Rafael la empujó hacia el interior del almacén y cerró la puerta con una tabla. Lola retrocedió hasta chocar contra una pila de sacos viejos. Tenía los ojos muy abiertos y respiraba agitadamente. Cuando Rafael se acercó, ella intentó rodearlo para llegar a la puerta, pero él la agarró por el brazo y la tiró al suelo con fuerza.

Lola cayó de espaldas sobre los sacos. Intentó incorporarse de inmediato, pero Rafael ya estaba encima de ella. Le subió el vestido hasta la cintura con violencia, rasgando la tela en varios puntos. Lola forcejeaba con todas sus fuerzas, pataleando y empujándolo en el pecho y la cara. Rafael le sujetó las muñecas con una mano y se las clavó por encima de la cabeza contra los sacos.

—Quédate quieta —gruñó.

Lola negó con la cabeza, llorando. Las lágrimas le resbalaban por las sienes y se le metían en el pelo. Rafael le separó las piernas a la fuerza con la rodilla y se colocó entre ellas sin ninguna delicadeza. Se bajó los pantalones con una mano y sacó la polla, ya completamente dura. Cuando Lola sintió que la rozaba entre las piernas, volvió a forcejear con desesperación, pataleando y arqueando la espalda para intentar apartarse.

Rafael empujó una vez. No entró. Empujó otra vez, con más fuerza. Lola soltó un grito ahogado, ronco, cuando la cabeza de su polla consiguió abrirla. Era virgen, y la penetración fue seca, brutal y dolorosa. Rafael gruñó con satisfacción al notar la resistencia de su cuerpo y siguió empujando sin piedad, centímetro a centímetro, hasta que consiguió hundirse completamente dentro de ella de un solo golpe largo y profundo.


Lola arqueó la espalda violentamente y soltó un gemido roto de dolor. Las lágrimas le caían sin control, resbalándole por las sienes y cayendo sobre los sacos viejos. Intentó cerrar las piernas por instinto, pero Rafael se lo impedía con su propio cuerpo, manteniéndola abierta mientras empezaba a follarla con embestidas duras y profundas. La sujetaba con fuerza por las caderas, clavando los dedos en su piel para impedir que se moviera. Cada vez que entraba hasta el fondo, el cuerpo de Lola se tensaba de forma brutal y un gemido entrecortado se le escapaba entre los sollozos. Su interior era estrecho, caliente y seco, y la fricción era intensa y dolorosa.

—Duele… por favor… —suplicó ella entre sollozos, con la voz rota.

Rafael no se detuvo. La folló durante un buen rato en esa posición, sin dejar de mirarla a la cara. Le gustaba verla llorar. Le gustaba ver cómo sus ojos se llenaban de lágrimas y cómo su expresión se deformaba de dolor con cada embestida. La sujetaba con fuerza por las caderas, tirando de ella hacia él cada vez que empujaba, como si quisiera hundirse aún más profundo.

El vestido de Nochebuena estaba arrugado y parcialmente subido hasta la cintura. Rafael se lo había levantado de cualquier manera al principio, dejando su cuerpo joven y firme completamente expuesto. Sus pechos, todavía cubiertos por la tela oscura del vestido, se movían ligeramente con cada embestida. Eran pechos altos y redondos, propios de una chica de dieciocho años, y los pezones se marcaban contra el algodón por la tensión y el frío del almacén. Cada vez que Rafael entraba con fuerza, el cuerpo de Lola se sacudía hacia delante y sus pechos se agitaban bajo la tela.

Después de un rato, Rafael la obligó a darse la vuelta. La agarró con rudeza por el brazo y la obligó a ponerse a cuatro patas sobre los sacos viejos. Con un movimiento brusco, le subió el vestido hasta la espalda, dejando su culo y su coño completamente al descubierto. El vestido se le quedó enrollado bajo los brazos, apretando y levantando sus pechos, que ahora colgaban pesados y libres debajo de ella, balanceándose con cada movimiento.

Rafael se colocó detrás de ella y la penetró de nuevo de un solo empujón. Lola soltó un gemido ahogado cuando la invadió desde atrás. Empezó a follarla con embestidas fuertes y rítmicas, sujetándola con fuerza por las caderas para impedir que se moviera. Cada vez que entraba hasta el fondo, el cuerpo de Lola se sacudía hacia delante y sus pechos se balanceaban pesadamente debajo de ella.

Rafael le agarró el pelo con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás, y empezó a follarla con más rudeza. Lola ya apenas forcejeaba. Seguía llorando, pero sus brazos apenas tenían fuerza para sostener su propio peso. Su respiración era entrecortada, rota por los sollozos, y cada vez que Rafael tiraba de su pelo y embestía con fuerza, ella soltaba un gemido ahogado de dolor que se perdía entre las lágrimas. Su cuerpo joven y delgado se tensaba violentamente con cada embestida, pero ya no tenía fuerzas para resistir.


Rafael la observaba con la mirada fija en su espalda arqueada y en la forma en que sus pechos se movían debajo de ella. Le gustaba ver cómo su cuerpo, todavía en esa etapa intermedia entre la adolescencia y la madurez, se sacudía con cada golpe. Le gustaba sentir cómo su coño estrecho y virgen se apretaba involuntariamente alrededor de su polla cada vez que entraba hasta el fondo, como si intentara expulsarlo aunque ya no tuviera fuerzas para hacerlo.

Cuando por fin sintió que se acercaba al orgasmo, Rafael la obligó a darse la vuelta de nuevo. La empujó sobre los sacos, la puso de espaldas y se colocó encima de ella. Empezó a follarla con embestidas cada vez más rápidas y brutales, clavando los dedos en sus caderas con tanta fuerza que le dejaba marcas. Lola soltaba pequeños gemidos de dolor con cada golpe, ya sin fuerzas para suplicar. Rafael se corrió dentro de ella con un gruñido largo y profundo, apretando los dientes mientras eyaculaba. Se quedó quieto unos segundos, respirando con dificultad, todavía enterrado en su interior.



Se quedó varios minutos encima de su cuerpo, respirando con dificultad. Lola ya no lloraba. Tenía los ojos abiertos, mirando hacia un lado, con la mirada completamente vacía. Las lágrimas seguían cayendo, pero sin hacer ruido.

Rafael se levantó despacio. Se terminó de quitar la ropa y sacó una petaca de metal del bolsillo interior de su chaqueta. Se la llevó a los labios, dio un largo trago y luego se la ofreció a Lola.

—Bebe —le dijo.

Lola no respondió. Seguía mirando hacia un lado, con la mirada perdida y las lágrimas cayendo en silencio. Parecía completamente ida, tumbada de lado sobre los sacos, con el vestido rasgado, las piernas abiertas y manchadas de sangre y semen. No se movía. Parecía ajena a todo lo que la rodeaba.


Rafael se encogió de hombros.

—Como quieras.

Se agachó y termino de desnudarla. Era la primera vez que la veía completamente desnuda.

Lola tenía el cuerpo joven y delgado, todavía en esa etapa intermedia entre la adolescencia y la madurez. Su piel era morena y suave, con algunas marcas más claras en los hombros y la parte superior de los pechos donde el sol no llegaba. Tenía vello oscuro y algo abundante en el pubis, sin recortar. Sus pechos eran redondos y firmes, de tamaño medio, con los pezones oscuros y pequeños. Su cintura era estrecha y sus caderas aún no estaban del todo desarrolladas. Tenía las piernas largas y delgadas, y un ligero vello oscuro en las pantorrillas. Su cuerpo entero transmitía una mezcla de juventud y fragilidad.


Rafael se acurrucó a su lado. Le apartó el pelo de la cara con una extraña delicadeza y empezó a besarle el cuello. Luego bajó una mano hasta sus pechos y los acarició con suavidad, pellizcando ligeramente los pezones. Con la otra mano le rozó el clítoris. Intentaba excitarla.

Lola no reaccionó. Seguía inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del techo. Ni siquiera parpadeaba con normalidad.

Rafael siguió besándole el cuello y susurrándole al oído:

—Tranquila… yo cuidaré de ti. Nunca tendrás que volver a trabajar en el campo. Te daré todo lo que necesites. Y a los hijos que tengamos también los cuidaré. No tendrás que preocuparte de nada.


Lola no respondió. Su cuerpo estaba blando, casi como si estuviera dormida. Rafael intentó besarla en los labios, pero ella ni siquiera giró la cabeza.

Frustrado por su falta de reacción, Rafael se incorporó. Le agarró las piernas por debajo de las rodillas y se las levantó, colocándoselas sobre sus hombros. Luego se inclinó sobre ella y la penetró de nuevo. Esta vez lo hizo más lento, pero mucho más profundo. Cada embestida era larga y deliberada, como si quisiera llegar hasta el fondo de su cuerpo.

Follarla así era como follarse a una muerta. Lola no reaccionaba. No gemía, no se tensaba, no intentaba apartarse. Solo estaba allí, con los ojos abiertos y completamente vacíos, mirando hacia un lado sin parpadear. Su cuerpo se movía por inercia, pero no había vida en ella. Ni resistencia, ni entrega. Solo ausencia.

Rafael sintió cómo la rabia y la frustración le subían por el pecho. La quería. Era suya. Le pertenecía. Estaba dispuesto a cuidarla, a protegerla, a no compartirla con nadie… pero ella ni siquiera lo miraba. Ni siquiera parecía darse cuenta de que él estaba dentro de ella.

Molesto, bajó las piernas de Lola de golpe y la agarró por la cintura. Con un movimiento brusco la dio la vuelta, dejándola boca abajo sobre los sacos. Se colocó detrás de ella, le separó las piernas con las rodillas y volvió a penetrarla. Esta vez lo hizo desde atrás, con un ritmo constante y profundo. Se inclinó sobre su espalda y empezó a besar y morder suavemente la piel de su cuello y sus hombros, como si intentara arrancarle alguna reacción.

Lola seguía sin responder. Solo se movía por el impulso de las embestidas, con la cara de lado contra los sacos y la mirada perdida. Sus brazos estaban extendidos a los lados, inertes. Ya no lloraba. Ya no suplicaba. Solo estaba allí, vacía.


Rafael siguió follándola durante varios minutos, cada vez más rápido y con más fuerza, clavando los dedos en sus caderas. Cuanto menos reaccionaba ella, más rabia y deseo sentía él. Finalmente, con un gruñido contenido y profundo, se corrió dentro de ella. Se quedó apoyado sobre su espalda unos segundos, respirando con dificultad, todavía enterrado en su interior. Luego se retiró lentamente.

Rafael se vistió en silencio. Lola apenas podía andar. La ayudó a vestirse como pudo y la sacó del almacén. Eran casi las cinco de la mañana. La llevó de vuelta hasta cerca de las chozas y la soltó. Lola se quedó de pie, temblando, sin mirarlo.

—Vete a tu choza —le dijo él en voz baja.

Lola caminó despacio hacia las chozas, con pasos inestables y la mirada fija en el suelo. El vestido de Nochebuena estaba arrugado y manchado, y cada movimiento parecía costarle esfuerzo. Rafael se quedó de pie, observándola en silencio hasta que su figura se perdió entre las sombras de las chozas. Solo entonces se movió. Subió al cortijo con paso firme, entró en su habitación y se aseó con rapidez, como si quisiera borrar cualquier rastro de lo que acababa de hacer. Cogió algunas pertenencias, bajó al coche y arrancó. Antes de que amaneciera, ya había dejado el cortijo atrás.

Se fue directamente a Sevilla. Se instaló en casa de sus tíos y se quedó allí casi dos meses. Mientras él estaba en Sevilla, su padre se encargó de anunciar formalmente el compromiso con Isabel. La noticia se publicó en los periódicos locales y se celebró una pequeña recepción en la finca de los padres de la novia.

Nadie en el cortijo, excepto Carmen, Paco y Lola, sabía lo que había ocurrido aquella noche en el almacén. Y nadie dijo nada.

Capitulo 7 (próximamente)

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