Incesto en la Mancha 9

Primero fue el escozor.

Camila abrió los ojos todavía de lado y notó el ardor claro en el hombro izquierdo antes incluso de recordar por qué estaba ahí. Estiró la mano con cuidado y rozó la piel. La marca estaba caliente, ligeramente hinchada, y al mínimo contacto le envió una descarga que le bajó directa al vientre. Se quedó quieta un momento, mirando el techo de la habitación, mientras el cuerpo le devolvía trozos de la noche anterior: el peso de Alfredo sobre su espalda, la forma en que la había sujeto por la nuca, el momento exacto en que los dientes se le clavaron.

Se levantó sin hacer ruido. En el espejo del armario la marca se veía todavía peor que se sentía: el arco de la dentellada era nítido, rojizo, imposible de confundir con cualquier otra cosa. Probó varios vestidos hasta encontrar uno de tirantes anchos que la cubría casi del todo. Después abrió el cajón de la ropa interior, miró las bragas dobladas y lo cerró sin tocarlas.

El resto de la casa todavía dormía cuando bajó. Solo cuando llegó al comedor empezó a oír movimiento: el tintineo de una cucharilla, el olor a café recién hecho, la voz de Elena hablando en voz baja. Alfredo estaba ya sentado, con el periódico abierto y la taza entre las manos. Levantó la vista al verla entrar y le sonrió con esa calma que siempre parecía saber más de lo que decía.

Camila se sentó a su derecha, como había empezado a ser inevitable. Dayana llegó poco después, con el pelo todavía húmedo y la expresión cerrada. Mateo fue el último. Se dejó caer en la silla sin saludar, ojeras profundas, la mirada baja.

Durante los primeros minutos nadie habló de nada importante. Elena comentaba algo sobre las flores de la pedida. Alfredo asentía. El aire, sin embargo, estaba cargado de otra cosa.

Fue a mitad del desayuno cuando Camila notó la mano. Los dedos de Alfredo subieron por su muslo con absoluta naturalidad, por debajo de la mesa, hasta encontrar la piel desnuda. No hubo sorpresa esta vez. Solo la confirmación. Él trazó un par de círculos lentos justo donde debería haber estado la tela de las bragas, comprobando, y después retiró la mano como si hubiera estado simplemente buscando la servilleta.

Camila siguió mirando su plato. Dayana, enfrente, levantó la vista un segundo demasiado largo. Mateo apretó la mandíbula hasta que se le marcaron los músculos del cuello.

Nadie dijo nada. Pero por primera vez desde que habían llegado a la finca, el silencio entre los tres hermanos se sintió exactamente igual de peligroso que las palabras que no se estaban diciendo.

Después del desayuno, Elena se llevó a Alfredo al jardín para enseñarle unos cambios que quería hacer en la disposición de las mesas de la pedida. Mateo desapareció hacia los viñedos sin decir nada. Dayana recogió su taza y se dirigió al pasillo. Camila la siguió.

La alcanzaron cerca de las escaleras. Dayana se detuvo y se giró, como si hubiera estado esperando exactamente eso.

—Subimos un momento —dijo. No era una pregunta.

Entraron en la habitación de Dayana. Ella cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie, con los brazos cruzados. Camila se apoyó en el borde de la cama, evitando su mirada.

Hubo un silencio largo.

—La marca —dijo Dayana por fin, señalando con la barbilla el hombro de su hermana—. Se te nota aunque intentes taparla.

Camila se llevó la mano al tirante por reflejo. No contestó de inmediato.

—No es lo que crees.

—¿Y qué es entonces?

Camila respiró hondo. Miró hacia la ventana, hacia los viñedos, hacia cualquier sitio que no fuera la cara de su hermana.

—Ha venido a mi habitación. Más de una vez.

Dayana no se movió.

—¿Y?

—Me ha tocado. Debajo de la ropa. Me ha… masturbado. Me ha comido el coño. —La voz le salió más baja de lo que pretendía—. Y anoche pasó algo más.

Dayana apretó los labios. El color se le había ido un poco de la cara, pero no parecía solo shock. Había otra cosa debajo: una mezcla de rabia, miedo y algo que no quería nombrar.

—¿Te lo has follado?

Camila dudó. Por un segundo pareció que iba a decir que sí. Al final negó con la cabeza, demasiado rápido.

—No he dicho eso.

—Pero ha pasado “algo más”.

—Sí.

El silencio que se instaló entonces fue distinto. Más denso. Dayana se pasó una mano por la cara y se rio por lo bajo, sin ninguna gracia.

—Joder, Camila…

—No me mires así —contestó ella, con un deje venezolano más marcado de lo normal—. Tú también estás rara. Y Mateo más. Desde hace días parece que se le ha ido la cabeza. No habla, no come, y ayer en el desayuno se le salía la vena del cuello cada vez que Alfredo me miraba.

Dayana bajó la vista. No negó nada.

—A Mateo le está pasando algo —insistió Camila—. No sé qué, pero se le nota. Como si hubiera visto algo que no debía… o hecho algo que no puede contar.

Dayana se quedó callada un segundo demasiado largo. Cuando habló, la voz le salió más baja:

—No es el único.

Camila la miró. Dayana no añadió nada más. Solo se pasó los dedos por el borde de la sábana, incómoda, como si se hubiera acercado demasiado a una frase que todavía no quería terminar.

Ninguna de las dos habló durante un rato. En el pasillo se oyeron pasos lejanos. Después, nada. Camila se pasó el dedo por el borde del tirante, justo encima de la marca.

—Cada vez me cuesta más decirle que no —admitió en voz muy baja—. Y lo peor es que no estoy segura de querer decirle que no.

Dayana la miró de reojo. En su expresión había juicio, sí, pero también un reconocimiento incómodo. Como si estuviera viendo en su hermana algo que ya había empezado a sentir ella misma.

No se contestaron nada más. La confesión incompleta había quedado entre las dos, pesada, y ninguna sabía todavía qué iban a hacer con ella.

Cuando Camila salió de la habitación de Dayana, el pasillo estaba en silencio. Se quedó un segundo apoyada en la pared, con la confesión todavía quemándole en la boca y la marca del hombro latiéndole bajo el tirante. No sabía si se sentía más ligera o más expuesta.

Bajó las escaleras casi sin pensar. En el comedor no había nadie. La casa tenía esa calma rara de media mañana, cuando todo el mundo se dispersa. Salió al porche y se quedó mirando los viñedos, intentando ordenar lo que acababa de decir y lo que Dayana no había llegado a confesar del todo.

Fue entonces cuando vio a Mateo.

Estaba al fondo del jardín, junto a la pared donde casi nunca iba nadie, con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza baja. No parecía estar mirando nada en concreto. Solo estaba ahí, quieto, como si hubiera estado aguantando demasiado tiempo algo que ya no le cabía dentro.

Camila dudó. Al final se acercó.

—Mateo.

Él levantó la vista. Tenía la cara tensa, los ojos enrojecidos como si no hubiera dormido o como si hubiera estado conteniéndose. No contestó.

—Estás raro desde hace días —dijo ella, más baja—. Más que el resto.

Mateo soltó una risa corta, fea.

—¿El resto? ¿Tú también vas a empezar a hacer como si aquí no pasara nada?

Camila se tensó.

—¿De qué hablas?

—De ti. De cómo le abres las piernas debajo de la mesa. De la marca que llevas en el hombro. De que anoche se te oía. —La voz se le quebró un poco al final—. Y de mí. De lo que yo… de lo que yo también he visto.

Camila abrió la boca, pero no le salió nada. Mateo se pasó las manos por la cara con fuerza y después las dejó caer.

—No sé qué me pasa. No sé qué coño me pasa desde que llegamos aquí. Todo está torcido. Tú. Dayana. Yo. Y él por en medio como si la casa fuera suya y nosotros también.

Se le escapó una respiración agitada. Por un momento pareció que iba a decir algo más, algo peor, pero se contuvo. Dio media vuelta como si fuera a irse y se quedó parado a mitad de camino, con los puños cerrados.

Camila dio un paso hacia él, insegura.

—Mateo…

No llegó a terminar.

Alfredo apareció desde el lateral de la casa, volviendo del jardín. Se detuvo al verlos, evaluó la escena en un segundo y caminó hacia ellos con su calma habitual. Camila se tocó el tirante por reflejo. Mateo se puso rígido.

Alfredo miró primero a uno, después a la otra. Su expresión no cambió.

—¿Pasa algo?

Mateo soltó otra risa baja, sin humor.

—No. No pasa nada. Como siempre.

Alfredo sostuvo su mirada un momento. Después le puso una mano en el hombro, firme, casi paternal, y le dijo con suavidad:

—Ven conmigo un momento. Tú y yo tenemos que hablar.

Mateo pareció a punto de rechazarlo. Al final bajó la cabeza y dejó que Alfredo lo guiara hacia el interior de la casa, lejos del porche.

Camila se quedó sola junto a la pared, con el corazón latiéndole demasiado rápido y la sensación de que algo acababa de romperse del todo.

Alfredo no llevó a Mateo al despacho. Tampoco le dio ningún discurso. Simplemente le puso una mano en el hombro, firme y tranquila, y lo guió por el pasillo interior hasta una de las habitaciones del ala oeste. Abrió la puerta, lo dejó pasar y cerró detrás de ellos con suavidad.

La habitación olía a madera nueva y a sábanas limpias. Había poca luz. Alfredo se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera durante un rato, como si no tuviera ninguna prisa.

—A veces uno se confunde de enemigo —dijo por fin, sin girarse—. Se enfada con la gente equivocada. Con las hermanas. Conmigo. Incluso consigo mismo.

Mateo no contestó. Tenía los puños cerrados a los lados del cuerpo.

Alfredo se volvió entonces y lo observó con calma.

—No tienes que explicarme nada. Se te nota en la cara desde hace días. Esa mezcla rara de rabia y de ganas de que alguien te diga qué hacer.

Se acercó un poco, lo justo para que su voz bajara sin perder claridad.

—Hay formas más fáciles de que se te pase. Formas que no te dejan tan lleno de mierda en la cabeza después.

Se quedó en silencio un momento, dejándole masticar la frase. Después sonrió apenas, como quien comparte una obviedad.

—Lucía entiende muy bien este tipo de cosas. No hace preguntas. No juzga. Y yo… bueno. Yo prefiero quedarme cerca cuando alguien de la casa lo necesita.

No esperó respuesta. Se dirigió a la puerta, la abrió ligeramente y dijo, sin levantar la voz:

—Lucía.

Ella apareció en pocos segundos, como si hubiera estado esperando. Alfredo le acarició el brazo al pasar y le hizo un leve gesto con la barbilla hacia Mateo. Lucía entendió de inmediato. Cerró la puerta, se acercó al chico y, sin decir casi nada, le puso las manos en el cinturón.

Mateo la miró. Después miró a Alfredo, que ya se había apoyado en la mesa con los brazos cruzados, observando con esa expresión tranquila de quien no necesita empujar porque el otro ya se está moviendo solo.

Lucía se arrodilló delante de Mateo. Le bajó del todo el pantalón y la ropa interior hasta los tobillos y lo dejó libre. La polla de él ya estaba dura, tensa, con la cabeza brillante de precum. Ella la rodeó con la mano, notando el calor, y se la llevó a la boca sin pedirle permiso. Primero solo el glande: labios apretados, lengua girando despacio por debajo. Después bajó más, chupando con esa naturalidad práctica con la que hacía todo lo demás. Se oyó el sonido húmedo al subir y bajar. Mateo soltó un temblor y tuvo que apoyarse en la pared detrás de él.

 

Alfredo no se movió de la mesa. Observaba en silencio, con los brazos cruzados, como quien supervisa que las cosas se hagan bien.

Lucía empezó a tomarlo más profundo. Cada vez que bajaba, la polla le empujaba la mejilla desde dentro y la saliva le resbalaba por la base hasta las pelotas. Usaba la mano en lo que no le cabía, apretando con ritmo. De vez en cuando levantaba la vista hacia Mateo, los ojos húmedos, pero él tenía los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada, como si todavía estuviera luchando contra lo que estaba sintiendo. Alfredo se acercó entonces. Se detuvo a un lado de ellos, le puso una mano en la nuca a Mateo y le habló muy bajo, cerca de la oreja:

—No pienses tanto. Solo siente.

Mateo soltó un sonido ahogado. Lucía aprovechó para metérsela hasta casi tocarle la garganta. Se atragantó un poco, pero no se apartó; al contrario, se quedó ahí un segundo, tragando alrededor de él, antes de volver a subir. Alfredo se quedó detrás de Mateo, todavía vestido, y con la otra mano le acarició el pecho por encima de la camiseta, bajando despacio hasta el vientre desnudo. El contraste era brutal: la boca caliente y sucia de Lucía trabajando su polla y la presencia sólida, controladora, de Alfredo a su espalda.

Al cabo de un rato Alfredo se desabrochó el pantalón. Sacó su polla ya dura, gruesa, con la cabeza oscura y brillante, y se la acercó a la cara de Lucía. Ella, sin dejar de chupar a Mateo, giró un poco la cabeza y le pasó la lengua por el glande, recogiendo el precum. Alfredo le agarró el pelo con más firmeza y se la metió en la boca de un empujón. Durante unos segundos Lucía los tuvo a los dos: alternaba con torpeza, chupaba a uno hasta el fondo y después al otro, a veces intentaba juntar las dos pollas y lamerlas a la vez, dejando hilos de saliva que les caían a los dos.


Alfredo la separó con suavidad y le hizo un gesto. Lucía se levantó, se quitó el vestido de un solo movimiento y se quedó desnuda. Era delgada, de pechos pequeños y firmes, caderas estrechas y el coño con poco vello. Alfredo la giró por los hombros y la empujó hacia la cama, haciéndola ponerse a cuatro patas. Le separó un poco más las rodillas con el pie y le pasó dos dedos por la rendija, comprobando que ya estaba húmeda.

Después miró a Mateo.

—Ven.

Mateo dudó solo un instante. Se acercó con la polla todavía brillante de saliva. Alfredo le indicó con la barbilla el coño de Lucía, abierto y visible entre sus muslos. Mateo se colocó detrás de ella, todavía confuso, agarró su polla por la base y la frotó un par de veces entre los labios hinchados. Después empujó. Entró de un solo golpe, hasta el fondo. Lucía soltó un gemido bajo y apretó las sábanas. Mateo empezó a follarla con embestidas irregulares al principio, como si no terminara de creerse lo que estaba haciendo: sacaba casi toda la longitud y volvía a clavar, notando cómo el coño se le cerraba alrededor.

Alfredo se colocó delante de Lucía, le levantó la cara tirándole del pelo y se la metió otra vez en la boca. Ahora la tenían entre los dos. Mateo embistiéndola por detrás con cada vez más fuerza, las caderas golpeando contra su culo, y Alfredo follándole la garganta con calma, sujetándole la cabeza con las dos manos. El sonido era sucio: el chapoteo de la polla de Mateo entrando y saliendo del coño empapado, los ahogados de Lucía alrededor de la de Alfredo, el roce de la piel. Cada vez que Mateo empujaba más fuerte, el cuerpo de Lucía se movía hacia delante y la polla de Alfredo le entraba más profundo.


Alfredo miró a Mateo por encima de la espalda de ella. Le sostuvo la mirada mientras seguía embistiendo la boca de Lucía.

—Así —dijo con voz ronca—. Exactamente así.

Mateo aceleró. Ya no había tanta duda en sus movimientos. Agarró a Lucía con fuerza por las caderas, los dedos clavándosele en la carne, y la folló con embestidas cortas y profundas, mirando a Alfredo a los ojos la mayor parte del tiempo. La excitación y la humillación se le habían mezclado hasta volverse indistinguibles. Se oía el ruido húmedo y rítmico de su polla abriéndola una y otra vez. Lucía temblaba entre los dos, soltando gemidos ahogados cada vez que Mateo tocaba fondo.

Cuando Mateo sintió que se acercaba el orgasmo, Alfredo se lo notó en la cara. Se sacó de la boca de Lucía con un hilo de saliva, se colocó a un lado y le dijo, casi paternal, mientras le acariciaba el pelo a ella:

—Córrete dentro.

Mateo empujó hasta el fondo, se quedó clavado y se corrió con un gemido largo y bajo, vaciándose a pulsos dentro de Lucía. Ella notó el calor y se tensó, el coño apretándole la polla en contracciones mientras él seguía empujando en seco, sacándole hasta la última gota. Alfredo se masturbó con calma mirándolos: la espalda arqueada de Lucía, el culo de Mateo contra ella, el semen que ya empezaba a resbalar un poco. Unos segundos después se corrió también, chorros espesos cayéndole a Lucía sobre la espalda baja y el culo, marcándola.


Se quedaron unos momentos en silencio, solo el sonido de las respiraciones agitadas y un hilo de semen bajando por el muslo de Lucía. Alfredo fue el primero en moverse. Se limpió con un pañuelo, se abrochó el pantalón y le pasó la mano por el pelo a Mateo, como quien felicita a alguien que por fin ha hecho lo que debía.

—Ya está. Más fácil de lo que pensabas.

Mateo se retiró de Lucía todavía temblando. La polla le salió brillante y un poco de semen le siguió, resbalando entre los labios abiertos del coño de ella. Tenía la mirada perdida. Lucía se quedó tumbada un segundo más, con el semen de los dos resbalándole por la piel, y después se levantó en silencio a recoger su ropa.

Alfredo se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Mateo una última vez.

—Cuando vuelva a pasarte… ya sabes dónde estamos.

Salió y cerró con suavidad.

Mateo se quedó solo en la habitación a medio amueblar, con el pantalón todavía en los tobillos, el cuerpo todavía sensible y la certeza de que acababa de cruzar un límite del que ya no sabía cómo volver.


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