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La gitana y el señorito (Capítulo 6)

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Antes del amanecer, cuando la mayoría de los gitanos ya se habían retirado a sus chozas y solo quedaban algunos hombres alrededor de la hoguera, Rafael bajó de nuevo. Iba solo. Se movió con sigilo hasta la choza de la familia de Carmen. Esperó escondido hasta que vio a Paco salir un momento. Entonces entró. Lola estaba dentro, ayudando a su madre a recoger algunas cosas. Al verlo aparecer en la entrada, se quedó paralizada. Carmen se giró y su rostro palideció al instante. —Señorito… —empezó a decir, pero Rafael no la dejó terminar. Se abalanzó sobre Lola, la agarró con fuerza por un brazo y la sacó de la choza antes de que pudiera reaccionar. Lola abrió la boca para gritar, pero Rafael le tapó la boca con la mano y la obligó a caminar hacia el Land Rober aparcado en el camino principal. Carmen salió detrás de ellos, alarmada. Al ver que Rafael se llevaba a su hija, se lanzó hacia adelante e intentó agarrarlo del brazo. —¡Suéltala! —suplicó en voz baja pero desesperada. Raf...

La Campaña (Capítulo 20)

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 Víctor salió de la agencia con las piernas temblorosas, la polla todavía dura y sensible rozando la cremallera con cada paso. El pasillo olía a café quemado y a la humedad dulce que se le había pegado a la camisa desde la sala de reuniones. Bajó en el ascensor solo, apoyado en la pared de espejo, viendo su reflejo: cara enrojecida, ojos vidriosos, mano derecha temblando como si aún estuviera tocándose por encima del pantalón. Joder… Noa se corrió en la boca de Lia mientras me miraba. Y yo solo pude esconderme como un puto cobarde. El recuerdo le dio otro latigazo en la base de la polla. Se ajustó los vaqueros, respiró hondo y salió a la calle. El sol de mediodía pegaba fuerte en el 22@, el asfalto caliente levantando olor a alquitrán y gasolina. Caminó rápido hacia el restaurante que había elegido Carla: un italiano discreto en una calle lateral, mesas en la terraza con toldos que filtraban la luz en rayas. Llegó con cinco minutos de retraso. Carla ya estaba allí, sentada en un...

La beca

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El calor de finales de junio era asfixiante. El pasillo de la facultad de Física parecía un horno, a pesar de que las ventanas estaban abiertas de par en par. Un pequeño grupo de estudiantes esperaba frente al despacho del profesor Emilio Vargas para la revisión de la última asignatura del curso. El ambiente estaba cargado de nervios y sudor. Laura Mendoza estaba sentada en uno de los bancos del pasillo, con las piernas cruzadas. Llevaba una camiseta de tirantes fina de color blanco y una falda vaquera corta que apenas le llegaba a medio muslo, ropa ligera que había elegido esa mañana pensando en el bochorno que haría. El pelo rojizo cobrizo lo llevaba suelto, todavía húmedo de la ducha, y algunas pecas de sol se le marcaban más de lo normal en los hombros y el escote. A sus veintidós años, parecía más una estudiante de primero que alguien a punto de graduarse. A su lado, dos compañeros charlaban en voz baja. —Estoy muerto de nervios —dijo Marcos, un chico alto y desgarbado que no ...