La campaña 38- Final
Llegamos al final de la historia. Es la serie más larga que he escrito, con muchos personajes, cada uno con su forma de hablar, mezclando el castellano con el catalán. Seguir la coherencia ha sido complicado, y sé que muchas veces se han escapado cosas, pero he disfrutado mucho escribiendola. Para los que habeis aguantado hasta aquí, me gustaría conocer vuestra opinión. Gracias por leerme.
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La reunión con los americanos se celebró a las diez de la mañana en la sala grande de la agencia. Había luz natural entrando por los ventanales y el aire acondicionado hacía un zumbido bajo y constante. Víctor presentó el material rehecho. Los testimonios, las imágenes, el tono de la campaña. Habló con claridad, sin adornos innecesarios. Cuando terminó, el silencio duró unos segundos más de lo cómodo.
El director de producto, un hombre de unos cincuenta años con camisa blanca y gafas finas, fue el primero en hablar.
—It’s strong —dijo—. Really strong. The rawness works. People are going to feel it.
Asintieron los demás. Hablaron de métricas, de posible viralidad, de cómo posicionar la app en el mercado europeo. Todo parecía ir bien. Hasta que el mismo hombre cruzó las manos sobre la mesa y cambió de tono.
—There’s only one issue. We don’t feel comfortable continuing the full development here in Spain. Not at this stage. We need tighter control. More direct supervision.
Víctor sintió un nudo en el estómago.
—What are you proposing?
—We want you to lead the team in San Francisco. At least for a year. Maybe longer. You already understand the product better than anyone else on our side. We’ll relocate you. Housing, salary adjustment, everything.
Víctor se quedó callado unos segundos. Miró la mesa, luego a los rostros que lo observaban.
—I appreciate the offer —dijo al final—. But I need to talk to my family first. This isn’t a decision I can make alone.
El americano asintió.
—Of course. Take the time you need. But we’d like an answer within the week.
Mientras tanto, Valeria había quedado con Laia en una cafetería cerca de la universidad. La chica llegó con el pelo recogido y cara de no haber dormido bien. Se sentó frente a ella sin saludar del todo.
—¿Qué quieres? —preguntó, directa.
Valeria no se anduvo por las ramas.
—Hem de parlar de la teva mare.
Laia apretó la mandíbula.
—No tengo nada que hablar de ella.
—Sé el que va passar —continuó Valeria—. I sé que estàs enfadada. Tens tot el dret. Però la Carla està destrossada. No et demano que la perdonis ara. Només que escoltis un moment.
Laia miró por la ventana. No respondió, pero tampoco se levantó.
Valeria sacó el móvil.
—Está cerca. En otra cafetería. Si et sembla bé, la truco i parlem les tres. Si no, me’n vaig i no insisteixo més.
Laia tardó en contestar. Al final asintió una sola vez.
Carla llegó diez minutos después. Tenía ojeras profundas y el pelo sin peinar. Se sentó sin mirar a su hija. El silencio entre las tres fue denso.
Valeria habló primero.
—Ningú va a fingir que això no ha passat. Va ser un error greu. Però també és veritat que la Carla ho està passant molt malament i que està penedida de debò. No ve a demanar perdó com si no hagués passat res. Ve perquè no sap com seguir.
Laia miró a su madre por primera vez.
—Me asustaste —dijo, voz baja pero dura—. Entraste en mi habitación. Tocaste a mi novio mientras dormíamos. ¿Qué esperabas que pensara?
Carla tragó saliva. Las lágrimas se le asomaron, pero no las dejó caer.
—Nada. No esperaba nada. Solo… no pensé. Y me arrepiento. De verdad.
Se hizo otro silencio. Al final, Laia habló otra vez:
—No sé si puedo volver a confiar en ti como antes. Pero… tampoco quiero que desaparezcas. No todavía.
Carla asintió, sin atreverse a sonreír.
—Vale —susurró—. Gracias.
No se abrazaron. No se dijeron que todo estaba bien. Solo se dieron una posibilidad mínima. Y eso, por ahora, era suficiente.
Víctor llegó a casa a media tarde. Valeria ya estaba allí. Lucas estaba en casa de un amigo. El piso estaba en silencio.
Se sentaron en el sofá del salón. Víctor le contó la oferta sin rodeos.
—Me han pedido que me vaya a San Francisco. Más de un año. Dirigir el equipo allí. La campaña les ha gustado, pero no se fían de seguir desarrollando la app desde aquí.
Valeria lo escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, se quedó mirando las manos.
—I tu què vols fer? —preguntó.
—No lo sé. Por eso te lo estoy contando.
Valeria levantó la vista.
—No podem seguir així —dijo—. Aquesta espiral… amb la Carla, amb l’Elena, amb les noies de l’oficina… ens destruirà. Als dos. I al Lucas.
Víctor asintió.
—Lo sé.
—Però tampoc podem tornar enrere —continuó ella—. Al matrimoni tancat. Al sexe un cop al mes. A fingir que res d’això ha passat. Això també ens mataria. Només que més a poc a poc.
Se hizo un silencio largo.
—San Francisco podría ser un comienzo nuevo —dijo Víctor—. Los dos. Empezar otra vez, lejos de todo esto.
Valeria lo miró. Sus ojos estaban cansados.
—O —dijo despacio— te vas tú. Yo me quedo. Y rompemos.
La frase quedó colgando entre ellos como un cuchillo.
Víctor se quedó quieto. Luego se inclinó hacia ella y la besó. Fue un beso desesperado, casi violento, lleno de miedo y de necesidad. Valeria se apartó de golpe, ofendida, con la respiración agitada.
—No —dijo—. No així.
Pero un segundo después volvió a inclinarse ella. Lo agarró por la nuca y lo besó con la misma desesperación. Labios, dientes, lenguas. Como si quisieran devorarse o desaparecer dentro del otro.
Se bajaron del sofá al suelo. No hubo caricias previas ni palabras. Valeria se quitó los leggings a medias. Víctor se bajó los pantalones lo justo. La penetró de una embestida. El sexo fue rápido, duro, casi rabioso. El cuerpo de Valeria chocaba contra el suelo con cada movimiento. Los dos gemían sin control, agarrándose con fuerza, como si tuvieran miedo de soltarse.
Valeria se corrió primero, con un gemido ahogado contra el hombro de Víctor. Él la siguió segundos después, vaciándose dentro de ella con un gruñido profundo.
Se quedaron tirados en el suelo del salón, sudorosos, agotados, con la respiración todavía desbocada. La luz de la tarde entraba inclinada por la ventana.
Víctor giró la cabeza hacia ella. La voz le salió ronca y baja:
—¿Nos vamos los dos?
Valeria no respondió.
Solo se quedó mirando el techo, con el pecho subiendo y bajando, y el silencio llenándolo todo.
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