Víctor llegó a la agencia con el ánimo bajo. La noche anterior apenas había dormido. Valeria se había dado la vuelta en la cama cada vez que él intentaba acercarse, y el silencio entre los dos se había vuelto tan espeso que ya ni siquiera resultaba incómodo. Solo era.
La mañana en la oficina fue tensa. La presentación a los americanos estaba cada vez más cerca y el material seguía sin estar del todo cerrado. Noa seguía marcando territorio. Durante la reunión corrigió a Lia varias veces con esa calma fría que empezaba a resultar habitual. Lia aceptaba las correcciones sin discutir, con la mirada baja y las piernas apretadas bajo la mesa. Víctor lo observaba todo sin intervenir demasiado. No tenía energía para más conflictos.
A la hora de salir del cole, Víctor llegó unos minutos antes. Lucas salió corriendo hacia él con la mochila rebotando. Mientras recogía la mochila del suelo, vio a Elena al otro lado del patio. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta blanca sencilla. Cuando sus miradas se cruzaron, ella sonrió de forma discreta.
Víctor dudó solo un segundo.
—Lucas —dijo, agachándose hacia su hijo—, ¿te apetece que vayamos al parque un rato antes de volver a casa?
Lucas asintió con entusiasmo.
Cuando Elena se acercó con Jordi, Víctor la saludó con naturalidad.
—Vamos al parque un rato. Si queréis, podéis venir.
Elena lo miró un segundo más de la cuenta, luego sonrió.
—Nos viene bien. Jordi lleva todo el día pidiendo jugar fuera.
Caminaron los cuatro hacia el parque que había cerca del colegio. Los niños iban delante, correteando. Elena y Víctor se quedaron un poco rezagados.
—Has estado muy callado estos días —dijo ella en voz baja, sin mirarlo directamente.
—Ha sido una semana complicada —respondió Víctor.
Elena asintió. No insistió. Un rato después, mientras los niños jugaban en los columpios, se sentó en un banco al lado de Víctor. Cruzó las piernas y lo miró de lado.
—¿Sabes qué he empezado a hacer? —preguntó de repente, con una sonrisa pequeña.
—¿El qué?
—Escribir. En una página de relatos eróticos.
Víctor la miró, sorprendido.
Elena rio bajito, un poco avergonzada pero sin dejar de sonreír.
—Suena ridículo cuando lo digo en voz alta, ¿verdad? Pero… me relaja. Y me excita.
—¿Y de qué escribes? —preguntó él, curioso.
Elena se quedó callada un momento, mirando hacia los niños.
—Principalmente de infidelidad —respondió por fin—. Y de dominación. De mujeres que se cansan de ser buenas y empiezan a hacer lo que quieren. O de hombres que pierden el control en su propia casa.
Víctor no supo qué decir. Elena se giró hacia él y lo miró directamente.
—Es una forma de sacar cosas que no puedo decir en voz alta —añadió, más seria—. Cosas que me pasan por la cabeza y que no tengo dónde meter.
Antes de que Víctor pudiera responder, empezó a llover. Primero fueron gotas sueltas, pero en menos de un minuto se convirtió en un chaparrón fuerte. Los niños corrieron hacia ellos empapados y riendo, con el pelo pegado a la cara.
Elena se quitó la chaqueta y se la puso a Jordi sobre los hombros. Miró el cielo y luego a Víctor.
—Esto no para en un rato —dijo, secándose la cara con la mano—. Mi marido está trabajando hasta tarde. Si quieres, podemos ir a casa un momento a que se sequen y terminen de jugar. Tienen la consola y están empapados…
Se quedó un segundo en silencio, mirándolo. No era una invitación del todo inocente, y los dos lo sabían.
Víctor miró a Lucas, que tenía la camiseta empapada y los dientes un poco castañeteando. Dudó. Sabía perfectamente lo que podía pasar si aceptaba.
—Vamos —dijo por fin.
En casa de Elena, los niños se pusieron directamente con la consola en el salón. Elena les preparó algo de comer rápido y luego se acercó a Víctor, que estaba de pie en la cocina.
—Ve al baño si quieres secarte un poco —dijo en voz baja—. Está al final del pasillo.
Víctor asintió y se dirigió hacia allí. Cerró la puerta, se quitó la camiseta mojada y se pasó una toalla por el pelo y la cara. Cuando levantó la vista, Elena estaba dentro del baño. Había cerrado el cerrojo tras de ella.
Se miraron un segundo en silencio.
Elena se acercó sin decir nada y lo besó. Fue un beso diferente al del parque: más directo, más hambriento. Víctor respondió. La empujó suavemente contra la puerta y le subió la camiseta. Ella se la quitó por la cabeza y se desabrochó el sujetador ella misma. Sus pechos pesados cayeron libres.
—Aquí no —susurró él, mirando hacia la puerta.
—Están con la consola —respondió Elena, también en voz baja—. No van a venir.
Se arrodilló delante de él, le bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón y se metió la polla en la boca sin preámbulos. Lo hizo con ganas, ruidosa, sin intentar ser elegante. Cada pocos segundos se apartaba para hablar:
—Joder… qué buena está —murmuró, lamiendo desde la base hasta la cabeza—. Llevo días pensando en esto.
Víctor se apoyó contra la pared, con una mano en el pelo de Elena. Ella lo chupaba con entusiasmo, haciendo sonidos húmedos, mirándolo de vez en cuando con los ojos entrecerrados.
—Quiero que me folles —dijo de repente, levantándose. Se bajó los vaqueros y las bragas hasta los muslos y se giró, apoyándose en el lavabo—. Pero rápido. Antes de que se cansen de la consola.
Víctor se colocó detrás de ella. Entró de una embestida. Elena soltó un gemido ahogado y se mordió el antebrazo para no hacer ruido. Empezó a moverse hacia atrás, encontrando el ritmo de él.
—Más fuerte —pidió en voz baja—. No voy a romperme.
Víctor la folló con fuerza contenida, agarrándola de las caderas. Elena gemía bajito, sucia, sin filtro:
—Joder… así… me gusta que me follen así… rápido y sin pedir permiso…
En un momento se giró la cabeza y lo miró por encima del hombro.
—Quiero que te corras dentro —susurró—. Quiero ir el resto del día con tu semen chorreándome.
Víctor aceleró. Elena se mordió el labio y siguió hablando, bajito pero sin parar:
—Piensa en tu mujer… en lo que diría si supiera que estás follándome en el baño de mi casa mientras los niños juegan… ¿Te pone eso?
Víctor se corrió con un gemido ahogado, clavando los dedos en las caderas de Elena. Ella se quedó quieta, recibiéndolo todo, con una sonrisa pequeña y satisfecha en los labios.
Cuando se apartó, el semen empezó a resbalar por el interior de sus muslos. Elena se limpió con una toalla de papel, se subió los vaqueros y se miró en el espejo. Tenía el pelo revuelto y las mejillas rojas.
—Vuelve tú primero —dijo, todavía sonriendo—. Yo bajo en un minuto.
Víctor se recompuso, salió del baño y volvió al salón. Los niños seguían jugando, ajenos a todo.
Cuando llegó a casa, ya eran más de las ocho. Valeria estaba en la cocina. Lucas ya se había duchado y estaba en su habitación.
Víctor se acercó a la encimera. Valeria estaba cortando verdura. No se giró.
—Habéis tardado —dijo simplemente.
—Se puso a llover fuerte —respondió Víctor—. Fuimos a casa de Elena un rato para que se secaran los niños.
Valeria asintió. Siguió cortando. Después de unos segundos, se detuvo. Se giró ligeramente hacia él y lo olió de forma casi imperceptible. Su expresión no cambió. Solo lo miró un segundo con los ojos entrecerrados y luego volvió a darse la vuelta hacia la tabla.
—Hay comida en el microondas —dijo.
Víctor se quedó mirándola.
—¿No vas a preguntar nada más? —preguntó por fin.
Valeria dejó el cuchillo sobre la tabla. Se secó las manos con un paño y lo miró directamente.
—¿Quieres que pregunte? —respondió con voz neutra.
Víctor no contestó.
Valeria lo sostuvo la mirada un momento más, luego cogió el plato y se lo tendió.
—Come —dijo—. Lucas ya ha cenado.
Se dio la vuelta y salió de la cocina sin añadir nada más.
Víctor se quedó solo en la cocina, con el plato caliente en las manos y el olor de Elena todavía en la piel.
Comentarios
Publicar un comentario