Con mamá en la playa nudista 10
El sol de media tarde pegaba de plano cuando llegaron a la playa. Marcos iba un paso por detrás, con la nevera en una mano y la toalla al hombro, todavía de mal humor. No había vuelto a hablar del padre. Tampoco había hablado de otra cosa. Laura eligió su sitio habitual, no demasiado cerca de nadie, y extendió la toalla con ese gesto práctico que usaba para que el día pareciera normal.
Se quitó el vestido de algodón, lo dobló y se quedó desnuda.
Marcos hizo lo mismo, más lento. Se tumbó boca arriba, con la cara hacia el
otro lado.
Laura se sentó. Se puso crema en los hombros. Miró el mar. Y
entonces la vio.
Estaba más abajo, más cerca de la orilla, con un grupo
pequeño. Tenía que reconocer que era rubia natural. Marcos también la había
visto. Lo notó en la forma en que se quedó quieto, demasiado quieto.
—Está ahí —dijo Laura, como quien comenta el tiempo.
—¿Quien?
—Ya sabes quién. Podrías ir.
—No me apetece.
Ella se pasó una mano por el pelo, recogiéndoselo sin
necesidad.
—Marcos. No tiene sentido que te quedes aquí tirado, de mala
leche, conmigo.
—Prefiero quedarme.
—¿Con tu madre? —preguntó ella, y le puso a la frase un tono
casi ligero, casi cruel—. Vieja y aburrida. En vez de irte con ese monumento
nórdico.
Él giró la cabeza lo justo para mirarla. Tenía los ojos
entrecerrados por el sol.
—Sí.
La respuesta le sentó peor de lo que esperaba. Le apretó el
estómago. Por un segundo pensó en recogerlo todo, en volverse al apartamento.
Después se levantó con esa actitud que solo las madres sabían utilizar.
—Judith —llamó, más alto de lo que hacía falta.
La chica se volvió. Sonrió al reconocerlos, o al reconocer a
Marcos, y empezó a acercarse por la arena, desnuda, sin ninguna prisa,
levantando una mano.
Laura le sostuvo la sonrisa con la cara de madre que había
ensayado todo el día. Marcos intentaba esconderse pero no sabía donde
—Hello, Judith —dijo, con un inglés tosco, casi escolar.
La chica rió un poco, amable.
—Hi.
Laura se volvió hacia Marcos.
—Aquí la tienes. Te dejo con ella —dijo en español sin que
la chica entendiera nada.
Marcos se incorporó a medias, extrañado.
—¿Qué?
—Me voy a dar una vuelta. Ceno fuera. Tienes la casa hasta
las dos. Aprovecha.
Se inclinó, recogió el vestido y se lo puso encima del
cuerpo todavía lleno de arena. No se despidió con un beso. No le tocó el
hombro. Le dejó la nevera, la toalla y a la chica de pie junto a él, sonriendo
sin entender del todo el cambio.
—Bye, Bye Judith.
—¡Mamá!.. ¡Laura! —llamó
Marcos.
Ella ya estaba andando hacia la pasarela.
No miró atrás hasta llegar a la ducha de la entrada. Cuando
lo hizo, los vio de lejos: Judith agachada, hablándole; él todavía sentado, con
la toalla a medio poner, la cara vuelta hacia donde ella se iba. Laura apretó
las llaves en la mano y siguió.
En el apartamento entró solo el tiempo justo. Bolso con ropa
de cambio. Teléfono. Las llaves del coche. Bajó otra vez, arrancó y tomó la
carretera hacia el sur, hacia Mojácar, con el aire acondicionado a tope y la
frase todavía sonándole en la cabeza, dicha por ella, con esa voz falsa de
quien regala algo que no quiere regalar.
La carretera hacia Mojácar era corta pero se le hizo larga.
A la izquierda, de vez en cuando, el mar. No puso música. Conducía con las dos
manos en el volante, demasiado recta, como si el coche pudiera desmentir lo que
acababa de hacer.
Mojácar Playa apareció de pronto: el paseo, los hoteles, las
terrazas ya montadas para la noche, esa luz más limpia que la de Vera. Dejó el
coche en un aparcamiento de pago y bajó.
Caminó hasta la orilla sin tumbarse. El agua le llegó a los
pies. No era su playa. No había toalla. No había un hijo a dos metros. Dejó el
vestido por encima del bolso y entró en el agua. Estuvo flotando en el agua un
rato largo. Intentando que las ola se llevaran sus pensamientos. Después se
secó rápidamente y volvió al paseo.
Cenó pronto, en una mesa de un restaurante del paseo.
Pescado, ensalada, una caña que apenas se acabó. Comía despacio, no porque
tuviera hambre, sino porque necesitaba ocuparse las manos. Cada vez que alguien
reía en la mesa de al lado, pensaba en Judith agachada sobre la arena,
hablándole a Marcos, y en ella marchándose como si regalara una tarde.
Madrid.
La palabra le llegó con el último trozo de pan. Madrid era
el piso, los horarios, las habitaciones con puerta. Pero también las tardes
largas sin tener otra cosa que hacer que tumbarse juntos en el sofá. Si volvían
igual, si volvían con lo de esa mañana todavía en el cuerpo, no iba a bastar
con decir esto se queda aquí. Lo sabía. Lo había dicho ya una vez y no
había servido.
Podía mandarlo con su padre un tiempo.
La idea se le quedó quieta, práctica, casi decente. Un par
de semanas. Un mes. Que durmiera allí. Que se enfadara allí. Que se liara con
alguien de su edad lejos de ella. Que el sábado no fuera solo un parche de un
día, sino el principio de una distancia. Mientras lo pensaba, le dolió el
estómago. También le alivió. Las dos cosas a la vez, que era como le estaban
saliendo todas las decisiones desde que habían llegado.
Pidió la cuenta. Dejó propina de más. Siguió andando por el
paseo, ya con la noche cerrada, hasta una terraza un poco más adentro, con
toldo y música baja. Se sentó en la barra, no en una mesa. Pidió un cóctel sin
mirar mucho la carta. Algo frío, algo dulce, algo que no fuera vino.
El primer sorbo le sentó bien. El segundo le aflojó un poco
los hombros. Eran las once y pico. En Vera, Marcos tenía la casa. Ella tenía
tres horas por delante y ninguna gana de volver todavía.
A dos taburetes, un hombre un poco mayor que ella pidió otro
gin-tonic. No la miró enseguida. Cuando lo hizo, fue sin disimulo y sin prisa,
como quien tiene costumbre de estar solo en sitios así.
Él levantó la copa un milímetro, solo lo bastante para que
ella pudiera ignorarlo si quería.
Laura no lo ignoró. Le sostuvo la mirada y asintió, apenas.
—Buena hora para quedarse aquí —dijo él. Tenía acento del norte,
no de Almería. Voz pausada. Sesenta cumplidos, o cerca. Pelo canoso bien
cortado, camisa de lino clara, el reloj demasiado bueno para un turista de
toalla.
—O demasiado tarde para empezar —contestó ella.
Él sonrió.
—Eso siempre se puede discutir.
No se acercó de golpe. Pidió otra ronda cuando el camarero
pasó y le preguntó a Laura con un gesto si quería. Ella dijo que sí. El cóctel
anterior ya le había dejado el cuerpo más suelto, no borracha: disponible.
Habló del calor. De Mojácar. De que Vera era otra cosa, más chata, más de
apartamento. Él dijo que llevaba cuatro días en un hotel del paseo, que venía
todos los veranos, que este se le estaba haciendo largo.
—¿Sola? —preguntó.
—Hoy sí.
No añadió más. Tampoco hizo falta. La conversación se hizo
agradable. Había intención en las pausas, en la forma en que él le miraba la
boca cuando ella bebía, en cómo ella no cruzaba los brazos. Estaba cómoda. Eso
fue lo que más le extrañó: estar cómoda con un hombre que no era su hijo ni el
padre de su hijo, en una barra ajena, sin las prisas del chiringuito de Vera.
—Te queda bien esa cara de quien ha decidido no dar
explicaciones —dijo él.
Laura soltó una risa corta.
—Eso es porque no las estoy dando.
—Mejor.
El camarero se acercó, ya recogiendo vasos de otras mesas.
—Vamos cerrando..
El hombre miró a Laura.
— Si quieres podemos tomarnos la última —hizo una pausa, con
esa broma fácil de cincuentón— o la penúltima, en mi hotel. Queda a dos
minutos.
Ella dejó la copa en la barra. No se sobresaltó. Lo pensó un
segundo de verdad. Un hotel. Una cama que no fuera la de Vera. Un cuerpo que no
conociera. Habría sido una salida limpia.
—No —dijo—. Tengo que volver con mi hijo.
Él asintió, sin ofenderse. Sacó el teléfono y lo dejó entre
los dos, boca arriba.
—Al menos el número. Mañana, o pasado. Un café. O otra
penúltima.
Laura miró la pantalla. Después lo miró a él.
—Mañana ya no voy a estar sola. Para el fin de semana viene
mi marido.
Lo dijo con una naturalidad que le dio un vuelco. El marido.
Como si todavía existiera en ese tiempo verbal. Como si el sábado fuera una
pareja llegando a la playa y no un padre convocado para que ella no volviera a
abrir las piernas.
Él guardó el teléfono.
—Pues ha sido un gusto, entonces.
—Sí. Lo ha sido.
Pagó ella su parte. Bajó del taburete, se ajustó el vestido
y salió al paseo. El aire de la noche ya era más fresco. Eran cerca de las dos.
Caminó hasta el coche y se sentó dentro sin arrancar, con las manos en el
volante, mirando las luces de los hoteles.
Podía haber subido.
No había subido.
Había usado a un hijo y a un marido en la misma frase, y las
dos cosas le servían de escudo. Arrancó al final, sin prisa, y tomó la
carretera de Vera.
Llegó al apartamento casi a las dos y media. Miró la hora
varias veces. Había dejado que el reloj sobrepasase esa cifra que ella misma
había fijado, como si cumplirla pudiera convertir en generosidad lo que había
sido una huida. Subió las escaleras despacio, sacando las llaves con cuidado,
convencida de que iba a encontrar la casa en silencio. Marcos dormido. La otra
ya fuera. El experimento cumplido.
La puerta del apartamento cedió sin ruido. Dentro, no había
silencio.
Lo oyó enseguida, desde el recibidor: el golpe rítmico de la
cama contra la pared y un gemido de mujer, agudo, suelto, en un inglés que no
necesitaba traducción. Laura se quedó quieta, con la mano todavía en el pomo.
Una parte de ella —la que había montado aquella tarde— debería haberse sentido
aliviada. No se sintió aliviada.
Avanzó por el pasillo. La puerta de Marcos estaba
entreabierta. Un hilo de luz de la lámpara de noche. No tuvo que entrar. No
tuvo que buscar.
La vio un segundo.
Judith iba a horcajadas sobre él, de cara a la puerta, las
manos apoyadas en la cabecera, el cuerpo largo subiéndole y bajándole encima
con un vaivén de pelvis suelto, preciso, de quien sabe usarse. Marcos apenas se
veía. Los muslos de ella, el pecho moviéndose, esa forma de sentarse que Laura
no tenía. O no se permitía.
Apartó la vista. Se metió en su habitación y cerró casi del todo, dejando solo la misma rendija por la que había mirado, como si cerrar del todo fuera admitir que no quería oír.
Se quitó el vestido y se puso el camisón de un tirón, sin
mirarse. Se dejó caer boca abajo en la cama, con la cara en la almohada y las
piernas juntas. En la otra habitación la cama no paraba. Judith gemía en
inglés, frases sucias, cortadas, pidiendo más. Laura no entendía cada palabra.
Entendía el tono.
Es lo que querías.
La frase le dio vueltas mientras metía la mano por debajo
del camisón, sin quitárselo, sin apartarlo siquiera. Estaba empapada. Se odió
por eso. Se abrió los labios con los dedos y empezó a frotarse con urgencia,
sin juego, buscando el clítoris de inmediato. Con la otra mano se cogió un
pecho ya fuera del camisón, se lo aplastó contra el colchón y se pellizcó el
pezón hasta que le dolió.
¿Por qué le dolía entonces?
Si lo había buscado. Si la había llamado por su nombre. Si
le había dejado la casa. Si se había ido a Mojácar a probarse con un hombre que
no era su hijo y había dicho que no.
En la otra habitación Judith soltó un grito corto y le dijo
algo a Marcos, más alto. La cama golpeó más rápido. Laura aceleró los dedos. El
camisón se le había subido solo hasta la cadera, arrugado entre el vientre y el
colchón. Se quitó las bragas con violencia lanzándolas al suelo. Se frotaba en
círculos apretados, la humedad sonándole a ella misma, el pezón clavándosele
entre los dedos. Tenía los ojos abiertos en la penumbra, la boca entreabierta
contra la almohada, los muslos temblando.
Oyó la voz de Marcos.
Hablaba en inglés. Mal. Cortado. Laura no entendió la frase.
Entendió el contexto: se iba a correr.
Los golpes de la cama pararon.
Hubo un roce, un desplazamiento de cuerpos, la voz de Judith
otra vez, más baja y más clara. Esta sí la entendió, o creyó entenderla: que
quería sentirlo en la cara.
Después vinieron los sonidos de garganta. Húmedos.
Profundos. Constantes. Marcos soltó un quejido en español, irreconocible y
reconocible a la vez, y Laura se corrió con él.
Se le arqueó la espalda. Apretó los dedos contra el clítoris
y se vino en silencio, con un temblor largo, el coño contrayéndosele alrededor
de la mano, el camisón pegado a la piel por el sudor. Mientras se sacudía
pensaba una sola cosa, nítida, miserable: que su hijo aún no se había corrido
en su cara.
Se quedó boca abajo, con los dedos quietos y la respiración rota, oyendo al otro lado de la pared el silencio denso que queda después. No lloró. Tampoco se levantó. Solo apretó la almohada contra la boca y esperó a que la casa volviera a parecer una casa.
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