Incesto en La Mancha 11

Elena bajó las escaleras con el pelo todavía húmedo del aseo y la bata ligera ceñida a la cintura. El olor a café recién hecho le subió desde el comedor. Sonrió para sí misma. Le gustaban estas mañanas en la finca: la luz limpia, el silencio de los viñedos, la sensación de tener a toda la familia bajo el mismo techo.

Al entrar en el comedor la sonrisa se le quedó a medias.

Mateo ya estaba sentado. Tenía la cara pálida, el pelo húmedo peinado hacia atrás y la mirada clavada en la taza como si el resto de la casa no existiera. No levantó la cabeza cuando ella entró.

—Buenos días —dijo Elena, acercándose a dejarle un beso en la sien.

Él se tensó apenas, lo suficiente para que ella lo notara, y murmuró un “buenos días” sin mirarla.

Alfredo estaba a su lado, ya con el café en la mano. Le pasó una mano por la espalda a Elena al pasar y le devolvió el saludo con esa calma suya de siempre. Dayana y Camila llegaron poco después, una detrás de la otra, y se sentaron en silencio.

Elena se movió alrededor de la mesa, sirviendo café, ofreciendo tostadas, intentando llenar el espacio con normalidad. Habló de la pedida, de una llamada que tenía que hacer a media mañana, de si alguien quería bajar al pueblo más tarde. Nadie recogió el hilo con demasiado entusiasmo.

Mateo no comía. Removía el café una y otra vez. Cada vez que Elena le dirigía la palabra, contestaba con un monosílabo y volvía a mirar el plato. En un momento ella le puso una mano en el antebrazo.

—¿Estás bien, cariño? Se te ve cansado.

Mateo levantó la vista. La miró un segundo demasiado largo, como si no supiera qué hacer con esa pregunta, y después apartó los ojos.

—Sí. Solo he dormido mal.

Alfredo, desde el otro lado, observaba la escena con una atención tranquila. Cuando Elena se giró a buscar más leche, él le puso una mano en el hombro a Mateo y se la dejó ahí un instante, posesiva, casi paternal. Mateo no se apartó. Tampoco se relajó.

El desayuno siguió así: conversaciones a medias, silencios demasiado largos y la presencia de Mateo como un peso muerto en el centro de la mesa. Cuando por fin empujó la silla hacia atrás y dijo que iba a dar una vuelta, Elena lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta del jardín.

Se quedó con el ceño ligeramente fruncido, la taza entre las manos, sin entender del todo qué le pasaba a su hijo.

Alfredo bebió un sorbo de café y sonrió apenas.

Mateo no fue lejos. Se quedó en el porche de atrás, sentado en el banco de piedra, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida entre las cepas. El sol todavía no calentaba del todo. Tenía las manos juntas y los nudillos blancos.

Elena lo encontró unos minutos después. Se acercó sin hacer ruido y se detuvo a su lado.

—¿Puedo sentarme?

Él dudó un segundo y después se corrió un poco. Ella se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos.

Durante un rato no dijeron nada. Solo se oía el viento ligero entre las hojas y el canto lejano de algún pájaro.

—Llevas toda la mañana como si hubieras visto un fantasma —dijo Elena al fin, con suavidad—. No has comido. Apenas has hablado. Y cuando te miro… apartas la vista.

Mateo se pasó una mano por la cara.

—Estoy bien, mamá.

—No lo estás.

(Pausa)

¿Has tenido una pesadilla? A veces las noches en el campo se hacen raras. Uno sueña cosas que después no sabe cómo explicar.

Él soltó una risa corta, seca, sin ninguna gracia.

—Algo así.

Elena lo observó de perfil. Tenía ganas de tocarle el pelo como cuando era pequeño, pero se contuvo.

—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó de pronto.

Mateo giró la cabeza hacia ella tan rápido que casi fue un sobresalto.

—¿Qué?

—No sé. Se te ve… distante. Como si te hubiese hecho algo. O como si yo te recordara a algo que no quieres recordar.

Mateo abrió la boca y la volvió a cerrar. El corazón le latía demasiado fuerte. Ella estaba ahí, a menos de un metro, con la bata ligera, el pelo todavía húmedo y esa expresión de preocupación materna que le removía el estómago.

—No es eso —consiguió decir.

—Entonces ¿qué es?

(Bajó un poco la voz)

Si has visto algo… o has oído algo esta noche… puedes decirme. No me voy a enfadar.

Mateo sintió que se le secaba la boca. La imagen de ella vendada, abierta, gimiendo su nombre (el de Alfredo) mientras él se corría dentro le golpeó con tanta fuerza que tuvo que apartar la mirada hacia los viñedos.

—No he visto nada.

Elena suspiró. Estiró una mano y le rozó el antebrazo con los dedos.

—Estás temblando.

Él retiró el brazo con demasiada brusquedad.

—No estoy temblando.

Se levantó de golpe. Elena se quedó mirándolo desde el banco, sorprendida por el gesto.

—Mateo…

—Necesito estar solo un rato —dijo sin mirarla—. De verdad. No es nada. Solo… déjame.

Y se alejó hacia los viñedos antes de que ella pudiera contestarle. Caminaba rápido, con los hombros tensos, como si huyera de algo que lo iba pisando los talones hasta que se cruzó con Alfredo.  El mayor iba en dirección contraria, con las manos en los bolsillos y esa calma imperturbable. Se detuvieron uno frente al otro un segundo.

Alfredo le sostuvo la mirada. No dijo nada. Solo le puso una mano en el hombro, apretó apenas, y siguió caminando hacia la casa. Mateo se quedó quieto un instante, sintiendo todavía el peso de esa mano, y después continuó hacia las cepas sin mirar atrás.

Alfredo encontró a Elena todavía sentada en el banco del porche. Tenía los brazos cruzados y la mirada perdida en el punto por donde había desaparecido su hijo.

—¿Le has hablado? —preguntó él, deteniéndose a su lado.

Elena asintió sin girarse.

—Está raro. Muy raro. No come, no habla, me evita… Cuando le he preguntado si le pasaba algo conmigo se ha puesto blanco.

Alfredo se sentó a su lado. Le pasó un brazo por los hombros con naturalidad.

—Es joven, Elena. Tiene diecinueve años. Lleva toda la vida en Madrid, con sus amigos, su ritmo, y de pronto lo traemos aquí, a la Mancha, en pleno verano, con la casa llena y la pedida encima. Empieza la universidad en octubre. Son demasiados cambios de golpe.

Ella apoyó la cabeza en su hombro un momento.

—No sé… Se le veía como si hubiera visto algo que no podía contar. O como si estuviera enfadado conmigo.

—No está enfadado contigo.

(Le besó el pelo)

Es normal que se cierre un poco. Los chicos a esa edad no saben gestionar lo que sienten. Dale un par de días. Ya verás cómo se le pasa.

Elena suspiró. Se dejó consolar, pero el ceño no se le terminó de suavizar del todo. Seguía mirando hacia los viñedos, donde ya no se veía a Mateo.

—Espero que tengas razón.

Alfredo le apretó el hombro y sonrió con esa seguridad que siempre la tranquilizaba… aunque esta vez no del todo.

La comida se sirvió en el interior, con las puertas abiertas al porche para que entrara algo de aire. Toda la familia estaba sentada alrededor de la mesa: Elena y Alfredo en los extremos, Mateo enfrente de su madre, Dayana y Camila una al lado de la otra. Lucía entraba y salía de la cocina, dejando fuentes, retirando platos, sirviendo agua y vino con su discreción habitual.

El ambiente seguía raro. Mateo apenas levantaba la vista del plato. Elena intentaba mantener la conversación con comentarios sobre la pedida y el tiempo. Alfredo contestaba cuando tocaba, tranquilo.

Fue en un momento en que Lucía se inclinaba entre Dayana y Camila para dejar una ensaladera cuando Camila habló. Lo hizo en un tono ligero, casi casual, pero mirando directamente a su hermana:

—Qué bien se te da últimamente dejar que te cuiden, Dayana.

(Pausa mínima)

Hay gente que parece tener las manos muy… solícitas contigo.

Dayana se tensó de inmediato. La cuchara se le quedó a medio camino. Lucía, todavía inclinada, se detuvo un segundo antes de seguir sirviendo como si no hubiera oído nada.

Elena levantó una ceja, extrañada.

—¿Qué quieres decir, Camila?

Camila sonrió con inocencia fingida y se encogió de hombros.

—Nada, mamá. Solo que mi hermana está recibiendo muchas atenciones estos días. Se le nota más… relajada.

Mateo frunció el ceño, sin entender. Alfredo, en cambio, dejó la copa en la mesa con una lentitud deliberada y miró a Camila primero, después a Dayana. En sus ojos había un brillo de diversión contenida.

Dayana clavó la vista en el plato. Se le había subido el color a las mejillas. No contestó. Solo apretó la mandíbula y siguió comiendo en silencio, mientras Lucía desaparecía de nuevo hacia la cocina con la bandeja vacía.

La frase se quedó flotando sobre la mesa, ambigua para la mayoría, cristalina para las dos hermanas… y para Alfredo.

La casa se fue apagando poco a poco. Primero bajaron las voces del salón, después se oyeron las puertas de las habitaciones cerrarse una tras otra. Solo quedó el ruido lejano de los grillos y el crujido ocasional de la madera.

Dayana no podía dormir.

Se había dado la vuelta en la cama al menos veinte veces. La frase de Camila en la comida le daba vueltas en la cabeza como un insecto. Hay gente que parece tener las manos muy solícitas contigo. Cada vez que cerraba los ojos veía a Lucía arrodillada entre sus piernas, y el recuerdo le calentaba el vientre al mismo tiempo que le subía la vergüenza a la cara.

Al final se levantó.

Salió al pasillo descalza, con solo la camiseta larga del pijama. La puerta de Lucía estaba al fondo del corredor del servicio, entreabierta como casi siempre. Dayana se detuvo delante unos segundos, dudando. Después empujó con los dedos y entró.

Lucía estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas, leyendo algo con la luz de un flexo. Levantó la vista y no mostró sorpresa. Solo dejó el libro a un lado.

—Señorita Dayana…

Dayana cerró la puerta detrás de ella con cuidado. Se quedó de pie, respirando un poco más rápido de lo normal.

—No puedo dormir —dijo.

Lucía asintió, como si ya lo hubiera intuido. Se corrió un poco en la cama, dejándole espacio. Dayana dudó un segundo más y después se acercó. En lugar de sentarse a su lado, se subió a la cama de rodillas, le puso las manos en los hombros y la besó.

El beso no fue tímido. Dayana abrió la boca casi de inmediato, buscando la lengua de Lucía con una urgencia que la sorprendió incluso a ella misma. Lucía respondió, pero dejó que fuera Dayana quien llevara el ritmo. Las manos de la venezolana bajaron por los brazos de Lucía, le quitaron la camiseta del pijama de un tirón y la empujaron suavemente hacia atrás hasta dejarla tumbada.

Dayana se colocó entre sus piernas y le bajó los pantalones del pijama junto con las bragas. Lucía levantó un poco las caderas para ayudarla. Cuando quedó desnuda de cintura para abajo, Dayana se quedó un segundo mirándola: el coño con poco vello, los labios ya ligeramente abiertos, la respiración de Lucía un poco más acelerada.

Después se inclinó y le pasó la lengua de abajo arriba, despacio, abriéndola. Lucía soltó un suspiro tembloroso y le puso una mano en el pelo. Dayana no se detuvo. Empezó a comérselo con dedicación, casi con hambre: lengua plana, después la punta concentrada en el clítoris, dos dedos entrando con facilidad. Estaba húmeda. Dayana notó el sabor y un calor oscuro le subió por el vientre.


Lucía arqueó la espalda y abrió más las piernas. Dayana la follaba con la boca y los dedos, sin prisa pero sin piedad, como si necesitara concentrarse en eso para no pensar en nada más. Los gemidos de Lucía eran bajos, contenidos, para no despertar a nadie.

Dayana no levantó la cabeza en ningún momento. Seguía lamiendo, chupando, empujando los dedos más profundo cada vez que Lucía se tensaba. Su propia excitación le hacía rozar las caderas contra el colchón, buscando algo de alivio.

Estaban así cuando la puerta se abrió sin hacer casi ruido.

Alfredo entró sin llamar. Cerró la puerta con suavidad a su espalda y se quedó un momento observando la escena: Dayana arrodillada entre las piernas de Lucía, la cara hundida en su coño, los movimientos de su cabeza constantes y ávidos. Lucía tenía los ojos semi cerrados y una mano en el pelo de Dayana.

Ninguna de las dos lo había oído.

Alfredo se desabrochó la camisa con calma, se la quitó y la dejó sobre una silla. Después se bajó los pantalones y la ropa interior. Su polla ya estaba dura. Se acercó a la cama desnudo, sin prisa, y se detuvo justo al lado de la cabeza de Lucía. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Ella abrió los ojos, lo reconoció y, sin apartar a Dayana, giró un poco la cara y abrió la boca.

Alfredo le metió la polla de un empujón lento y profundo.


Lucía soltó un sonido ahogado alrededor de él y empezó a chuparlo mientras Dayana seguía comiéndole el coño, todavía sin darse cuenta de la nueva presencia. Alfredo le sujetó la cabeza a Lucía con una mano y embistió su boca con calma, mirando hacia abajo, hacia la espalda arqueada de Dayana.

Fue el movimiento de la cama y el cambio en la respiración de Lucía lo que alertó a Dayana. Levantó la cabeza de golpe, con la boca brillante y los labios hinchados. Al ver a Alfredo de pie, desnudo, follándole la garganta a Lucía, se quedó paralizada. El color se le drenó de la cara.

—No… —empezó a decir, retrocediendo un poco sobre las rodillas.

Alfredo la miró. No retiró la polla de la boca de Lucía. Solo le habló con esa voz baja y tranquila que usaba cuando ya había ganado:

—Continúa.

Dayana negó con la cabeza, asustada, confusa, con el corazón latiéndole en los oídos. Alfredo alargó la mano libre, le puso los dedos en la nuca con una presión suave pero firme, y la guió de nuevo hacia abajo, hacia el coño abierto y húmedo de Lucía.

—Dije que continúes.

Dayana tembló. Por un segundo pareció que iba a resistirse. Después, muy despacio, volvió a inclinarse y posó la boca otra vez entre las piernas de Lucía. Alfredo mantuvo la mano en su nuca un momento más, como confirmando que había obedecido, y después la retiró para agarrar mejor la cabeza de Lucía y seguir follándole la boca.


Las dos estaban de nuevo en su sitio: Lucía chupando la polla de Alfredo con sonidos húmedos y Dayana lamiéndole el coño, esta vez con una tensión nueva en todo el cuerpo.

Alfredo los miró a las dos desde arriba, satisfecho.

Lucía chupaba a Alfredo con dedicación, tomándolo profundo, mientras Dayana, todavía temblando, le comía el coño con movimientos más torpes e inseguros que al principio. Cada vez que Alfredo empujaba hacia delante, el cuerpo de Lucía se movía y su coño se rozaba con más fuerza contra la boca de Dayana.

Dayana tenía los ojos cerrados. Intentaba concentrarse solo en lo que estaba haciendo, pero la presencia de Alfredo a tan poca distancia le erizaba la piel. Sin darse cuenta, una de sus manos bajó entre sus propias piernas y empezó a tocarse por encima de la braga del pijama. El tejido ya estaba húmedo.

Alfredo lo notó de inmediato.

Se retiró de la boca de Lucía con un hilo de saliva y se movió detrás de Dayana. Ella sintió el colchón hundirse a su espalda y levantó la cabeza, asustada otra vez. Alfredo le puso una mano en la cintura, le bajó las bragas hasta los muslos y, sin decir nada, se inclinó y le pasó la lengua por el coño desde atrás.

Dayana soltó un gemido ahogado y se tensó.

—Sigue —ordenó él, contra su piel.

Ella obedeció. Volvió a hundir la cara entre las piernas de Lucía mientras Alfredo le comía el coño con calma, abriéndola con los dedos y lamiéndole el clítoris con precisión. Al principio Dayana estaba rígida, pero poco a poco los muslos se le fueron abriendo más. Cada vez que Alfredo empujaba la lengua dentro o le rozaba el punto exacto, un temblor le recorría la espalda y un gemido se le escapaba contra el coño de Lucía.


Las dos respiraban cada vez más agitadas. Lucía tenía una mano en el pelo de Dayana y la otra en su propio pecho. Dayana empujaba el culo hacia atrás, buscando más la boca de Alfredo, mientras seguía lamiendo con desesperación creciente.

Se corrieron casi al mismo tiempo.

Lucía se arqueó primero, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Dayana y soltando un gemido largo y tembloroso. Dayana la siguió segundos después: el cuerpo se le sacudió entero mientras Alfredo le chupaba el clítoris sin piedad, sacándole el orgasmo a oleadas.

Cuando las contracciones bajaron, Alfredo se levantó. Se puso de pie al borde de la cama y miró a Lucía. Ella, todavía con la respiración agitada, se deslizó hasta el suelo de rodillas delante de él y le tomó la polla en la boca sin que se lo pidiera.

Alfredo le acarició el pelo. Después miró a Dayana, que seguía en la cama, con las bragas en los muslos y la cara brillante de fluidos.

—Si quieres… tú también puedes.

Dayana dudó. Se pasó la lengua por los labios hinchados, mirando la polla de Alfredo desaparecer y aparecer en la boca de Lucía. El corazón le latía con fuerza. Al final se bajó de la cama, se arrodilló al lado de Lucía y, después de un segundo de vacilación, acercó la cara.

Alfredo les puso una mano en la cabeza a cada una. Las dos le chupaban ahora: a veces una se lo tomaba entero mientras la otra le lamiía los huevos o el tronco, a veces juntaban las lenguas alrededor de la cabeza. Se lamian sus lenguas. La saliva les caía por la barbilla. Alfredo las guiaba con suavidad, repartiendo la atención, disfrutando de la imagen de las dos hermanas de rodillas.


Cuando sintió que se acercaba, les agarró el pelo con más fuerza.

—Abrid la boca.

Las dos obedecieron. Alfredo se corrió con un gruñido bajo, repartiendo los chorros entre las caras de Dayana y Lucía: sobre la lengua, los labios, las mejillas, un hilo espeso que le cayó a Dayana hasta el cuello. Ellas se quedaron quietas, recibiendo, mientras él terminaba de vaciarse.

Se hizo un silencio denso, solo roto por la respiración agitada de los tres.

Alfredo se quedó unos segundos mirándolas: Dayana y Lucía de rodillas, la cara de las dos marcada con su semen, la respiración todavía irregular. Después se limpió la polla con calma, recogió la ropa del suelo y se vistió sin ninguna prisa. Se abrochó los pantalones, se metió la camisa por dentro y se pasó una mano por el pelo.



Dayana no se había movido. Tenía un hilo blanco resbalándole por la mejilla y la mirada baja. Lucía, más acostumbrada, se pasó el dorso de la mano por la boca y esperó en silencio.

Alfredo se detuvo delante de Dayana. Le puso dos dedos bajo la barbilla y le levantó suavemente la cara hasta que lo miró. Le sostuvo la mirada un momento largo, evaluándola. Después le limpió una gota de semen del labio inferior con el pulgar y se lo acercó a la boca de ella. Dayana, después de una mínima duda, lo lamió.

Alfredo sonrió apenas.

—Buenas noches, Dayana.

Salió de la habitación y cerró la puerta con un clic suave.

El silencio que dejó atrás fue pesado. Lucía se levantó primero, recogió su camiseta del pijama y se la puso. Después miró a Dayana, que seguía de rodillas en el suelo, como si todavía no hubiera procesado del todo lo que acababa de ocurrir.

—Señorita… —dijo Lucía en voz baja—. ¿Quiere que le traiga algo para limpiarse?

Dayana negó con la cabeza. Se levantó despacio, se subió las bragas y se pasó las manos por la cara, manchándose un poco más. Sin decir nada, cruzó la habitación, abrió la puerta y salió al pasillo oscuro.

Camino de su propia habitación sintió el semen secándosele en la piel y el eco de la lengua de Alfredo todavía entre las piernas. Cerró la puerta detrás de ella, se apoyó contra la madera y cerró los ojos.

En la casa solo se oía el silencio.

Comentarios

  1. Buenísimo, cada relato supera al anterior, seguro que terminan follando todos juntos.

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