La Campaña (Capítulo 22)

 Víctor despertó con la boca seca y la polla ya medio dura contra el bóxer. Valeria se giró hacia él, le rozó el pecho con los dedos y le dio un beso lento en la comisura de la boca, casi tierno. Luego se apartó antes de que él pudiera agarrarla.

—Bon dia —murmuró contra su piel, voz ronca y baja—. Encara estàs en quarantena. Avui comença de debò la prenda. Estigues atent.

Se levantó sin más. Víctor se quedó mirando el techo, el pulso latiéndole en las sienes.

Llevó a Lucas al colegio bajo el sol ya fuerte de media mañana. El patio estaba lleno de gritos de niños y grupos de madres charlando. Víctor sujetaba la mochila de su hijo con una mano mientras Lucas correteaba delante, impaciente por entrar.

En la puerta coincidió con Elena. Ella venía caminando desde el otro lado del patio, sudadera oversize gris que no conseguía ocultar del todo las curvas generosas, leggings negros abrazando los muslos y el culo redondo. El pelo rubio recogido en una coleta alta, algunos mechones sueltos pegados al cuello por el calor.

—Víctor, qué bueno verte —dijo con esa sonrisa cálida que siempre parecía llenar el espacio—. ¿Valeria hoy no viene?

—Tenía clase online —respondió él, intentando sonar neutro.

Elena se inclinó para revolverle el pelo a Lucas con cariño. La sudadera se abrió ligeramente por el escote profundo, dejando ver por un segundo la curva interna de sus pechos pesados, la piel bronceada brillando con un leve sudor. Víctor apartó la mirada un segundo tarde.

Cuando se enderezó, Elena se quedó un instante más cerca de lo necesario. Su mirada se detuvo en los ojos de Víctor.

—Oye… —bajó un poco la voz, aunque el ruido del patio la cubría casi todo—. Si algún día necesitas ayuda con esa campaña tuya… ya sabes. Me parece muy interesante. A veces una necesita que la miren con hambre, ¿no? Que la hagan sentir que todavía… despierta algo.

Lo dijo con naturalidad, pero sus ojos decían otra cosa. Víctor sintió un latigazo en la entrepierna. La polla, todavía sensible desde la tarde anterior, dio un pulso incómodo contra los vaqueros.

Elena sonrió otra vez, más suave, y se acercó para darle el beso de despedida en la mejilla. Sus labios rozaron peligrosamente la comisura de los suyos, cálidos, un segundo más de lo que dictaba la cortesía. El aliento le olió a café y a algo dulce, como vainilla.

—Pásalo bien hoy —susurró antes de apartarse.

Víctor se quedó allí, con Lucas ya corriendo hacia la puerta del colegio, la polla sensible y medio dura rozando la tela, la cabeza hecha un lío de imágenes: la boca de Carla, el culo de Carla, ahora el escote de Elena y esa frase que se le había quedado clavada.

“A veces una necesita que la miren con hambre…”

Llegó a la oficina con el pulso todavía acelerado y un nudo en el estómago que no sabía si era culpa, deseo o las dos cosas a la vez. Se sentó en su despacho, encendió el ordenador e intentó concentrarse en la presentación para los americanos. Las letras se le emborronaban.

Entonces empezaron a llegar los mensajes de Carla.

El primero era casi inocente:

Carla: Todavía me duele un poco el culo cuando me siento. Me has dejado marcada, cuñado 😉

Víctor sintió un latigazo inmediato en la entrepierna. No contestó.

Diez minutos después llegó el segundo. Esta vez era una foto.

Carla estaba de pie frente al espejo del baño, top negro subido hasta el cuello, las tetas pesadas completamente al aire. Los pezones oscuros y duros, la piel todavía con un leve rubor. Había inclinado la cadera de forma que se veía la curva del culo y, justo encima del hueso de la cadera, una marca roja clara en forma de dedos. Debajo solo tres líneas:

Carla: Estoy que ardo pensando en lo de ayer. No puedo dejar de tocarme recordando cómo me follaste contra el tocador… ¿Ya le contaste a Valeria lo que hicimos? Porque yo sí que no puedo parar de repetirlo en mi cabeza.


Víctor se quedó mirando la pantalla, la boca seca. La polla le latió con fuerza contra los vaqueros, sensible y dolorida. Amplió la foto con los dedos. Tragó saliva. Empezó a escribir una respuesta, borró, volvió a escribir. Al final no envió nada. Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa como si quemara.

A media mañana, Lia asomó la cabeza por la puerta del despacho. Vestía vaqueros ajustados de tiro alto que marcaban sus caderas y sus largas piernas, una camiseta cropped blanca de algodón fina que dejaba al aire un dedo de piel en la cintura y una chaqueta vaquera ligera abierta. El pelo suelto le caía en ondas suaves sobre los hombros.

—Tengo una cita para… practicar —dijo, con una sonrisa rara, mitad vergüenza, mitad orgullo—. He quedado con aquella chica del otro día. La que se rió de mí. Quiero intentarlo otra vez, pero esta vez sola. Noa se queda aquí, dice que prefiere revisar los testimonios nuevos y organizar las notas para la presentación.

Víctor solo asintió, sin preguntar nada. No tenía fuerzas para fingir interés. Lia se quedó un segundo más en el umbral, pero al ver que él no decía nada, se encogió de hombros.

—Volveré en un par de horas —murmuró, y cerró la puerta con cuidado.

Cuando el sonido de sus deportivas blancas se alejó por el pasillo, el despacho quedó en un silencio pesado, solo roto por el zumbido del aire acondicionado y el latido sordo de la sangre en los oídos de Víctor.

Poco después de las doce y media, Valeria entró en la agencia. Llevaba un vestido de verano ligero de color crema, con falda corta de vuelo que se movía con cada paso, y encima una cazadora vaquera desgastada abierta. El pelo suelto le caía en ondas oscuras sobre los hombros y las gafas finas le resbalaban un poco por el puente de la nariz.

Víctor la vio en el pasillo hablando un momento con la recepcionista:

—Hola, Marta. Vengo a ver a Víctor un segundo. Es por la campaña, tengo que comentarle unos cambios antes de la reunión de esta tarde.

La recepcionista sonrió y la dejó pasar.

Valeria entró en el despacho. Noa, que estaba sentada frente al escritorio revisando testimonios, levantó la cabeza de golpe. Las mejillas se le encendieron al instante.

—Hola, Valeria —murmuró, voz baja y nerviosa.

Valeria le sonrió con esa calidez peligrosa.

—Hola, Noa. No et moguis, reina, estigues tranquil·la —dijo en catalán suave, poniéndole una mano ligera en el hombro—. Tot està bé. Hem quedat molt bé ahir, oi? Aquella conversa que vam tenir… em va agradar molt com ho vas fer.

Noa bajó la mirada un segundo, pero una sonrisa pequeña y satisfecha asomó en sus labios.

—Jo també… em va agradar molt —respondió en catalán, voz casi un susurro.

Víctor no entendió casi nada. Solo captó palabras sueltas: “ahir”, “conversa”, “molt bé”. El resto se le escapó y eso le provocó un nudo inmediato en el estómago. ¿De qué habían hablado ayer las dos solas?

Valeria miró entonces a Víctor, ojos avellana brillantes detrás de las gafas.

—He venido a cobrarte la prenda —dijo, cambiando al castellano para que él entendiera perfectamente cada palabra.

Víctor sintió que el nudo se convertía en una bola de fuego. La polla, todavía sensible por los mensajes de Carla, latió con fuerza contra los vaqueros.

Valeria siguió hablando con naturalidad:

—Noa ya sabe de qué va todo esto. Ella está de acuerdo. —Miró a la chica con complicidad—. ¿Verdad, Noa?

Noa asintió, más segura esta vez, aunque el rubor le llegaba hasta las orejas.

—Sí —dijo simplemente, voz baja pero firme.

Víctor parpadeó, perdido. No entendía nada. ¿Desde cuándo Noa y Valeria hablaban de “la prenda”?

Valeria se giró hacia él de nuevo, voz calmada pero con ese filo que no admitía discusión.

—¿Podemos hablar los tres en un sitio donde no nos interrumpan?

Víctor tragó saliva. Por un segundo pensó en negarse, pero la mirada de Valeria y la expresión expectante de Noa le hicieron reaccionar. Se levantó casi automáticamente.

—Claro… Vamos a la sala de reuniones pequeña. Está libre.

Las guio por el pasillo. Valeria caminaba detrás de él, falda corta ondeando con cada paso, cazadora vaquera abierta. Noa iba a su lado, callada, pero con una tensión visible en los hombros.

Entraron en la sala de reuniones. Víctor cerró la puerta y bajó las persianas venecianas una a una, dejando la estancia en una penumbra suave y dorada. El clic de cada lámina sonaba como un latido.

Cuando terminó, se giró hacia ellas.

Valeria cerró la puerta con llave. El sonido fue seco, definitivo.

Se acercó a Noa y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Súbete a la taula, bonica.

Noa obedeció sin dudar. Se sentó en el borde de la mesa de reuniones, abrió ligeramente las piernas y esperó, respiración ya más acelerada.

Valeria miró a Víctor por encima del hombro, sonrisa lenta y peligrosa.

—Ahora sí… vamos a empezar a cobrar.

Se acercó a Noa y le levantó la falda plisada hasta la cintura con las dos manos, tomándose su tiempo, dejando que la tela se arrugara sobre el vientre de la chica. Luego enganchó los dedos en el borde de las bragas blancas y las bajó despacio, muy despacio, deslizándolas por los muslos hasta que quedaron colgando de un tobillo. Se arrodilló con elegancia sobre la moqueta, la falda corta de su vestido de verano subiéndose por sus propios muslos y dejando a la vista la piel bronceada.



Noa soltó un gemido ahogado, largo, casi sorprendido. Echó la cabeza hacia atrás, la coleta deshecha cayéndole sobre la espalda, y sus manos se aferraron con fuerza al borde de la mesa, nudillos blancos. Sus muslos temblaban visiblemente alrededor de la cara de Valeria.

Valeria levantó la mirada hacia Víctor sin dejar de lamer. Tenía los labios brillantes de jugos y los ojos oscuros cargados de poder.

—¿Te gusta mirar cómo le como el coño a tu becaria? —preguntó, voz ronca y baja—. ¿Te pone ver cómo se moja por mí? Mira cómo tiembla… cómo se abre para mi lengua.

Noa gimió más fuerte, las caderas moviéndose involuntariamente contra la boca de Valeria, buscando más presión. El sonido húmedo y obsceno de la lengua contra la carne mojada llenaba la sala, mezclado con los gemidos entrecortados de la chica.

Valeria introdujo dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba con precisión, mientras seguía succionando el clítoris con ritmo constante. Noa empezó a temblar con más fuerza, la respiración convertida en jadeos cortos y desesperados.

De repente, su cuerpo se arqueó violentamente. Un gemido largo y quebrado salió de su garganta mientras se corría, un chorro caliente y abundante salpicando la barbilla y los labios de Valeria. Esta no se apartó; siguió lamiendo y moviendo los dedos hasta que los espasmos de Noa fueron calmándose poco a poco.

Valeria se levantó despacio, los labios brillantes, y se pasó el dorso de la mano por la boca con una lentitud provocadora. Se sentó en el borde de la mesa, justo al lado de Noa, se subió la falda corta del vestido hasta la cintura, se bajó las bragas de encaje negro hasta medio muslo y separó las piernas sin prisa.

—Ahora tú —le dijo a Noa, voz todavía entrecortada—. Come.

Noa se arrodilló entre las piernas de Valeria sin dudar. Se inclinó hacia delante con hambre, lengua plana y ansiosa, recorriendo toda la raja, succionando el clítoris hinchado con devoción. Valeria soltó un gemido ronco y profundo, la mano enredándose en el pelo castaño claro de Noa, guiándola exactamente donde quería.


—Así… més lent al principi —murmuró en catalán, voz entrecortada—. Sí… just allà. No paris.

Miró a Víctor fijamente por encima de la cabeza de Noa. Sus ojos brillaban con placer y un dominio absoluto.

—¿Estás dispuesto a pagar la prenda entera? —preguntó, la voz quebrada por los lametones—. ¿O quieres cambiar tu respuesta a verdad?

Víctor estaba al límite. La polla le dolía contra los vaqueros, la boca completamente seca, el pecho apretado como si le faltara aire. Ver a su mujer abierta de piernas, recibiendo placer de su propia becaria mientras lo miraba a él, era demasiado.

—Cambio… —dijo con voz rota—. Cambio a verdad.

Valeria sonrió, triunfante y oscura. Apretó más la mano en el pelo de Noa y empezó a restregarse contra su boca con más fuerza, marcando el ritmo.

—Entonces cuéntame.

Víctor tragó saliva. Las palabras le salían con dificultad, como si le quemaran la garganta.

—En el campo… cuando espiábamos a Laia… Carla restregó su culo contra mí. Me frotó. Yo… yo no me aparté.

Valeria soltó un gemido más fuerte, las caderas moviéndose contra la boca de Noa, los ojos clavados en los de Víctor sin parpadear.

—¿Y qué más?

—Nada más —mintió Víctor, pero su voz tembló visiblemente.

Valeria aguantó unos segundos más, disfrutando de la lengua de Noa y de la mirada rota de Víctor. Solo entonces dejó que el orgasmo la atravesara. Se corrió con un gemido largo y ahogado, el cuerpo temblando violentamente, los muslos cerrándose con fuerza alrededor de la cabeza de Noa durante unos segundos eternos. Sus uñas se clavaron en el cuero cabelludo de la chica mientras ola tras ola la recorría.

Cuando por fin bajó de la cresta, apartó suavemente a Noa y miró a Víctor, respiración agitada, labios hinchados y brillantes, los ojos todavía vidriosos de placer.

—Ven.

Víctor se levantó como en trance. Se bajó los pantalones y los bóxers de un tirón. La polla saltó libre, dura, venosa y brillante de precum. Dio un paso hacia Valeria, instintivamente, buscando su cuerpo, su coño, su calor familiar.


Pero Valeria levantó una mano, deteniéndolo en seco.

—No —dijo con voz firme, aunque todavía jadeante—. Ni de coña te voy a dejar tocarme después de saber que te frotas con mi hermana.

Víctor se quedó paralizado, la polla latiendo inútilmente en el aire, sintiéndose ridículo y expuesto.

Valeria lo miró con ojos fríos pero ardientes.

—Pero si Noa quiere… puedes participar con ella.

Noa levantó la cabeza de entre las piernas de Valeria. Tenía la cara brillante, los labios hinchados y la respiración agitada. Miró a Víctor con ojos vidriosos, casi suplicantes.

—No em importa —susurró, voz temblorosa y cargada de deseo—. Fa molt de temps que desitjo sentir-te dins meu.

Se giró un poco sobre las rodillas, levantó el culo y abrió más las piernas, ofreciéndose sin pudor. Con una mano temblorosa cogió la polla de Víctor y la guió hasta su entrada empapada. La cabeza rozó sus labios hinchados y entró despacio, centímetro a centímetro, caliente, apretada y resbaladiza.

Víctor soltó un gruñido ahogado y empezó a embestir. Primero con fuerza contenida, controlada, sintiendo cada detalle. Luego más salvaje, la pelvis chocando contra el culo de Noa con golpes húmedos y fuertes mientras miraba fijamente a Valeria.

Valeria agarró del pelo a Noa con más fuerza, restregándose contra su boca sin piedad, la mirada clavada en Víctor. Sus ojos se encontraron por encima de la cabeza de la chica, provocativos, cargados de todo lo que no se decían.

Noa era solo el medio. Su boca para Valeria, su coño para Víctor.


Víctor embistió más fuerte, las manos clavadas en las caderas de Noa. En el momento más intenso se inclinó hacia delante sin dejar de follarla, acercó su cara a Valeria y la besó intensamente, lenguas enredadas, saliva mezclándose, respiraciones compartidas.

En medio del beso, Víctor le susurró contra los labios, la voz rota y desesperada:

—También me la follé a Carla.

Valeria se corrió con un gemido ahogado contra su boca, el cuerpo temblando violentamente, las uñas clavándose en el hombro de Víctor. Víctor se corrió casi al mismo tiempo, chorros calientes y espesos llenando a Noa hasta desbordar. Noa se corrió sintiendo el semen caliente dentro de ella, el gemido amortiguado contra el coño de Valeria.

Los tres se quedaron jadeantes, unidos en un silencio denso y pesado. Valeria y Víctor se miraron fijamente, sin saber cómo continuar. Noa en medio, temblando, usada, con semen goteando por sus muslos y la cara brillante de los jugos de Valeria.

El aire de la sala de reuniones estaba cargado, espeso, lleno de todo lo que acababa de pasar.

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