La Campaña (Capítulo 20)
Víctor salió de la agencia con las piernas temblorosas, la polla todavía dura y sensible rozando la cremallera con cada paso. El pasillo olía a café quemado y a la humedad dulce que se le había pegado a la camisa desde la sala de reuniones. Bajó en el ascensor solo, apoyado en la pared de espejo, viendo su reflejo: cara enrojecida, ojos vidriosos, mano derecha temblando como si aún estuviera tocándose por encima del pantalón. Joder… Noa se corrió en la boca de Lia mientras me miraba. Y yo solo pude esconderme como un puto cobarde. El recuerdo le dio otro latigazo en la base de la polla. Se ajustó los vaqueros, respiró hondo y salió a la calle.
El sol de mediodía pegaba fuerte en el 22@, el asfalto caliente levantando olor a alquitrán y gasolina. Caminó rápido hacia el restaurante que había elegido Carla: un italiano discreto en una calle lateral, mesas en la terraza con toldos que filtraban la luz en rayas. Llegó con cinco minutos de retraso. Carla ya estaba allí, sentada en una mesa al fondo, pierna cruzada sobre pierna, falda vaquera corta subiendo lo justo para mostrar muslo bronceado y firme, top negro ajustado marcando pecho generoso sin sujetador visible. Melena negra ondulada cayendo sobre los hombros, ojos oscuros clavados en él desde que lo vio aparecer. Sonrisa felina, lenta, como si supiera exactamente lo que él llevaba debajo de los pantalones.
—Llegas tarde, cuñado —dijo, voz ronca, levantando la copa de vino tinto que ya se había pedido—. ¿Problemas en la oficina?
Víctor se sentó frente a ella, intentando que la voz no le saliera temblorosa.
—Reunión que se alargó. Lo siento.
Carla dio un sorbo largo, ojos fijos en los suyos, labios húmedos de vino brillando bajo la luz tamizada del toldo.
—No pasa nada. Me ha dado tiempo a pedir el vino. Y a pensar.
El camarero llegó. Pidieron rápido: pasta con trufa para ella, carbonara para él, otra botella de tinto. Carla dio un sorbo largo al vino, dejando que el silencio se estirara un segundo mientras el camarero se alejaba. Luego apoyó los codos en la mesa, escote abriéndose ligeramente, y lo miró con esa sonrisa torcida que siempre parecía saber más de lo que decía.
—Vamos a dejar de hablar tonterías —dijo, voz baja pero sin prisa—. Cuéntame lo de Tinder. ¿De verdad es solo por la campaña, o hay algo más que no me estás contando?
Víctor tragó saliva. El sol le daba de lleno en la cara, pero el calor que sentía subía desde dentro, desde la nuca hasta el pecho. La polla todavía le latía contra los vaqueros por lo que había pasado en la oficina.
—Sí… es por la campaña —respondió, intentando sonar neutro—. “Deseos prohibidos”. Los testimonios de foros están autocensurados, todo muy edulcorado. Decidimos usar aplicaciones para interacciones más reales, más… crudas. Valeria lo sabe. Incluso… podría colaborar en algún momento.
Carla levantó una ceja, sonrisa ampliándose despacio.
—¿Valeria colaborando? Vaya… eso sí que es interesante. ¿Y tú? ¿Ya has tenido alguna “interacción real” o todavía estás en fase de investigación?
Víctor sintió el nudo en el estómago apretarse. Se removió en la silla, polla latiendo contra la tela.
—Solo chats. Nada físico. Nada que… cruce líneas.
Carla rió bajito, un sonido ronco y cálido que vibró entre ellos. Su dedo trazó el borde de la copa, uña roja dejando un rastro húmedo en el cristal.
—Mentiroso. Se te nota en la cara. Pensando en lo que has visto hoy… o en lo que podrías ver luego.
Víctor no contestó. Solo tomó un sorbo de vino para ganar tiempo. Carla se inclinó un poco más hacia delante, voz bajando a un susurro que se mezclaba con el murmullo de la terraza.
—Tranquilo, cuñado. No te interrogaré, pero sabes… yo también soy usuaria de Tinder. Desde hace tiempo.
—… ¿y tienes alguna fantasía? —preguntó Víctor, voz baja, como si le costara pronunciar la palabra.
— No sé si debería —dijo en voz baja, casi pensativa—. Contarte una fantasía mía… Somos familia. O casi. Aunque… —continuó, voz bajando a un susurro que se mezclaba con el murmullo de la terraza— tú estás aquí por la campaña, ¿verdad? Investigando deseos prohibidos. Interacciones reales. Testimonios que no se censuran. Yo podría ser… una fuente. Alguien que te dé material crudo. Sin filtros.
Víctor tragó saliva, el vino subiéndole por la garganta como fuego. Carla sonrió más, pero no era la sonrisa felina de antes; era más suave, más vulnerable, como si estuviera midiendo si él iba a rechazarla o a pedir más.
—No te estoy diciendo que te lo cuente ahora mismo —añadió, dedo trazando un círculo lento en el borde de la copa—. Solo digo que… si quieres, tengo una que me ronda desde hace tiempo. Una que me moja solo de pensarla. Pero no sé si tú querrías oírla. De tu cuñada.
—Cuéntame. —dijo al fin, voz ronca, casi un susurro.
Carla sonrió lenta, victoriosa pero sin triunfalismo. Dio un último sorbo al vino, dejó la copa en la mesa y se inclinó lo justo para que su aliento rozara la oreja de Víctor.
—Vale… pero despacio. No quiero que te asustes.
Carla bajó la mirada hacia la copa de vino y trazó un círculo lento con el dedo en el borde del cristal. Se quedó callada unos segundos, como si estuviera decidiendo hasta dónde llegar.
—Hay una fantasía que me da mucha vergüenza contar —dijo al fin, en voz baja—. Pero como estamos hablando de esto… y porque es solo una fantasía…
Víctor la miró sin interrumpirla. Esperó.
Carla respiró hondo y continuó, todavía sin mirarlo directamente:
—Imagino que un día pillo a Laia en casa con un chico. Un chico joven. Están en su habitación, enrollándose. Después del sexo, el chico se queda a dormir, como hace siempre. Y en mitad de la noche… cuando Laia se levanta a ir al baño… yo entro.
Se detuvo otra vez. Esta vez sí levantó la vista, observándolo con cuidado, como midiendo su reacción.
Víctor tragó saliva.
—¿Y qué haces? —preguntó, voz ronca.
Carla dudó un segundo más antes de responder:
—Me acerco a la cama en silencio. El chico está dormido. Me arrodillo al lado de la cama… y empiezo a chupársela. Despacio. Sin que se dé cuenta de que no soy Laia.
Víctor sintió cómo se le tensaba la polla contra los vaqueros. No dijo nada, pero su silencio era respuesta suficiente.
Carla continuó, bajando aún más la voz:
—Al principio sigue dormido. Pero cuando se despierta y ve que soy yo… no se asusta. No se enfada. Al contrario. Se pone duro otra vez. Y entonces… empezamos un 69. Yo encima de él, chupándosela, mientras él me lame.
Carla bajó la mirada hacia la copa de vino y trazó un círculo lento con el dedo en el borde del cristal. Se quedó callada unos segundos, como si estuviera decidiendo hasta dónde llegar.
—Hay una fantasía que me da mucha vergüenza contar —dijo al fin, en voz baja—. Pero como estamos hablando de esto… y porque es solo una fantasía…
Víctor la miró sin interrumpirla. Esperó.
Carla respiró hondo y continuó, todavía sin mirarlo directamente:
—Imagino que un día pillo a Laia en casa con un chico. Un chico joven. Están en su habitación, enrollándose. Después del sexo, el chico se queda a dormir, como hace siempre. Y en mitad de la noche… cuando Laia se levanta a ir al baño… yo entro.
Se detuvo otra vez. Esta vez sí levantó la vista, observándolo con cuidado, como midiendo su reacción.
Víctor tragó saliva.
—¿Y qué haces? —preguntó, voz ronca.
Carla dudó un segundo más antes de responder:
—Me acerco a la cama en silencio. El chico está dormido. Me arrodillo al lado de la cama… y empiezo a chupársela. Despacio. Sin que se dé cuenta de que no soy Laia.
Víctor sintió cómo se le tensaba la polla contra los vaqueros. No dijo nada, pero su silencio era respuesta suficiente.
Carla continuó, bajando aún más la voz:
—Al principio sigue dormido. Pero cuando se despierta y ve que soy yo… no se asusta. No se enfada. Al contrario. Se pone duro otra vez. Y entonces… empezamos un 69. Yo encima de él, chupándosela, mientras él me lame.
Se quedó callada otra vez, mordiéndose el labio inferior. Esta vez sí había rubor en sus mejillas.
Víctor se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Y Laia? —preguntó—. ¿Qué pasa cuando vuelve?
Carla soltó una risa nerviosa, corta, y negó con la cabeza.
—Esa es la parte que más me avergüenza… —murmuró—. Laia vuelve del baño y nos pilla. Se queda parada en la puerta. No se enfada. Se queda ahí mirando. Y… se toca. Se toca mientras nos ve.
Víctor sintió el estómago contraerse. La imagen era demasiado fuerte.
Carla lo miró de reojo, casi avergonzada.
—Al final se une. Las dos le hacemos una mamada. Las dos. Lenguas juntas alrededor de su polla. Y luego… él me folla a mí. En perrito. Fuerte. Mientras Laia está delante de mí, mirándome a la cara… y tocándose.
Se quedó en silencio. Esta vez no añadió nada más. Solo apretó los dedos alrededor de la copa, como si necesitara sujetarse.
Víctor respiró hondo. La polla le latía con fuerza.
—Es… joder, Carla. Eso es muy fuerte —dijo al fin, con la voz más baja de lo normal.
Carla asintió, sin mirarlo.
—Lo sé —susurró—. Me da mucha vergüenza admitirlo. Pero… me pone muchísimo. Me mojo solo de pensarlo. Mucho. solo de pensarlo. Mucho.
—¿Eso es todo? —preguntó Víctor, voz ronca, intentando sonar neutro.
Carla negó con la cabeza, dedos apretando el tallo de la copa.
—No… hay más. Al final… mientras él me folla, yo le como el coño a Laia. Lamiéndola despacio, saboreándola mientras me embiste. Y ella se corre en mi boca.
Se quedó callada un segundo, avergonzada por primera vez. Víctor tragó saliva.
—Es… fuerte.
Carla levantó la mirada, sonrisa torcida pero vulnerable.
—Lo sé. Me avergüenza. Pero me moja. Mucho.
El móvil de Víctor vibró en la mesa. Lo miró: Valeria.
Contestó.
—¿Sí?
—Víctor, voy a quedar esta tarde con Noa. ¿Puedes ir a por Lucas o llamo a Carla?
Víctor miró a Carla. Ella gesticuló rápido: “di que no puedes”.
—No puedo… tengo una reunión que se puede alargar. Llama a Carla, por favor. A ver si a elle no le importa.
Valeria suspiró al otro lado.
—Vale. Le digo que vaya ella. Si no puede, intenta mover la reunión a mañana, sis plau. Però vaig a provar amb la Carla
Colgó sin esperar respuesta.
Víctor dejó el móvil sobre la mesa, el pulso todavía acelerado en las sienes. Carla ya estaba sonriendo, esa curva lenta y felina que le subía por la comisura de la boca. No dijo nada de inmediato. Solo se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, escote abriéndose un poco más, piel bronceada brillando con el sol filtrado del toldo. Sus ojos oscuros se quedaron fijos en él, pero no hablaba con él. Esperaba.
El móvil de Carla vibró en su bolso. Lo sacó, miró la pantalla y sonrió más amplio, casi divertida. Pulsó el altavoz y lo dejó sobre la mesa, entre los dos, como si quisiera que Víctor oyera cada palabra.
—Hola, germana —dijo Carla, voz ronca y juguetona, en catalán claro pero con un matiz exagerado, como si quisiera asegurarse de que Víctor entendiera cada sílaba—. Què passa?
Valeria al otro lado, voz neutra pero con ese filo de profesora que usaba cuando estaba cansada.
—Carla, pots anar a buscar en Lucas aquesta tarda?
Carla miró a Víctor un segundo, ojos brillantes, y luego volvió al móvil, voz más baja, casi un ronroneo.
—Clar que sí, sense problema. El nen y yo siempre nos lo pasamos bien. Però digues… ¿és que necessiteu més temps per “parlar” vosaltres dos? ¿O és que el teu marit necessita que li deixin la tarda lliure per… investigar més?
Valeria soltó una risa corta al otro lado, seca pero divertida.
—No, no. Jo he de sortir a un recado i ell té feina. No necessitem “temps”. Només que algú vagi a buscar el nen.
Carla se mordió el labio inferior, mirada fija en Víctor, y bajó la voz aún más, cambiando a un tono más lento, más cargado, pero manteniendo el catalán para que él captara el sentido por el contexto y las palabras que sí entendía.
—Ostres, germana… quina sort que tens. Un marit com Víctor… si jo l’hagués tingut en lloc d’aquell inútil del meu ex, l’hauria tingut ocupat totes les tardes. I no pas amb feina, eh. Sinó sota la meva faldilla. Tot el dia. Cada dia.
Valeria rió más fuerte esta vez, pero con un matiz de reproche juguetón.
—Ets una bruta, Carla. No siguis així.
Carla miró a Víctor directo a los ojos, sonrisa ampliándose. Víctor sintió el calor subirle por el cuello hasta las orejas. La polla le dio un latigazo doloroso contra los vaqueros. Intentó mantener la cara neutra, pero el rubor lo delataba. Carla lo vio y sonrió más, pero no dijo nada más al teléfono.
Valeria suspiró al otro lado, voz ronca pero con risa contenida.
—Gràcies per anar a buscar el nen. Un petó.
—Un petó, germana. I un altre per al teu marit… que se’l mereix.
Colgó. El móvil quedó en silencio sobre la mesa.
Carla se enderezó despacio, cruzando las piernas, falda vaquera subiendo un poco más por el muslo bronceado. Miró a Víctor con esa misma sonrisa, pero ahora había algo más oscuro debajo.
—Casi me tengo que ir… tengo que pasar por casa antes de recoger al niño —dijo, voz ronca—. ¿Vienes conmigo?
Víctor sintió el nudo en el estómago apretarse hasta doler. La culpa le quemaba el pecho, pero la polla le latía con fuerza, traicionándolo.
—Carla…
Ella se levantó, ajustándose la falda con un movimiento lento, deliberado.
—Solo un rato. No muerdo… a menos que me lo pidas.
Víctor se levantó. El sol le daba en la cara, pero el calor que sentía era interno. Mandó un mensaje rápido a las becarias: “Tengo que salir. No vuelvo hoy. Seguimos mañana”.
Salieron juntos. En el coche de Víctor, Carla se sentó en el asiento del copiloto, pierna rozando la palanca de cambios. El aire acondicionado no enfriaba nada.
—Sigue contándome de la campaña —dijo, girando la cabeza hacia él—. ¿Qué ha pasado hoy en la oficina? Porque has salido de allí con esa cara… y esa erección que no se te baja.
Víctor tragó saliva. El recuerdo le golpeó de nuevo: Noa subida a la mesa, falda plisada arrugada en la cintura, piernas abiertas, bragas blancas empapadas sobre la mesa como prueba. Lia arrodillada entre sus muslos, lengua plana recorriendo la raja despacio, luego succionando el clítoris con hambre que no fingía. Los gemidos de Noa, roncos y quebrados, el chapoteo húmedo contra la boca de Lia, los muslos apretando la cabeza como si quisiera asfixiarla. Y él, escondido en la oscuridad, tocándose por encima del pantalón, sintiendo el orgasmo subir sin poder soltarlo del todo.
—Lia… intentó seducir a una chica —empezó, voz ronca, mirando al frente para no tener que enfrentarse a los ojos de Carla—. Falló. Todo le salía mecánico. Frío. Como si estuviera leyendo un guion malo. La chica se rió y se fue.
Carla ladeó la cabeza, dedo jugueteando con el dobladillo de la falda.
—Y Noa… ¿qué hizo Noa?
Víctor sintió el calor subirle por el cuello.
—Noa… le ofreció “practicar”. Con ella. En la mesa de reuniones. Dijo que le describiría lo que tenía que hacer, que Lia solo repitiera. Y Lia… obedeció.
Hizo una pausa. El semáforo se puso rojo. El coche se detuvo. Carla se giró del todo hacia él, pierna rozando la palanca de cambios.
—Sigue —susurró—. No pares ahora.
Víctor respiró hondo.
—Noa se subió a la mesa. Se abrió las piernas. Se bajó la falda hasta la cintura. Luego… las bragas. Las dejó sobre la mesa, empapadas, brillantes. El olor… llenó la sala entera. Dulce. Salado. No había perfume que lo tapara. Y empezó a guiarla. Paso a paso. Primero los dedos por los muslos. Rodeando, sin tocar. Luego el pubis, con las uñas, trazando líneas. Luego separar los labios mayores. Abrirlos. Dejar que el aire los tocara. Luego círculos alrededor del clítoris, sin rozarlo. Luego un dedo dentro, solo la punta. Después dos. Curvados. Buscando ese punto. Y Noa… gemía. Temblaba. Se arqueaba. Y yo… yo solo miraba. Me tocaba por encima del pantalón. Quería… joder, quería entrar y follarme a Lia mientras le comía el coño a Noa. Quería empujar su cara contra ella, que no pudiera respirar, que se ahogara en su humedad. Pero pensé en Valeria. Y me frené.
Carla no dijo nada de inmediato. Solo respiró. Un suspiro largo, lento, que hizo que sus pechos subieran y bajaran bajo el top ajustado. Luego, con voz muy baja, casi un ronroneo:
—Pobre Víctor. Mirando. Tocándote por encima de la tela. Sin poder entrar. Sin poder correrte. Y ellas… ellas sí. Ellas se corrieron. Y tú no.
Víctor apretó el volante con más fuerza. El semáforo cambió a verde. Arrancó.
Carla se inclinó un poco más, mano rozando su muslo, dedos subiendo despacio por la costura interior de los vaqueros.
—Y ahora estás aquí conmigo —susurró—. Duro. Dolorido. Pensando en ellas.. ¿Qué vas a hacer, cuñado?
Víctor no contestó. Solo siguió conduciendo, manos temblando, polla latiendo, culpa y deseo mezclándose como veneno dulce en la sangre.
Llegaron a casa de Carla. Vacía. Laia en la universidad. Carla abrió la puerta, se giró hacia él.
—Voy a cambiarme. Algo más cómodo. No quiero que los padres del cole me devoren con la mirada.
Carla subió las escaleras con pasos lentos y deliberados, el tacón bajo resonando en la madera vieja de la casa. No cerró la puerta del dormitorio. La dejó entreabierta, un rectángulo de luz cálida que se derramaba en el pasillo, invitando sin palabras. Víctor se quedó abajo un segundo, el corazón latiéndole en los oídos, la polla todavía dura y sensible dentro de los vaqueros. Oyó el roce de tela: el sonido suave de la cremallera bajando, la falda vaquera cayendo al suelo con un susurro, el elástico del tanga deslizándose por los muslos. Luego el top, el tejido de algodón frotándose contra la piel al quitárselo.
Subió despacio, cada peldaño crujiendo bajo su peso. Desde el pasillo vio el reflejo en el espejo del tocador: Carla de espaldas, culo redondo y bronceado al aire, la curva de la cintura estrechándose hacia arriba, tetas pesadas balanceándose libres cuando se giró a medias para mirarse. No se tapó. Solo se quedó allí, desnuda, piel brillando con un leve sudor del calor de la tarde, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco que entraba por la ventana entreabierta.
Se giró del todo hacia él, sin prisa, sin vergüenza. La luz del dormitorio le caía de lado, dibujando sombras suaves en la curva de los pechos, en el monte de Venus depilado, en los labios mayores ligeramente hinchados y húmedos.
—¿Otra vez mirándome el coño como el otro día? —preguntó, voz ronca, casi divertida, pero con un filo debajo—. ¿O esta vez vas a hacer algo más que mirar?
Víctor se quedó quieto en el umbral, manos a los lados, respirando agitado. La imagen de Valeria le cruzó la cabeza como un latigazo: sus gafas finas, su mirada avellana cuando lo negaba, su coño apretándolo mientras le decía “no”. La culpa le quemó el pecho, pero la polla le dio otro salto doloroso, traicionándolo.
—No… —murmuró, voz quebrada—. Está Valeria. Valeria siempre está en mi cabeza.
Carla dio un paso hacia él, tetas balanceándose con el movimiento, pezones rozando el aire. Se acercó despacio, hasta que su cuerpo casi tocó el de él. El olor de su excitación lo golpeó: dulce, salado, más intenso que el de Valeria, más salvaje. Le rozó el pecho con los pezones, un contacto leve pero eléctrico.
—Que esté en tu cabeza… —susurró, aliento caliente contra su oreja—. Pero tu polla ya está aquí. Y quiere entrar.
Víctor cerró los ojos un segundo, intentando resistir. Pero Carla ya había bajado la mano. Le abrió la bragueta despacio, dedos hábiles deslizando la cremallera, sacando la polla dura y venosa. La cabeza estaba brillante de precum, latiendo en su palma. Carla se arrodilló con gracia, rodillas sobre la alfombra, pelo negro cayéndole por los hombros como una cortina.
La lamió despacio desde la base hasta la cabeza, lengua plana, saboreando cada vena, cada gota salada. Víctor soltó un gemido ahogado, manos temblando a los lados, sin atreverse todavía a tocarla. Carla lo miró desde abajo, ojos oscuros brillantes, y lo tomó entero. Garganta profunda, lenta al principio, luego más rápido, saliva resbalando por la barbilla, goteando sobre sus tetas. Víctor sintió el calor húmedo envolviéndolo, la lengua presionando la base, la garganta contrayéndose alrededor de la cabeza. Intentó resistir, quedarse quieto, pero el placer le ganó. Le agarró el pelo con las dos manos, embistiendo suave, luego más profundo, sintiendo cómo ella lo tragaba todo sin ahogarse.
Se corrió con un gruñido profundo, chorros calientes llenándole la boca, pulsando contra su lengua. Carla tragó todo, succionando la cabeza hasta la última gota, lamiendo el glande sensible mientras él temblaba. Cuando terminó, se levantó despacio, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano, dejando un rastro brillante.
Se giró hacia el tocador, apoyando las palmas abiertas en la madera oscura. El espejo reflejaba su cuerpo desnudo: tetas pesadas colgando, pezones endurecidos, culo alzado, muslos separados. Miró a Víctor por el reflejo.
—Ven —susurró—. No te resistas ahora. Ya has cruzado la línea.
Víctor dudó un segundo más. La imagen de Valeria le cruzó la cabeza otra vez: sus gafas, su voz ronca negándolo, su coño apretándolo mientras le decía “encara no”. Pero Carla estaba allí, desnuda, húmeda, esperando. Y de espaldas eran casi idénticas. Dio un paso. Luego otro. Llegó hasta ella. Carla abrió las piernas un poco más, invitándolo sin palabras. Se arrodilló detrás de ella, manos en sus caderas, dedos clavándose en la carne suave y caliente. Carla abrió las piernas un poco más, muslos temblando, invitándolo sin palabras.
Víctor se inclinó. Su nariz rozó la piel caliente de sus nalgas, el olor lo golpeó de lleno: salado, dulce, metálico. Apoyó las palmas abiertas en la parte baja de su espalda, abriéndola más, separando las nalgas con los pulgares.
La lamió despacio desde atrás, lengua plana recorriendo la raja de arriba abajo, saboreando la mezcla salada y dulce. Carla soltó un gemido largo, cabeza echada hacia atrás, pelo negro cayéndole por los hombros.
—Así… —susurró—. Lame. No dejes ni una gota.
Víctor obedeció. Metió la lengua más profundo, lamiendo el clítoris hinchado con círculos lentos. Carla temblaba entera, muslos apretando sus mejillas, caderas moviéndose en círculos pequeños, empujando contra su boca. El sonido húmedo llenaba la habitación: chapoteo de lengua contra carne, gemidos roncos de Carla, respiración agitada de Víctor. Un frasco de perfume rodó por el tocador y cayó al suelo con un golpe seco.
Carla arqueó más la espalda, culo alzado, buscando que la lengua entrara más.
—Més… més fondo… lame’m el clítoris mentre em mires el cul.
Víctor levantó la mirada: desde atrás, el culo de Carla era casi idéntico al de Valeria. La misma curva redonda, la misma piel bronceada, la misma forma en que se abría cuando se excitaba. El parecido lo golpeó como un latigazo: placer y culpa mezclados, la polla endureciéndose de nuevo contra su voluntad. Es como follarme a Valeria… pero no lo es. Es su hermana. Joder… El conflicto le quemó el pecho, pero el deseo fue más fuerte. Aceleró la lengua, succionando el clítoris con fuerza, dedos separando las nalgas para lamer más profundo.
Carla se corrió, cuerpo temblando, muslos apretando su cabeza como un torno, un chorro caliente salpicándole la barbilla y el cuello. Gritó su nombre, ronco, quebrado:
—Víctor… collons… sí…
Víctor se levantó, polla dura otra vez, venosa, brillante de precum y saliva. La colocó detrás, manos en sus caderas, dedos clavándose en la carne suave. Carla empujó hacia atrás, entrada abierta y húmeda esperando. La punta rozó los labios hinchados, resbaladiza de jugos y semen residual. Entró de una embestida profunda, lenta pero firme, sintiendo cómo las paredes calientes lo envolvían, cómo lo ordeñaban sin piedad.
Carla soltó un gemido largo, cabeza echada hacia atrás, pelo negro cayéndole por la espalda.
—Así… despacio al principio. Déjame sentirte todo.
Víctor obedeció sin querer. Entró y salió despacio, sintiendo cada vena rozando las paredes calientes. Carla se apoyó mejor en el tocador, pechos aplastados contra la madera fría, pezones rozando la superficie. Con cada embestida, los objetos del tocador temblaban: frascos de perfume, joyas, un cepillo. Todo empezó a caer al suelo con ruido sordo de cristal y metal.
Carla arqueó más la espalda, culo alzado, buscando que entrara más profundo.
—Más fuerte… joder… más fuerte.
Víctor aceleró. Las manos le dejaron marcas rojas en las caderas. El tocador crujía bajo el peso y los golpes. Un frasco de crema se cayó y rodó por el suelo. Carla soltó un gemido largo, ronco, casi animal.
—Así… así… fóllame como si quisieras romperme.
Víctor embistió con furia, profundo, sintiendo cómo Carla se contraía alrededor de él, cómo lo ordeñaba sin piedad. Ella se corrió primero, cuerpo temblando, muslos apretando, un chorro caliente salpicando sus muslos y los de Víctor. Gritó su nombre, ronco, quebrado:
—Víctor… joder… sí…
Víctor aguantó solo unos segundos más. Se corrió con un gruñido profundo, chorros calientes llenándola hasta desbordar, semen goteando por sus muslos mientras seguía empujando despacio, prolongando el placer de los dos.
Se quedaron así un momento, pegados, respirando agitados. Carla apoyada en el tocador, pecho aplastado contra la madera, pelo negro revuelto. Víctor detrás, manos todavía en sus caderas, polla todavía dentro, palpitando con los últimos espasmos.
Víctor se apartó despacio, apoyándose en la pared para no caerse, piernas temblando. Carla se derritió hacia el suelo, rodillas doblándose, quedándose tumbada sobre la alfombra en una pose seductora, muslos abiertos, semen y jugos goteando por la entrepierna, tetas pesadas subiendo y bajando con la respiración agitada. Miró a Víctor desde abajo, sonrisa satisfecha pero con un toque de tristeza.
—Ve a casa —susurró—. Y dile a mi hermana que su marido es… muy bueno en la cama.
Víctor se ajustó los vaqueros con manos temblorosas. La culpa le golpeó como un puñetazo en el estómago. Se dio la vuelta y bajó las escaleras sin mirar atrás.
Carla se quedó allí, tumbada en el suelo, semen goteando por sus muslos, sonrisa torcida en los labios.
—Qué suerte tiene Valeria —murmuró para sí misma—. Y qué pena que no lo sepa.
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