Con mamá en la playa nudista - 7
Laura abrió la puerta de la habitación de Marcos sin llamar.
La cama estaba deshecha. La sábana arrugada hacia un lado, la almohada en el suelo, el armario entreabierto. No había mochila. No había camiseta tirada en la silla. Empujó la puerta del baño. Vacío. La toalla de él seguía seca en el gancho.
—Marcos —llamó, sin gritar.
Nadie contestó.
Recorrió el pasillo descalza, el vestido de dormir todavía puesto. En el salón las persianas seguían bajadas a medias. La cocina olía solo a la noche anterior. La cafetera apagada, el fregadero vacío. Salió a la terraza. La silla donde él solía sentarse a mirar el mar estaba corrida hacia la barandilla, pero no había nadie.
Volvió a entrar. Se quedó un momento en medio del salón, escuchando el silencio del apartamento como si todavía pudiera encontrar un ruido escondido. Después fue a su propia habitación, se quitó el camisón y se puso el bikini negro con movimientos rápidos, casi mecánicos. Encima el vestido blanco. Sandalias. Cogió las llaves.
Bajó las escaleras de dos en dos.
La mañana ya pegaba fuerte cuando salió a la calle. Cruzó el paseo casi corriendo y bajó a la arena. Recorrió el tramo donde solían ponerse, mirando entre las toallas, las sombrillas, los cuerpos tumbados. No estaba. Siguió caminando hacia el agua, se quitó las sandalias y entró unos pasos, buscando entre los que nadaban. Tampoco.
Volvió sobre sus pasos. El sol le quemaba los hombros. El vestido blanco se le empezaba a pegar a la espalda por el sudor. Preguntó a un hombre que reconocía de días anteriores; él negó con la cabeza. Laura se quedó quieta un momento en medio de la playa, sintiendo cómo la inquietud se le convertía en algo físico en el estómago. El calor no ayudaba. Le dolía la cabeza.
Subió otra vez al apartamento con la respiración agitada. Se pasó agua por la cara en la cocina y se quedó apoyada en la encimera, intentando pensar con claridad. Entonces vibró el teléfono.
El nombre del padre de Marcos apareció en la pantalla.
Contestó sin sentarse.
—Dime.
La voz del otro lado sonaba ronca, cansada.
—¿Qué coño está pasando, Laura?
Ella se quedó callada un segundo, mirando la terraza vacía.
—¿De qué hablas?
—Tu hijo me acaba de llamar. Me ha pedido que vaya hoy mismo a recogerlo. Hoy. Que no puede seguir ahí.
Laura sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué le has dicho?
—Que era imposible. Que ni siquiera estoy en Madrid, que no puedo plantarme en Vera en dos horas. Entonces me ha contestado que se iba a la estación de autobuses. Que se volvía solo.
Hubo un silencio denso. Ella se pasó la mano por la frente sudada.
—Marcos no está aquí —admitió—. Me he levantado y no estaba. He bajado a la playa, lo he buscado… no lo encuentro.
La voz del padre se endureció.
—Laura, ¿qué le estás haciendo a ese chico? Porque algo le estás haciendo. No me llama así de la nada. Suena destrozado.
Ella apretó el teléfono.
—No le estoy haciendo nada. Está… confuso. Ha pasado una semana rara, nada más.
—Una semana rara. Claro. Como siempre. Tú y tus semanas raras.
—No empieces.
—¿Que no empiece? Me llama mi hijo llorando pidiendo que lo saque de ahí y tú me dices que no empiece. ¿Dónde está ahora?
Laura miró hacia la puerta.
—Voy a buscarlo a la estación. Ahora mismo.
—Llámame cuando lo tengas. Y esta vez de verdad.
Colgó sin esperar respuesta.
Laura se quedó con el teléfono en la mano. Después cogió el bolso, las llaves, y salió otra vez del apartamento.
La estación de autobuses estaba a las afueras del pueblo.
Laura aparcó mal, en una zona de carga y descarga, y entró sin mirar a nadie. El vestíbulo era amplio para el tamaño del pueblo, con bancos de metal y pantallas que anunciaban destinos y llegadas. Lo encontró enseguida, cerca de la próxima salida a Madrid. Llevaba una mochila pequeña entre los pies y miraba el suelo. Tenía los hombros encogidos, como si intentara ocupar el menor espacio posible.
Cuando levantó la cabeza y la vio, se quedó inmóvil. Durante un segundo pareció que iba a levantarse y correr. Los ojos se le movieron hacia la salida, midiendo la distancia. No lo hizo.
Laura se acercó despacio. Él bajó la mirada otra vez. La respiración se le aceleró. Y entonces se le rompió la cara.
Empezó a llorar sin sonido primero, solo con el temblor de los hombros. Después el sollozo le salió de golpe, feo, descontrolado. Se llevó las manos a la cara y se dobló hacia delante, como si le doliera el estómago.
Ella se sentó a su lado y lo rodeó con los brazos. Él se agarró a ella con fuerza, enterrando la cara en su hombro. El calor de su cuerpo y el olor a sudor y a miedo le llegaron de lleno.
—Lo siento… —repetía, con la voz ahogada—. Lo siento mucho… lo siento…
Laura le acarició el pelo con una mano y le apretó la espalda con la otra.
—Tranquilo —murmuró cerca de su oído—. Tranquilo. No pasa nada. Vamos a casa.
Él seguía llorando, sin soltarla, repitiendo lo mismo una y otra vez mientras ella lo mecía ligeramente en el banco de metal, bajo la luz fluorescente de la estación.
Laura lo ayudó a levantarse del banco. Marcos se dejó hacer, todavía con la cara húmeda y la respiración irregular. Cogió la mochila con una mano y lo guió hacia el coche sin soltarle el brazo.
Cuando entraron, ella arrancó el motor y sacó el teléfono. Marcó el número del padre mientras salía de la estación. Contestó al segundo tono.
—Lo tengo —dijo ella, con la voz baja y firme—. Está conmigo. Vamos a casa.
Hubo un silencio al otro lado. Después un suspiro largo.
—¿Está bien?
—Está… removido. Pero está bien. Ya te llamo luego.
Colgó sin dar más explicaciones. Dejó el teléfono en la guantera y no volvió a mirarlo.
El trayecto de vuelta fue en silencio total. Marcos iba mirando sus propios pies, las manos cruzadas entre las rodillas. No se enjugó las lágrimas. Laura conducía con la vista fija en la carretera, sin intentar hablar. Solo se oía el aire acondicionado y el ruido lejano del motor.
Aparcó delante del edificio. Subieron las escaleras uno detrás del otro. Dentro del apartamento, Marcos se dejó caer en el sofá como si se le hubieran acabado las fuerzas. Se quedó sentado, con la mirada perdida en un punto cualquiera de la pared, la mochila todavía entre los pies.
Laura dejó las llaves sobre la mesa, se quitó las sandalias y se acercó. Se sentó a su lado, sin tocarlo todavía, esperando.
—No pasa nada —dijo en voz baja—. Estamos bien. No tienes que irte a ninguna parte.
Marcos no respondió. Seguía mirando la pared, con los ojos hinchados y la respiración todavía irregular. Ella le puso una mano en la rodilla, con cuidado.
—Mírame.
Él tardó unos segundos. Cuando por fin levantó la cabeza, la mirada que le dedicó estaba rota.
—Sí pasa —dijo, con la voz ronca—. Te he violado.
Laura abrió la boca, pero él no la dejó hablar.
—Te he violado. Anoche. Tendría que entregarme. Tú deberías denunciarme. No puedo quedarme aquí como si no hubiera pasado.
Las palabras le salieron torpes, cargadas de una certeza amarga. Se pasó el dorso de la mano por la cara, limpiándose las lágrimas nuevas que se le escapaban.
Laura lo miró fijamente. No apartó la mano de su rodilla.
—No me violaste.
Él negó con la cabeza, rápido, como si no quisiera oírla.
—Sí. Yo te empujé. Yo te… te metí. Tú no querías.
—Sí quería —dijo ella, más alto—. Escúchame. Yo consentí. Yo también lo quise. Anoche, cuando me giraste contra la mesa… yo no te aparté. No te dije que pararas. Porque no quería que pararas.
Marcos la miró como si no entendiera del todo lo que estaba oyendo. La respiración se le había quedado corta otra vez.
Laura sostuvo su mirada sin parpadear.
—No me violaste, Marcos. Yo también estaba ahí. Yo también lo deseé.
El silencio que se instaló después fue distinto. Más denso, sí, pero ya no solo de culpa. Había algo más, algo que ninguno de los dos sabía todavía cómo nombrar.
Laura levantó la mano y le limpió las lágrimas con los dedos. Después se inclinó y le besó la mejilla húmeda, despacio, recogiendo el sabor salado con los labios. Marcos se quedó quieto. Ella volvió a besarlo, más cerca de la comisura de la boca. Él respiraba agitado, pero no se apartó.
Cuando le rozó los labios de verdad, Marcos dudó un segundo. Giró un poco la cara, como si todavía quisiera resistirse. Laura no insistió con fuerza. Solo esperó, con la boca cerca de la suya, hasta que él cedió. El beso fue torpe al principio, húmedo por las lágrimas, casi tímido. Después se profundizó. Ella le abrió la boca con la lengua y él respondió, agarrándole la nuca con una mano temblorosa.
Laura se subió a su regazo sin romper el contacto. El vestido se le subió por los muslos hasta la cadera. Marcos le puso las manos en la cintura, todavía inseguro. Ella le besó el cuello, la mandíbula, y mientras tanto le desabrochó el pantalón con dedos pacientes. Bajó la cremallera, metió la mano dentro y lo sacó. Estaba completamente duro, caliente, la piel tensa y ya brillante en la punta. Lo acarició despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo le latía contra la palma y cómo se le humedecía un poco más con cada movimiento.
Se levantó un momento solo para quitarse las bragas. Las dejó caer al suelo. Cuando volvió a sentarse a horcajadas sobre él, separó un poco los labios de su coño con los dedos, guió la cabeza de la polla hasta la entrada y se fue bajando centímetro a centímetro. Entró con facilidad: estaba empapada. El calor de él la abrió despacio, llenándola por completo. Los dos soltaron un suspiro largo, casi de alivio, cuando ella se sentó hasta el fondo y lo sintió latirle dentro.
No se movieron al principio. Se quedaron unidos, frente a frente, respirando el mismo aire. Laura notaba cada pulso de la polla dentro de ella, la forma en que la estiraba. Después empezó a balancearse con lentitud, subiendo apenas unos centímetros y volviendo a bajar, frotándose contra él. El roce era húmedo, denso. Marcos le agarró las caderas, pero sin imponer ritmo. La dejaba hacer. Cada vez que ella bajaba del todo, él soltaba un gemido bajo contra su cuello y le apretaba un poco más los dedos.
El sexo fue silencioso y cargado. Solo se oía el roce de la piel, la respiración entrecortada y el leve sonido sucio de cada embestida corta. Laura le acariciaba el pelo mientras se movía, como si todavía lo estuviera consolando. Él le escondía la cara en el hueco del hombro, temblando cada vez que el coño de ella lo apretaba al bajar. En un momento ella se inclinó más, apoyando la frente contra la suya, y aceleró un poco el ritmo: subía y bajaba con más decisión, dejando que la polla le rozara el clítoris en cada movimiento.
Se quedaron así, enlazados en el sofá, sin separarse. El semen le resbalaba a ella despacio por el interior de los muslos, caliente y espeso. Ninguno habló. Solo se oía el latido todavía agitado de los dos y muy al fondo el mar.
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