El Búnker- 5: Dentro
Alba no sabía qué hora era. En la litera de arriba la lona había dejado de crujir hacía rato. Leo dormía.
Ella no.
Estaba de lado, de cara a la pared de hormigón, la camisa de hombre subida hasta la cadera. El cubículo olía a ellos: al sexo de antes, al semen de él en sus sábanas. Tenía una mano bajo la mejilla y la otra entre los muslos, no para tocarse, solo para sentirse protegida.
Oyó el estribo.
Leo bajó con cuidado de no golpearse la cabeza en el techo bajo. Descalzo. El pantalón de dormir, el de tela fina. Salió al baño mientras ella se hacía la dormida. Al regresar, se quedó un segundo de pie junto a la litera de ella, respirando por la boca, y después levantó la manta y se metió.
El colchón de lona se hundió con su peso. Alba se quedó rígida. Él se le pegó por detrás, el pecho amplio en su espalda, las rodillas encajando en el hueco de las suyas, un brazo por encima de la cintura. La mano le quedó abierta sobre el vientre, los dedos en la piel desnuda bajo la camisa, el meñique rozándole el elástico imaginario de una braga que no llevaba.
La polla se le acomodó sola en el tajo de las nalgas, por encima de la tela del pantalón de él. No del todo dura. Caliente. Un bulto dormido que a ella le llenó el surco y le subió un calor lento hasta el bajo vientre. Leo murmuró algo sin consonantes, acercó la boca a su nuca y se quedó ahí, el aliento regular, el peso de un cuerpo que ya había decidido que esa litera era la suya.
Alba abrió los ojos en la oscuridad.
No le dijo nada. Las palabras se le quedaron atragantadas detrás de los dientes mientras la mano de él, dormida, le apretaba un poco más la tripa y la polla, al moverse él en un sueño, se le endurecía contra el culo. Un roce. Otro. El algodón del pantalón de Leo, fino, le dibujaba el glande entre las nalgas. A ella se le humedeció el coño sin que nadie la tocara: solo el peso, el olor, la respiración en el pelo suelto.
Él se durmió del todo. El brazo se le volvió pesado. La erección se le quedó a medias, apretada en el hueco de ella, como un recordatorio que no pedía respuesta.
Alba no pudo volver a cerrar los ojos. Recordó la última vez que durmió abrazada. El brazo era el de Marcos. Más fino. Más frío en los dedos. Llevaba puesta la camiseta de dormir y ella el jersey grueso de su padre, el vaquero todavía abrochado por si tenían que bajar corriendo. Estaban en su cama. La puerta, entreabierta. Abajo, en el pasillo, se oía a su padre.
No dormía nadie del todo excepto Marcos.
Él se le había pegado igual: pecho en la espalda, rodillas en el hueco, la mano abierta sobre el jersey a la altura del vientre. La respiración se le había ido haciendo lenta casi en cuanto cerró los ojos. Alba tenía los suyos abiertos hacia la raya de luz del pasillo. Deberían ser las tres. El convoy llegaba a las siete. Las bolsas ya estaban preparadas junto a la puerta.
Su padre abrió un cajón.
El ruido le llegó nítido: madera, el roce de papeles, el sonido metálico de algo pesado al caer. Después pasos hacia la cocina. Su madre dijo algo muy bajo. Él contestó con un monosílabo. Volvió al pasillo. Otro cajón. El de los documentos, probablemente, o el de las velas.
Marcos se removió. La entrepierna se le acomodó contra el culo de Alba, por encima de los dos pantalones, un calor dormido, sin intención. Ella no se apartó. Le buscó los dedos encima del jersey y se los apretó, no para despertarlo: para tener algo que no fuera el ruido de su padre desmontando la casa.
Cerró los ojos. Los volvió a abrir. Su padre pasó por el quicio. La raya de luz se ensanchó un segundo. Alba vio el perfil: la chaqueta, el hombro, la linterna apagada en la mano. No miró hacia la cama. O miró y no dijo nada. Siguió. La puerta del dormitorio de matrimonio se cerró con cuidado.
Marcos dormía. Como Leo.
Alba contó las respiraciones de él hasta que dejaron de ser de Marcos y volvieron a ser más anchas, más pesadas, con el pecho de quien sube bidones.
La mano en su vientre era otra. La polla a medias contra su culo, otra. El hormigón, no la pared del piso. Y ella seguía sin dormir.
Leo se despertó como se despertaba siempre: de golpe, sin fase intermedia, el cuerpo ya en alerta. Un segundo no supo dónde estaba. Después notó el colchón estrecho, el olor a ella, la camisa de hombre bajo su palma y el culo de Alba encajado contra la entrepierna.
Se le endureció del todo en cuanto lo entendió.
No preguntó. No dijo Alba ni mamá. Le apartó el pelo de la nuca con la nariz y la besó ahí, en la piel caliente del nacimiento del cuello. Alba se tensó. No se apartó. Él le bajó el brazo un poco, le buscó el pecho por debajo de la camisa, y le llenó la mano con el peso: el pezón ya duro, la carne blanda. Lo apretó despacio. Ella soltó el aire por la boca, un sonido bajo, y empujó el culo hacia atrás, contra la polla, como si todavía estuviera medio dormida y el cuerpo respondiera solo.
Leo se levantó el elástico del pantalón lo justo. La polla le salió caliente, la cabeza ya mojada, y se le acomodó entre las nalgas de ella, piel con piel. Alba abrió un poco las piernas. Él no buscó la entrada todavía. Se frotó en el surco, lento, el glande pasando el coño cerrado, abriéndole los labios un milímetro cada vez, dejando humedad. Se le resbaló hasta el clítoris y volvió. Otra vez. Alba le agarró la muñeca que tenía en el pecho y se la apretó.
Se giró medio cuerpo. Se besaron torpe, de lado, con sueño y con ganas. La lengua de Leo, ancha, le llenó la boca. La mano le bajó del pecho a la tripa, al vello, y le abrió los labios con dos dedos. Estaba empapada. Se lo dijo sin decirlo, metiéndole solo la yema, un círculo en el clítoris, el mismo que ella le había enseñado semanas atrás.
—Así —murmuró ella.
Él le subió un muslo y se colocó detrás, más alto. La punta de la polla encontró la entrada. Se detuvo. Alba asintió contra la almohada, un movimiento mínimo. Leo empujó.
Entró despacio. Solo la cabeza. El calor de ella se le cerró alrededor, apretado, más estrecho de lo que la mano había prometido. Alba abrió la boca. Un sonido corto. Él se detuvo otra vez, temblando, la frente en su hombro, y después siguió: un centímetro, otro, hasta que se le hundió entera y los dos se quedaron quietos, encajados, respirando mal.
Alba tenía los ojos abiertos. La polla de su hijo dentro, latiéndole el fondo, sin moverse aún. El olor de Leo tan parecido al de Marcos. Y volvió al baño de Las Rozas. Desnuda, con el sabor todavía en la lengua.
Alba cerró la puerta del baño de invitados sin hacer ruido. En el cuarto, Marcos estaba tumbado de espaldas, también desnudo, un brazo detrás de la cabeza, la polla aún a medias sobre el vientre, brillante. Las gafas de ella seguían en la mesilla, junto al despertador que daba la hora de un mundo con luz.
Se metió a su lado. La colcha ajena le rozó los muslos. Le besó la mejilla, la comisura, el párpado. Él se rio bajo, todavía con el orgasmo en la voz.
—¿Estás bien?
Alba apoyó la boca en su oreja, el pelo corto haciéndole cosquillas en la sien.
—¿Sabes una cosa?
—Qué.
—Creo que te quiero.
Se lo dijo como un secreto, casi sin voz. Marcos no contestó con una frase. La buscó la boca y la besó despacio, profundo, con un cuidado que no había tenido en el 69. Le palpó el pecho, el pezón, la tripa lisa. Ella le bajó la mano a la polla y se la encontró calentándose otra vez entre los dedos. Él le metió los suyos entre las piernas, dos, resbalando en lo que aún estaba húmedo de antes. Se masturbaron así un rato, de lado, mirándose, el chapoteo mínimo, las respiraciones cada vez menos risa.
Alba se le subió encima.
Se sentó a horcajadas, las rodillas a ambos lados de su cintura, y le puso la polla contra el coño sin meterla. Se frotó. Los labios rasurados abiertos recorriéndole el palo de la base a la punta, el clítoris aplastándosele en la cabeza cada vez que bajaba. Marcos le agarró las caderas. Ella se inclinó, los pechos en su cara, y siguió ese vaivén, lenta, mojándolo todo. La polla se le hundía un milímetro entre los labios y salía. Otra vez. El miedo del condón roto seguía en la habitación, pero más lejos.
Se colocó justo en la entrada. La punta se le abrió paso sola. Un calor redondo.
—Para —dijo Marcos, la voz rota—. Para… no llevo preservativo.
Alba se quedó ahí, clavada en ese milímetro, y ronroneó contra su boca.
—Solo un poquito.
Bajó.
La punta se le abrió paso y se detuvo ahí, más ancha de lo que había imaginado. Estaba empapada y aun así le costó. Un escozor corto, limpio, como cuando se rasca una herida que aún no lo es. Alba apretó los labios. Marcos la miraba desde abajo, los ojos muy abiertos, sin empujar.
—¿Te hago daño?
—Un poco. Espera.
Se quedó con la cabeza dentro, respirando, el coño intentando entender aquel grosor. Nunca había tenido nada así. Los dedos de él, la lengua, la propia mano: otra medida. Esto era redondo y vivo y le latía contra un sitio que no sabía que se podía tocar por dentro. Bajó otro poco. El escozor se le mezcló con un calor hondo. Se le escapó un sonido pequeño, no de placer del todo. Marcos le acarició el muslo, quieto, dejándola a ella el peso.
Bajó el resto.
Se sentó en él de golpe más de lo que quería y se le clavó un pinchazo breve, hondo. Se quedó inmóvil, las uñas en su pecho, el pubis de Marcos aplastándole el clítoris, la polla entera dentro por primera vez. Le temblaban los muslos. Tenía los ojos húmedos y no de emoción solamente. El te quiero se le había quedado atragantado detrás de los dientes.
No se movió.
La habitación de invitados. Los olores a perfume que le añadían a todo. El cuerpo de ella, de dieciocho años, aprendiendo que aquello cabía.
El hormigón. El olor a cerrado. El filtro. Dieciocho años después el mismo camino, no nuevo pero igual de extrecho: la polla de Leo, más gruesa, de lado, haciéndole de nuevo aquel estirón primero que ya no era primero.
Leo empujó un centímetro más, ya dentro del todo, y Alba volvió al cubículo con un gemido diferente al del chalé. Ella se había girado, necesitaba ver que no era de Marcos el peso que sentía encima. La camisa de dormir se le quedó arrugada bajo los omóplatos. Él le abrió las piernas con las rodillas y volvió a entrar, esta vez más hondo, con el peso de quien ya no pregunta. La polla le llenó el mismo sitio, más gruesa, y a ella se le escapó un sonido bajo, contra su cuello.
Leo se apoyó en los antebrazos para no aplastarla del todo. La litera era estrecha y el pecho de él le quedaba encima, caliente, el pantalón de dormir aún enredado en un muslo. Empezó un vaivén corto, regular, el de quien tiene miedo de hacer ruido aunque nadie pudiera oírlos. Entraba hasta el fondo y salía poco, la polla arrastrándole los labios, el glande rozándole por dentro un punto que a ella se le notaba en la respiración. Cada vez que empujaba, el pubis le aplastaba el clítoris sin buscarlo: un golpe sordo, húmedo, el vello de él contra el de ella. Alba estaba empapada. Se oía. Un chapoteo mínimo entre los dos, tapado por el filtro.
Le puso las manos en la espalda desnuda, debajo de la camiseta, y le siguió el ritmo con las caderas, pequeño. Cuando él se hundía, ella se alzaba un palmo para recibirlo entero. Deseado. Casi doméstico. Como si aquello llevara años ocurriendo y no acabara de empezar.
Se besaron poco. Él le besó el hombro, el hueco del pecho, el pezón, lo chupó un segundo y volvió a la boca cuando ella se la ofreció. La lengua ancha. El sabor a sueño. Alba cerró los ojos. No dijo te quiero. No dijo su nombre. Se dejó follar con esa lentitud de matrimonio que le daba vergüenza reconocer: la polla saliendo hasta casi escaparse y volviendo a llenarla, el peso, el calor dentro, el clítoris machacado entre los dos pubis. El placer le fue subiendo igual, por debajo, sin teatro, un calor que le abría los muslos un poco más cada vez.
Se corrió primero. Un temblor largo que le empezó en el coño y le subió por la tripa. Se le cerró alrededor a tirones, apretándole la polla, mojándolo más. Mordió el hombro de Leo para no gritar. Las uñas en los omóplatos. Él no paró. Esperó a que las sacudidas se le espaciaran y siguió el mismo vaivén, un poco más hondo, más lento, la respiración hecha un hilo contra su oreja. A Alba le dolía ya el clítoris y aun así levantó las caderas.
Avisó con el cuerpo, no con la voz: se le puso de piedra, los empujes más cortos, un temblor en los brazos. Alba lo entendió y no lo sacó. Lo rodeó con las piernas, los talones en su culo, y lo dejó irse dentro. Los pulsos, calientes, espesos, contra el fondo, uno detrás de otro. Leo se quedó encima, temblando, la frente en su mejilla, la polla todavía latiéndole.
En la litera de arriba, el dibujo de la Gran Vía no se movió.
Alba tenía a su hijo dentro y, detrás de los párpados, a Marcos debajo, pidiéndole que parara, y a ella dejándose llevar por el placer. Pequeño al principio: un vaivén corto, ella encima, las palmas en el pecho de Marcos, el coño recorriendo su polla por primera vez, de arriba abajo. Le dolía un poco todavía y aun así bajaba. El pubis de él le aplastaba el clítoris cada vez que se sentaba. Eso era lo que buscaba. Se inclinó, el pelo corto cayéndole a la cara, y aceleró.
Ya no era un poquito. Era follar.
Las caderas le marcaron un ritmo más sucio, más hondo. El coño se le oía al tragarlo y soltarlo: un chapoteo claro, obsceno, la polla saliendo brillante y volviendo a desaparecer hasta el fondo. Marcos le agarró el culo con las dos manos y la bajaba contra él cada vez que ella se alzaba. Al final de cada embestida Alba frotaba su clítoris contra Marcos buscando ese golpe exacto. Los pechos se le movían encima de la cara de él. No controlaba los gemidos. En aquella casa podía: estaban solos. Marcos repetía su nombre una y otra vez, contra su boca, y la besaba mal, con dientes, con ganas.
Se corrió primero. Encima, clavada hasta el fondo, el coño cerrándosele a tirones alrededor de aquella polla que era la primera, un calor que le dobló la espalda y le abrió la garganta. Las uñas en sus hombros. Se quedó un segundo sin aire, temblando, todavía sentada en él. Marcos no había terminado. Le temblaban las manos en las caderas, empujando hacia arriba, buscando el final dentro.
—Alba —dijo—. Voy a…
Ella lo entendió. Se levantó de golpe. La polla salió de ella tensa, brillante de los dos. Alba se bajó entre sus piernas antes de que él pudiera seguir. Se la metió en la boca de un golpe, hasta donde pudo, la mano apretando la base, la lengua plana por debajo. Sabía a ella. A coño. A piel. Marcos se le arqueó y le puso una mano en el pelo corto, sin empujar. Ella chupó rápido, hondo, el glande golpeándole el paladar, la saliva espesa mezclada con lo que se había llevado de dentro.
Se corrió en su boca. De golpe. Un pulso, otro, caliente, llenándole la lengua. Alba lo sostuvo hasta que dejó de latirle, los labios cerrados alrededor de la cabeza, y tragó. Se quedó un segundo así, la frente en su vientre, la respiración desordenada. Después subió y lo besó. Él recibió su propio sabor sin apartarse, la risa rota, la frente sudada.
Alba se recostó a su lado. El coño le latía vacío. El te quiero seguía en la habitación, más verdadero ahora que cuando lo había dicho.
En el búnker nadie había dicho te quiero. Empezó a sentir frío en la piel desnuda y húmeda. Nada comparable con el que sintió en las veredas de Villalba
Su padre había elegido caminos secundarios sin consultarlo: pistas de servicio, un sendero de colmenas, el margen de una vía muerta. Evitaban los pueblos. Evitaban el asfalto. Cuando una carretera se les cruzaba, la miraban desde el pinar hasta que el silencio lo dominaba todo, y entonces la cruzaban rápido, agachados, las bolsas golpeándoles las rodillas. Aún tenían comida. Su madre la racionaba y repartía en silencio, tres cucharadas, el hueco de la cuarta sin nombrarlo.
Hacía mucho frío. El de noviembre en la sierra, que se mete por el cuello aunque lleves el jersey del padre. Alba tenía las manos en los bolsillos y el código en la cabeza, repetido dos veces bajo los pinos, las coordenadas como una canción que no quería olvidar. Su madre hablaba poco. Se le veía el cansancio en la forma de sentarse cuando paraban. Su padre no paraba del todo: miraba atrás, miraba arriba, escuchaba.
A lo lejos, disparos.
No una batalla. Un eco seco entre lomas, después otro, después nada. Nadie dijo qué eran, nadie aminoró. El aliento se les veía. En una cuneta había un coche con las puertas abiertas. No se acercaron.
Al anochecer durmieron arropados de espaldas a un muro semiderruido. Las bolsas de almohada, los tres pegados. Su padre con la pistola en la mano, pero el seguro puesto. Su madre abrazándola desde la espalda.
Alba no durmió.
Guadarrama estaba a un par de jornadas, el código en su cabeza para no perderlo. Aún lo repetía las noches de insomnio, un código inútil en una consola que reconectaba y fallaba.
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