Con mamá en la playa nudista 11
Laura despertó con el camisón pegado a la espalda y el sabor
de la almohada en la boca. Un segundo creyó que todavía era de noche. Después
oyó la calle: una persiana, un motor, las cigarras ya altas. Sábado.
Se quedó boca abajo un rato, con la mano todavía cerca del
vientre, como si el cuerpo no hubiera recibido el aviso de que aquello había
terminado. En la otra habitación no se oía nada. Ni Judith. Ni Marcos. Solo el
apartamento, pequeño y demasiado lleno de gente que no estaba.
Se levantó. El camisón le olía a ella. Se lo quitó, lo dejó
sobre la silla y se metió en la ducha antes de pensar. El agua caliente le bajó
por el cuello, por los pechos, por el sitio donde anoche se había tocado oyendo
a su hijo correrse en otra boca. Se enjabonó con prisa. No era pudor. Era no
quedarse.
Cuando salió al pasillo, la puerta de Marcos estaba
entreabierta.
No debía entrar. Entró.
La cama estaba deshecha de un modo que no era el suyo. Dos
almohadas usadas. La sábana revuelta hacia los pies. En el suelo, junto al
marco, una braga negra, pequeña, de tirachinas, que Laura no habría comprado
nunca. La empujó con el pie debajo de la cama, como si eso sirviera de algo.
Encima de la cómoda había dos vasos. En uno, un resto de agua. En el otro, el
rosa pálido de un pintalabios en el borde.
Se quedó quieta.
No era celos limpios. Era peor: la evidencia de que la casa
había seguido sin ella. Que ella se había ido a Mojácar a no follar con un
desconocido y, mientras tanto, su hijo había tenido una noche entera con una chica que gemía en inglés y sabía moverse.
Recogió los vasos. Cambió la funda de la almohada que no era
de Marcos. Abrió la ventana. El olor a sudor y otras cosas no se fue del todo.
Cuando oyó la ducha del otro baño, salió sin hacer ruido y cerró.
Marcos apareció en la cocina diez minutos después, el pelo
mojado, ya vestido de playa. La miró un segundo de más. Ella también se había
puesto el vestido blanco, corto, de tirantes, el que había comprado en el
mercadillo. El pelo recogido. Cara lavada. Madre de sábado.
—Ha llamado tu padre —dijo ella, sin sentarse—. Ha salido
temprano. Dice que a las doce está aquí.
Marcos abrió la nevera y la cerró sin coger nada.
—Vale.
—He pensado comer fuera. Así no tenemos que preocuparnos por
cocinar.
Él asintió. No preguntó por Judith. Ella tampoco. El
silencio de eso era más denso que cualquier reproche.
—Se ha ido —dijo él, de pronto, mirando el fregadero.
—Ya.
—Anoche.
Laura se pasó el paño por una encimera que ya estaba limpia.
—No hace falta que me lo cuentes.
—No te lo estoy contando.
Se miraron. Por un instante Laura pensó en decirle que lo
había oído. Que había visto la puerta. Que se había corrido pensado en su polla
en la boca de la rubia. No lo dijo. El padre iba a entrar por esa misma puerta
en dos horas y la casa tenía que parecer una casa.
—Haz la cama —dijo—. Y recoge las toallas de la terraza.
Marcos se quedó un segundo más, como si esperara otra frase.
Luego se dio la vuelta y se fue al cuarto. Laura oyó el colchón, el golpe de la
ventana, el gesto de alguien que ordena lo que no quiere que vean.
A las doce menos diez sonó el motor de un coche de alta gama
por la calle. Se detuvo delante del portal.
Laura se asomó a la terraza. Lo reconoció antes de verle la
cara: la forma de aparcar, demasiado cerca de la acera, el mismo gesto de
siempre al sacar la bolsa del asiento de atrás. Cincuenta y pico. Camisa clara,
manga corta, gafas de sol. El hombre que había sido su marido se quitó las
gafas, levantó la cabeza y sonrió hacia arriba, como si el edificio le
devolviera algo.
—Ahí está —dijo ella.
Marcos no se asomó.
Bajaron a abrirle el portal. El padre dejó la bolsa en el
suelo y abrió los brazos sin preguntar. Laura entró en el abrazo con una
facilidad que le asustó. Olía igual que siempre, a seguridad, a cariño.
—Te veo muy bien —dijo él, apartándola un poco para
mirarla—. El sur te sienta de maravilla.
Ella rió por lo bajo, la risa de quien acepta un piropo
antiguo sin devolverlo.
— Tú estás igual.
—Mentira. Pero gracias.
Marcos estaba un paso detrás. El padre le puso una mano en
el hombro, lo acercó y le dio dos palmadas en la espalda, esas que pretenden
ser complicidad y a veces solo pesan.
—¿No me das un abrazo o ahora te da verguenza?
Marcos se dejó abrazar. No correspondió del todo. El padre
no lo notó, o fingió no notarlo.
—¿Has llegado bien? —preguntó Laura, ya subiendo.
—El GPS me ha querido meter por un camino de cabras. Como
siempre.
En el rellano ella le quitó la bolsa de la mano sin que él
se lo pidiera. El gesto era de matrimonio. Marcos lo vio. No dijo nada.
El apartamento, recién aireado, pareció más pequeño con
tres. El padre dejó las gafas sobre la mesa, miró la terraza, el trozo de mar,
el sofá.
—Está bien esto —dijo—. Pequeño, pero bien. ¿El chico duerme
ahí?
Laura señaló el pasillo.
—Él en esa. Yo en la otra. Tú, de momento, suelta aquí.
Luego vemos.
—Luego vemos —repitió él, sonriendo—. Qué miedo.
Se rieron los dos. Fue una risa fácil, de gente que ha
compartido facturas y noches de vómito infantil. Marcos se quedó junto a la
nevera, con las manos en los bolsillos, mirando cómo su madre le servía agua a
su padre sin preguntarle si la quería, cómo él le decía gracias con esa
familiaridad que no se inventa en una mañana.
Laura sintió la mirada de su hijo en la nuca pero no se
giró.
—Hemos pensado comer fuera —dijo—. Y luego, si te apetece,
playa.
El padre bebió un trago, dejó el vaso y se pasó el dorso de
la mano por los labios.
—Me apetece todo —dijo—. Llevo las tres últimas horas de
viaje pensando en una cerveza fría.
Le guiñó un ojo a Laura.
—Y en veros. Eso también.
Ella sonrió. Le salió sola. Demasiado sola.
Marcos apartó la silla con más ruido del necesario.
—Voy a por las toallas —dijo, y se metió en el pasillo.
El padre lo siguió con la vista un segundo y después bajó la
voz, solo para ella:
—Está raro, ¿no?
Laura dejó el vaso en la pila. Por la ventana abierta
entraba ya el calor del mediodía. En el cuarto de Marcos se oía abrir un cajón
con rabia.
—Está de vacaciones —dijo—. Déjalo.
Él asintió, como quien acepta una tregua que todavía no
entiende.
—Como tú digas.
Y le tocó el brazo al pasar, un roce breve, doméstico, el
mismo con el que años atrás le pedía paso en su propia cocina. Laura no retiró
el brazo. En el pasillo, la puerta de Marcos se cerró de golpe.
Comieron en una terraza de la calle mayor, bajo un toldo que
no daba abasto. El padre pidió cerveza nada más sentarse. Laura, vino blanco.
Marcos, agua, y luego otra cerveza cuando el padre insistió con esa broma de
que ya no tenía quince años. Hablaron de Madrid, del tráfico, de un vecino que
se había muerto y Laura no sabía. El padre exíbia esa verborrea que se le daba
tan bien. Ella reía en los sitios exactos. A veces le quitaba el pan de las
manos para mojarlo ella en el aceite, un gesto viejo, de cuando todavía
compartían plato.
Marcos miraba el borde de la mesa.
—En la playa de al lado del apartamento, el primer día casi
nos vamos —dijo Laura entre risas, cuando llegaron los platos—. Había un cartel
y yo no lo leí.
El padre alzó las cejas.
—¿Nudista?
—Nudista, sí. ¿Cómo lo has adivinado?
—Joder Laura… es Vera. Todo el mundo lo sabe
—Bueno, pues nosotros no. Salimos rápido del apartamento por
el calor solo con las toallas y no nos dimos cuenta hasta que vimos a un hombre
de setenta años en cueros doblando una silla.
Se rieron los dos. Marcos no.
—Pensé que el chico se iba a quedar blanco —siguió ella—. Al
final nos quedamos. Es… otra cosa. Pero hoy podemos ir a la otra
—Por mí no lo hagáis —dijo el padre, limpiándose la boca—. No
os voy a fastidiar el invento.
Laura negó con la cabeza, despacio.
—No. Nunca te ha gustado.
Él sonrió de lado, esa sonrisa que a Marcos se le había
olvidado y ahora le resultaba intolerable.
— Pero si eras tú la que nunca querías. Si ni siquiera te
gusta hacer topless— dijo el padre mirando el escote de Laura—. Lo que si vamos los tres voy a parecer el abuelo
en bolas.
—No eres abuelo de nadie.
La frase salió más seca de lo que ella pretendía. El padre
alzó las manos, riendo.
—Vale, vale. Nudista. Me habéis convencido. Que conste que
yo me apunto a todo.
Marcos dejó el tenedor.
—No te tienes que apuntar a nada.
Lo dijo bajo. El padre lo miró por encima del vaso,
sorprendido apenas, y después le restó importancia con un gesto.
—Tranquilo. Si me veo raro, me pongo el bañador y punto.
Laura cambió de tema. El postre. El café. La hora. Pagó el
padre con una facilidad de quien todavía siente que la cuenta es suya. Ella no
discutió. Marcos sí lo notó.
Aparcaron debajo del apartamento y caminaron hasta la playa.
Antes de llegar a la arena ya se veían
cuerpos desnudos en la distancia. El padre se rió por lo bajo.
—No entiendo como no os disteis cuenta.
Dejaron las cosas cerca de la orilla, un poco apartados.
Laura se quedó de pie sobre la toalla. El vestido blanco le llegaba a mitad del
muslo. Se lo quitó de un solo gesto, se lo dobló y lo dejó sobre la bolsa.
Debajo llevaba unas bragas de encaje blanco. No se entretuvo. Guardó el vestido
y la braga en la bolsa, y se quedó
desnuda con la misma cara con la que en la cocina había limpiado el vaso.
El padre apartó la vista un segundo tarde.
Marcos se sentó y se dedicó a sacar el protector, la
botella, cualquier cosa.
Ella se extendió crema en los hombros, en el pecho, en el
vientre, sobre el pubis depilad. Miraba fijamente al mar, sin enfocar nada en
concreto. Cuando terminó miró a su ex marido, que todavía tenía la ropa puesta.
—¿A que esperas? Cuando quieras —dijo.
El padre se rió por lo bajo, se quitó la camisa, el
cinturón, el pantalón. Dudó con los calzoncillos. Después se los bajó de un
tirón, como quien decide no hacer más teatro, y se dejó caer en la toalla con
una naturalidad un poco forzada. Tenía el cuerpo de un hombre de cincuenta y
tantos que todavía se tiene en pie: barriga suave, pecho velludo, la polla
oscura contra el muslo. No estaba dura. Todavía.
Marcos se quedó el último. Se quitó la camiseta. El bañador le duró más. Cuando por fin se lo bajó, lo hizo de espaldas, se sentó enseguida y puso la toalla sobre las piernas un instante. No abrió la boca.
El calor hacía el resto. Hablaron de Portugal. Al padre le
había prestado un casa un compañero de trabajo, cerca de Lagos. Que lo pasarían
genial. Que el agua allí era otra. Laura contestaba con frases cortas, tumbada
de lado, apoyada en el codo, el pecho caído hacia la toalla. Cada vez que se
reía, se le movía.
El padre no podía evitarlo.
No era una mirada larga. Era peor: un desvío breve, de
reojo, hacia los pechos, hacia el vientre, hacia el sitio donde ella tenía los
muslos juntos y aun así se le veía el arranque de la raja. Después volvía al
horizonte, como si el horizonte le importara.
Laura lo pilló a la tercera.
—¿Me has echado de menos? —preguntó, sin cambiar el tono,
como si hablara del tiempo.
El padre se pasó la lengua por los dientes. Sonrió.
—Laura.
—Es una pregunta.
—Perdona. No era… —Buscó una risa—. Para nada. Estaba
pensando en las autopistas portuguesas.
Ella bajó los ojos un segundo, sin pudor, hasta la polla de él. Ya no estaba igual. Se le había hinchado a medias, pesada, apartándose un poco del muslo con esa honestidad estúpida de los cuerpos al sol.
— Ya, ya. Pues tu amiguito no estaba pensando en autopistas
—dijo.
Marcos, a dos toallas de distancia, dejó de fingir que
miraba el móvil.
El padre soltó una risa corta, incómoda, y se sentó un poco
más encogido.
—Joder, Laura.
—Qué. Hace calor. —Ella se incorporó, se sacudió la arena de
las nalgas y se recogió el pelo—. Voy a dejar que se relaje. Me meto un poco.
No esperó respuesta. Caminó hacia el agua desnuda, despacio,
con esa espalda que el padre y el hijo conocían de distinto modo. El mar le
llegó a los tobillos, a las rodillas, al culo. Se metió hasta la cintura y no
se giró.
En la arena quedaron los dos hombres, uno al lado del otro,
con la misma mujer andando hacia dentro y la erección del padre todavía
creciendo, inútil, a la vista de su hijo.
El padre esperó a que Laura estuviera lo bastante lejos. Se
pasó una mano por la cara, se rió por lo bajo —una risa para sí— y se recostó
sobre los codos. La polla se le iba bajando con lentitud, a empujones de
vergüenza.
—Hace un calor de mil demonios —dijo.
Marcos no contestó.
—¿Qué tal los días? —siguió el padre, mirando el agua—.
Apartamento, playa, solo con mamá… Parece que os ha sentado bien.
—Bien.
—¿Os habéis movido algo? Mojácar, el Cabo, no sé.
—Poco.
El padre asintió, como si los monosílabos fueran una lengua
que aún recordaba.
—Lo de Portugal va a ser divertido. Una semana. Haremos
cosas nuevas. Podemos subir por la costa atlántica y surfear un poco. ¿Te
apetece?
Marcos se encogió de hombros. Tenía arena en las rodillas y
la toalla mal puesta.
—Ya veré.
—Ya conozco los tus ya veré. Estaremos los dos solos. Pero tu
madre también puede venir un par de días, si quiere. O no. Como prefiráis.
La frase como prefiráis le sonó a Marcos a una puerta
que no debía existir. Él y ella. Otra vez juntos en la boca de su padre.
—No sé.
El padre se quedó callado un rato. Una gaviota pasó baja. En
el agua, Laura nadaba despacio, la cabeza oscura contra el brillo.
—Tu madre me ha hablado de la chica —dijo al fin, con tono
de hombre a hombre, demasiado calculado—. Judith, ¿no? La sueca, o noruega, lo
que sea.
Marcos giró la cara.
—¿Qué!
—Que os habéis hecho… amigos. Bueno, que hay una chica. Me
alegro, tío. De verdad. Es lo normal. A tu edad.
Marcos se quedó blanco un segundo. Después se le llenó la
cara de algo más feo que la vergüenza.
—No tenía que haberte contado nada.
—Hijo.
—No soy tu colega. Y ella no tiene que ir contando lo que
hago en la cama.
El padre levantó una mano.
—Nadie ha hablado de camas. Ha dicho que había una chica.
Punto. Relájate.
Marcos se puso en pie. La toalla se le cayó. Estaba desnudo,
y no le importó.
—Punto, qué va. Se ha ido esta mañana. Y no es asunto
vuestro.
—Marcos.
Él ya caminaba hacia el agua. El padre se quedó sentado, con
la frase a medio hacer.
Marcos se cruzó con Laura a medio camino de la orilla. Ella salía
mojada, el pelo pegado a la cara, los pechos pesados y brillantes de sal. Lo
vio de frente, la mandíbula trabada, y le tocó el brazo al pasar.
—¿Qué pasa?
—Nada. Que habla demasiado.
No se detuvo. Se zambulló.
Laura lo siguió con la vista un segundo y volvió hasta las
toallas. Se dejó caer en la de ella, cogió un pareo de la bolsa, pero no se lo
puso. Se secó la cara. El padre la miraba de otro modo ahora: no a los pechos,
a los ojos.
—Se ha cabreado —dijo él.
—Ya lo he visto.
—Le he sacado lo de la chica. Pensé que… no sé. Que le hacía
ilusión que su padre se enterara de algo vivo.
Laura cerró los ojos un instante.
—No deberías haberle dicho nada. Son sus primeras
experiencias. Es joven e inseguro.
—Tú me lo contaste.
—Te lo conté yo. Somos del mismo equipo. Él no.
El padre se echó arena por encima de un muslo, un gesto inútil.
Nervioso.
—Le veo mal, Laura. Desde que he llegado. Ni me mira. Ni te
mira a ti cuando hablo. Parece que le estemos quitando algo.
Ella no contestó enseguida. En el agua, Marcos nadaba lejos,
con esa brazada larga y enfadada de cuando era crío.
—Lo está pasando mal —dijo por fin—. El verano. El fin del
instituto. Lo nuestro. Todo.
—Entonces hay que ayudarle. Hacer lo que haga falta para que
se sienta querido—dijo el padre—. Lo que sea. Yo me lo llevo unos días, pero
hay que intentar que no esté solo.
Laura sintió la frase como un golpe seco en el estómago.
—No está solo.
—Ya lo sé. Estás tú. Por eso lo digo—bajó la mirada a la
arena, evitando mirarla a los ojos—. Podrías venirte unos días con nosotros a Portugal,
la casa es grande
Se miraron. Había en esa mirada una complicidad antigua, la
de dos adultos que han decidido, otras veces, qué era mejor para el niño sin
preguntarle al niño.
— Tenemos que ayudarle. Sí—repitió ella, más baja—. Lo que
haga falta
El padre asintió, aliviado de tener un plan aunque fuera
vacío.
—Esta noche cenamos los tres fuera e intentamos salir un
rato. Invitas tú, pero sitio decente—rio bajo, sin ganas. Y si estabas pensando
otra cosa, yo duermo en el sofá. No quiero quitarle a Marcos su espacio.
—El sofá está bien —dijo Laura—. Mañana vemos bien lo de
Portugal.
Él sonrió.
—Mañana.
Marcos volvió al cabo de un rato, callado, con los labios
morados de haber estado demasiado rato dentro. No se tumbó con ellos. Se puso
el bañador de pie, se secó mal y dijo que se iba andando. Nadie lo detuvo.
Subieron los dos después, con las bolsas y el silencio de
quienes ya han pactado una cosa que no saben nombrar.
En el apartamento el padre dejó la bolsa junto al sofá, como
tomando posesión mínima. Marcos no había llegado aún. Se miraron un segundo,
incomodos por estar solos en un sitio tan cerrado.
Laura le señaló la toalla limpia, el baño.
—Tú primero.
Mientras él se duchaba, ella se quedó en la cocina pensando
en la frase. Lo que haga falta. En el cuarto de Marcos no había nadie.
La ventana estaba abierta. La braga negra seguía debajo de la cama, donde ella
la había empujado por la mañana.
Cuando el padre salió, olía a su gel, no al de ellos. Se
había puesto una camisa distinta.
—Antes he visto un sitio en el paseo que no tiene mala
pinta. ¿Quieres que llame para reservar?
Laura asintió.
— Sí, gracias. A las nueve.
Él le tocó el hombro al pasar, breve, agradecido, el mismo
roce de la cocina.
—Va a ir bien —dijo—. Verás.
Ella no respondió. En el pasillo, todavía con arena en los
tobillos, se preguntó para quién iba a ir bien, y qué parte de lo que haga
falta estaba dispuesta a cumplir.
Llegaron al restaurante pasadas las nueve. Manteles, luz baja, una terraza acristalada que olía a fritura buena. Laura se había puesto un vestido oscuro, corto, de tirantes, el pelo suelto y peinado. Se había maquillado más que los días anteriores. Marcos, una camisa que no había decidido él: se la había dejado ella encima de la cama, planchada, como si fuese una orden.
Pidieron vino. El padre eligió. Laura no dijo que no. Marcos
tampoco.
A la segunda copa el padre se recostó y señaló a su hijo con
la copa.
—¿Os acordáis de lo de Denia? El agua de Valencia.
Laura cerró los ojos un instante, riendo.
—Por Dios.
—Trece años —siguió él, ya lanzado—. Pedimos una jarra.
Nosotros pensábamos que era naranjada de las serias. El niño se pone a beber
como si fuera casera. A la media hora estaba rojo, hablando de fútbol con un
camarero y llamándome de usted.
—Te tuve que llevar al baño —dijo Laura—. Se reía. No paraba
de reírse.
—Y al día siguiente juró que no había bebido.
Marcos miró el mantel.
—Tenía trece años.
—Por eso es bueno —dijo el padre—. Ahora ya puedes beber sin
que tu madre te sujete la frente.
Sirvió otra ronda. El vino hacía ese trabajo sucio de
ponerle calor a las frases. El padre hablaba de Portugal otra vez, de una cala,
de un barco. Laura asentía, giraba la copa, se pasaba el pelo detrás de la
oreja. Cada vez que se inclinaba, el tirante se le adelantaba un poco sobre el
pecho.
El padre la miró de frente, sin el disimulo de playa.
—Estás muy guapa esta noche —dijo—. De verdad. Se te nota…
no sé. Satisfecha. El verano.
Laura sonrió con la boca nada más.
—Pues no he dormido mucho estos días.
—Aun así. —Bebió un trago y se volvió a Marcos, como si la
frase fuera una broma de mesa—. ¿Tú no lo piensas? Dile a tu madre lo guapa que
está, hombre. Que va a parecer que lo pienso yo solo.
El silencio que siguió no fue largo. Fue exacto.
Marcos levantó los ojos. Miró a su padre. Después a ella.
Laura tenía las mejillas algo altas de vino y esa expresión de quien va a
restarle importancia a una cosa que no debería haber ocurrido.
—Está bien —dijo él.
Nada más.
El padre rió, incómodo por primera vez en toda la noche.
—Qué tierno. Con eso me conformo.
Llegaron los postres. Laura apenas tocó el suyo. Se limpió
la comisura con la servilleta, dejó la cuchara y se levantó.
—Voy al baño.
El pasillo era estrecho, con un cuadro de barcos y la puerta
de señoras al fondo. Entró, encendió la luz, cerró. Se miró un segundo en el
espejo: el vestido, la boca, los ojos. Se mojó las muñecas.
Tocaron.
—Soy yo mamá.
Abrió un palmo. Marcos entró de un golpe, cerró con el
seguro y la cogió de la cara con las dos manos. La besó con la boca abierta,
con vino, con rabia, sin pedirle nada. Laura soltó un sonido contra sus labios
y le puso las palmas en el pecho.
—Aquí no —dijo, quedo, urgente—. Está tu padre. Marcos. No.
Él no contestó. La dio la vuelta y la pegó a la pared, el
pecho aplastado contra el azulejo frío. Le apartó el pelo y le besó el cuello
por detrás, abajo, en esa raya donde el vestido empezaba. Una mano se le metió
por delante, le cogió un pecho encima de la tela, después por dentro del
tirante, la carne caliente, el pezón ya duro. La otra le bajó por el vientre.
—Marcos… no. No ahora.
Lo decía. No apartaba las caderas. No le quitaba la mano.
Él le subió la falda de un tirón hasta la cintura. El aire
del baño le dio en los muslos. Buscó la braga, la enganchó y tiró. El encaje
cedió en un costado y cayó hecha un trapo al suelo. Se desabrochó. Se bajó los
pantalones lo justo. La polla le rozó el culo desnudo, caliente, ya dura del
todo.
—Joder —dijo ella, contra la pared—. Espérate…
La abrió un poco con la mano, encontró la entrada —estaba
húmeda, más de lo que ella habría querido admitir— y empujó. Entró de golpe,
hasta el fondo, un solo movimiento seco. Laura abrió la boca y no gritó. Se le
escapó un jadeo ahogado. Las manos se le abrieron contra el azulejo.
Él duró poco.
Se clavó hasta el fondo, le hundió los dedos en las caderas
y se corrió con un gruñido bajo, contra su cuello, vaciándose a pulsos dentro
de ella. Caliente. Mucho. Laura sintió cada uno. El cuerpo le temblaba, mitad
miedo, mitad excitación.
Marcos respiró en su pelo. La besó en la mejilla, despacio,
casi con cuidado, como si aquello no acabara de ser lo mismo.
—Te quiero mucho, mamá —dijo.
La polla se le ablandó un poco dentro. La sacó. El semen
empezó a resbalarle a Laura por el muslo interior, espeso, hacia la braga rota
que aún le colgaba de una rodilla.
Laura no se giró. Apoyó la frente en el azulejo y tragó
saliva.
—Vete —dijo.
La voz le salió rara.
Él se subió los pantalones, se abrochó, la miró un segundo
en el espejo —ella con la falda aún subida, el coño brillante, el vestido
torcido— y salió. La puerta se cerró con un clic suave.
Laura se quedó sola. Se bajó la falda. Se quitó lo que
quedaba de la braga, la hizo un ovillo y la metió en el bolso. Se limpió por
dentro de los muslos con papel, inútil: seguía saliendo. Se lavó las manos. Se
miró. Tenía la boca hinchada y una marca empezando en el hombro.
Abrió la puerta.
El pasillo estaba vacío. Al fondo, la luz del comedor. Los
oyó antes de llegar.
Una risa corta del padre. Otra de Marcos, más baja, pero
risa. Cuando Laura dobló el pasillo los vio así: los dos inclinados sobre la
mesa, el padre con la copa en el aire, el hijo a media frase.
—…y uno de ellos que creía que éramos pareja —estaba
contando Marcos—. En serio. Mi novia.
El padre se ahogó un poco con el vino.
—¿Novia? Con tu madre.
—Con ella. El primer día. En la playa. Tres tíos, que nos
miraban mientras jugábamos a las palas. No quietaban ojo de ella y cuando nos acercamos
a por la pelota, el alto me pregunta que desde cuándo salimos.
Laura se sentó con cuidado. El bolso en el regazo. Las
rodillas juntas.
—Mira quién vuelve —dijo el padre, todavía riendo—.Que a tu
hijo le han tomado por tu chico.
Ella sonrió lo justo.
—Ya lo sé. Estaba yo.
—Pues eso no me lo habías contado —dijo el padre—. Joder.
Novios. ¿Y tú que le dijiste?
Marcos la miró. Tenía la cara distinta. Suelta. Los ojos
todavía húmedos de la risa, o de otra cosa.
—El chico lo dijo sin maldad, o exagerando un cumplido
—siguió, ahora para los dos—. Como si fuera lo más lógico. Después se puso rojo
cuando dije que no.
—Claro que es lo más lógico —soltó el padre, señalándola con
la copa—. Mírala. Si yo llego y os veo así, también lo pienso. Qué quieres que
te diga.
Laura dejó el bolso en la silla, despacio.
Marcos le pasó el agua sin que se lo pidiera. Los dedos no
se tocaron. Debajo de la mesa ella sentía el semen resbalarle otra vez,
caliente, hacia la silla. Apretó los muslos. Él ya estaba de frente al padre,
rematando la anécdota: que Laura se había quedado hablando con ellos, que no se
tapó, que uno no le quitaba el ojo de encima.
—Y ella tan campante —dijo Marcos.
El padre negó, divertido, orgulloso de una cosa que no era
suya.
—Esa es tu madre. Siempre ha sido la más guapa del lugar.
Pidieron cafés. El padre no dejó que Laura pagara. Reía
todavía cuando salieron a la acera, las manos en los bolsillos, el paso más
cerca del de su padre que del de ella. Laura caminó un metro detrás. Cada
zancada se lo recordaba.
En el coche se sentó delante. El padre puso la radio.
Marcos, detrás, contestaba. Volvieron a lo de los tres, a Portugal, a si había
que llevar snorkel. Ella apoyó la frente en el cristal. El bolso le pesaba en
las rodillas. Dentro, la braga hecha un ovillo, todavía tibia.
Al llegar al apartamento, el padre dejó las llaves en el
cuenco como si fuese su espacio y abrió el sofá con esa soltura de quien ha
dormido en muchos sofás ajenos. Sacó la sábana. La extendió. Le dio dos
palmadas al colchón.
—Como en los viajes de antes —dijo—. Si ronco, me tiráis un
cojín.
—Buenas noches —dijo Laura.
—Mañana Portugal. Aunque sea encima de un mapa.
Marcos se rió por lo bajo.
—Buenas.
Desapareció en su cuarto. Esta vez cerró la puerta del todo,
sin golpe.
Laura se quedó un instante en el pasillo, oyendo a su ex
marido quitarse el cinturón, el móvil, un suspiro de hombre que cree que el día
ha acabado bien. Después entró en su habitación y también cerró la puerta por
primera vez desde que llegaron a Vera.
Se quitó el vestido. Se sentó al borde de la cama. Entre los
muslos la piel le brillaba. Se pasó dos dedos y los miró.
Fuera, el sofá crujió. Al otro lado de la pared, silencio.
Ella apagó la luz y se tendió de lado, con las rodillas
encogidas, llena todavía de él, y de risa ajena, y de padre. Se quedó quieta
hasta que el techo dejó de parecerse al azulejo.
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