Con mamá en la playa nudista 9
Casi mediodía. La habitación olía a ellos: sudor seco,
sexo de la noche anterior, el calor que se había quedado atrapado entre las
sábanas.
Laura abrió los ojos sin saber bien en qué momento del día
estaban. Lo primero que sintió no fue la luz, sino la boca de Marcos en su
cuello. Besaba despacio, con esa insistencia perezosa de quien lleva rato
despierto y no tiene prisa por que el otro termine de despertar. Una mano le
recorría el vientre. La otra ya estaba más abajo, entre los muslos, abriéndola
con los dedos como si el cuerpo de ella siguiera siendo suyo desde la noche.
Estaba húmeda. Lo notó con un retraso tonto, como si el cuerpo hubiera contestado antes que ella.
—Marcos… —dijo, con la voz ronca, todavía a medias en el
sueño.
Él no contestó. Le buscó la boca y la besó. Un beso lento,
profundo, con sabor a sueño. Laura tardó un segundo en responderle. Después
abrió los labios y le dejó hacer. La mano de él se movía sin ninguna urgencia:
dos dedos resbalando entre los labios hinchados, el pulgar rozándole el
clítoris apenas, lo justo para que ella abriera un poco más las piernas sin
pensarlo.
El colchón se hundió cuando él se colocó encima. El peso le
resultó familiar de un modo que todavía no quería nombrar. La polla de Marcos
le rozó el muslo, caliente, ya dura. Laura tenía los ojos entrecerrados. No lo
apartó. Le puso una mano en la cadera, no para guiarlo, solo para sentir que
estaba ahí.
Él bajó un poco la cadera y buscó la entrada. La encontró
enseguida. Empujó despacio, sin fuerza, y entró de un solo movimiento húmedo,
hasta el fondo.
A Laura se le escapó un sonido bajo. No era un gemido entero. Era más bien la confirmación de que el cuerpo aceptaba antes que la cabeza. Marcos se quedó quieto un segundo, con la frente apoyada en su hombro, respirando contra su piel. Después empezó a moverse.
Era un follar lento, casi perezoso. Entraba hondo, se
quedaba un instante y se retiraba poco. Las sábanas estaban calientes debajo de
ellos. Cada vez que él empujaba, el colchón crujía y a Laura se le juntaban dos
sensaciones que no encajaban: el placer torpe de primera hora y la certeza,
todavía borrosa, de que aquello no debería estar pasando otra vez.
No hizo nada por detenerlo.
Le rodeó la espalda con un brazo. Abrió más las rodillas.
Cooperaba con el cuerpo, somnolienta, dejándose atravesar. Marcos la besaba
entre embestida y embestida, en la boca, en la mandíbula, en el pecho. Le cogió
un pecho con la mano, se lo llevó un momento a la boca, chupó el pezón y volvió
a buscarle los labios. Laura le pasó los dedos por el pelo húmedo de la nuca y
cerró los ojos.
Él no duró.
El ritmo se le descompuso de pronto. Las caderas le
empezaron a ir más cortas, más urgentes, y el sonido que soltó contra el cuello
de ella fue casi un quejido. Se hundió hasta el fondo, se quedó clavado y se
corrió dentro con un temblor largo, sin avisar del todo, vaciándose a pulsos
mientras el coño de Laura lo apretaba por reflejo.
Ella no llegó.
Lo sintió corrérsele dentro, caliente, abundante, y el
cuerpo le pidió más un segundo tarde. Marcos siguió encima, respirando agitado,
todavía palpitando dentro de ella, con una sonrisa pequeña y satisfecha pegada
a la mejilla de su madre.
—Buenos días —murmuró, como si aquello fuera lo más natural
del mundo.
Laura no contestó. Solo notaba el peso de él, el semen
empezando a resbalarle entre los muslos, el pulso todavía vivo en el clítoris,
inacabado.
Marcos se retiró con cuidado. La besó otra vez, breve, en la
boca, y se sentó al borde de la cama. Tenía la cara despejada. Contento. Como
si la noche anterior y esa mañana hubieran dejado algo asentado entre los dos.
—Me ducho rápido —dijo, ya de pie.
La oyó irse hacia el baño. El agua empezó a correr al poco.
Laura se quedó tumbada, con las piernas todavía abiertas y
una mano inútil sobre el vientre. Miraba el techo. El calor de él seguía
dentro. El orgasmo que no había llegado le latía entre las piernas como una
pregunta sin contestar.
En la ducha, Marcos silbaba bajo. En la cama, ella no sabía
si quería levantarse o tocarse o volver a dormirse para no tener que pensar en
lo que acababa de dejarle hacer.
Laura se levantó cuando el agua llevaba un rato corriendo.
Las piernas le pesaban
Se puso la primera ropa que encontró: una camiseta amplia y
unos shorts. Sin sujetador. El algodón le rozó los pezones todavía sensibles y
eso también lo notó, a su pesar. No se miró en el espejo. No quería verse la
cara de alguien que acaba de dejar que su hijo se la folle a media mañana y se
vaya silbando a la ducha.
En la cocina abrió la ventana de golpe. Entró el calor y el
ruido lejano de una moto. Puso el café con gestos precisos, demasiado precisos,
como si cada movimiento pudiera ordenar lo que la cabeza no ordenaba.
No debería haber empezado.
La frase le salió redonda, inútil. Porque no había empezado
esa mañana. Había empezado antes. En la playa. En el sofá. En el suelo del
salón. En la cama, cuando ella misma lo llevó de la mano y le dijo que si lo
iban a hacer, que fuera bien. Había habido un momento, la noche anterior, en el
que todavía podía haber dibujado una raya. La dibujó. Y después abrió la boca y
le dijo que sí.
El café empezó a caer en la jarra. Laura se apoyó en el
mármol con las dos manos y bajó la cabeza.
Tampoco sabía cómo pararlo.
No era solo que él insistiera. Era que ella cooperaba. Aun
somnolienta. Aun sabiendo. Le abría las piernas. Le ponía la mano en la cadera.
Le dejaba correrse dentro. Y cuando él se iba feliz, como ahora, una parte de
ella se quedaba ofendida de no haberse corrido y otra parte se quedaba asustada
de habérselo permitido otra vez.
Lo peor no era el miedo.
Lo peor era no estar segura de querer pararlo.
Esa idea le sentó mal. Le sentó a café amargo y a vergüenza.
Se pasó la lengua por los dientes, se irguió y empezó a sacar tazas. Dos.
Azúcar. La barra de pan de ayer. Un gesto de madre. Un escenario que él pudiera
reconocer cuando saliera del baño: desayuno, recados, el día organizado por
ella.
El agua de la ducha se cortó.
Laura se alisó la camiseta, se recogió el pelo con las manos
y se lo sujetó como pudo. Escuchó los pasos de Marcos en el pasillo, descalzo,
el roce de una toalla. Antes de que llegara a la cocina ya había decidido el
tono. No el de la cama. El otro.
—Hay café —dijo, sin girarse del todo cuando él apareció en
el umbral, el pelo mojado, la piel todavía marcada por el agua—. Voy al súper
antes de que cierre. Tómate el café y luego recoge la casa.
Marcos se detuvo un segundo. Tenía esa cara despejada de
hace un rato, la de alguien que cree que las cosas ya están en su sitio. La
miró como si esperara otra cosa: un beso, una sonrisa, que lo invitara a
acercarse por detrás y ponerle las manos en la cintura.
Laura no se la dio.
Le acercó la taza por el mármol, dejando distancia entre los
dos.
—No tardes en vestirte —añadió, ya buscando las llaves—.
Quiero tener esto listo pronto.
Salió antes de que él pudiera decir nada más. El calor le
dio en la cara en cuanto cruzó el portal. La calle estaba blanca, casi vacía a
esa hora.
Anduvo dos manzanas antes de sacar el teléfono.
El nombre del padre de Marcos seguía ahí, igual que siempre.
Lo miró un segundo más de la cuenta, con la sombra estrecha de un toldo pegada
a la acera. Después pulsó.
Tardó en coger.
—Dime —dijo él, con esa voz que ya no era del todo de casa.
—Soy yo. ¿Tienes un minuto?
Al fondo se oía algo: una calle, un coche, quizás una
oficina con el aire acondicionado demasiado alto. Laura pegó la espalda a la
pared de un edificio a la sombra.
—¿Pasa algo con Marcos?
—No. Bueno. Sí. No es urgente.
Odiaba oírse así. Demasiado preámbulo. Demasiada necesidad
de llenar.
—Sí es por Marcos —siguió—. Tiene la cabeza muy liada con lo
nuestro. Todavía no entiendo lo de la estación de autobuses. No me lo quiere
explicar… Unos días carga contra ti. Otros contra mí. Ayer… no fue un buen día.
El padre tardó un poco.
—¿Pero por qué quería irse con tanta urgencia?
Laura cerró los ojos. Tardo un minuto en estructurar lo que
podía decir y lo que no.
—Realmente no lo sé. Se cierra. O sale con una frase
cortante y luego se queda mirando a la nada.
—¿Te ha dicho algo concreto?
—No. Pero hay una chica.
Eso, al menos, era exacto.
Reanudó el paso. El teléfono sujeto a la oreja, el bolso
golpeándole la cadera, el sudor empezándole a bajar por la nuca.
—Una rubia. Extranjera. La hemos visto por aquí. No sé si
está con ella o si solo… se le va la cabeza. No me ha contado nada concreto.
Al otro lado hubo un silencio corto, como de padre orgulloso.
— Eso puede explicar mucho ¿Y hoy cómo está?
Laura tragó saliva. En la cadera todavía le quedaba la marca
de los dedos de Marcos.
—Hoy está más tranquilo —dijo.
No añadió nada más. Aunque le hubiera encantado confesar se
ha corrido dentro de mí y se ha ido a la ducha silbando. No dijo me ha
preguntado si me gustó que me besara. No dijo te quiero. Dejó la
frase quieta, como si “más tranquilo” pudiera tapar el resto.
—Habrá que normalizar esto —dijo el padre—. No podemos
seguir así eternamente.
—Por eso te llamo.
Se detuvo en la esquina del supermercado. No entró. Se quedó
bajo el toldo, mirando el cristal sucio y el vaivén de la puerta automática.
—En vez de venir el domingo solo a recogerlo… ¿por qué no
vienes mañana? El sábado. Pasamos el día los tres. Playa. Como antes. Que te
vea. Que nos vea que aunque no estemos juntos nosotros seguimos siendo una
familia que le quiere.
Él no contestó enseguida.
—Laura…
—Ya sé que no es sencillo.
—No es que no sea sencillo. ¿Nosotros podemos? Es que cada
vez que estamos juntos se arma.
—Creo que podremos manejarlo. Si esperas al domingo, llegas,
lo metes en el coche…, va a ser un cambio que Marcos no sé si es capaz de asimilar
ahora mismo. Así por lo menos hay un día en medio. Un día normal.
La palabra normal le sonó nostalgica.
Él respiró hondo, al otro lado.
—¿Estás segura de que quieres que vaya?
No lo estaba. Quería una pared. Quería que alguien más
estuviera en la casa para que ella no volviera a abrir las piernas a las doce
del mediodía. Quería devolverle a Marcos un padre para no tener que seguir
siendo ella todas las cosas a la vez.
—Sí —mintió—. Me parece lo mejor.
Hubo otro silencio. Más corto.
—Vale. Mañana. Llegaré hacia mediodía. Te aviso cuando
salga.
—Bien.
—Laura.
—Dime.
—Cuídalo. Y cuídate tú también. No hace falta que lo lleves
todo.
Se le hizo un nudo en la garganta. Lo agradecía y lo odiaba
al mismo tiempo. Colgó antes de que la voz se le rompiera.
Guardó el teléfono en el bolso. Se quedó unos segundos bajo
el toldo, mirando a la gente entrar y salir con bolsas de pan y sandía, como si
el mundo siguiera siendo una cosa sencilla.
Después empujó la puerta, cogió una cesta y compró de prisa:
tomate, queso, jamón, una barra. Lo justo para que la comida pareciera una
comida.
Volvió con las bolsas marcándole los dedos y el sudor pegado
a la camiseta. El portal estaba en penumbra. Subió despacio, ensayando la frase
una vez más, como si al repetirla dentro de la cabeza fuera a doler menos.
Marcos había recogido. Las sábanas de la habitación ya no se
veían desde el pasillo. En el comedor había puesto platos, el café de la mañana
todavía en la jarra, la ventana abierta. Tenía el pelo seco y una camiseta
limpia. Sonrió al verla, demasiado abierto para lo que ella traía encima.
—Justo —dijo—. Estaba a punto de bajar a buscarte.
—He tardado un poco.
Dejó las bolsas en el mármol. Él se acercó a ayudarla. Le
rozó la mano al quitarle el pan y Laura la retiró con un gesto pequeño, casi
doméstico, como si solo estuviera ordenando. Él lo notó. No dijo nada.
Comieron en la mesa del salón, en la terraza hacía demasiado
calor. Marcos hablaba con la boca medio llena, de buen humor, como si la mañana
en la cama hubiera dejado el día limpio.
—Mañana podríamos irnos temprano —dijo—.Hasta el Cabo de
Gata. Pasamos el día allí. Nos llevamos bocadillos y un poco de gazpacho y
comemos en la playa. Tendremos que busca alguna sombrilla….
Laura cortó un trozo de tomate que no necesitaba cortar.
—Mañana no podemos.
Él la miró, extrañado, todavía sonriendo a medias.
—¿Por qué?
—He hablado con tu padre.
Marcos dejó el pan a un lado.
—¿Hoy?
—Hoy. En vez de llegar el domingo a recogerte, viene mañana.
Pasa el día con nosotros. En la playa. Como antes. Pero podemos ir todos al
Cabo…
Marcos se echó contra el respaldo.
—¿Le has dicho tú que venga?
—Sí.
—Pues dile que no. Que venga el domingo, si tiene que venir.
O que no venga. Mejor.
—Marcos.
—Luego os pasáis el día discutiendo y yo en medio. Siempre
igual. Yo preferiría que no viniera. Ni el sábado ni nunca.
Laura apoyó los cubiertos con cuidado, uno al lado del otro.
—Ya está decidido.
—No está decidido. Lo has decidido tú.
—Soy tu madre. Y mañana viene tu padre. Punto.
Él la miró con una rabia joven, contenida, distinta de la de
la cama. Allí había sido otra cosa. Aquí volvía a ser el chico al que se le
cierra la casa de un golpe.
—Podías habérmelo preguntado.
—No era una decisión tuya.
Se levantó, recogió su plato y el de él y los dejó junto al
fregadero.
—Friega tú. Yo preparo las cosas de la playa. No pienso
pasarme el día encerrada en esta casa.
Marcos no se movió enseguida. La siguió con la vista hasta
el pasillo, como si todavía esperara que se girara, que suavizara la voz, que
volviera a ser la mujer de esa mañana. Laura no se giró.
En la habitación abrió el armario y empezó a sacar toallas,
protector, la nevera pequeña. Lo hacía con prisa, con esa eficacia un poco dura
que usaba cuando no quería pensar. Detrás, en la cocina, oyó por fin el agua
del grifo y el golpe de un plato contra otro.
El sábado ya estaba en marcha. Y con él, la pared que
acababa de construir para no tener que quedarse a solas otra noche.
Comentarios
Publicar un comentario